El Hijo del Hombre y el Juicio Final

Dr. Alberto Treiyer
Teólogo

Aunque sin dudar en la solidez del mensaje adventista sobre el juicio que se inició en el cielo a mediados del siglo XIX, según la profecía que estudiaremos la siguiente semana, los adventistas estuvimos por cierto tiempo dubitativos a la hora de definir el propósito del juicio celestial. ¿Qué razón habría para que un Dios Omnisciente—según se nos decía--requiriese de libros para poder dar un fallo en el juicio, si es que realmente habría necesidad de tal juicio en el cielo?

El segundo punto delicado y relacionado con el primero tenía que ver con la naturaleza del juicio. Hasta hoy, muchos evangélicos insisten en que el juicio final tiene que ver con los que se pierden, no con los que ya son salvos, según la interpretación equivocada que dan sobre la salvación, de “una vez salvo, siempre salvo”. No ven la necesidad de un juicio para quienes aceptan a Cristo también, y el tremendo peligro que corren los que se duermen en victorias pasadas.

Propósito del juicio
El propósito del juicio es múltiple. Dicho de otra manera, son varios los propósitos del juicio final. Enumeremos algunos.

Vindicar el carácter de Dios. El Nombre de Dios, su reputación, ha sido puesta en tela de juicio en el universo. Se requiere un juicio para probar su integridad moral.

Juan 5:22-23: “El Padre a nadie juzga, sino que confió todo el juicio al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (de allí que el tribunal de Dios es llamado también “tribunal de Cristo”: Rom 14:10,12; 2 Cor 5:10).

a) En Daniel 7 hay un poder arrogante y blasfemo que busca la honra que le pertenece a Dios (vs. 8,20,25). Representa a todos los reinos que la precedieron, cuyo carácter es devorador, pero desarrollado al máximo como último exponente de los reinos de este mundo, en su carácter de oposición a Dios y a su pueblo. El juicio tiene como propósito poner las cosas en su lugar. Dios sólo es el digno de ser exaltado (cf. Is 2:11). En toda justicia, se requiere que “todos los dominios” le sirvan y le obedezcan (v. 27).

b) La tarea de vindicar el carácter de Dios cae en un “Hijo del Hombre”, un representante digno de la especie que se había perdido. En forma admirable, ese Hijo digno recibe la honra y la gloria que le pertenecen a Dios. La corte le confiere “dominio, y gloria y reino”, para que “todos los pueblos, naciones y lenguas” le sirvan (v. 13-14). Es el heredero prometido a David cuando Dios lo puso por rey de su pueblo, ya que se dice lo mismo que se le prometió a David con respecto a su heredero, “su dominio es eterno, que nunca pasará, y su reino nunca será destruido” (v. 14úp; 2 Sam 7:12-13).

c) Esta visión de honrar al Hijo como al Padre aparece representada como en ningún otro lugar de la Biblia en Apoc 4 y 5. La creación divina se está destruyendo en manos de malos mayordomos (Apoc 11:18). La reputación divina al haber creado este mundo se ve afectada. Se requiere una respuesta. La corte celestial declara al Padre “digno de recibir gloria, honra y poder” por haber creado “todas las cosas” (Apoc 4:11). También se señala el momento en que el Hijo recibe el libro de la herencia y del juicio, lo que en los términos de Jesús en el evangelio de Juan tiene que ver con la concesión de su autoridad para juzgar (Juan 5:22,27), para que todos los declaren “digno... de recibir poder, riquezas, sabiduría y fortaleza, honra, gloria y alabanza”, ya que es el Redentor (v. 23; Apoc 5:12). Y este reconocimiento termina dándose a ambos, el Padre y el Hijo, en una antífona universal (v. 13).

d) De las varias declaraciones no publicadas antes de E. de White que vinculan esta visión de Apoc 4 y 5 con el juicio final en el Lugar Santísimo, extraigo las siguientes que tienen que ver con nuestro deber de glorificar a Dios:

“Cada cual tendrá que encarar en el día final de cuentas [un principio de la Palabra de Dios], cuando cada caso será traído en revisión delante de Dios, y deba decidirse todo caso. ¿Mediante qué? Bien, leemos de un libro en el Apocalipsis que estaba en la mano de Uno. Allí se lo vio, y nadie podía abrir el libro. Y había gran lamentación y llanto y agonía porque no podían abrir el libro. Pero uno dice: ‘Aquí hay Uno, el León de la tribu de Judá, él puede abrir el libro’. El toma el libro y, entonces, oh, ¡qué regocijo había! Se abrió el libro, y ahora puede ser leído, y cada caso será juzgado según las cosas que están escritas en el libro” (Manuscrito 164, 1904).

“Si Uds. están listos para el juicio, si el nombre de Uds. está en ese libro que está sellado, y si es eso lo que recomendará vuestro curso de acción, entonces Cristo dirá: ‘Tomen asiento en mi trono’” (Manuscrito 164, 1904).

“De esta forma los judíos hicieron su elección. Su decisión [de renunciar a la herencia: “no tenemos más rey que César”; “su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”] fue registrada en el libro que Juan vio en la mano [“de Aquel que estaba sentado sobre el trono”, Palabras de Vida del Gran Maestro, 294]. En toda su vindicación aparecerá esta decisión delante de ellos el día en que este libro sea desellado por el León de la tribu de Judá” (Manuscrito 23, 1900).

“Mirando al herido Cordero de Dios, los judíos habían clamado: ‘Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos’. Este espantoso clamor ascendió al trono de Dios. Esa sentencia, que pronunciaron sobre sí mismos, fue escrita en el cielo. Esa oración fue oída... Terriblemente se habrá de cumplir esta oración en el gran día del juicio” (Deseado de Todas las Gentes, 688).

“Así como se glorificó a Cristo en el día del Pentecostés, así también se lo glorificará otra vez al concluir la obra del evangelio, cuando preparará un pueblo para permanecer de pie en la prueba final, al concluir el conflicto de la gran controversia” (Review and Herald, Nov. 29, 1892).

“Cuando se expresó la justicia de Dios en declaración judicial, estableciendo la disposición final de Satanás, para que fuese manifiestamente consumido con todos los que se pusieron bajo su bandera, todo el cielo retumbó con los aleluyas, y ‘Digno es el Cordero que fue muerto para tener toda autoridad y poder, y dominio, y gloria’” (3SP, 186).

“Al morir, Cristo proclamó la sentencia de muerte para Satanás. Y toda la hueste angélica proclamó esta victoria. Toda la familia angélica, los querubines y serafines, cantaron las alabanzas de la obra maravillosa que unió la tierra con el cielo, y el hombre finito al Dios infinito. Y cuando el conflicto termine para siempre, qué de cantos de alabanza irrumpirán de la hueste de redimidos. Eso sí que será verdaderamente música. Sin ninguna nota discordante, la rica y plena antífona se levantará de las voces inmortales, ‘Digno, digno es el Cordero’” (Manuscrito 142, 1899).

Vindicar el carácter de los redimidos, tan cruelmente calumniado y ultrajado por los poderes de la tierra bajo el liderazgo del gran impostor.

Juan 5:23: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió”.

Apoc 14:7: “¡Temed a Dios y dadle gloria, porqueha llegado la hora de su juicio! Y adorad alque hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”.

Apoc 16:9: “Y los hombres se quemaron... y blasfemaron el Nombre de Dios que tiene poder sobre estas plagas, pero no se arrepintieron para darle gloria”.

a) El juicio debe determinar quiénes participan del Espíritu del cielo y quiénes no, quiénes honran al Hijo y a su Padre como la corte divina (Jn 5:27).

b) Para suplantar a Dios y recibir la honra que le pertenece, el anticristo persigue a los que honran al Padre y al Hijo, persigue “el pueblo de los santos del Altísimo” (Dan 7: 21,25,27).

c) Pero en el juicio, el Hijo vuelca el favor y afecto del universo “a favor de los santos del Altísimo” (Dan 7:22). El los compró con su sangre (Apoc 5:9), con el propósito de hacer de ellos un reino, para que reinen por los siglos de los siglos (Apoc 5:10; 20:6; 22:5).

Otorgar el reino al Hijo del Hombre y a todos los santos del Altísimo.

Dan 7:13-14: “Y le fue dado dominio, y gloria y reino... Su reino nunca será destruido”.

Dan 7:27: “El reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”.

Esto es lo que resalta en el Apocalipsis en forma especial. Extraigamos algunas partes del anuncio de la séptima trompeta, que evoca la visión del juicio de Apoc 4 y 5.

Apoc 11:15-19: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará para siempre jamás. Y los veinticuatro ancianos... adoraron a Dios diciendo: ‘Te damos gracias... porque has asumido tu inmenso poder, y has empezado a reinar..., y ha llegado... el tiempo de juzgar a los muertos, de dar el galardón a tus siervos..., a los santos y a los que temen tu bnombre”.

Los redimidos reinarán con el Señor por mil años, y por toda la eternidad, ya que su reino nadie podrá arrebatárselo más (Apoc 1:6; 2:10,26-27; 3:21; 12:10-11; 20:4,6; 22:5).

Conclusión
El juicio comprende a todos, buenos y malos. Aunque en la primera etapa del juicio debe darse especial consideración a los que van a ser vindicados, ya que el propósito es pronunciarse en su favor, debe ventilarse todo delante del universo. Aquellos que han obrado bien pero que se los ha calumniado tan vilmente deben recibir el reconocimiento del tribunal celestial.

Ecl 12:13-14: “El fin de todo discurso es éste: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque éste es todo el deber del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, incluyendo toda cosa oculta, buena o mala”.

Mat 12:37: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”.

Heb 4:13: “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (véase Rom 14:10,12; 2 Cor 5:10).

“Así como los rasgos de la fisonomía son reproducidos con minuciosa exactitud sobre la pulida placa del artista, así también está el carácter fielmente delineado en los libros del cielo. No obstante, ¡cuán poca preocupación se siente respecto a ese registro que debe ser examinado por los seres celestiales!” (Conflicto de los Siglos, 541).