Los celos
Dr. Mario R. Pereyra

 

 “Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión
y toda cosa mala. Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente (tolerante), llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía.”
Santiago 3: 16-17 (NBLH)

 

El complejo de Caín

Narra la Biblia que los primeros hijos gestados en este mundo, Caín y Abel, inauguraron la desdichada historia de los males que nos azotan, protagoni­zando la primera trage­dia. El conoci­do relato del Génesis cuenta que los hijos de Adán y Eva ejer­cie­ron oficios diferen­tes, siendo el primogénito labrador y el segundo pastor. Pasando el tiempo, registra textualmen­te, que "un día Caín llevó al Señor una ofrenda del producto de su cosecha.

También Abel llevó al Señor las primeras y mejores crías de sus ovejas. El Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda, por lo que Caín se enojó muchísimo y puso muy mala cara. Entonces el Señor le dijo: ‘¿Por qué te enojas y pones tan mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él’" (Génesis.4:3-7, DHH). A pesar de la advertencia y exhortación de Dios, este primer arrebato ­de celos no pudo ser controlado, por el contrario, continuó su cauce de enojo y vengan­za, causando la primera víctima inocen­te, el crimen de Abel, su hermano.

Se ha dado en llamar Complejo de Caín (Orbis, 1985, tomo 1, p. 49), al sentimiento de rivalidad fraterna que suele manifestarse, especialmente, en el hijo mayor en ocasión del naci­mien­to de un hermano. El cariño que hasta el momento era exclusivamente suyo debe ahora compartirlo con otro; la incapacidad para hacerlo, provoca animadver­sión hacia el intruso, que puede manifestarse en actitudes de hostilidad y rechazo u actos de agresión­ física. Estos senti­mien­tos de aborreci­mien­to al hermano parece ser la expre­sión más temprana ­de los celos.

Otro relato muy conocido de celos es el célebre drama de Shakespea­re, Otelo, conside­rado por los críticos como su realización maestra (Pagés, 1952, XXXIX). El protagonista principal que da nombre a la obra, es un noble moro que ostenta el cargo de general del Ejército de Venecia. Se casa con Desdémona, hija del senador Brabantio, en contra de los deseos del padre de ella. El asistente de Otelo, Yago, ofendido porque su jefe prefiriera a Cassio para un ascenso, conspira una vengan­za contra ambos. Estimula los celos de Otelo, sugiriendo que Desdémona mantiene una relación amorosa con Cassio. Otelo, enloquecido y cegado por "las pérfidas sospechas", estrangu­la a Desdémona y se suicida. En esta obra, Yago es la personificación de Lucifer, un monstruo subterráneo y perverso que conduce sutilmente su tarea corrosiva por medio de maquinaciones ladinas buscando promover la furia celotípica, hasta lograr su cruel objetivo. El mismo Yago sabe que los celos son un "veneno" que en un principio "ni al paladar ofenden, mas en filtrando luego por la sangre, abrazan como cráteres de azufre" (Shakespeare, 1952, p. 305). La obra describe, precisamente, como opera la acción ponzoño­sa de la maldad, que inyecta el veneno de los celos en una pareja desprevenida e inocen­te hasta llevarla a la destrucción.

Los celos son visitantes conocidos por todos. Constituye una emoción universal. No depende de la condición social del celoso, ni de su nivel intelectual, poderío económico o educación. Cualquiera puede ser víctima de esos arrebatos apasionados. ­Además de los celos entre hermanos, existen esas mismas pasiones en la amistad, el compañe­ris­mo y en toda relación que constru­ye un vínculo de afecto mutuo. Aparece cuando el sentimien­to de posesión egoísta se ve frustrado o cree descu­brir su falta de exclusividad. Pero donde adquiere mayor virulencia e intensi­dad es en la vida matrimo­nial. La expresión más terrible de los celos es cuando pone bajo sospe­cha el amor que une a una determinada pareja. Es cuando el "monstruo de ojos verdes" (así llama Shakespeare al celo) amenaza con destruirlo todo; donde el amor se convierte en espanto y tortura, transformando el cariño ­­en desprecio.

La palabra "celos" deriva etimológicamente del latín zelus y del griego ζηλoς, que significa "ardor". Es sinónimo de "aplicación", "entusiasmo", "fervor". Tiene varias acepciones, desde, "Amor extremado y eficaz a la gloria de Dios y al bien de las almas", a la ­sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndola en otra" (Peuser, 1962, volumen II, p. 402). Esta última definición podría explicarse ­como una ansiedad caracteri­za­da por los conti­nuos sentimien­tos de descon­fianza y sospecha en relación con la persona amada. Es un intenso dolor hecho de inseguridad, inquie­tud y suspicacia. Sin embargo, hay que reconocer que existen dife­ren­tes manifesta­cio­nes de los celos algunas de las cuales son positivas, aunque la mayoría penetran profunda­mente en la parte oscura del ser y constituyen un rasgo­­ deplorable de la conducta.

 

Ejemplos de celos y recelos

“pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos
y contiendas, ¿no serán inmaduros? ¿Acaso no se están comportando según criterios meramente humanos?”
1 Corintios 3:3

Hay muchos ejemplos bíblicos de conductas celosas o recelosas de tipo negativo, que nos advierten de los peligros de promover o alimentar este tipo de sentimientos tóxicos, tan destructivos. Empezando con Lucifer, que los celos lo llevaron a caer de su encumbrado lugar en el cielo (Isaías 14:14), siguiendo con Caín (Génesis 4:3-7), el primer homicida, continuando con Raquel y Lea y sus hijos (Génesis 29-30), Penina, una de las esposas de Elcana (1 Samuel 1:2-8), Saúl (1 Samuel 18-24) y tantos otros. Sólo consideraremos un caso que los celos y la injusticia lo llevó a perder su privilegiado lugar en los cielos y en la tierra, fue el Judas del Antiguo Testamento.

El Señor Jesucristo tuvo doce discípulos (Mateo 10:1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16) que establecieron la Iglesia cristiana durante la dispensación del Nuevo Testamento, en tanto, durante la etapa del Antiguo Testamento, el pueblo de Dios estuvo representado por las doce tribus de Israel (Éxodo 24:4; 28:21; Números 17:2; Josué 4:9; 1 Reyes 18:31). El doce constituye, pues, el número del pueblo de Dios organizado del pasado y también del futuro, ya que doce serán las agrupacio­nes de los redimidos, constituidas simbólicamente por 12.000 miembros cada una, esto es, doce veces mil, lo que suman un conjunto de 144.000 personas, que según el Apocalipsis (7:4‑8; 14:1-5) será el número de los bienaventurados que habitarán la tierra nueva. Asimismo, la ciudad capital del mundo del futuro, tendrá doce puertas, cada uno de las cuales recibirá el nombre de los hijos de Israel que establecieron las tribus (Apocalipsis 21:12) y de los discípulos de Jesucristo (Apocalipsis 21:14). Sabemos que entre los doce apóstoles uno no tendrá su nombre escrito en las puertas de la Jerusalén celestial, ya que falló, fue el traidor Judas. Igualmente uno de los hijos de Jacob también fracasó, siendo excluido del privilegio de grabar su nombre en las puertas de la Jerusalén celestial. ¿Quién fue y por qué motivo fue desechado?

Si se lee el nombre de cada una de las tribus consignadas en Apocalipsis 7:5-8, se observará que falta uno de los hijos de Jacob según la formación de la familia que se registra en Génesis 29:31 al 30:24 y 49:3‑28. En el cuadro que aparece más abajo, se observa que uno de los nombres presentados en el Apocalipsis no es un hijo, sino un nieto de Israel (Manasés, hijo de José), ya que uno de sus hijos fue eliminado de la lista, se trata del número quinto, Dan. Considerando el paralelismo que efectúa el Apocalipsis entre los apóstoles y los hijos de Israel (Apocalipsis 21:12 y 14), puede inferirse que Dan es el Judas del AT, ya que ambos fracasaron. La pregunta es: ¿Por qué fracasó Dan? ¿Por qué Dan no logró grabar su nombre en la Jerusalén celestial? ¿Qué enseña su rechazo?

 

Lista de los hijos de Jacob según Génesis y Apocalipsis

12 hijos o tribus de Israel
(Génesis 29:31 – 30:24; 35:16-26)

12 tribus
(Apocalipsis 7:4-8)

NÚMERO

NOMBRE

NÚMERO

NOMBRE

1
2
3
4
5

6
7
8
9
10
11
12

Rubén
Simeón
Leví
Judá
Dan

Neftalí
Gad
Aser
Isacar
Zabulón
José
Benjamín

1
2
3
4
5

6
7
8
9
10
11
12

Judá
Rubén
Gad
Aser
Neftalí

Manasés
Simeón
Leví
Isacar
Zabulón
José
Benjamín

“Será Dan serpiente junto al camino, víbora junto a la senda que muerde los talones del caballo, y hace caer hacia atrás al jinete” Jacob o Israel (Génesis 49:17)

La información bíblica sobre la historia de Dan es muy pobre, igual que en el caso de Judas; sobre ellos se cierne un raro manto de silencio como una nota callada de censura. Sin embargo, los pocos datos que tenemos de Dan aportan elementos sugestivos para comprender su perdición. Sabemos de Dan lo que se dice en el momento del nacimiento y luego lo que dijo el padre de él en el momento de morir; casi no hay más datos explícitos. Conocemos que Dan es fruto de la disputa y competencia que mantenía Raquel con su hermana Lea, por la procreación de hijos que ganaran el afecto del esposo; es decir, es hijo de los celos. Raquel al padecer de esterilidad, a diferencia de su hermana, decidió ofrecer a Jacob su sierva Bilha, quien de ella gestó a Dan. Cuando nació el niño (Génesis 30:1), Raquel manifestó: “Me juzgó Dios”, o “Ha procurado justicia para mí”. Por eso llamó a Dan: “El juzgó” (versículos 4-6). Así que el nombre de nuestro personaje es “juzgó” o vindicó o “juicio”. Es interesante que haya otro ejemplo bíblico que tiene un nombre semejante, Daniel. La diferencia está en el agregado posterior, Dani-el, ese “el”, significa “Dios”. Así, el nombre de Daniel, (hebreo: Dâni'êl), tiene el hermoso significado de: “Dios es mi juez” o “juicio de Dios”. En cambio, Dan, es solamente “juicio”, es decir, un juicio meramen­te humano, no divino.

¿Cómo ejerció Dan su juicio? ¿Cómo desempeñó la función de estimar los problemas y emitir los juicios sobre los demás? La profecía que dictó su padre en el momento postrero de su vida, en un estado de clarividencia divina, reveló que ese hijo se desvío de su objetivo de juzgar con justicia y en forma ecuánime. El veredicto de Jacob fue: “Dan juzgará a su pueblo, como una de las tribus de Israel. Será Dan serpiente junto al camino, víbora junto a la senda, que muerde los talones del caballo, y hace caer hacia atrás al jinete” (Génesis 49:17). Esas palabras son una metáfora de su vida, una suerte de radiografía que denuncia el mal, la explicación de cuál fue el problema que lo descalificó para grabar su nombre en las puertas de la Jerusalén celestial.
Es posible que Dan tuviera aptitudes de juez, esa mirada reflexiva, profunda y punzante para leer el corazón de los hombres y entender los conflictos, descubriendo las soluciones. Es probable que también Dan fuese capaz de no dejarse engañar por los delincuentes o malvivientes cuando se escondían detrás de la impostura o el disimulo. Pero a Dan le faltó el amor de la verdadera naturaleza de la justicia para actuar con imparcialidad, probidad y limpia conciencia. ¿Qué significa esa figura de la serpiente agazapada en el borde del camino, preparada para lanzarse sobre el transeúnte desprevenido y asestarle la mordedura fatal? Es la imagen de una persona alevosa, pérfida y traidora; de alguien que está al asecho ―artero y astuto―, atento para precipitarse como un rayo sobre su víctima y propinarle la agresión mortífera. Se trata de quien inflige el golpe inesperado, que actúa de manera sutil, con sadismo y alevosía. Es quién miente y se aprovecha de su posición privilegiada de juez para obtener beneficios propios y perjudicar a los inocentes, él que actúa de manera solapada, engañando y arruinando a otro. En lugar de dictar el juicio justo, hace abuso de autoridad realizando veredictos despóticos o absoluciones indignas. Es un juicio que no salva sino condena, constituye un látigo de castigo no de reparación o de distribución equitativa. Hay que pensar que Dan renun­ció al ideal de sancionar los delitos que violan los principios éticos y morales que fundan la armo­nía de una sociedad, para decidir en favor de quien pagara mejor, actuando en forma ambiciosa, buscando la utilidad personal. 

El proceder de Dan también lo descubrimos en los sucesos de la vida de José (Génesis 37, 42-45). Él participó de los celos, las hostilidades al hermano y probablemente fue quien sugirió la idea de eliminarlo, interviniendo en la decisión de venderlo. Aunque el relato bíblico de la historia de José nunca menciona a Dan, habría que interpretar el silencio como parte de su estrategia insidioso (y del silencio bíblico impiadoso), el que tira la piedra y esconde la mano, actuando tras bambalinas, con la estrategia de la serpiente. Asimismo, si Dan fue el “juez” es de suponer que su voz debió ser escuchada, suponiendo que realizó un juicio condenatorio. También Dan participó en el engaño al padre, sobre la verdad de la historia de José; engaño que fue sostenido por muchísimos años, viviendo un mundo de simulación repleto de falsedades. Seguramente el ejercicio de la hipocresía familiar constituyó una práctica para cumplir su cínica profesión.

La serpiente mordiendo el talón, por otra parte, alude simbólicamente a dos imágenes representativas, una del pasado y otra del futuro. Con respecto a la primera, según Génesis 3, Satanás en forma de serpiente, seduce y engaña a Eva, produciendo la caída del hombre y sufriendo la penalidad de la muerte. Dios sentencia el castigo diciendo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (3:15). La mujer, símbolo de la Iglesia (Efesios .5:22-27; Apocalipsis 12:1; 19:7-8), recibió la promesa del triunfo final, pero padeciendo la herida de la traición, infligida por la serpiente. ¿Cuál fue esa mordedura de serpiente? Fue la muerte de Cristo, quien también sufrió la traición de uno de sus discípulos, padeciendo la muerte en la cruz. Así, pues, Dan es un símbolo de Satanás, la serpiente antigua, como también es un símbolo de Judas Iscariote, el traidor que actualizó el hombre de perdición en los tiempos del Nuevo Testamento.

Ahora, si Dan es la figura de los celos enfermizos, de la ambición y la injustica, ¿cuál es la actitud opuesta? Dan fue sustituido por Manasés, quién ocupó su lugar entre las doce tribus y grabó su nombre en una de las puertas de la ciudad eterna. ¿Qué simbolizó Manasés? ¿Qué significó su nombre? La narración bíblica consigna: “Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés (esto es, El que hace olvidar); porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre” (Génesis 41:52). Durante 13 años José padeció una cruel sucesión de adversidades, hasta que Dios lo recompensó, ocupando el cargo de gobernador de Egipto. Entonces, se casó y nació el primer hijo. Su espíritu sobrecargado con tantos recuerdos penosos finalmente pudo descansar en paz. Las alegrías e inocencias del niño, hicieron  olvidar a José los malos momentos vividos, experimentando la gracia bienhechora del perdón que como un bálsamo suaviza y perfuma la vida. Manasés es quien alivia y restaura. Es un nombre que promueve los valores de la vida sobre los sentimientos alterados del enojo y el rencor. Privilegia el alivio de la conciencia sobrecargada y la sonrisa de perdón. Es un mensaje que estimula las cosas buenas presentes y la esperanza futura. Nombre que estará sobre una de las puertas de la ciudad celestial, como símbolo del perdón que posibilita el ingreso a la eternidad. Si Dan es símbolo de la “serpiente antigua” (Apocalipsis 12:9; 20:2) quien envenenó de pecaminosidad al mundo, entonces Manasés es símbolo de Jesucristo que gracias al perdón ofreció el antídoto para contrarrestar el mal del pecado.

 

El celo de Dios

Muy diferente es el sentido que la Biblia le atribuye a una expresión repetida con los términos, "celos de Dios" (Deut­eronomio 4:24; 5:9; 6:15; Éxodo 20:5; 34:14; Números 25:11; Ezequiel 8:3-5; Zacarías 1:14; 2 Corintios 11:2). A diferencia de la actitud humana, ese tipo de celos, es el ardor o el fervor que pone Dios en ayudar al hombre para rescatarlo del mal y concederle las bendiciones de la salvación. Es todo lo contrario de la descon­fianza y el egoísmo, constituye un exceso de amor.  

Dr., Mario R. Pereyra Lavandina
Dr. en Psicología
Universidad de Montemorelos

 

Mario Pereyra es doctor en psicología, psicólogo clínico, terapeuta de familia, docente universitario, investigador y escritor. Actualmente se desempeña como Catedrático del Posgrado de la Maestría en Relaciones Familiares y Coordinador en Investigación de Psicología Clínica de la Universidad de Montemorelos, México. Lleva publicado 350 artículos y 21 libros.