La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 12

Resultados de la testificación

Ray y Dawn Spoon iniciaron la obra entre los nativos de la isla de Palawán en las Filipinas en el año 1991. Cuando bajaban de las montañas se detenían ocasionalmente en nuestra universidad. Más de una vez participaron en una clase de Antropología de las Misiones que yo dictaba. Sus testimonios nos ayudaron a entender que en algunas ocasiones debemos es­perar más de lo que deseamos a fin de ver los resultados de nuestra labor de testificación. Sus esfuerzos produjeron un primer bautismo en el año 1997. Hoy en día existe una pujante iglesia adventista entre los palawanos.
En el año 1996 mi hijo Christian decidió ir a la India como estudiante mi­sionero. Allí colaboraría con John y Beth Baxter. En 1993 ellos fueron enviados a una ciudad de trescientos mil habitantes donde había menos de cien cristianos y ningún adventista. No vieron el fruto de sus esfuerzos sino hasta el año 1999.
Sin embargo, hay situaciones en las que el testimonio cristiano produce re­sultados inmediatos. Cuando los misioneros de Chipre y Cirene les predicaron a los helenistas acerca de Jesús «gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hechos 11:21). No obstante, el libro de Hechos también muestra casos en los que los resultados surgieron de manera muy lenta. Pablo fue perseguido tanto por los judíos como por los gentiles en Iconio (Hechos 14:4-7). Sin embargo, aquel revés no significó una derrota total. Pablo regresó a aquella ciudad en el mismo viaje (Hechos 14:21), estuvo allí en su segundo viaje misionero (Hechos 16:2) y posiblemente en el tercero (Hechos 18:23).
Aunque en ocasiones el mensaje sea rechazado, el cristiano debe continuar testificando en obediencia al mandato de Cristo. El día de Pentecostés, algunos decían en son de burla que los discípulos estaban borrachos (Hechos 2:13). A nadie le agrada ser el hazmerreír de una multitud. Pedro se puso en pie y pre­sentó una poderosa exposición de todo lo que había sucedido recientemente. Luego se nos dice que «se añadieron aquel día como tres mil personas» (Hechos 2:41).
Recordemos a Pablo y a Silas en Filipo. Su «incursión» misionera en aquella primera ciudad europea que visitaban concluyó en un aparente fracaso.
«Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, orde­naron azotarles con varas. Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo» (Hechos 16: 22-24).
Desde un punto de vista humano aquel día representó un verdadero desas­tre. Sin embargo, ¡los apóstoles continuaban testificando! «Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían» (Hechos 16:25). El bautismo del carcelero y de su familia aquella misma noche es una muestra de que lo que se considera un soberano fracaso Dios lo convierte en una oportunidad para realizar algo grandioso. De hecho, aunque en esta tierra no recibamos recompensa alguna por nuestra testificación, en el cielo la ten­dremos.
¿Victorias o fracasos?
Cuando Pablo predicó en Atenas, la capital intelectual del mundo, los filó­sofos que promovieron su charla no aceptaron el mensaje. «Pero cuando oye­ron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: "Ya te oiremos acerca de esto otra vez". Entonces Pablo salió de en medio de ellos» (Hechos 17:32, 33). Mucha gente considera que aquel incidente es un ejemplo de una estrategia evangelizadora poco apropiada. Pero los registros indican que «algunos de los que se le habían juntado, creyeron» (versículo 34). Pablo no pudo presenciar la conversión de un gran número de personas en Atenas; pero, ¿quién ha dicho que el éxito se mide solamente mediante números? El hecho de que hubiera conversiones en Atenas me dice que Dios bendijo la obra de Pablo allí y esto implica una victoria. «Si usted fracasa noventa y nueve de cien veces, y puede salvar a una sola alma de la ruina, usted habrá realizado una noble acción por la causa del Maestro» (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 132).
Cuando trabajaba como pastor de una iglesia local, estimulaba a cada fami­lia en mi distrito para que ofrecieran sus hogares a fin de ser utilizados como centros evangelizadores. Unas dos veces al año, entre veinte y treinta familias ofrecían seminarios de forma simultánea en preparación para un esfuerzo evangelizador más amplio. En cierta ocasión que nos mudamos a un nuevo vecin­dario mi esposa Nelly quiso celebrar un seminario en nuestro hogar. Visitó a los vecinos y los invitó para que asistieran. La primera noche tan solo asistió una señora. Mi madre, que es esposa de un pastor, y mis hijos tomaron parte en el estudio bíblico. Poco después aquella señora no pudo seguir asistiendo por lo que mi esposa se desanimó y estuvo dispuesta a abandonar el proyecto. Yo les pregunté a mis hijos que tenían doce y diecinueve años, qué pensaban del se­minario y me dijeron que les agradaba contestar las preguntas. Así que Nelly decidió considerar el seminario como una especie de culto familiar. Esto suavizó la noción de que el proyecto había sido un fracaso. Algunas semanas después mi hija Melissa me lanzó un reto: «¡Pregúntame algo respecto a las doctrinas de la iglesia!». Le hice varias preguntas durante algunos minutos para mostrar que le prestaba atención. Cuando consideré que le había preguntado lo sufi­ciente ella me hizo una pregunta: «Papá, ¿no crees que estoy preparada para el bautismo?». ¡Eso era lo quería decirme! Después de bautizar a nuestra hija le pregunté a Nelly: «¿Todavía piensas que el seminario fue un fracaso? ¡Claro que no!
Recordemos que la ganancia de almas es la obra de Dios. Por lo tanto, cual­quier sentimiento personal de fracaso o victoria no tiene lugar alguno en dicha obra. Debemos cooperar con Dios testificando, pero las conversiones son la obra de Dios. «Los que trabajan para Cristo nunca han de pensar, y mucho menos hablar, acerca de fracasos en su obra» (Obreros evangélicos, p. 20). Desde la pers­pectiva de la gran comisión, fracaso significa no hacer nada.
«Pero cuando nos entregamos completamente a Dios y en nuestra obra seguimos sus instrucciones, él mismo se hace responsable de su realización. Él no quiere que conje­turemos en cuanto al éxito de nuestros sinceros esfuerzos. Nunca debemos pensar en el fracaso. Hemos de cooperar con Uno que no conoce el fracaso» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 297).
Aun cuando no hemos de considerar los resultados de los esfuerzos evange­lizadores como victorias o fracasos, esto no significa que los mismos no posean valor alguno. «Las pérdidas y las ganancias en este asunto son de gran impor­tancia, ya que sus resultados no cesan en esta vida sino que se proyectan a la eternidad» (Testimonios para la iglesia, tomo 5, p. 411). La ganancia de almas requiere los esfuerzos humanos, sin embargo, la conversión es un milagro que proviene de Dios. Ahora bien, tomando en cuenta las consecuencias eternas, debemos tratar de maximizar los resultados.
La aceptación o el rechazo del evangelio acarrea consecuencias eternas. La Biblia a menudo describe estas consecuencias sobre la base de opciones contrastantes: vida o muerte, el bien y el mal (Deuteronomio 30:15); bendiciones o maldiciones (Deuteronomio 30:19); una senda estrecha y un camino ancho (Mateo 7:13, 14). Hay otros en Mateo 7:24-27; 25:2, 33, 46; Apocalipsis 20:15; 21:1. Los testigos cristianos son embajadores de Cristo que invitan a los pecadores a arrepentirse, conver­tirse, ser bautizados y a perseverar (2 Corintios 5:20; Hechos 2:38; 3:19; 22:16; 14:22).
La terminación de la obra
El libro de Hechos describe muchas de las acciones de los cristianos que se­gún sus enemigos «trastornaban al mundo entero» (Hechos 17:6). Por otro lado, el libro de Apocalipsis continúa con el relato, mostrando cómo el mensaje de los tres ángeles, proclamado por millones de observadores del sábado, será lle­vado a toda «nación, tribu, lengua y pueblo» (Apocalipsis 14:6). Estos fieles testigos no están esperando que algo extraordinario suceda algún día en el futuro, mo­tivado por la «lluvia tardía». Muchos ya están tomando parte en la conclusión de la obra de Dios al tocar las puertas e impartir estudios bíblicos a sus amigos, vecinos y familiares. Otros están dejando a sus familiares a fin de pasar el resto de sus vidas testificando a miles de grupos étnicos en lugares donde no hay presencia adventista.
Mientras tanto, hay mucha gente en el mundo que no ha oído el mensaje. Piense en lo siguiente: Tan solo la tercera parte de la población del mundo es cristiana. Esto incluye tanto a los católicos como a los protestantes y a todo tipo de sectas. Y mientras que muchos de los no cristianos pueden conocer el cris­tianismo mediante el contacto con cristianos, otros nunca tendrán esta oportu­nidad. De hecho, una tercera parte de la población mundial morirá sin haber oído hablar de Jesús a menos que cristianos dedicados se ofrezcan como vo­luntarios para ir a trabajar como misioneros.
¿Cómo terminará Dios su obra? Mediante la labor de miembros dedicados que estén dispuestos a abandonar las comodidades de su hogar, de su familia, su iglesia, su país. Dispuestos aun a sacrificar sus vidas para ir a lugares que no conozcan de Cristo (Romanos 15:20). «Vendrán siervos de Dios con semblantes iluminados y resplandecientes de santa consagración, y se apresurarán de lugar en lugar para proclamar el mensaje celestial. Miles de voces predicarán el men­saje por toda la tierra» (El conflicto de los siglos, cap. 39, p. 597).
«La obra evangélica, la tarea de abrir las Escrituras a otros, el amonestar a hombres y mujeres acerca de lo que sobrevendrá al mundo, ha de ocupar más y más el tiempo de los siervos de Dios» (El evangelismo, p. 16). Su actual obra evangelizadora ¿incluye «abrir las Escrituras a otros»? ¿Es posible abrir las Escri­turas a otros sin abrírselas a usted mismo?
Pablo llegó a Roma en circunstancias deprimentes.
«Cuando las iglesias cristianas se enteraron por primera vez de que Pablo iba a Roma, esperaron un marcado triunfo del evangelio en esa ciudad. Pablo había llevado la verdad a muchos países, y la había proclamado en ciudades populosas. Por lo tan­to, ¿no podía este campeón de la fe ganar almas para Cristo aun en la metrópoli del mundo? Pero se desvanecieron sus esperanzas al saber que Pablo había ido a Roma en calidad de preso» (Los hechos de los apóstoles, cap. 44, p. 345).
Hay muchas circunstancias en las que pareciera que todas las puertas se han cerrado: jubilarse, ingresar en un albardón, la soledad de la cárcel. Sin em­bargo, la experiencia de Pablo nos enseña algo. «No piense el seguidor de Cristo que, cuando ya no puede trabajar abierta y activamente para Dios y su verdad, no tiene algún servicio que prestar, no tiene galardón que conseguir. Los ver­daderos testigos de Cristo nunca son puestos a un lado» (Ibíd., p. 346).
El libro de Hechos de los Apóstoles finaliza exaltando el espíritu de libertad. Es cierto que Pablo seguía preso, pero sus cadenas no le impedían proclamar el evangelio. En cierto sentido, el lector olvida las cadenas y celebra la libertad que proveen las buenas nuevas.
En realidad, los Hechos no concluyen con los últimos versículos del libro porque la obra continuó mediante el ministerio de muchos. Todos los que es­tuvieron involucrados fueron importantes. A menos que trabajemos unidos, la misión de alcanzar al mundo no podrá ser llevada a cabo en la forma que Dios desea. El mismo Jesús está a la mano derecha de Dios, ausente en la carne; sin embargo, presente en el Espíritu. Aunque los apóstoles hayan sido reemplaza­dos por testigos contemporáneos, al mismo Espíritu que movió a la iglesia en el Pentecostés se encuentra obrando hoy. Los Hechos de los Apóstoles no será un libro cerrado mientras el Espíritu de Dios motive al pueblo de Dios a tra­bajar unido en el mundo en cumplimiento de la misión de Cristo. Los relatos que comenzaron en el libro no concluirán hasta que los seguidores de Cristo hayan completado la gran comisión. Entonces ellos, junto a los que han ayu­dado a salvar, serán arrebatados al cielo en ocasión de la segunda venida.
¡Qué gran recompensa!
La recompensa de testificar se recibe tanto en el presente como en el futuro. Respecto a logros inmediatos, «quienes han entregado sus vidas a un ministerio semejante al de Cristo conocerán el significado de la verdadera felicidad. Sus intereses y sus oraciones se proyectan más allá de su persona. Crecerán mien­tras tratan de ayudar a los demás» (Testimonios para la iglesia, tomo 9, p. 42). Ver a un ex adicto a las drogas enseñando una clase de Escuela Sabática, a un ex alco­hólico llevando a sus amigos a la iglesia, o a un confeso criminal testificando por Jesús ante sus compañeros en la cárcel, puede producir en nosotros los mismos sentimientos que Pablo expresó cuando dijo: «Vosotros sois nuestra gloria y gozo» (1 Tesalonicenses 2:20).
Mientras redactaba estos últimos párrafos sonó el teléfono y una voz de hombre preguntó: «¿Pastor, se acuerda de mí? Usted visitó mi casa muchas ve­ces. Usted bautizó a mi familia y a mí hace ya más de veinticinco años».
Después de conversar por algunos minutos comencé a recordar diversos deta­lles. El problema es que para esa fecha yo pastoreaba diecisiete congregaciones. Para esa fecha, 1980, ¡bauticé a cuatrocientas cincuenta y tres personas en mi distrito! El hermano aquel compartió conmigo algunas de las luchas que sos­tuvo durante los primeros años después de su bautismo. Me contó lo sucedido después que salí para trabajar como pastor en un país vecino. Fue reconfortante escuchar sus comentarios. Problemas, muertes, nuevas iglesias, mención de nom­bres que aunque yo no había escuchado por años Dios no había olvidado. Una de sus hijas es la secretaria del presidente de la Asociación local. Para la fecha de su llamada él estaba involucrado en el establecimiento de una nueva iglesia en Texas, junto a cinco otras familias.
La ganancia de almas tendrá asimismo una recompensa eterna: encontrar­nos con esas almas en el cielo.
«Los redimidos encontrarán y reconocerán a aquellos cuya atención dirigieron al ensalzado Salvador. ¡Qué bendita conversación tendrán con estas almas! "Yo era pe­cador —dirá alguno—, sin Dios y sin esperanza en el mundo; y tú viniste a mí, y atra­jiste mi atención al precioso Salvador como única esperanza mía, y creí en él. Me arre­pentí de mis pecados y se me hizo sentar con sus santos en los lugares celestiales en Cristo Jesús". Otros dirán: "Yo era pagano en tierras paganas. Tú dejaste tus ami­gos y tu cómodo hogar, para ir a enseñarme cómo encontrar a Jesús, y creer en él como único Dios verdadero. Destruí mis ídolos y adoré a Dios, y ahora lo veo cara a cara" [...].
»Otros expresarán su gratitud a los que alimentaron a los hambrientos y vistie­ron al desnudo. "Cuando la desesperación envolvía mi alma en la incredulidad, el Señor os envió a mí —dirán—, para decirme palabras de esperanza y consuelo. Me trajis­teis alimento para mis necesidades físicas, y me abristeis la Palabra de Dios desper­tándome para que viese mis necesidades espirituales [...]. Mi corazón fue enterne­cido, subyugado, quebrantado, mientras contemplaba el sacrificio que Cristo había he­cho por mí"» (Obreros evangélicos, pp. 535, 536).
¡Qué gozo será encontrarnos y saludar en el cielo a todos aquellos que he­mos llevado a Jesús y a la salvación! ¡Qué gozo será escuchar al Señor decir: «Bien hecho»!