Sardis.


Sardis, la capital del reino de Lidia, estaba a unos 80 km al noreste de Esmirna y a unos 5 km al sur del río Hermos. Su acrópolis estaba construida sobre una estribación de las laderas del norte del monte Tmolo, en torno al cual el río Pactolo, tributario del Hermos, formaba un foso natural en dos lados. La ciudad más antigua había estado enteramente dentro de los fuertes muros protectores de la acrópolis; pero más tarde se extendió a la llanura que está al pie del cerro.

La ciudad aparece en la historia en el siglo VII como la capital del reino de Lidia. Aquí y en ese tiempo se inventaron las monedas y se usaron como dinero por primera vez en la historia. Los antiguos lidios merecen, pues, el honor de haber hecho un invento de importancia mundial y duradera.

En cuanto a la historia del reino lidio y la forma como Ciro el Grande conquistó a Sardis, ver t. III, pp. 52-56. Después de que Ciro conquistó a Sardis, la orgullosa y rica capital de un reino se convirtió en la sede de una satrapía, y en el palacio donde una vez habían residido los reyes fabulosamente ricos de Lidia se establecieron los sátrapas persas. Alrededor del año 500 a. C. Sardis sufrió su primera tragedia importante, cuando los jonios se sublevaron contra el gobierno persa y quemaron la ciudad baja. Darío el Grande se enfureció y quiso vengar ese crimen. Ordenó a sus servidores que cada mañana le recordaran el incendio de Sardis. Las guerras persas contra Grecia fueron el resultado de la ira de Darío, y Artafernes, hermano de Darío, partió de Sardis en la primera campaña persa contra Grecia en 490 a. C. Sardis fue también la sede de Ciro el Joven, quien como sátrapa libró la famosa batalla de Cunaxa en 401 a. C. contra su hermano Artajerjes II, después de la cual Jenofonte y sus 10.000 griegos ganaron fama inmortal.

La ciudad con frecuencia cambió de dueño después del período persa. Alejandro Magno la tomó en 334 a. C., y Antígono, uno de sus generales, la tomó otra vez 12 años más tarde. A partir de 301 a. C. Sardis estuvo en manos de los seléucidas durante un período de más de 100 años. Durante este lapso fue tomada la acrópolis en la misma forma como lo había sido en el tiempo del rey Ciro. En el año 218 a. C., mientras la asediaba Antíoco el Grande, un soldado cretense escaló el muro y abrió la ciudad a las fuerzas sitiadoras.

En el año 190 a. C. la ciudad llegó a ser parte del reino de Pérgamo. Cuando ese reino pasó a manos de los romanos, Sardis compartió su suerte y perdió importancia en comparación con ciudades como Efeso y Esmirna. En el año 17 d. C. Sardis sufrió un fuerte terremoto. El emperador Tiberio ayudó en su reconstrucción exceptuándola de impuestos durante cinco años y proporcionándole otras ayudas.

La Sardis del tiempo de Juan estaba en proceso de reconstrucción. Su gloria parecía ya haberse esfumado cuando Juan le recordó a la comunidad cristiana en ella que la ciudad había tenido el nombre o la reputación de que estaba viva, pero que en realidad estaba muerta (Apoc. 3: 1). Sardis volvió a prosperar, llegando a la cúspide de su crecimiento por el año 200 d. C. Se calcula que por ese tiempo tenía más de 100.000 habitantes. Con el desmembramiento de la provincia romana de Asia en el año 295 d. C., Sardis volvió a ser capital de Lidia. A través de los siglos siguientes fue dominada por bizantinos, árabes y turcos. En 1402, Sardis fue destruida por Tamerlán, el feroz líder de los mongoles. En 1595 sufrió un devastador terremoto. Desde entonces la ciudad que una vez había sido una de las grandes e imponentes metrópolis del mundo quedó reducida a casi nada.

Quien visita hoy la antigua ciudad de Sardis encuentra una pequeña población de agricultores y comerciantes, llamada Sart, corrupción del antiguo nombre de Sardis. En una estribación del monte Tmolo se ven los restos de los muros de las fortificaciones de la antigua, acrópolis, destrozados por efectos de guerras, terremotos y el correr del tiempo. En la ladera del monte y en la llanura se aprecian restos de diferentes edificios, de los cuales tres son dignos de descripción:

El gran templo de Cibeles, la antigua diosa madre del Asia Menor, a veces comparada con Artemisa o Diana, y cuyo culto era similar al de Diana, constituye una ruina monumental. Este templo estaba cubierto de escombros cuando una expedición norteamericana de la Universidad de Princeton, dirigida por H. C. Butler, comenzó sus excavaciones (1910-1914, 1922). De las muchas columnas del templo mencionado sólo sobresalían de la tierra los capiteles de dos de ellas, lo cual señaló a los exploradores el sitio del antiguo templo. Después de que removieron una capa de tierra y escombros de unos 15 m quedó al descubierto todo el templo, y se pudo ver que las partes bajas de su construcción estaban bastante bien conservadas, por lo que podemos tener una idea exacta de la planta del edificio y de los detalles arquitectónicos de este gran templo que medía unos 100 m por 50 m. Las columnas eran más o menos del mismo tamaño que las del Artemision de Efeso, y dos de ellas todavía están en pie con sus capiteles, conservando su altura original de algo más de 20 m. Muchas de las otras se conservan hasta una altura de unos 10 m. Las columnas, con un diámetro de cerca de 2 m, descansan sobre bases en las que hay dibujos de hojas exquisitamente talladas, cada una de las cuales es diferente a las otras.

A la sombra de este templo están las ruinas de una pequeña iglesia de ladrillo del período después de Constantino.

De 1958 a 1971 las universidades de Harvard y Cornell excavaron en Sardis bajo la dirección de G. M. A. Hanfmann. Se desenterraron muchos edificios, obras de arte, artefactos e inscripciones que arrojan luz en cuanto a la vida de la ciudad desde los tiempos prelidios hasta los islámicos. Dos de estos edificios interesan especialmente al estudioso de la Biblia.

El gimnasio es de un período posterior al del Nuevo Testamento, pero revela con cuánta dedicación los antiguos fomentaban los deportes y la cultura. La fachada y algunos pabellones han sido reconstruidos. Tienen unos 18 m de alto. Dentro del gimnasio se puede ver claramente una pila para natación. El conjunto es imponente.

Una enorme sinagoga, reconocida por los típicos símbolos judíos y por más de 80 inscripciones en griego y en hebreo, indica claramente la presencia de judíos en Sardis en los primeros siglos de la era cristiana. El pavimento de mosaicos y la elegante antesala hablan de la prosperidad material de quienes se reunían allí. Ha sido parcialmente restaurada.