Pacto nuevo versus pacto antiguo
Marvin Moore
Gálatas 4:21-31
 

En este capítulo examinaremos otro de esos pasajes que han puesto en aprietos a los adventistas durante muchos años. Di­cho pasaje no se refiere a la ley como tal, excepto por el pri­mer versículo, donde dicho término se refiere al Pentateuco entero (este es un punto que explicaré brevemente). El problema con ese pasaje es que se refiere al Sinaí de una manera más bien despectiva. Puesto que los Diez Mandamientos, que nosotros apreciamos tanto, provienen del Sinaí, cualquier comentario desfavorable acerca de él tiende a ensombrecer los Diez Mandamientos.
He aquí el pasaje que consideraremos en este capítulo: "Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la es­clava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito: Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido. Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíri­tu, así también ahora. Mas, ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hi­jo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la escla­va, sino de la libre" (Gálatas 4:21-31).
¿Qué quiso decir Pablo mediante su analogía de la mujer escla­va y de la mujer libre, del Sinaí y las dos Jerusalén? Comencemos con el versículo 21: "Decidme, los que queréis estar bajo la ley"
¿A quién se refiere cuando habla de "vosotros"? Pienso que a cualquier cristiano de Galacia, judío o gentil, que estaba siendo in­fluido por el partido judío. Pablo había enseñado a todos ellos que la función divinamente asignada a la ley para su pueblo antes de la cruz no se aplicaba a los cristianos después de la cruz. Desafortuna­damente, el partido judío había desviado a varios cristianos gálatas de este principio, logrando que "quisieran" someterse nuevamente a la función que la ley había tenido en el Antiguo Testamento.
En vista de que Pablo se refirió a la ley, cabría esperar que con­tinuara su exposición con algún comentario acerca de la ley extraído de Éxodo, Levítico o Deuteronomio, pero no fue así. En lugar de ello, contó la historia de Abraham, Agar y Sara, que se encuentra en Génesis. ¿Qué quiso decir, entonces, con: "Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley?" (versículo 21). ¿Es el Génesis "la ley"?
Sí. Los judíos consideraban que la ley incluía no sólo los libros de Éxodo, Levítico y Deuteronomio, sino todo el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia. Por eso Pablo se refirió, apropia­damente según el pensamiento judío, a la historia de Abraham como "la ley". Esta es una de las evidencias de que las iglesias de Galacia estaban probablemente integradas por un elevado porcentaje de creyentes de origen judío. Pablo no habría empleado un estilo de lenguaje judío para referirse a la ley si una amplia mayoría de sus lectores hubieran sido gentiles poco familiarizados con los patrones de pensamiento judíos.
Veamos ahora la historia: "Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la es­clava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa" (versículos 22, 23).
Pablo no parece preocupado aquí por el hecho de que el naci­miento de Ismael fuera producto de la desconfianza de Abraham. No dijo que Ismael nació de una manera pecaminosa. Dijo en cam­bio que Ismael nació "según la carne" ("de modo puramente huma­no", Dios habla hoy). Pablo no destacó la implicación moral del acto de Abraham de tener un hijo con Agar, sino la situación legal de ambas madres y de sus hijos. Una de ellas y su hijo eran esclavos; la otra madre y su hijo eran libres.
El punto que Pablo quería destacar era que Ismael fue concebi­do como lo son las criaturas normalmente: como resultado de la re­lación sexual entre un hombre y una mujer. Isaac, por otra parte, nació cuando Sara ya no podía ser fértil. El nacimiento de Isaac fue un milagro. Dios cumplió su promesa de que Abraham y su esposa tendrían un hijo haciendo que la infértil Sara concibiera. Por lo tan­to, Isaac era un hijo de la promesa. Y en este punto, por supuesto, volvemos al tema de Gálatas, a saber, que la justicia alcanzó a Abraham en virtud de una promesa, no por la ley. Esos dos hijos y sus respectivas madres eran simplemente una analogía de este tema. Una de las mujeres era una esclava y, de acuerdo con la ley, su hijo también era un esclavo. La otra mujer era libre, y dio a luz un hijo que legalmente era libre.
Pablo dice luego: "Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos" (versículo 24). Este no es el único lugar donde la Bi­blia se refiere a los dos pactos. Jeremías dijo que Dios haría "un nuevo pacto con la casa de Israel" (Jeremías 31:31). El autor de Hebreos explicó que al llamar "nuevo" al pacto de Jeremías, Dios "ha dado por viejo al primero" (Hebreos 8:13).
Sería fácil suponer que en su analogía del Sinaí, de las dos mu­jeres y de sus respectivos hijos, Pablo tenía en mente los pactos acerca de los cuales hablaron Jeremías y el autor de Hebreos, pero pienso que tal cosa sería un error. De acuerdo con la explicación que el libro de Hebreos hace de los dos pactos de Jeremías, llegaría un día (cuando Cristo estuviera presente) cuando Dios haría un nuevo pacto con la casa de Israel porque había algo que corregir en el pacto antiguo. Existe una diferencia significativa entre eso y lo que Pablo dijo en Gálatas. En ninguna parte de Gálatas se sugiere que hubiera algo equivocado en la religión judía previa al Calvario.
Por el contrario, Pablo parece haber tenido en alta estima ese siste­ma mientras estuvo en vigencia. El libro de Hebreos, por otra parte, dice claramente que había algo equivocado en el primer pacto, y di­ce que esa equivocación estaba en las personas, es decir, en los is­raelitas (véase Hebreos 8:7, 8). Por lo tanto, podría decirse en cierta medida que cuando pretendemos que la exposición de Pablo acerca de los dos pactos en Gálatas arroje luz sobre el tema de los dos pac­tos en Hebreos o viceversa, estamos comparando manzanas con na­ranjas. Por esta razón, voy a analizar los dos pactos de Gálatas sin referirme al libro de Hebreos.
Pablo dijo que Agar y su hijo representan "a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud" (Gálatas 4:25). El ya se había referido a la esclavitud en Gálatas. Como usted recordará, en el capítulo 4 él comparó al hijo que es heredero con el esclavo que carece de derechos. En esta analogía, el hijo representaba a los ju­díos antes del Calvario y el esclavo representaba a los gentiles antes de que aceptaran a Cristo. No obstante, en su analogía de Sara y Agar, los esclavos son los judíos. Agar, la esclava, representa "a la Je­rusalén actual". Eran los judíos quienes pretendían relacionarse con Dios, después de la llegada de Cristo, de la misma manera como se habían relacionado con él antes de Cristo.
Por cierto que los judíos de la época del Antiguo Testamento no pensaban que su religión fuera una esclavitud, ni Dios pretendía que lo hicieran. Pero después de que Cristo llegó, cualquier esfuerzo por permanecer en el judaísmo era esclavitud, y equivalía a que un hijo mayor de edad insistiera en volver a estar bajo la jurisdicción paterna como si se tratara de un niño; algo así como si mi hijo Barry, después de concluir el nivel medio e ingresar en la universi­dad, tratara de colocarse bajo las reglas que anteriormente tuvo que respetar en el colegio secundario.
Es interesante suponer que al comparar a Agar con la Jerusa­lén de sus días, Pablo estaba pensando en el legalismo judío, tan pe­netrante en los días de Cristo y que distorsionaba la ley dada por Dios en el Sinaí. Cristo se opuso vigorosamente a ese legalismo, y no cabe duda de que Pablo también lo habría considerado una forma de esclavitud. Pero aquí, como por doquier en Gálatas, Pablo tenía en mente la revelación que Dios comunicó en el Sinaí como algo bueno para su pueblo en ese tiempo. Pero aun la más pura forma del judaísmo, que fue una bendición tan grande para el pueblo de Dios antes de Cristo, era una esclavitud si se permanecía en ella tras la llegada de Cristo. Agar representaba a los cristianos que creían que les era necesario colocarse bajo la jurisdicción de la ley como lo hizo el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento.
Sara, por otra parte, representa "la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, [y] es libre" (versículo 26), dijo Pablo. En esta breve frase, Pablo incluyó a todos los cristianos, judíos o gentiles, de Galacia o de cualquier parte, que habían aceptado la liberación que Cristo y el cristianismo habían significado respecto del judaís­mo. El se refería a todos los cristianos que aceptaban la salvación sin someterse a los rituales del templo judío ni a la circuncisión. En nuestros días, esto significa todos los cristianos que tienen en alta estima las normas bíblicas, pero no hacen de las normas la base de su experiencia religiosa.
Con la analogía de la mujer esclava y la libre, Pablo concluyó su arremetida teológica contra el partido judío. Pronto veremos bre­vemente los versículos 28 a 31, pero primero me gustaría dedicar un momento a pensar acerca de todo lo que hemos analizado hasta aquí de Gálatas y cómo se aplica a nosotros hoy.
He aquí una lección práctica: No vuelva a aquello de lo cual fue llamado a salir por Dios. Hay un versículo en el Apocalipsis que considero aplicable aquí. Escribiendo a los cristianos de Éfeso, Dios, por medio de Juan, dijo lo siguiente: "Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor" (Apocalipsis 2:4). Esa era una iglesia que había vuelto atrás. Cuando Dios le da a usted la victoria sobre el pe­cado, no vuelva atrás. Esto no significa que usted nunca cometerá ese pecado de nuevo, pero sea cual fuere la lección espiritual que usted aprendió y que le permitió vencer ese pecado por primera vez, no la deje ir. Siga intentándolo, siga esforzándose, siga coope­rando con Jesús y con el Espíritu Santo. No se dé por vencido di­ciendo: "Creo que, después de todo, no puedo conquistar ese peca­do". Cuando Dios le conceda tener una experiencia espiritual espe­cial con él, siga practicando aquello que lo condujo por vez primera a ese punto.
Actuar de otra manera sería estar entre las cinco vírgenes in­sensatas que perdieron la vida eterna porque no mantuvieron ar­diendo sus lámparas. Creo que podemos decir sin temor a equivo­carnos que esas cinco vírgenes insensatas representan a quienes no siguen el consejo dado por Pablo en Gálatas. Ellas permanecieron levantadas con sus lámparas encendidas. Fueron cristianas verdade­ramente convertidas. Pero a medida que el tiempo transcurrió se fueron deslizando hacia atrás. Volvieron a una experiencia anterior.
¿Cómo lograron las vírgenes prudentes seguir creciendo en lu­gar de volver atrás? Perseveraron diariamente en la oración y en el estudio de la Palabra. Continuaron regularmente en comunión con el pueblo de Dios. Aprovecharon cada oportunidad de compartir con otros el testimonio de lo que Dios había hecho por ellos. Culti­varon la presencia del Espíritu Santo en sus vidas. Así es como evita­ron volver atrás. Así es como usted y yo podemos preservarnos de volver atrás.
En Gálatas 3:1 y 2, Pablo dijo: "¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucifi­cado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?" Pablo puso mucho énfa­sis en la presencia del Espíritu de Dios en la vida de las personas. Y dijo: "No vuelvan atrás. Ustedes recibieron el Espíritu Santo por creer lo que oyeron; no vuelvan atrás ahora tratando de recibir el Espíritu Santo por lo que hacen".
Los cristianos genuinos dan por sentado que su experiencia cristiana del día de mañana estará por encima de la de hoy. Los cris­tianos genuinos van en busca de la experiencia del mañana. Piden continuamente a Dios un cambio mayor de su corazón, mayores victorias sobre sus malos hábitos y sus pecados. La única garantía de no volver atrás es seguir avanzando. Esa es una de las más im­portantes lecciones que podemos aprender de la carta de Pablo a los Gálatas.
Otra lección que podemos aprender hoy de Gálatas es la necesi­dad de evitar el legalismo. Ya he analizado esto en parte en capítulos anteriores, y en el próximo dedicaremos aún más atención a este asunto. No obstante, en Gálatas 4:28-31, Pablo aconseja a sus lecto­res cómo tratar con los cristianos legalistas. Dice en los versículos 28-31: "Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu". El partido judío estaba literalmente persiguiendo a los cristianos en Galacia al tratar de conducirlos a la esclavitud del judaísmo.
A veces enfrentamos el mismo problema hoy: personas que pretenden imponernos sus normas, que nos juzgan con dureza si no vivimos exactamente como ellas piensan que deberíamos hacerlo. Eso es precisamente lo que el partido judío estaba tratando de hacer a los cristianos de origen gentil de Galacia. Estaban tratando de ha­cer que se sintieran culpables. En nuestro celo por proteger a la iglesia contra la corrupción, es importante que ninguno de nosotros trate de obligar a otros a vivir como creemos que deberían hacerlo. No debemos juzgarlos con dureza por el hecho de que no vivan la vida cristiana como nosotros lo hacemos. Si usted se queja frecuen­temente de algunos miembros de iglesia que rebajan las normas y se queja de la tendencia descendente que advierte en ella, tenga cui­dado. Podría darse el caso de que usted fuera un legalista que está persiguiendo a otros cristianos. En ese caso, su mayor necesidad es permitir que sea Dios quien cuide de su propia iglesia. Déle a esas personas a las que critica la libertad de vivir sus vidas como ellos piensan que deberían hacerlo, aunque no sea de la manera como us­ted piensa que deberían hacerlo.
¿Significa eso que la iglesia no debería interesarse por la mane­ra como sus miembros viven? Claro que no. Pablo fue muy severo con la conducta pecaminosa. El capítulo 5 de su primera Epístola a los Corintios no deja lugar a dudas acerca de ello. Pero en materia de vestimenta, dieta, entretenimiento, manera de guardar el sába­do, y otras normas relacionadas con el estilo de vida, estoy convenci­do de que cuanto menos aconsejemos a otros tanto mejor, a menos que se nos pida consejo al respecto. Lo único que conseguimos cuando obramos de otra manera es alejar a las personas.
Recientemente supe de un anciano de iglesia que se autoerigió en guardián de la pureza de la iglesia. Si alguien hace durante el sá­bado algo que es desacertado según las normas de este anciano, o asiste a la iglesia con un adorno en su vestimenta que él considera inapropiado, en el lapso de la semana siguiente el transgresor recibe una carta en la que se le advierte acerca de su pecado. Este anciano examina cada año rigurosamente el informe de la comisión de nom­bramientos para asegurarse de que cada candidato elegido para las diferentes responsabilidades esté de acuerdo con su interpretación personal de las normas de la iglesia.
Note cómo dice Pablo que deberíamos tratar esta clase de pro­blemas: "Mas, ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre" (versículo 30). Ese es un consejo muy fuerte, pero va directo al grano. Pablo dijo a los cristianos de Galacia que se libraran del partido ju­dío. "Ya no tengan nada que ver con ellos", les ordenó. En otras pa­labras, "sáquenlos corriendo". No estoy diciendo que Pablo preten­día que los cristianos gentiles debían ser rudos con los integrantes del partido judío, pero ciertamente esperaba que se mostraran fir­mes, muy firmes.
Si alguien está tratando de hacer que usted se sienta culpable por algo que usted hace y que esa persona piensa que no debería hacer, siga el consejo de Pablo y "eche fuera a la esclava y a su hijo". No necesita ser duro o descortés, pero debería ser firme. Usted po­dría decir algo así como: "Gracias por su consejo, pero dejaré que sea Dios quien me juzgue acerca de eso".
Hace algunos años, yo estaba pastoreando una iglesia en Texas cuando dos hombres comenzaron a asistir de vez en cuando. Eran integrantes de un pequeño grupo separatista, de una organización rígida, severa, legalista. Al principio fueron amables y tuvieron mu­cho tacto, pero yo sabía quiénes eran y la clase de problemas que eran capaces de crear. Así que les dije: "Caballeros, ustedes son bienvenidos en esta iglesia y saben muy bien qué creemos. Espero que cualquier comentario que hagan durante la escuela sabática esté en armonía con lo que los adventistas enseñamos. No quiero que perturben a mis hermanos con sus doctrinas singulares".
"Oh, sí pastor. Haremos lo que usted dice", fue su respuesta. Y durante varios meses así lo hicieron. Pero cierto día, durante un culto de oración, uno de ellos se puso de pie y pronunció un largo discurso que no estaba en armonía con las instrucciones que le di en su momento. Me acerqué a él al concluir la reunión y le dije: "Hermano, lo que usted dijo hoy no estuvo en armonía con las ins­trucciones que le di, y le pido que no vuelva a expresarse de esa ma­nera en esta iglesia".
El contestó: "Voy a decir lo que el Espíritu Santo me indique".
Le dije: "La Biblia dice que los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas [véase 1 Corintios 14:32], y estoy seguro de que us­ted puede controlar lo que dice. No quiero que vuelva a hablar co­mo lo hizo hoy en esta iglesia".
El hombre me atacó entonces verbalmente. Varios miembros de iglesia estaban presentes. En tal circunstancia tuve que decirle a aquel hombre y a su amigo: "No quiero volver a verlos en esta igle­sia". En mi condición de pastor, me resulta penoso decirle a la gente que no venga a mi iglesia, pero sentí que tenía que enfrentar aquella situación con prontitud y firmeza.
Aquellos hombres no aparecieron por la iglesia durante mucho tiempo. Pero cierto sábado, uno de los diáconos me dijo que estaban en la puerta del templo. "Están tratando de entrar. Sería mejor que usted fuera a hablar con ellos", me dijo.
Así que fui a la entrada y les dije: "Caballeros, creo que fui claro cuando les dije que no volvieran".
"No esperábamos encontrarlo hoy aquí", fue la respuesta asombrada de ellos.
"Bien, pero aquí estoy y no los quiero en esta iglesia. Ya se los dije una vez y fue en serio".
Acto seguido, se retiraron.
Creo haber actuado de acuerdo con el consejo dado por Pablo a los cristianos de Galacia: "Echa fuera a la esclava y a su hijo". No fui rudo con esos hombres, pero los eché.
¿Significa esto que ningún miembro de iglesia debería aconsejar a otro que está en falta? Después de todo, ¿no dice Mateo 18 que debemos señalar el pecado que vemos en una persona? ¿Cómo po­demos distinguir entre un legalista y una persona que está genuina- mente señalando una falta cometida por otra? Veamos algunas orientaciones que podrían resultar de ayuda en tal sentido.
En primer lugar, la persona que está verdaderamente practi­cando lo que dice Mateo 18 señalará pecados manifiestos, evidentes con fundamento en las Escrituras, no cuestiones que le molestan porque no están de acuerdo con sus opiniones personales.
En segundo lugar, quien pretenda cumplir lo que dice Mateo 18 debe acercarse a su hermano en privado y hablarle compasiva, bondadosamente, sin un espíritu o tono condenatorio.
Tercero, quien actúa en armonía con Mateo 18 le hablará a su hermano acerca de una sola cosa.
Por último, aquella persona no estará molestando y acosando a su hermano día tras día, semana tras semana, acerca del asunto en cuestión. Una vez señalado el problema, dejará que su hermano se haga cargo del asunto. No comentará el asunto con otros y no hará que el tema tome estado público en la iglesia.
Si el pecado en cuestión es una infracción moral seria, tal como el adulterio o una deshonestidad notoria, usted debería comenzar hablando con la persona en privado. Si la persona rehúsa escucharlo, usted debería llevar una o dos personas con usted, y sólo en esa ins­tancia, si la persona se resiste a escuchar el consejo de varios cris­tianos, usted debería someter el problema a la consideración de la iglesia como un todo.
En conclusión, he aquí dos importantes lecciones que aprendí de la Epístola de Pablo a los Gálatas: 1) No hay que volver atrás; 2) no permita que un legalista le haga la vida imposible. Toda la Epís­tola a los Gálatas es una exposición de estos dos prácticos consejos.