La ciencia de ganar almas
Carlos Martín 

Capítulo 11

Poder para testificar

El director de actividades laicas de la iglesia estaba muy entusiasmado es­cuchando al ardiente predicador adventista que describía la lluvia tardía durante el sermón en el culto de adoración. Seguramente ahora, pensó, muchos vendrán esta tarde para participar en las actividades de testificación. Pero solo dos feligreses aparecieron a la Nora anunciada. ¿Qué pasó con la inspira­ción que todos los miembros recibieron en la mañana? Sin duda, muchos pensaron: Estoy demasiado ocupado para hacer obra misionera ahora. Cuando reciba la lluvia tardía, seré un testigo poderoso de Cristo.
Ellos no están solos en esta idea. Elena G. de White escribió: «Ha quedado la impresión de que el don del Espíritu Santo no es para la iglesia ahora, sino que en algún tiempo futuro sería necesario que la iglesia lo recibiera» (Testimonios para los ministros, p. 174).
El Comentario bíblico adventista dice: «El efecto de la presencia del Espíritu Santo se deja ver en la testificación entusiasta de la fe» (tomo 6, p. 1033). Una tes­tificación poderosa requiere «tanto lo divino como lo humano» (Servicio cris­tiano, cap. 9, p. 93). Este capítulo examinará el papel de lo sobrenatural en la testificación. Veremos que las agencias divinas están ahora disponibles para ca­pacitar a los testigos cristianos para participar con poder en la terminación de la obra de Dios.
Valentía en la testificación
Hechos 4 menciona dos veces la valentía en la testificación (versículos 13, 31). Note que en ambos casos una referencia al Espíritu Santo precede esa mención: De acuerdo con Hechos 4:8, Pedro estaba «lleno del Espíritu Santo». Y Hechos 4:31 dice que «todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios». El valor de los discípulos manifestado en la testificación estaba basado en el hecho de que «habían estado con Jesús» (Hechos 4:13).
Los primeros cristianos estaban tan llenos del Espíritu de Dios, tan persua­didos de la relevancia del mensaje, que la gente creyó lo que tenían para decir. «No podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba» (Hechos 6:10). La convicción inspirada de que tenían el mensaje correcto y que Dios estaba del lado de ellos capacitó a los discípulos para trastornar el mundo de su tiem­po (Hechos 17:6). Bajo el poder y la influencia del bautismo del Espíritu Santo, miles se convirtieron y se bautizaron.
La valentía y efectividad del testimonio de los apóstoles surgía de haber re­cibido al Espíritu Santo. Los comunicadores modernos de la palabra necesitan la misma plenitud del Espíritu en sus vidas. Esta experiencia no es un lujo es­piritual; es una condición esencial para el servicio cristiano efectivo. «El espíritu humano fracasa a menos que el Espíritu Santo lo llene». La condición laodiceana en muchas de nuestras iglesias, nuestra indiferencia a las apelacio­nes misioneras urgentes y la falta de motivación para participar en los esfuerzos por ganar personas indica que nos falta algo importante en nuestras vidas. «Si solo estuviéramos vitalizados por el Espíritu Santo, habría cien mi­sioneros donde ahora hay uno» (Consejos sobre salud, p. 507).
«Si la promesa no se cumple como se espera, se debe a que no se la aprecia ple­namente. Si todos lo quisieran, todos serían llenos del Espíritu. Dondequiera la nece­sidad del Espíritu Santo sea un asunto en el cual se piense poco, se verá sequía es­piritual, oscuridad espiritual, decadencia y muerte espirituales. Cuando quiera los asun­tos menores ocupen la atención, faltará el poder divino que se necesita para el de­sarrollo y la prosperidad de la iglesia, y que traería todas las demás bendiciones en su estela; falta [sic], aunque se lo ofrezca en infinita plenitud» (Los hechos de los apóstoles, cap. 5, p. 39).
«Y mientras continúan haciendo brillar su luz [...] reciben más y más del poder del Espíritu [...]. Por otra parte, hay algunos que, en lugar de aprovechar sabiamente las oportunidades presentes, están esperando ociosamente que alguna ocasión espe­cial de refrigerio espiritual aumente en gran medida su capacidad de iluminar a otros» (Ibíd., p. 44).
Llenos del Espíritu
Sin duda Pedro estaba lleno del Espíritu Santo cuando predicó en Pentecostés. Pero no deberíamos acreditar la poderosa defensa que registra Hechos 4 a su agudeza y gran valentía. Esa defensa constituyó un cumplimiento de la prome­sa del Señor: «No os preocupéis por como o que hablaréis [...], pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en voso­tros» (Mateo 10:19, 20).
Alguien ha dicho que el libro de Hechos de los Apóstoles podría también haberse llamado «Los hechos del Espíritu Santo». No solo los apóstoles fueron llenos con el Espíritu: Esteban, el primer mártir cristiano, fue caracterizado como un «hombre lleno del fe y del Espíritu Santo» (Hechos 6:5; ver también 7:55). Hechos describe a Bernabé de manera similar (11:24). Como resultado de su testimonio, «una gran multitud fue agregada al Señor». El mismo versículo que llama a Saulo, Pablo, dice que este nuevo converso ministraba «lleno del Espíritu Santo».
LeRoy Edwin Froom comentó: «Todos los hijos de Dios son nacidos del Espíritu; pero es algo distinto ser llenos con el Espíritu. Una cosa es tener el Es­píritu por medida; pero es algo totalmente diferente que él nos posea completa­mente». Los que están «llenos del Espíritu Santo» reciben una dotación especial del poder del Espíritu por sobre lo ordinario. Es por falta de esto que su testi­monio es débil y la vida espirituales solo parcial. Y si hemos recibido este bautismo se transforma en algo de vida o muerte, como lo indica claramente la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13). Mediante los profetas, el Señor prometió derramamientos especiales de su Espíritu (ver Joel 2:23; Jeremías 5:24). «El derramamiento del Espíritu en los días de los apóstoles fue "la lluvia tem­prana", y glorioso fue el resultado. Pero la lluvia tardía será más abundante» (White, Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 211).
Antes de que estemos listos para la lluvia tardía, debemos recibir la lluvia temprana.
«Podemos haber recibido cierta medida del Espíritu de Dios, pero mediante la oración y la fe debemos tratar de obtener una porción más abundante. No hemos de cesar nunca en nuestros esfuerzos. Si no progresamos, si no asumimos la actitud ne­cesaria para recibir tanto la lluvia temprana como la tardía, nos perderemos espiri­tualmente, y la responsabilidad será solamente nuestra» (Testimonios para los minis­tros, p. 508).
Encuentros de poderes
«Un encuentro de poderes es una demostración práctica y visible de que el poder de Dios es mayor que el poder de los espíritus adorados o temidos por los miembros de un grupo social dado o por personas individuales». Una ilustración clásica del Antiguo Testamento es el desafío que planteó Elías a los sacerdotes de Baal (1 Reyes 18:21). En el libro de Hechos, encontramos a Pablo confrontando el poder satánico de un mago llamado Barjesús (Hechos 13:6). En Pafos, la capital de Chipre en ese tiempo, Pablo se encontró con el «procónsul, Sergio Paulo, varón prudente» (Hechos 13:7). Al final del relato, Lucas «presenta antes sus lectores un dramático encuentro de poderes, en el cual el Espíritu Santo vendó al mago, el apóstol confundió al mago y el evangelio triunfó sobre lo ocul­to».
Estas evidencias visibles del poder de Dios sobre los poderes del mal no in­volucran, necesariamente, demostraciones espectaculares de fuerza. Jesús nos ordenó ir al territorio de Satanás para confrontar poderes que mantienen a la gente en una condición de ceguera espiritual. El llamamiento de Pablo para- que los gentiles «se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Sa­tanás a Dios» (Hechos 26:18) indica que la testificación y la evangelización abarcan una de las formas primarias de encuentros de poderes. Estos encuen­tros no significan necesariamente confrontaciones con magos, adivinos, mé­diums, espiritistas y otros como ellos. En realidad, quienes dialogan con tales personas «se ponen en comunicación con las potestades de las tinieblas, y alientan a los malos ángeles que están en su derredor» (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 414).
No debemos precipitar intencionalmente un choque con los demonios. Sin embargo, en el transcurso de nuestra testificación podemos encontrarnos en medio de situaciones donde afrontaremos el desafío de Satanás. Entonces po­demos pedir liberación en el nombre de Jesús. «Satanás no puede soportar que se recurra a su poderoso rival, porque teme y tiembla ante su fuerza y majestad» (Ibíd., p. 122).
De acuerdo con Hechos 3:6, Pedro ordenó al cojo: «En el nombre de Jesu­cristo de Nazaret, levántate y anda». En muchos casos el libro de Hechos pre­senta el nombre de Jesús como el medio por el cual se obraron milagros (Hechos 3:6; 4:10; 16:18) y se obtuvo salvación (Hechos 2:21; 2:38; 4; 12; 22:16). La confianza total con que Pedro pronunció ese nombre revela su fe en la prome­sa de su Maestro (Marcos 16:17, 18). «El nombre del Señor se convirtió para los discípulos en un símbolo del glorioso carácter y del ilimitado poder» de Jesús.
Sin embargo, no podemos usar el nombre de Jesús como una formula má­gica. Los hijos de Esceva procuraron hacerlo, pero el mal espíritu que estaban tratando de dominar no respondió a su orden. «El hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos» (Hechos 19:14-16). Su experiencia nos advierte que ninguno que no pertenezca a Jesús debería desafiar a Satanás.
Los adventistas tenemos instrucciones claras acerca de los «ministerios de liberación»:
«El hecho de declarar a las personas poseídas por el demonio, y luego orar con ellas y pretender exorcizar los malos espíritus, constituye un fanatismo que hará caer en el descrédito a cualquier iglesia que apruebe tal obra. Se me dijo que no debemos estimular tales demostraciones, sino que deberíamos proteger al pueblo mediante re­sueltas expresiones de censura contra aquello que podría manchar el nombre de ad­ventistas del séptimo día» (Mensajes selectos, tomo 2, p. 53).
¿Milagros entre nosotros?
El libro de Hechos contiene numerosas referencias a milagros (Hechos 3:1-9; 9:32-35, 38-43; 19:11, 12; 28:3-6, 8, 9), y específicamente «señales y prodigios» (Hechos 2:22, 43; 4:30; 5: 12; 6:8; 8:13; 14:3; 15:12). Indicaciones de creci­miento de la iglesia siguen a por lo menos tres referencias a «señales y prodigios» (Hechos 2:43, 47; 5:12, 14; 8:6-13). «Estas evidencias de la aprobación divina tenían una poderosa influencia sobre aquellos cuyas mentes estaban abiertas a la convicción, y los conversos al evangelio se multiplicaban» (Los hechos de los após­toles, p. 146).         •
Los milagros y manifestaciones sobrenaturales fueron muy comunes entre los primeros adventistas. Aunque Elena G. de White nunca pretendió hacer mila­gros, muchas veces la llamaban para orar por los enfermos, y ocurrían milagros. Entonces ella decía: «Cristo es el gran realizador de milagros. A él sea tributada toda la gloria» (Mensajes selectos, tomo 2, p. 62). Ella registró en Spiritual Gifts [Dones espirituales] muchos milagros que ocurrieron en respuesta a la oración en la historia temprana de los adventistas.
Elena G. de White escribió que las escenas de milagros en Pentecostés «han de repetirse» bajo la lluvia tardía, «y con mayor poder» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 92). Ella describió lo que entonces ocurrirá:
«Vendrán siervos de Dios con semblantes iluminados y resplandecientes de santa consagración, y se apresurarán de lugar en lugar para proclamar el mensaje celestial. Miles de voces predicarán el mensaje por toda la tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios seguirán a los creyentes. Satanás también efectuará sus falsos milagros, al punto de hacer caer fuego del cielo a la vista de los hombres. Es así como los habitantes de la tierra tendrán que decidirse en pro o en contra de la verdad» (El conflicto de tos siglos, p. 670).
El libro de Hechos revela que ocurrieron milagros en los tiempos de la iglesia primitiva. También ocurrieron milagros al comienzo de la Iglesia Adventista hace ciento cincuenta años. Y se nos dice que bajo la influencia de la lluvia tardía las escenas del libro de Hechos se repetirán. Los adventistas del séptimo día no debe­rían despreciar los milagros. Sin embargo, Elena G. de White nos advirtió que no debemos considerar los milagros como la característica de nuestro ministerio, porque «quien haga de la operación de milagros la prueba de su fe, encontrará que Satanás puede, mediante una variedad de engaños, realizar maravillas que pasarán por milagros genuinos» (Mensajes selectos, t. 2, p. 62).
El papel de los ángeles en la justificación
Los ángeles, «espíritus ministradores» (Hebreos 1:14) generalmente son invi­sibles a los ojos humanos, interactúan muchas veces con los creyentes en los eventos registrados en el libro de Hechos. Un ángel indicó a Felipe ir al desierto para encontrarse con el eunuco etíope (Hechos 8:26, 27); un ángel de Dios se apareció a Cornelio dándole instrucción de que mandara a buscar a Pedro (Hechos 10:3-5); y un ángel del Señor liberó a Pedro de la prisión (Hechos 12:5-9). Estos incidentes ilustran «cuán íntima es la relación que existe entre el cielo y la tierra» (Los hechos de los apóstoles, p. 125). Podemos ser tentados a pensar que la obra se terminaría rápidamente si los ángeles predicaran. Sin embargo, «como representantes suyos entre los hombres, Cristo no elige ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, hombres de pasiones iguales a las de aque­llos a quienes tratan de salvar» (El Deseado de todas las gentes, p. 263).
Cuando los creyentes salen en obediencia a la comisión evangélica, pueden tener la plena certeza de que los ángeles los acompañarán en su misión.
«Necesitamos comprender teas plenamente la misión de los ángeles. Sería bueno recordar que cada verdadero hijo de Dios cuenta con la cooperación de los seres ce­lestiales. Ejércitos invisibles de luz y poder acompañan a los mansos y humildes que creen y aceptan las promesas de Dios» (Los hechos de los apóstoles, p. 127).
La presencia continua de los ángeles guardianes es una de las seguridades más alentadoras del cristiano. Los ángeles acompañan al creyente en sus em­presas misioneras.
«Al hacer visitas de casa en casa, abriendo las Escrituras a personas cuyo enten­dimiento ha sido oscurecido, los ángeles de Dios estarán muy cerca de él, para im­presionar el corazón de aquel que está sediento del agua de la vida» (El evangelismo, p. 357).
Condiciones para el bautismo capacitador
Juan el Bautista anunció: «Yo a la verdad os he bautizado con agua, pero él [Jesús] os bautizará con Espíritu Santo» (Marcos 1:8). Después de su resurrección, Jesús lo confirmó: «Porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo» (Hechos 1:5). «Cristo prometió el don del Espíritu Santo a su iglesia, y la promesa nos pertenece a nosotros tanto co­mo a los primeros discípulos. Pero como toda otra promesa, nos es dada bajo condiciones» (El Deseado de todas las gentes, p. 626). A continuación repasare­mos algunas de esas condiciones.
La primera condición es la entrega. «Mientras los discípulos esperaban el cumplimiento de la promesa, humillaron sus corazones con verdadero arre­pentimiento y confesaron su incredulidad» (Los hechos de los apóstoles, p. 29). Sin duda, no fue algo fácil de hacer, pero renunciaron a sus ambiciones, sos­pechas, murmuraciones y críticas.
«Hay muchos que creen y profesan aferrarse a la promesa del Señor; hablan acer­ca de Cristo y acerca del Espíritu Santo, y sin embargo no reciben beneficio alguno. No entregan su corazón para que sea guiado y regido por los agentes divinos [...]. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celes­tial» (El Deseado de todas las gentes, p. 626; la cursiva está en el original).
Como joven adulta, Marta no tenía restricciones morales. Cuando un miembro de la iglesia la invitó a un seminario de Apocalipsis, estaba usando drogas y viviendo una vida promiscua. El evangelio le dio una nueva perspectiva, pero le resultaba difícil abandonar su pasado. Un día me dijo que ayunaría hasta que supiera que había entregado todos los rincones de su vida a Jesús. Le pro­metí que yo ayunaría con ella durante dos días. Unos pocos días más tarde me llama desde una comisaría. ¡Había sido arrestada por predicar en la calle! Marta había entregado su vida a Jesús.
Una segunda condición es una vida consagrada a Dios. «No hay límite a la utilidad del que, poniendo a un lado el yo, permite que el Espíritu Santo obre sobre el corazón y vive una vida enteramente consagrada a Dios» (Servicio cris­tiano, p. 315). El estilo de vida resultante (ver Hechos 2:44-47; 4: 32-35) será más efectivo que muchos sermones.
Una tercera condición es una disposición a servir como testigo para Cristo. «El Espíritu Santo será derramado sobre todos los que están pidiendo el pan de vida para darlo a sus vecinos» (Ibíd., p. 312). Los primeros discípulos enten­dieron que la testificación era un asunto sencillamente de obediencia (Hechos 5:29). Y Hechos 5:32 sería la gran condición: El Espíritu Santo ha sido «dado [...] a los que lo obedecen». Cuando tengamos un «pueblo iluminado, que co­nozca por experiencia lo que significa ser colaboradores de Dios», cuando «la mayor parte de la iglesia [...] colabore con Dios», «cuando nos hayamos con­sagrado plenamente y de todo corazón a Dios, él lo reconocerá con un derra­mamiento sin medida de su Espíritu» (Ibíd., p. 314).
Una cuarta condición es la oración. Los discípulos estaban «unánimes en oración y ruego» pidiendo el Espíritu Santo (Hechos 1:14). El Padre da el Espíritu Santo a quienes se lo piden (Lucas 11:13). «Mediante la confesión, la humilla­ción, el arrepentimiento y la oración ferviente nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido Dios concedernos su bendi­ción. Solo en respuesta a la oración debe esperarse un reavivamiento» (Mensajes selectos, tomo 1, p. 141).
En Hechos 1:14 leemos que los discípulos oraron «unánimes». Esta pala­bra, que aparece varias veces en Hechos, se usa para expresar la unidad de co­razón y mente: unánimes juntos con el misino propósito.
«Los discípulos oraron con intenso fervor pidiendo capacidad para encontrarse con los hombres, y en su trabajo diario hablar palabras que pudieran guiar a los pe­cadores a Cristo. Poniendo aparte cada diferencia, todo deseo de supremacía, se unieron en estrecho compañerismo cristiano» (Los hechos de los apóstoles, p. 30).
Más de quinientos creyentes vieron al Señor después de su resurrección y antes de Pentecostés (1 Corintios 15:6). Sin embargo, los apóstoles, ciertas mujeres y algunos otros creyentes, ciento veinte en total, «perseveraban unánimes en oración y ruego» (Hechos 1:13-15). De modo que solo uno de cada cuatro es­peraron como se les había mandado. «Tal vez podamos encontrar ánimo en este incidente, en vista de las condiciones y tendencias de hoy. Si esperamos que toda la iglesia reciba la lluvia tardía, ese día nunca llegará».
Podemos recibir un nuevo bautismo del Espíritu Santo. Al recibirlo, nos ca­pacitará para vivir en santidad, y para testificar por Jesús con efectividad.
«Mañana tras mañana, cuando los heraldos del evangelio se arrodillan delante del Señor y renuevan sus votos de consagración, él les concede la presencia de su Es­píritu con su poder vivificante y santificador. Y al salir para dedicarse a los deberes diarios tienen la seguridad de que el agente invisible del Espíritu Santo los capacita para ser colaboradores de Dios» (Los hechos de los apóstoles, pp. 46, 47).


Referencias
John T. Seamands, Tell it Well [Decidlo bien] (Kansas City, MO: Beacon Hill, 1981), p. 120.

LeRoy E. Froom, La venida del Consolador, pp. 144, 145 (la cursiva está en el original).

C. Peter Wagner, Lighting the World [Alumbrando al mundo], p. 154.

John R. W. Stott, The Message of Acts [El mensaje de los Hechos] (Downers Crove, IL: Inter-Varsity, 1994), p. 220.

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 147.      

Froom, p. 103.