El arca era el objeto central de todos los muebles del santuario. A primera vista, contenía sólo las tablas de piedra con los Diez Mandamientos (Ex. 25:21; Dt. 10:3, 5); pero más tarde estuvieron "delante de Jehová", "delante del testimonio" o "al lado del arca" (Ex. 16:33, 34; Nm. 17:10; Dt. 31:24-26) la vara de Aarón que floreció, una vasija con maná y los "libros de la ley". Los primeros 2 elementos se habrían conservado en el arca (He. 9:4), pero aparentemente fueron sacados en un período posterior de la turbulenta historia de Israel, como lo indica el autor de Reyes (1 R. 8:9).

 

 

 

El Arca del Pacto

 

Era una caja adornada que servía de custodia de las tablas de piedra grabadas con los Diez Mandamientos. También se la llamaba "arca del pacto [testimonio]" (heb. 'arôn he-berît; Nm. 14:33; Ex. 40:21; etc.). Ubicada en el lugar santísimo del santuario del antiguo Israel (Ex. 26:34; 30:6), y más tarde en el templo (1 R. 8:6), tenía 2,5 codos de largo, 1,5 codo de ancho y 1,5 codo de alto (Ex. 25:10). Si tomamos el largo del codo egipcio tendría cerca de 1,30 m de largo por 76 cm de ancho y de alto. Estaba construida de madera de acacia y recubierto, por dentro y por fuera, con oro puro (Ex. 25:10-22). Las 2 anillas a cada lado de la parte inferior permitían que fuera trasladada con 2 palos llevados sobre los hombros por los levitas de Coat cuando Israel se mudaba de un lugar a otro (Nm. 3:29-31; 4:5-15; Jos. 3:3) y en ciertas ocasiones solemnes (Jos. 8:33; 1 R. 8:2, 3). Sobre la cubierta de oro macizo, llamada propiciatorio,* había 2 querubines de oro (uno en cada extremo) mirando hacia abajo, al lugar donde estaba el Señor cuando hablaba a su pueblo (Nm. 7:89; Ex. 25:22).



Mientras Israel peregrinaba desde el Sinaí hacia la tierra prometida, el arca "fue delante de ellos" (Nm. 10:33). Sus portadores se detuvieron en medio de las aguas divididas del Jordán mientras el pueblo pasaba al otro lado (Jos. 4:9-11). Fue llevada durante 7 días alrededor de Jericó en una marcha que precedió a la caída de la ciudad (6:1-20). Después de la conquista de Canaán, permaneció en el tabernáculo en Silo (18:1), aparentemente hasta que fue capturada en tiempos de Elí. Con la esperanza de que la presencia del arca diera vuelta el resultado de la guerra contra los filisteos, los hijos de Elí, sin interesarse por las condiciones bajo las cuales Dios opera en relación con los hombres, la llevaron a la batalla, donde fue tomada por el enemigo (1 S. 4:1-11). Devuelta al territorio hebreo (5:1-6:15) residió sucesivamente en Bet-semes (6:15-21), Quiriat-jearim (7:1, 2) y en la casa de Obed-edom, en Perez-uza (2 S. 6:1-11; 1 Cr. 13:5-14). Finalmente, David la llevó a Jerusalén (2 S. 6:12-17; 1 Cr. 15:25-16:1), donde se la ubicó "en medio de una tienda que David le había levantado" (2 S. 6:17; 7:1, 2; 1Cr. 16:1, 4-6). Más tarde fue puesta en el lugar santísimo del templo de Salomón (1 R. 8:1-9), donde permaneció hasta que Nabucodonosor destruyó la ciudad. Las Escrituras guardan silencio con respecto a su suerte en ese tiempo o su historia posterior.

El Propiciatorio

Era la tapa o cubierta del arca del pacto, dentro del cual estaban depositadas las tablas de la ley (Ex. 25:17; Dt. 10:2). De este modo la ley y el evangelio -la justicia y la misericordia 954 divinas- estaban íntimamente asociadas en el antiguo servicio del santuario. Por supuesto, el propiciatorio era la tapa o cubierta literal del arca, pero el kappôreth implicaba mucho más, así como el uso frecuente de la forma verbal relacionada, kâfar ("cubrir"), significaba "hacer expiación" o "hacer reconciliación" en su significación más amplia (el apoyo para el significado de "cubierta" proviene de la Cueva 4 de Qumrán, gracias a la lectura, en una traducción aramea de Levítico, de kappôreth como ksy', "cubierta"). Por sobre el propiciatorio aparecía la gloria, llamada en el hebreo postbíblico la Shekînâh,* la señal visible de la presencia de Dios entre su pueblo (He. 8:5). El propiciatorio y las tablas de la ley dentro del arca representaban los principios fundamentales del trato de Dios con su pueblo: justicia atemperada con misericordia. Una vez al año, en el gran Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo con la sangre del sacrificio, la cual asperjaba delante del propiciatorio con la esperanza de que Dios aceptara la sangre vicaria de la reconciliación como evidencia de la confesión de sus pecados y obtener para ellos la misericordia.

El vocablo así traducido se deriva de una raíz que significa "cubrir", es decir, "perdonar" el pecado. Representaba la misericordia divina. En forma significativa, el propiciatorio estaba hecho de oro puro, lo que implicaba que la misericordia es el más precioso de los atributos divinos. Estaba ubicado por encima de la ley, así como la misericordia sobrepuja a la injusticia (Sal. 85: 10; 89: 14). Eran necesarios tanto el arca como su justicia como el propiciatorio con su misericordia para revelar plenamente la manera como Dios procede con los hombres. La misericordia sin la justicia es sentimentalismo débil, que subvierte todo orden moral. Por otra parte, la injusticia sin la misericordia es severidad moral, impecable en la teoría, pero repugnante a Dios y a los hombres.


El arca y el propiciatorio eran el corazón mismo del santuario. Por encima del propiciatorio reposaba la Shekinah, el símbolo de la presencia divina. Las tablas de la ley dentro del arca testificaban que el reino de Dios está fundado sobre las normas inmutables de la justicia (Sal. 97: 2), la cual debe ser respetada aun por la gracia divina. La gracia no puede concederse de manera que invalide la ley (Rom. 3: 31). Cuando se perdona el pecado, deben también satisfacerse las exigencias de la ley en contra del pecador. El propósito mismo del Evangelio es conseguir para el pecador el perdón de sus pecados por la fe en un medio que no "invalida" la ley, sino que la "establece". Si bien las tablas dentro del arca testificaban en contra del pueblo, el propiciatorio mostraba un camino por el cual podían satisfacerse las exigencias de la ley y el pecador podría ser salvo de la muerte, el castigo decretado por la ley. Basándose solamente en la ley, Dios y el hombre no pueden volver a unirse, puesto que el pecado nos separa de él (Isa. 59: 1, 2). Debe intervenir el propiciatorio rociado de sangre pues sólo podemos acercarnos a Dios gracias a la mediación de Cristo en nuestro favor (Heb. 7: 25).

Los querubines estaban unidos al propiciatorio, uno en cada extremo (ver com. Gén. 3: 24). Un ala de cada querubín estaba extendida hacia lo alto, y la otra estaba doblada sobre su cuerpo (Eze. 1: 11), en señal de reverencia y humildad. La posición de los querubines, con el rostro vuelto hacia el centro y hacia abajo, representaba la reverencia que las huestes celestiales demuestran por la ley de Dios y su interés en el plan de redención.