En varios sentidos el altar del incienso se parecía al altar de los holocaustos (Exo. 27: 1-8), aunque era de material más costoso y de menor tamaño. Tenía unos 44,45 cm (17,5 pulgadas) de lado y su alto era aproximadamente de 88,9 cm (35 pulgadas). Sobre sus "cuernos" se debía colocar la sangre de ciertas ofrendas por el pecado (Lev. 4:7, 18). Puesto que los cuernos simbolizaban poder (ver com. cap. 27: 2), en el altar del incienso representan el poder de la oración (Gén. 32: 24-30). En la parábola de la viuda y el juez injusto se hace resaltar el resultado de la oración perseverante (Luc. 18: 3-8).

 

 

 

El Altar del Incienso

 

Entre la mayor parte de los pueblos de la antigüedad se acostumbraba ofrecer incienso como parte del culto religioso. En los primeros años del cristianismo, muchos creyentes en el Evangelio fueron muertos por negarse a quemar incienso sobre el altar de los dioses. En las Escrituras, el incienso simboliza las oraciones que ascienden desde el altar del corazón hacia Dios (Sal. 141: 2; Luc. 1:10; Apoc. 5: 8; 8: 3, 4).

 

 

La Cornisa de Oro

Consistía en un borde o moldura de oro (BJ), para hermosear el mueble y también para impedir que se cayera lo que se pusiese sobre el altar (cap. 25: 24). Puesto que el altar era tan pequeño, no hacían falta cuatro anillos para llevarlo, como en los otros muebles, sino solamente dos. Debían estar justamente debajo de la "cornisa" o moldura. La madera de acacia simbolizaba la fuerza, y el oro, la pureza. De este modo la oración debe brotar del altar del corazón, de un corazón leal, honrado y resuelto.

El altar del incienso fue ubicado en el lugar santo, junto al "velo" que separaba ese lugar del santísimo (cap. 40: 21-27). Aunque estaba en el lugar santo, se consideraba que pertenecía al lugar santísimo (Heb. 9:3,4). Este concepto surgió del hecho de que cuando los sacerdotes en su ministerio se acercaban a la sagrada Presencia que estaba por encima del propiciatorio, llegaban hasta el altar del incienso (PP 366). Salvo en el día de la expiación, no podían acercarse más que hasta ese punto. Era éste el lugar a donde venían a encontrarse con Dios, cuya morada estaba en el lugar santísimo. El incienso que se ofrecía allí no sólo llenaba el lugar santo sino que se elevaba y pasaba por sobre el "velo" al lugar santísimo (ver com. cap. 26: 32). El hecho de que el altar estuviese "delante del propiciatorio" nos enseña que por medio de la oración podemos entrar en la presencia de Dios. Aunque el "velo" de la humanidad (1 Cor. 13: 12) impide que nuestros ojos físicos vean a Dios, la fe y la oración pueden llegar a donde el cuerpo no puede entrar.

La composición del incienso se da en los vers. 34-38. Todas las mañanas, inmediatamente después de la salida del sol, las lámparas eran alistadas y limpiadas por el sacerdote (ver com. cap. 27: 20).

El incienso debía ofrecerse en el altar dos veces al día, en la hora de la oración matutina y de la oración vespertina. El altar del incienso representaba la intercesión continua, así como el altar del holocausto representaba la expiación continua (PP 366). Sin embargo, no existe ninguna afirmación clara sobre si se quemaba continuamente incienso sobre este altar o no, aunque hay elementos que parecieran favorecer una respuesta positiva (PP 359). El incienso quemado en forma continua nos enseña que diariamente debemos venir ante el Señor en oración (Sal. 16:8; 55: 17; 1 Tes. 5: 17, 18; pp 367). Debemos orar "sin cesar" (1 Tes. 5: 17). No se podía usar incienso extraño, es decir, cualquier incienso que no había sido preparado según las indicaciones dadas en los vers. 34-38 del cap. 30 de Exodo.

Sobre los cuernos del Altar se hacia expiación. Esto se refiere al gran día de la expiación, el 10º día del 7º mes, cuando el sumo sacerdote debía tomar la sangre y ponerla sobre los cuernos del altar del incienso para limpiarlo y santificarlo (Lev. 16: 18, 19). Este acto no lo transformaba en altar de expiación. Sin embargo, tenía que ver con la expiación en el caso de que el sumo sacerdote pecara (Lev. 4: 3-12), o cuando toda la congregación cometiese algún pecado por ignorancia o "hubiese hecho algo contra alguno de los mandamientos de Jehová" (Lev. 4: 13-21). En tales ocasiones el sumo sacerdote ponía con su dedo la sangre del sacrificio en los cuernos del altar. En estos dos casos el altar del incienso ocupaba el lugar del altar del holocausto, en el cual se rociaba la sangre de las ofrendas por pecados individuales (Lev. 4; 22-35). De todos los muebles del santuario, al parecer sólo el arca con su propiciatorio era considerada como de mayor importancia y mayor santidad que el altar del incienso. Esto muestra el gran valor que Dios le asigna a la oración.