El error de Miller

¿Por qué no le mostró Dios a Miller su error? Hay quienes se preguntan por qué Dios no intervino para impedir la gran desilusión de octubre de 1844 mostrándole a William Miller con anticipación dónde estaba su error. Hay por lo menos dos respuestas a esta pregunta.

a. Dios le mostró a Miller dónde estaba su error. Cuando por fin se descubrió la explicación de lo que había ocurrido al final de los 2.300 días, se la encontró en las Escrituras, donde había estado todo el tiempo. Miller y sus colaboradores no se habían dado cuenta, pero Dios no tiene la culpa de eso.

b. Conviene que nos h.agamos otra pregunta. ¿Por qué no intervino Jesús para impedir la gran desilusión de sus seguidores en ocasión de la crucifixión? En el domingo de Ramos, cinco días antes de la crucifixión, hasta los discípulos se unieron a la entrada triunfal de Cristo mientras la multitud gozosa clamaba vez tras vez: "Bendito el Rey que viene", "Bendito. . . el Rey de Israel"(S. Lucas 19: 38; S. Juan 12: 13). La clamorosa multitud creía a pie juntillas que Jesús estaba por declararse rey; vencer a los romanos y hacer de Jerusalén la capital del mundo.

¡Qué equivocados estaban! ¡Y qué desilusionados se sintieron cuando Jesús murió! Todavía percibimos el sollozo en la voz de Cleofás, una semana después de la entrada triunfal, cuando dijo: "Nosotros esperábamos que sería El el que iba a librar, a Israel" (S. Lucas 24: 21).

Jesús sabía que la multitud iba a sufrir una desilusión. Entonces, ¿por qué permitió que se llevara a cabo la entrada triunfal? ¿Por qué no suspendió la procesión, por qué no le mostró a la gente que estaba equivocada y por qué no los envió a casa?
Lejos de hacer eso, Jesús en realidad patrocinó todo el asunto. Personalmente le pidió a los discípulos que le consiguieran un asno para poder cumplir la profecía de Zacarías 9: 9 acerca del Rey que entraría en Jerusalén cabalgando en un asno. (Véase S. Mateo 21: 1-11.) Y cuando los dirigentes religiosos le pidieron que tranquilizara a la multitud, rehusó hacerlo. (Véase S. Lucas 19: 39, 40.)

De manera que Jesús no sólo permitió la entrada triunfal, sino que fue responsable de ella, un acontecimiento que exaltó muchísimo las esperanzas de la gente de que El haría algo que no tenía la menor intención de hacer, y que produjo una tremenda desilusión pocos días después.

Pero examinemos el asunto desde otro punto de vista. ¿Era Jesús el rey de Israel? ¡Por supuesto que sí! Era el Rey del universo. ¿Era El el que iba a redimir a Israel? Vino para redimir a todo el mundo. La gente, entonces, empleó las palabras correctas; sólo que le dieron un significado equivocado. La culpa la tenían ellos, no Jesús.

Jesús sabía que lo habían entendido mal, entonces, ¿por qué no los corrigió? Trató de hacerlo. Tres veces les dijo a sus discípulos con anticipación que le darían muerte; ¡pero ellos no le quisieron creer! (Véase S. Marcos 8: 31-33; 9: 30-32; 10: 32-34.)

Además, la verdad acerca de que el Mesías sería muerto estaba predicha en el Antiguo Testamento, y había permanecido escrita allí por cientos de años.

Después que Cleofás dijo suspirando: "Nosotros esperábamos que sería El el que iba a librar a Israel", el Jesús resucitado le citó a él ya su compañero algunos pasajes del Antiguo Testamento. "Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre El en todas las Escrituras" (S. Lucas 24: 27).

Sin duda Jesús citó Génesis 3: 15 acerca del Linaje cuyo calcañar sería atacado por el enemigo. Y Daniel 9: 24-27 donde se nos dice que el Mesías sería "cortado", muerto. Sin duda Cleofás y su amigo conocían bien estos versículos; tal vez los sabían de memoria. Pero cuando Jesús les mostró que las Escrituras habían predicho mu cho antes "que el Cristo 'padecería' eso" antes de entrar en su gloria, sus corazones ardían a la vez de entusiasmo y alivio. (S. Lucas 24: 26, 32.)

Si Jesús sabía que su pueblo lo iba a entender mal y se iba a desilusionar, ¿por qué no evitó totalmente la entrada triunfal? Porque sabía que tenía que hacer algo en Jerusalén (en cumplimiento de la profecía de las setenta semanas) que era absolutamente esencial para el plan de salvación, y porque era necesario que el pueblo se enterara de todo, de manera que pudiera creer y salvarse.

De la misma manera, cuando los 2.300 días se estaban acercando a su terminación, Jesús estaba por comenzar otra obra relacionada con su gracia, absolutamente esencial para la salvación. Por eso su Espíritu suscitó el gran despertar adventista en muchos países del mundo para llamar la atención de la gente a fin de que pudieran creer y salvarse.

Resulta de interés más que pasajero que el movimiento de Miller finalmente fue objeto de la oposición de los dirigentes religiosos de la época, tal como ocurrió con la entrada triunfal. Y la explicación de la desilusión de Miller no llegó por medio de profesores del seminario ni poderosos teólogos. Les llegó a gente sencilla mientras estudiaba las Escrituras, e incluso a un par de ellos: Hiram Edson y su amigo, quienes, como Cleofás y su amigo, iban caminando por el campo.
Lo importante es que en ambos casos las respuestas provinieron de las Escrituras. Habían estado allí todo el tiempo, sólo que la gente no estaba lista todavía para comprenderlas.