Para separar el lugar santo del santísimo (Ex. 26:31-35) había un "velo" (heb. pârôketh o pârôketh ha-mâsâh; gr. katapétasma; la que separaba el atrio del lugar santo se denominaba simplemente mâsâk). Era de color azul, púrpura y escarlata (v 31), y con figuras de querubines que representaban a los ángeles que rodean el trono de Dios. Esta cortina del antiguo tabernáculo, y más tarde la del templo, ocultaban la presencia de Dios del sacerdote que ofrecía cada día del año la sangre de los sacrificios y el incienso sobre el altar de oro (Lv. 4:6). Esto era lo más cerca que alguien se podía aproximar a la divina Presencia, salvo en el Día de la Expiación (16:2, 12, 15, 16; cf 21:21-23). Debido a su proximidad con el arca del testimonio, a veces se le daba el nombre de "velo del testimonio" (24:3), o "el velo que está delante del testimonio" (Ex. 27:21). Cuando se la llevaba de un lugar a otro, se envolvía el arca con él (Nm. 4:5). En el momento que Cristo murió, el velo que correspondía a éste en el templo de Herodes se rasgó de arriba abajo (Mt. 27:51; etc.). Como en la LXX el velo que separaba los 2 compartimentos del antiguo santuario (katapétasma) también se aplicaba a la cortina que hacía de puerta del tabernáculo, entonces surgió la expresión "segundo velo" (He. 9:3) para referirse al del interior. En He. 10:20 se habla de la ascensión de nuestro Señor al cielo en semejanza humana como la consagración de un "camino nuevo y vivo... a través del velo, esto es, su carne", por medio del cual podemos acercamos a la Presencia divina "con corazón sincero, en plena certidumbre de fe" (vs 20, 22). La esperanza del cristiano, declara en otro lugar el apóstol, "penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor" (6:19, 20).

 

 

 

El Velo del Templo