Daniel 2 se Amplía con Daniel 7

Desde los mismos comienzos de la iglesia se afirmaba que la profecía de las cuatro bestias simbólicas de Dan. 7, seguidas por el establecimiento del reino de Dios, sencillamente es un paralelo, una repetición y una ampliación del bosquejo profético de los cuatro metales de la gran estatua del sueño profético y de la piedra destructora de Dan. 2. Ambas visiones eran reconocidas como la descripción que hace Dios del surgimiento y la caída de las naciones y el bosquejo de la historia de los imperios mundiales. La mayoría de los sucesos eran reconocidos a medida que acontecían.

La referencia a los diez reinos y al cuerno pequeño en la Epístola de Bernabé (c. 150 d. C.), implica la comprensión de que la cuarta bestia era el Imperio Romano que entonces existía, que diez reinos pronto se desprenderían de Roma, y que tres de ellos serían desarraigados por el "rey pequeño". A esto le sigue en la epístola citada la alusión a la inicua conducta del "negro" o "inicuo" que vendría y que sería destruido en el Juicio cuando Jesús volviera a la tierra.

Fragmentación esperada y percibida.

Justino Mártir, de Samaria, primer padre anteniceno de la iglesia, relacionaba el segundo advenimiento con la conclusión de la profecía de Dan. 7, y aludía a los tres tiempos y medio. Ireneo de las Galias (m. c. 202) declaraba que Roma -el cuarto reino de la gran sucesión- terminaría fragmentándose en diez partes, y que el cuerno pequeño ocuparía el lugar de tres de las diez divisiones de Roma. Además, identificaba al "hombre de pecado" (anticristo) de Pablo con el cuerno pequeño de Daniel.
El tiempo tenía inevitablemente una perspectiva muy reducida para esos primeros expositores. Para Ireneo (siglo II), los tres tiempos y medio eran tres años y medio literales, dentro de la vida de un individuo. Pasó el tiempo. Y no fue sino hasta el siglo XII cuando Joaquín de Flora (o Floris) emite) el concepto de que los tres tiempos y medio equivalían a 1.260 años literales. Tertuliano de Cartago (siglo III) ya había añadido el concepto de que, de acuerdo con Pablo (2 Tes. 2), la continuación unificada de Roma demoraba la aparición del anticristo; y que su división en diez reinos daría lugar al aparecimiento del anticristo, el cual sería finalmente destruido por el resplandor del segundo advenimiento de Jesús.

El paralelismo de los elementos proféticos de Dan. 2 y 7 fue reconocido por lo menos ya en los días de Hipólito (c. 200 d. C.). Afirmaba éste que el alcance de ambos capítulos es idéntico, con la sola diferencia de que Dan. 7 es más amplio. Estas son sus notables palabras:

La "cabeza de oro de la imagen" es idéntica con la "leona", con la cual fueron representados los babilonios. El "pecho y los brazos de plata" son lo mismo que el "oso", que simboliza a los persas y a los medos. "Su vientre y sus muslos de bronce" son el "leopardo", que representa a los griegos que gobernaron desde Alejandro en adelante. Las "piernas de hierro" son la "bestia espantosa y terrible" que simboliza a los romanos, que ahora gobiernan. Los "dedos de los pies de barro y hierro" son los "diez cuernos" futuros. El "otro cuerno pequeño" que "salía entre ellos" es el "anticristo". La piedra que "hiere a la imagen y la desmenuza", y que llena toda la tierra, es Cristo que viene del cielo y trae juicio para el mundo (Fragmentos de comentarios, "Acerca de Daniel", fragmento 2, cap. 3; cf. su Tratado acerca de Cristo y el anticristo).

Hipólito vivió en el tiempo de la dominación de Roma y afirmó que los diez reinos "todavía habían de levantarse". Un siglo más tarde, poco antes del Concilio de Nicea, Eusebio de Cesarea reiteró en esencia la misma interpretación que establece un paralelismo entre Dan. 2 y 7, estimando que el reino de Dios sería establecido mediante la intervención divina en su segundo advenimiento. Cirilo de Jerusalén concordó con esta interpretación: las cuatro bestias de Daniel son los imperios de Babilonia, Persia, Macedonia y Roma; el anticristo aparecerá después de la división de Roma y de la humillación de tres de los cuernos de las divisiones siguientes. Crisóstomo de Constantinopla estuvo de acuerdo con este esquema cuando escribió a fines del siglo IV.

Porfirio (232-304), filósofo neoplatónico, para tratar de desacreditar la profecía, introdujo la idea de que el cuerno pequeño de Dan. 7 era Antíoco Epífanes, del siglo II a. C. Jerónimo, traductor de la Vulgata, y el último que expuso con amplitud las profecías de Daniel antes de la oscuridad espiritual de la Edad Media, escribió en el siglo V para refutar los argumentos de Porfirio, e identificó a las bestias de Dan. 7 con los metales de Dan. 2. También mencionó por nombre a varias de las divisiones de Roma: los vándalos, los sajones, los burgundios, los alemanes, y otras. Declaró que el cuerno pequeño no era Antíoco, sino el anticristo venidero. El juicio y el advenimiento seguirían al reinado del cuerno pequeño que, según él creía, sólo duraría tres años y medio literales. Teodoreto de Ciro, teólogo de la iglesia de Oriente (c.393-c.457), añadía que el cuerno pequeño la cuarta bestia de Daniel- la bestia romana- es el mismo "hijo de perdición" mencionado por San Pablo.

Notables progresos en tiempo de Joaquín y Eberhard.-

La interpretación profética medieval no se caracterizó por sus progresos. En Sargis d´Aberga, obra etíope del siglo VII, donde se narra la conversión forzada de los judíos bajo Focas y Heraclio, el autor se refiere a las cuatro bestias como los cuatro reinos, seguidos por las diez divisiones de los cuernos, siendo el cuerno pequeño el "falso Mesías". Los más antiguos dibujos que se han preservado de las cuatro bestias simbólicas fueron hechos por Beato, monje español del siglo VIII. El Venerable Beda, de Gran Bretaña -también del siglo VIII-, aludía a esos cuatro reinos principales, los cuales nombraba. Pero para él los tres tiempos y medio también eran años literales.

El monje benedictino Berengaud trató, a fines del siglo IX, de ubicar geográficamente a algunos de los cuernos como divisiones históricas de Roma, tales como los vándalos en España, los godos en Alemania y los hunos en Panonia. Una exposición de Daniel erróneamente atribuida a Tomás de Aquino (siglo XIII), citaba la posición típica de Jerónimo acerca de los cuatro imperios, con los diez cuernos como reyes futuros del tiempo del anticristo, el que habría de gobernar tres años y medio. El escolástico Pedro Comestor (m. c. 1178) describía la trayectoria de Babilonia, Persia, Grecia, Roma, las diez divisiones del Imperio Romano, y el cuerno pequeño como el anticristo que surgiría de la tribu de Dan. Pero con Joaquín de Floris (o Flora, m. 1202) -el más notable expositor de la Edad Media- comenzó a restaurarse en su debido lugar la interpretación histórica de la profecía. Aunque hizo alusión a Dan. 7, su mayor contribución fue extender el principio de "día por año" a los 1.260 días de Apocalipsis 12. Hizo equivaler éstos a los 42 meses de Apoc. 11: 2 y a los tres tiempos y medio de Dan. 7, declarando que "un día, sin duda, debe aceptarse como un año". Sus discípulos del siglo XIII, como Arnoldo de Villanova y Pierre Jean d'Olivi, aplicaron después este principio de día por año a los 1.290 y 1.355 días (Dan. 12: 12).

La notable obra valdense Tratado sobre el anticristo puso énfasis en que en la iglesia papal se cumplían las predicciones proféticas de Daniel, Pablo y Juan. Lo afirma así en esta abarcante declaración:

La iniquidad, pues, corresponde a todos sus ministros, grandes y pequeños, junto con todos los que los siguen con mal corazón y a ciegas. Una congregación tal, en su conjunto, es lo que se llama anticristo, o Babilonia, o la cuarta bestia, o la ramera, o el hombre de pecado, el hijo de perdición (citado en Samuel Morland, The History of the Evangelical Churches of the Valleys of Piemont [La historia de las iglesias evangélicas de los valles del Piamonte], pp. 143, 158-159). Pero el primero en declarar que el cuerno pequeño de Dan. 7 era el papado histórico un sistema anticristiano, no un individuo fue Eberhard II, arzobispo de Salzburgo, Austria, durante el Concilio de Ratisbona en 1240. Difícilmente se puede exagerar la importancia de esta declaración. Este postulado se convirtió en la convicción de Wyclef, Lutero, Cranmer y Knox, y prácticamente de todos los expositores protestantes de la Reforma y posteriores a la Reforma, en el continente europeo, en Gran Bretaña y en Norteamérica.