El Hijo, La Iglesia y el Dragón de Apocalipsis 12

Dr. Alberto Treiyer
Teólogo

 

1. ¿Eva? ¿María? ¿El reino de Israel? ¿La Iglesia Cristiana?

- Eva: nunca estuvo ligada a 12 estrellas, un símbolo del pueblo de Dios durante las dos dispensaciones, en referencia a los 12 patriarcas y los 12 apóstoles.

- María: no se hace referencia a ninguna persecución contra ella, ni antes ni después de la muerte de Cristo. Pudo estar junto a la cruz de su Hijo, incluso, sin que nadie se preocupase por ella. Lo único que sabemos de ella está, básicamente, en los evangelios. Ni los Hechos de los Apóstoles ni las Epístolas del Nuevo Testamento ni siquiera el Apocalipsis, le dedican atención. La guerra, el gran conflicto cósmico, no se centra en ella, sino en su Hijo y en aquellos que lo siguen y representan en la tierra, es decir, en la Iglesia.

En efecto, el Apocalipsis presenta un encadenamiento en el cual no se encuentran ni los santos ni María. La revelación que Dios da a la iglesia pasa por su Hijo, por el ángel y por Juan (Apoc 1:1). ¿Dónde está toda la otra pléyade de santos y vírgenes que pone de por medio la Iglesia Católica?

- El reino de Israel: la esperanza de todo reino o de toda iglesia e inclusive del mundo está en la nueva generación mediante la cual la que está por morir podrá perpetuarse.

En la época de Oseas, en su etapa final, el reino de Samaria que agrupaba a las 10 tribus del norte de Israel hasta tardó el parto para dar a luz un hijo “tonto”, en referencia a la última generación de esa nación apóstata, que no pudo subsistir más y terminó en la dispersión Asiria. Cuando el juicio divino se dio sobre ese reino rebelde, Dios le retiró su compasión (Os 13:13-14).

Describiendo la tribulación final, Isaías revela el sentimiento del pueblo de Dios como dando a luz apenas un hálito de vida que desaparecería tan rápido y fácil como el viento, como un suspiro (como cuando los hijos les eran arrebatados a muchas madres apenas nacían en épocas críticas; véase Sal 104:29). Una nueva generación reavivaría la esperanza en una liberación con sangre fresca, pero los que viviesen en la época final se sentirían tan mal que pensarían que no podrían dar a luz algo digno (Isa 26:17-18). Dios avivaría entonces sus esperanzas con la promesa de la resurrección (v. 19-21).

¡Sí! El reino de Israel está representado por la mujer, pero su prolongación no se da en el Apocalipsis “según la descendencia carnal”, sino según la descendencia espiritual (Mat 21:43; véase Gál 6:15-16). Esa descendencia espiritual sería ciudadana de la Nueva Jerusalén (Apoc 3:12; 19:7-8).

- La iglesia cristiana: es la heredera del reino de Israel. Si está vestida del Sol y posee la luna a sus pies, es porque está destinada a perpetuarse para siempre en virtud del Hijo Libertador, su Rey, y de cuya justicia también se viste (Sal 89:35-37; Mal 4:2; Apoc 5:5; 22:16).

¿Se trata de todos los que dicen ser cristianos? En medio del cristianismo se levanta una mujer Jezabel que seduce y corrompe y a cuyos hijos destruirá el Señor (Apoc 2:20-23). El Señor se dirije “a vosotros”, no a Jezabel ni a sus hijos, sino “al resto” (v. 24), a los únicos a quienes les dará “la Estrella de la mañana” (Apoc 2:28). También llama a esa mujer corrupta Babilonia, la que revela la misma crueldad asesina de Jezabel. Juan la ve “ebria de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús” (Apoc 17:6-7).

Es la iglesia cristiana perseguida (Apoc 12:6,13-16). El dragón no quiere dejarle herencia alguna. Procura por todos los medios destruir por completo su descendencia en la tierra. Cuando piensa que ya lo logró, descubre que hay “un resto” que no se doblega a sus caprichos de rebelión, ni tampoco se deja seducir con los milagros mediante lo cuales engaña al mundo entero (Apoc 13:13-14; 16:13-14). “Guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc 12:17).

La verdadera iglesia no quedará sin herederos, sin generación que perpetúe su nombre. Su testimonio no perecerá. Aunque en la última generación que obtendrá la victoria final, habrá muchos que morirán, su testimonio los acompañará y perdurará sin que pueda ser aplastado (Apoc 14:12-13).

2. Dos señales en el cielo.
a) “Una gran señal”: la mujer encinta que gritaba antes de dar a luz (Apoc 12:1).

¿Por qué en el cielo? Porque aunque el pueblo de Dios viva en la tierra, figura como morando en la atmósfera celestial (Ef 2:6; Heb 12:22-24; Apoc 11:1; 14:6; véase 1:12-13,20). Por esa razón también, cuando se aparta de Dios y recibe el castigo divino, se describe su caída como siendo del cielo a la tierra, y la gloria de Dios (representada por la del sol y la luna), se oscurece en él: “¡Cómo oscureció el Señor en su enojo a la bella Sión! Derribó del cielo a la tierra la hermosura de Israel, no se acordó del estrado de sus pies en el día de su enojo” (Lam 2:1).

Está sin embargo en la tierra donde es perseguida (Apoc 12:13-17) y pisoteada (11:2).

¿Una señal de qué? ¿De la virginidad de María o de la encarnación divina, esto es, de que Dios, a través de su Hijo, “Emanuel”, estaría con nosotros? (Isa 7:14). No hay duda de que se trata de la encarnación divina, del acontecimiento más asombroso de toda la historia universal. Pero el símbolo apunta también a resaltar la pureza de la iglesia. Lo que ahora va a verse en Apoc 12 no es la historia de la mujer impura, sino de una mujer virgen que no se corrompe con los gobiernos de la tierra (Apoc 17:1-2). La presencia de una iglesia o remanente tal será una señal que nadie podrá quitar, razón por la cual se la presenta como estando en el cielo. Es la historia de la Iglesia que permanece virgen (“pura”) porque lava sus ropas en la sangre del Cordero (Apoc 7:14), y retiene en su fidelidad el testimonio de Dios (su Palabra), guardando “sus mandamientos” (Apoc 12:17; 14:12).

Sus últimos descendientes no son un engendro de “imbecilidad” o de “viento”, porque vivirán eternamente en el reino de Dios. Son considerados, además, en la misma pureza de ella, como “vírgenes” (Apoc 14:4) e hijos de Dios (Apoc 21:7). La mujer posee una corona en su cabeza (Apoc 12:1): se la representa, así, como vencedora, y se la vincula con hijos que son vencedores (Apoc 21:7; 17:14).

b) “Otra señal en el cielo, un gran dragón rojo” (Apoc 12:3)

¿Por qué en el cielo? ¿Estaba el diablo en el cielo a la hora de nacer el Hijo de Dios? ¿Cuándo arrastró y arrojó a la tierra, la tercera parte de las estrellas del cielo? (v. 4).

El cuadro parece claro. La mujer encinta y el dragón que arrastra la tercera parte de los ángeles de Dios con su caída apuntan a toda la historia de la humanidad que vive en la expectación de la venida del Redentor (la primera), desde el Génesis hasta Malaquías. Siendo que lo que interesa a la iglesia a partir del primer siglo es la historia que debe cumplirse luego del nacimiento del Hijo prometido, todo lo que se describe a partir de allí es profecía, la historia del futuro de la iglesia pura que no fornica con los reyes de la tierra, del remanente fiel que guarda los mandamientos divinos y el testimonio de Jesús.

¿Cuándo cayó el diablo del cielo? ¿Antes de la caída de Adán y Eva? ¡Sí! La historia aclaratoria que se le da al apóstol lo confirma. La pelea comenzó en el cielo de dónde fue arrojado para que no tuviese más parte en él (Apoc 12:7-8). Sin embargo, el pasaje no dice en primera instancia a dónde fue arrojado. Simplemente se especifica que se lo sacó de la escena central, del acceso al trono de Dios. Siendo que nuestros primeros padres se dejaron seducir, terminó siendo confinado a la tierra (v. 9), a la que ha transformado en su cuartel general, y desde donde presume poder desestabilizar el trono de Dios, recibiendo el reconocimiento y adoración que no se le dio en el cielo (Apoc 13:4).

¿Son las estrellas un símbolo de los ángeles de Dios o del pueblo de Dios? Las 12 estrellas que están sobre la corona de la mujer representan al pueblo de Dios, a sus “mensajeros” (Gén 37:9-10; Dan 12:3; Apoc 1:20). Pero Apoc 12:9 aclara que los ángeles del diablo fueron arrojados del cielo juntamente con Satanás, y explica que lo logró mediante el engaño, transformándose en padre de la mentira al punto de terminar logrando engañar al mundo entero (véase Juan 8:44).

3. “Una gran voz en el cielo”: salvación, poder y reinado, y la autoridad de Cristo (Apoc 12:10).

¿Por qué en el cielo? ¿Quiénes se expresan así, en alta voz? Evidentemente son muchos, como en Apoc 19:1: “una gran voz de una inmensa multitud en el cielo”. En efecto, dan la razón de lo que dicen en plural. “Porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante nuestro Dios” (Apoc 12:10). Evidentemente son los ángeles, quienes nos consideran no solamente “consiervos” de ellos (19:10), sino también “hermanos”. Esto se confirma por el hecho de que dicen: “los acusaba” (v. 10), algo que el diablo no puede hacer con los ángeles fieles. “Lo han vencido” (v. 11), algo que no se aplica a los ángeles leales porque nunca fueron dominados por el diablo.

¿Cuándo o en qué contexto escucha Juan esa voz? Evidentemente se da antes del fin mismo, antes que el diablo sea encadenado, porque terminan diciendo que “el diablo ha descendido a vosotros”, a los que lo vencieron, “con gran furor, al saber que le queda poco tiempo” (Apoc 12:12; 20:1-3).

¿Se trata del momento en que Jesús fue coronado en el cielo como nuestro sumo sacerdote en un reino de mediación, al inaugurarse el templo celestial en el año 31? Si fuera así, ¿cómo explicamos el hecho de que hasta ese momento, nadie había muerto por él? ¿Se podría decir ya, en ese momento, que “ellos lo han vencido por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos”, y que “no amaron su propia vida ni aun ante la muerte”? (Apoc 12:11). Los mártires de Jesús dan su vida por él más tarde, y Juan está ya a casi 70 años de su muerte y entronización inaugural en el cielo.

¿Se trata del juicio investigador que tiene por objeto coronar como Rey de la Nueva Jerusalén al Hijo de Dios y determinar quiénes van a ser sus súbditos y ciudadanos en su santa ciudad? Esto parecería más factible si consideramos que en términos semejantes se aclama en el juicio, durante la séptima trompeta que está enmarcada por la puerta abierta al lugar santísimo, a Dios y a su Ungido (Apoc 11:15-16). “¡Ahora ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo! Porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante nuestro Dios” (Apoc 12:10). “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará para siempre jamás... Te damos gracias... porque has asumido tu inmenso poder, y has empezado a reinar... y ha llegado... el tiempo de juzgar a los muertos, de dar el galardón a tus siervos...” (Apoc 11:15-19). “Ha llegado la hora del juicio” (Apoc 14:7). “Ha llegado la boda del Cordero, y su novia se ha preparado!” (Apoc 19:7).

No debemos olvidar, sin embargo, que cuando Jesús fue entronizado en el cielo, recibió del Padre lo que ya le había garantizado al haber vencido sobre la muerte en el día mismo de la resurrección. “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mat 28:18; Hech 2:36). Desde entonces retiene su mano, “esperando que todos sus enemigos” le sean sometidos, “puestos por estrado de sus pies” (Heb 10:13).

La autoridad que Jesús recibió de derecho al iniciar su obra de mediación en el santuario celestial, la recibirá de hecho al concluir el juicio final. Pero, ¿cuál de los dos eventos podemos escoger para nuestro texto? Es difícil ser demasiado categóricos. En la expresión “consumado es” Jesús dio por sentado, desde la cruz, el triunfo final de los redimidos (DA, 764). En la redención final, “en el Cristo glorificado” los redimidos “contemplarán al Cristo crucificado” (GC, 651-652).

¿Cuándo fue arrojado el acusador de los hermanos? Una vez que logró arrebatar el principado del primer Adán, el diablo pretendió tener derecho sobre esta creación como “príncipe de este mundo”. De allí que lo vemos compareciendo ante la corte celestial en la época de Job (1:6; 1:1). Perdió, sin embargo, todo derecho sobre los redimidos al haberlo vencido el Hijo de Dios en la cruz (Rom 1:4; Ef 1:20-21; Heb 2:14-15). Por eso Jesús lo contempló con anticipación, seguro de la victoria, como cayendo herido del cielo como un rayo sobre la tierra (Luc 10:18; Jn 12:31).

Es llamativo, sin embargo, que la gran voz del cielo diga que “los acusaba día y noche ante nuestro Dios” (Apoc 12:10). Los ángeles habían sido testigos de esas acusaciones, pero ahora ven que ese principado que había arrebatado del primer Adán, le es arrebatado por el segundo Adán.

La intercesión “continua” (tamid), se realizaba “mañana y tarde” en el antiguo Israel, y esa intercesión y mediación fue asumida por el Señor. En el juicio final, el que los acusaba cada vez que el Señor intercedía por ellos, pierde toda autoridad. Gracias a su sangre perfecta derramada a favor del pecador, ninguna acusación contra los que buscan perdón y refugio en él contra el pecado, tiene peso en el cielo (Rom 8:33-34: “¿Quién acusará a los elegidos de Dios?... ¿Quién condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros”).

La expresión, “poco tiempo” (Apoc 12:12), parece referirse en el Apocalipsis a esa obra de juicio final. Desde esa perspectiva a la que habría sido llevado Juan, el tiempo distante del fin sería corto (Apoc 1:1,3; 22:6-7,10-12,20).

4. Liberación de la gran tribulación.

Los que pasan por la gran tribulación medieval de 1260 días-años, reciben protección divina en el desierto, esto es, en lugares apartados. Esto ocurrió con los Valdenses en las altas montañas del Piamonte, donde encontraron refugio para poder adorar a Dios conforme a la palabra de Dios. Pero deben hacer frente a un poder que recibe su autoridad del dragón, y que logra vencerlos (Dan 7:25; Apoc 13:2-7), es decir, destruirlos (v. 10).

La tierra, sin embargo, ayuda finalmente a la mujer perseguida cuando éste arroja sobre ella un río decisivo de persecución para arrasar con ella (Apoc 12:15-16). No tiene éxito, porque Dios tenía reservado un nuevo mundo, Norteamérica, para todos los que quisiesen encontrar plena libertad sin que se los persiguiese por su conciencia.

Cuando se celebraron los 200 años de la independencia norteamericana, y hubo una concentración inmensa frente a la estatua de la libertad en Nueva York, me interesé en leer el diario francés Le Monde, ya que los franceses se jactaban de ser el país con mayores libertades del planeta. Quedé admirado al ver cómo reconocían que a ningún país de la tierra le cabe de manera tan perfecta el título de la libertad como a los EE.UU., porque ningún país de la tierra recibió jamás tanta gente que buscase refugio en sus orillas como los EE.UU. Francia es un país de libertad, admitían, pero un país manchado por la sangre y tiranía de su historia medieval, y por la sangrienta revolución francesa.

Mientras que en Apoc 11 se habla de la liberación política y sangrienta que inició la Revolución Francesa, trayendo regímenes democráticos; en Apoc 12 se nos cuenta la historia de la liberación Protestante que inició una liberación espiritual de mayores alcances. Lamentablemente, la historia del país de la libertad religiosa terminaría mal. El diablo lograría camuflarse en él y expresarse a través de él como si se tratase del Cordero (Apoc 13:11), mientras procurase engañar y destruir al último remanente (Apoc 13:12-18).

Conclusión.
Si no tenemos en cuenta las tantas señales que Dios dio especialmente para el “tiempo del fin”, no captaremos la trascendencia e importancia de la época en que vivimos. En torno al S. XVIII y XIX se darían una cantidad de señales. Un gran terremoto como el de Lisboa, el más grande de la historia de Europa, que llevó a los hombres a dar un viraje no sólo político sino también religioso. Las señales estelares que en el Nuevo Mundo especialmente, llevó a miles a despertar su interés en las profecías relativas al fin. La aparición de un nuevo mundo, el continente norteamericano, trayendo libertad y refugio a miles de pelegrinos, luego de la sentencia de muerte determinada sobre la autoridad política que había ejercido el papado durante tantos siglos durante toda la Edad Media. Todo esto es importante recordar para saber que nos encontramos ya al mismo borde del fin.

Pero, ¿qué pasará con el mundo cristiano? No todos los cristianos se salvarán. No todas las iglesias se salvarán. No todo el mundo se salvará. Sólo un resto que guarda los mandamientos de Dios y la fe de Jesús se salvará (Apoc 12:17). La corte del cielo los considerará “vírgenes”, no por justicia propia, sino porque lavaron sus ropas en la sangre del Cordero y, por consiguiente, no se halló mentira en sus bocas (Apoc 14:4-5). “Ellos lo han vencido (al dragón), por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos”, venciendo aún sobre el temor a la muerte (Apoc 12:10).

Así, el registro de la corte celestial no encontrará pecado en ellos. Por su propia sangre, el Señor habrá preparado a su esposa para presentársela a sí mismo como en el Día de la Expiación, “sin mancha ni arruga ni cosa semejante”, limpia “de todos” sus pecados (Ef 5:27; Lev 16:30; Apoc 21:27).

Hay una sola iglesia que puede en justicia apropiarse de las palabras de Apoc 12:17, la Iglesia que guarda el Sábado y espera el retorno de Cristo en gloria. Aunque aquí y allí, uno escucha de quienes llegan a la conclusión de que la ley divina no perdió su validez, y guardan incluso el verdadero día del Señor, el sábado, sólo nuestra Iglesia tiene, además, el testimonio de Jesús prometido, esto es, el Espíritu Santo que da el don de profecía a la iglesia, para que ésta sepa lo que Jesús dice de sí mismo para esa época final.