EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN

Ivan T. Blazen

La salvación de la humanidad no es el resultado de un pensamiento divino poste­rior, o una improvisación necesaria debido u un inesperado vuelco de los acontecimien­tos después de la entrada del pecado. Más bien, la salvación resulta de un plan divino para la redención del ser humano formula­do antes de la fundación de este mundo (1 Corintios 2:7; Efesios 1:3, 14; 2 Tesalonicenses 2:13, 14) y se arraiga en el amor eterno de Dios por la hu­manidad (Jeremías 31:3).
Este plan abarca la eternidad pasada, el presente histórico y la eternidad futura. Incluye realidades y bendiciones como la elección y predestinación de ser el pueblo santo de Dios y ser semejantes a Cristo, la redención y el perdón, la unidad de todas las cosas en Cristo, el sellamiento del Espíritu Santo, la recepción de la herencia eterna y la glorificación (Efesios 1:3-14). En el centro de este plan están el sufrimiento y la muerte de Jesús, que no fueron accidentes de la historia ni productos de una simple decisión humana, sino que tienen su base misma en el propó­sito redentor de Dios (Hechos 4:27, 28). Jesús era en verdad "el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13:8).
En coherencia con la realidad de un plan encontramos las declaraciones de Jesús en cuanto a la razón por la cual vino a este mun­do. Jesús vino a cumplir la ley (Mateo 5:17), a llamar a los pecadores (Mateo 9:13), a ser el amigo de los marginados (Mateo 11:19), a buscar y salvar a los perdidos (Lucas 19:10; cf. 1 Timoteo 1:15), y a servir a otros y dar su vida como rescate por ellos (Maros 10:45). Todo lo hizo en el nombre de su Padre (Juan 5:43) y de acuerdo con su voluntad (versículo 30). Como Revelador de Dios (Juan 1:14, 18; 14:7-10), Jesús lleva a las personas a Dios (versículo 6) y a la vida eterna o la salvación que le concede a todo aquel que tiene fe en él (Juan 3:15-17; ver El gran conflicto, I. A).
B. Pactos de dios a través de las edades
1. Esencia y unidad de los pactos de Dios
La forma a través de la cual se efectúa la decisión eterna de la Deidad de salvar a la humanidad es a través de los pactos de Dios en el tiempo. Aunque la Biblia se refiere a los pactos en forma plural (Romanos 9:4; Gálatas 4:24; Efesios 2:12), hay un solo pacto básico de salvación en las Escrituras. Es de carácter promisorio –las bendiciones y la salvación son otorgadas por Dios, no ganadas por el ser humano–, pero busca la respuesta de fe y la obediencia de la humanidad. El centro de este pacto es el amor profundo de Dios, del cual hablan las Escrituras y que algunas veces se iguala al pacto mismo (Deuteronomio 7:9; 1 Reyes 8:23; Nehemías 9:32; Daniel 9:4). El término "pactos", en plural, significa que Dios mues­tra su propósito salvífico al reiterar su pacto de diversas maneras para satisfacer las nece­sidades de su pueblo en diferentes tiempos y contextos. Cada forma del pacto desempeña su parte en el propósito único de salvación.
2. Pacto de Adán / Pacto de Noé / Pacto eterno
El pacto adánico se refiere a la promesa de Dios en Génesis 3:15, llamada el pro­toevangelio (primer anuncio del evangelio), de acuerdo con el cual, en su significado de­finitivo, Cristo, la simiente, vencería al ma­ligno (Romanos 16:20). El pacto de Noé es una promesa de gracia y vida. Dios promete pre­servar la vida de sus criaturas sobre la Tierra (Génesis 6:18-20; 9:9-11). Este pacto se llama pacto eterno (versículo 16), porque es una promesa de misericordia para todos. El concepto de "eterno" se usa también para el pacto abrahámico (Génesis 17:7, 13, 19; 1 Crónicas 16:17; Salmo 105:10); para el pacto sinaítico, con su énfa­sis en el sábado (Éxodo 31:16); para el pacto davidico (2 Samuel 23:5; Isaías 55:3; Ezequiel 37:26, 27); para el nuevo pacto de la promesa de la restauración de Israel (Jeremías 32:40, reafirman­do 31:33; Ezequiel 16:60); y para el sacrificio de Jesús (Hebreos 13:20).
3. Los pactos abrahámico, sinaítico y davídico
El pacto abrahámico, o pacto de gracia (Génesis 12:1-3; 15:1-5; 17:1-14), es funda­mental para el curso completo de la historia de la salvación (Gálatas 3:6-9, 15-18). A través de la simiente de Abraham, en referencia no sólo a sus incontables descendientes, sino en particular a uno de sus descendientes. Cristo (versículo 16), Dios bendeciría al mundo. Todos los que fueran parte de la simiente di Abraham encontrarían a Dios como su Dios y serían su pueblo. La circuncisión sería un» señal (Génesis 17:11) de la relación correcta ya existente con Dios a través de la fe (Génesis 15:6; Romanos 4:9-12).
El pacto sinaítico, establecido en el con­texto de la redención de la esclavitud (Éxodo 19:4; 20:2; Deuteronomio 1:3), y que contenía la pro­visión sacrificial divina para la expiación y el perdón del pecado, también fue un pacto de gracia y una reiteración de lo que se enfatizó en el pacto abrahámico (una relación especial de Dios con su pueblo: Génesis 17:17 y 8 con Éxodo 19:5 y 6; una gran nación: Génesis 12:2 con Éxodo 19:6 y 32:10; y la obediencia: Génesis 17:9 14 y 22:16-18 con Éxodo 19:5 y a través de todo el Pentateuco). Cuando el pueblo rompió el pacto sinaítico, Moisés oró a Dios para que recordara las promesas que había hecho en el pacto abrahámico (Éxodo 32:13). El énfasis es­pecial sobre la ley que existe en el pacto sinaítico indicaba que el cumplimiento del pacto abrahámico esperaba a un pueblo en quien la realidad de la gracia de Dios se demostrara n través de la obediencia. Israel no podía con­vertirse en una bendición para el mundo hasta que primero viviera como pueblo de Dios y "nación santa" (Éxodo 19:6).
El pacto davídico está interconectado tanto con el abrahámico (Ezequiel 37:24-27) como con el mosaico (2 Samuel 7:22-24). En este pacto, David sería el príncipe y rey de Israel (versículo 8; Jeremías 30:9; Ezequiel 37:24, 25) y construiría la casa de Dios o el Santuario (2 Samuel 7:7- 13; Ezequiel 37:26-28). En ese lugar Dios habitaría con ellos, quien en los pactos abrahámico y sinaítico manifestó que deseaba ser su Dios y que ellos fueran su pueblo.
4. El nuevo pacto
La promesa de un nuevo pacto aparece primero en Jeremías 31:31 al 33. Está ubi­cado en el contexto del retorno de Israel del exilio y de las bendiciones que Dios les otor­garía. Del mismo modo que el rompimiento del pacto sinaítico (versículo 32) llevó a Israel al exilio, así el acto de hacer de nuevo este pac­to los preservaría a ellos y les daría esperan­za para el futuro. El contenido de este nuevo pacto era el mismo que el del pacto sinaítico. Se trataba de la misma relación entre Dios y su pueblo y la misma ley (versículo 33). El pacto sinaítico no era obsoleto ni anticuado, sino que había sido quebrantado. La reconstitu­ción de este pacto estaba basada en el perdón de los pecados del pueblo (versículo 34) y la garan­tía de que Dios colocaría la ley del pacto (y la reverencia hacia él, Jeremías 32:40) dentro del corazón de su pueblo (Jeremías 31:33). Esto pro­duciría un conocimiento íntimo de Dios en su pueblo (versículo 34) y la realización completa y permanente del pacto sinaítico. En Ezequiel 36:25 al 28, la internalización de la ley de Dios se debe a que el Señor renueva el cora­zón y coloca su Espíritu en él como la fuerza motivadora para la nueva obediencia.
En armonía con el énfasis en el perdón (Jeremías 31:34) y el Espíritu (Ezequiel 36:37), el Nuevo Testamento extiende el concepto de nuevo pacto a la sangre de Cristo, quien trae el perdón de los pecados (Mateo 26:28; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25; Hebreos 9:15; 12:24), y al ministerio del Espíritu, quien da vida (2 Corintios 3:6).
5. El pacto antiguo
El concepto "pacto antiguo" aparece ex­plícitamente sólo en 2 Corintios 3:14, pero está implícito en el uso que hace Pablo de los "dos pactos" en Gálatas 4:24, y en las re­ferencias en Hebreos al "primer pacto" (8:7, 13; 9:1, 15, 18), el "segundo pacto" (9:7) y un "pacto mejor" (7:22; 8:6).
Las declaraciones de Pablo sobre los pactos en 2 Corintios y en Gálatas sólo pue­den entenderse adecuadamente en términos del debate con los oponentes judaizantes de Pablo, quienes, según él, se centraban en la ley y no en Cristo. Dentro de este contex­to polémico, el pacto antiguo en 2 Corintios 3:14 se refiere al código mosaico en el Sinaí (versículo 15) como leído con un velo en los ojos; es decir, no cristológicamente, sino como una mera carta. De ese modo, la letra mata (versículo 6). Cuando se quita el velo a través de Cristo (versículos 15, 16), y se percibe el verdadero contenido y significado de la ley, lo que se ve es la gloria transformadora del Señor (versículo 18) en lugar de la gloria de la ley. Y estar relacio­nado con el Espíritu del Señor, en contraste con estarlo sólo con la letra, produce libertad (versículo 17) y vida (versículo 6; cf. Romanos 7:6).
En cuanto a Gálatas, es claro que el énfa­sis en la obediencia a la ley nunca debe sepa­rarse de la primacía de una relación de fe con Dios. Cuando eso sucede, la ley no alcanza su meta de guiar la vida, como fue su inten­ción original (Deuteronomio 6:24; Romanos 7:10), sino que lleva, más bien, a la condenación (Gálatas 3:10, citando Deuteronomio 27:26). La comparación que hace Pablo del pacto sinaítico con la es­clavitud en Gálatas 4:24 y 25 debiera expli­carse desde esta perspectiva. El pacto sinaíti­co, que originalmente aludía a la realidad de la redención divina de Israel de la esclavitud, la promesa de ser su Dios y ellos su pueblo, y que contenía un sistema sacrificial que en­señaba expiación y perdón, no era un sistema de esclavitud. Sin embargo, cuando se separa la ley de la promesa y la fe de las obras, se pervierte el pacto, y resulta en esclavitud en lugar de libertad. La relación apropiada entre la promesa y la ley se encuentra en Gálatas 3:15 al 4:7. Aquí Pablo arguye que la única manera de ser justificados es a través del pac­to abrahámico de gracia que se recibe a tra­vés de la fe. La ley del Sinaí no era contraria a la promesa de Abraham (Gálatas 3:21), sino que la respaldaba llevando a las personas a Cristo (versículo 24), de manera que "la promesa fuese dada a los creyentes por medio de la fe en Jesucristo" (versículo 22). La función de la ley como "ayo" cesa cuando se establece una re­lación madura con Cristo (versículo 25; 4:1-5).
En Hebreos la razón para un segundo pacto, uno mejor, es que Dios encontró que las promesas del pueblo en el Sinaí no se cumplieron (Hebreos 8:8, 9). Había necesidad de mejores promesas (versículo 6), y Hebreos lo explica en términos de las promesas del nuevo pacto de Jeremías 31:33, donde Dios reafirma el pacto sinaítico y promete la ayuda divina para cumplirlo. Además, se necesitaba un mejor sacrificio (Hebreos 9:23) que pudiera producir la limpieza del pecado (10:2-4). Las leyes sacrificiales del pac­to sinaítico eran una sombra de las buenas cosas por venir, no "la presencia misma de estas realidades" (versículo 1, NVI). De este modo, el tema del primero y segundo pactos en Hebreos está relacionado con el marco de pensamiento de la promesa-cumplimiento y el tipo-antitipo.