La ciencia de ganar almas
Carlos Martín 

Capítulo 10

¿Qué nos motiva a testificar?

La ganancia de almas es la misión única y fundamental de la iglesia. Or­ganizamos nuevas iglesias; levantamos templos; establecemos universi­dades, casas publicadoras y hospitales. Organizamos y nombramos di­ferentes departamentos, comités y juntas como instrumentos que ayuden a cum­plir la gran comisión. Todos ellos tendrán éxito únicamente cuando sean instru­mentos en la ganancia de almas para Jesucristo.
¿Qué significa para usted la ganancia de almas? ¿Cómo definiría usted «ga­nancia de almas» en una frase? ¿Por qué «la ganancia de almas es una ciencia»? Note los diferentes superlativos utilizados en las siguientes declaraciones:
«La más alta de todas las ciencias es la de ganar almas. La mayor obra a la cual pueden aspirar los seres humanos es la de convertir en santos a los pecadores» (El mi­nisterio de curación, cap. 34, p. 279).
«La conversión de almas para el reino de Dios es la más elevada y noble obra en que los seres humanos pueden participar» (Testimonios para la iglesia, tomo 7, p. 52).
«No debe permitirse que nada impida esta obra. Es la obra más importante en la historia: su alcance llegará a la eternidad» (Ibíd., tomo 5, p. 456).
«El ganar almas para el reino de Dios debe ser su primera consideración» (Obreros evangélicos, p. 31).
«La obra mayor, el esfuerzo más noble a que puedan dedicarse los hombres, es mos­trar el Cordero de Dios a los pecadores» (Ibíd., p. 19).
«Este trabajo de casa en casa, en busca de las almas, de las ovejas perdidas, es la obra más esencial que pueda realizarse» (El evangelismo, p. 85).
¿Qué significa «ovejas perdidas»? ¿A quiénes representan las «ovejas perdi­das», la «moneda perdida», «el hijo pródigo» de las tres parábolas de Lucas 15? ¿Quiénes son los «perdidos» que viven en su vecindario? ¿Habrá alguien que esté «perdido» en el lugar donde usted trabaja? ¿Se ha sentido usted alguna vez «perdido»? ¿Cómo se puede describir esta experiencia? ¿Cómo fue que el amor de Dios lo alcanzó a usted?
¿Por qué testificar?
Los creyentes testifican por varias razones de importancia.
Primera. Muchos buscan la salvación y puede ser que estén orando para que alguien los instruya. Por ejemplo, piense en el etíope de Hechos 8. Al igual que él «hay hombres y mujeres en todo el mundo que miran fijamente al cie­lo». «Muchos están en el umbral del reino esperando únicamente ser incorpo­rados en él» (Los hechos de los apóstoles, cap. 11, p. 89). Al disponernos a mar­char en obediencia al mandato de Cristo descubriremos personas que no están satisfechas con su experiencia religiosa actual. ¡Encontraremos a estas almas sinceras y anhelantes si las buscamos!
Segunda. Dios tiene un pueblo que salvar (2 Pedro 3:9; 1 Timoteo 2:4). Él se rego­cija cuando los pecadores se arrepienten (Lucas 15:10). De modo que mediante la testificación tenemos el privilegio de traer gozo al corazón de Dios.
Tercera. Tenemos el amor de Cristo en nuestros corazones (2 Corintios 5:14). Ex­perimentar la salvación nos impulsa a actuar como testigos del Señor. Conozco el caso de algunos cristianos que han desarrollado la costumbre de llevar consigo literatura misionera para regalar a la gente que encuentran en el autobús, en el mercado y en la calle. Quizá no sean elocuentes oradores, pero han descubierto que hacer algo por Cristo les concede una de las más grandes satisfacciones de la vida. Un cristiano que haya experimentado la salvación inevitablemente de­seará que los demás también disfruten del amor de Dios.
La iglesia de Cristo es la agencia designada por Dios para la salvación de los seres humanos. Su misión es llevar el evangelio al mundo. Esta obligación abarca a todos los cristianos. Todos, dentro de los límites de sus talentos y oportunida­des, deben cumplir con el mandato del Salvador. «El amor de Cristo que Dios nos ha revelado nos hace deudores a cuantos no lo conocen» (El camino a Cristo, cap. 9, p. 120).
«Tan pronto como uno acude a Cristo nace en el corazón un vivo deseo de dar a conocer a demás cuán precioso amigo encontró en el Señor Jesús. La verdad salva­dora y santificados no puede permanecer encerrada en el corazón [...]. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros» (Ibíd., pp. 115, 116).
Cuarta. Testificamos asimismo obedeciendo el mandato de Dios. Los ánge­les les trasmitieron a los discípulos la orden para que testificaran (Hechos 5:19, 20; 8:26).
Sin embargo,
«como representantes suyos entre los hombres, Cristo no elige ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, hombres de pasiones iguales a las de aquellos a quienes tratan de salvar. Cristo mismo se revistió de la humanidad, para poder alcanzar a la humanidad. La divinidad necesitaba de la humanidad; porque se requería tanto lo divino como lo humano para traer la salvación al mundo. La divinidad necesitaba de la humanidad, para que esta pudiera proporcionarle un medio de comunicación entre Dios y el hombre» (El Deseado de todas las gentes, cap. 30, p. 267).
Los ángeles no pueden realizar la obra de testificación. Pueden cooperan con los humanos, pero estos deben ser quienes testifiquen.
Felipe había celebrado con éxito varias series evangelizadoras en Samaria. Había presenciado numerosas conversiones (Hechos 8:5, 6, 12). Más adelante fue llevado a una ruta en el desierto que se dirigía al sur desde Jerusalén (Hechos 8:26). ¿Cuestionó Felipe los métodos divinos? ¿Hizo un contraste entre las multitudes de Samaria y los pocos que transitaban por aquella ruta? «Entonces él se levantó y fue» (Hechos 8:27). Esto es obediencia. Dios creó una convicción en Felipe y él se apresuró a obedecer al Señor (Hechos 8:29, 30). Cuando Felipe llegó al lugar designado vio que se aproximaba un carruaje. No esperó a que el mismo llegara. Más bien fue a su encuentro.
«La comisión evangélica es la magna carta misionera del reino de Cristo. Los discípulos habían de trabajar fervorosamente por las almas, dando a todos la invi­tación de misericordia. No debían esperar que la gente viniera a ellos; sino que de­bían ir ellos a la gente con su mensaje» (Los hechos de los apóstoles, cap. 3, p. 23).
Felipe obedeció las instrucciones divinas y vio los resultados.
De acuerdo con Hechos 5: 32, el Espíritu Santo le es concedido «a los que lo obedecen». Los apóstoles declararon ante el Sanedrín que debían testificar en obediencia al mandato de Dios y que no dejarían de hacerlo porque el Sanedrín se lo ordenara (Hechos 5:27-29). Testificar constituye un mandato y la iglesia tiene esta obligación. «Alguien debe cumplir el mandato de Cristo, alguien ha de llevar adelante la obra que él comenzó en la tierra. A la iglesia se le ha con­cedido este privilegio. Con este propósito ha sido organizada» (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 295). Testificar no es algo que hacemos porque se en­cuentre en el programa de alguna organización local. Testificar es un asunto relacionado con la obediencia a Cristo. Desprovista de ella, la experiencia cris­tiana no estará completa.
Quinta. Testificar también nos proporciona fuerza espiritual: «La fuerza pa­ra resistir al mal se obtiene mejor mediante el servicio aguerrido» (Los hechos de los apóstoles, cap. 11, p. 82). Elena G. de White ilustra este concepto en Obreros evangélicos, pp. 198, 199. Menciona a un hombre que se había extraviado en una tormenta de nieve. Estaba listo a rendirse, pero sabía que de hacerlo se congelaría en poco tiempo. De repente se encontró con otra persona que estaba en peores condiciones. Frotó los miembros de aquel hombre, lo levantó y lo llevó con él, ya que estaba muy débil para caminar por sí mismo. Poco tiempo después llegaron a un lugar seguro. Ambos se salvaron. El esfuerzo realizado por el primer hombre para ayudar al segundo lo ayudó a salvar su propia vida.
Un asunto de obediencia
El Sanedrín, llamado también «el concilio» en el libro de los Hechos, ejercía su control en asuntos civiles y políticos así como religiosos. Estaba compuesto por setenta hombres y era el principal organismo de gobierno de la nación hebrea. El sumo sacerdote presidía el concilio. Cuando los apóstoles fueron llevados ante dicho concilio, el sumo sacerdote los increpó diciendo: «Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a nosotros de la muerte de ese hombre» (Hechos 5:27, 28 NVI).
En el libro de Hechos vemos a la iglesia activamente involucrada en la tes­tificación. Otro concepto que describe la actividad de la iglesia es evangelización, aunque el mismo no aparece muy a menudo en el libro de Hechos. Los após­toles arriesgaron sus vidas con el fin de obedecer a Dios. No podían negar lo que había sucedido en sus vidas y lo que habían visto personalmente. «La his­toria de los profetas y apóstoles nos ofrece muchos nobles ejemplos de lealtad a Dios. Los testigos de Cristo han sufrido cárcel, tormento y la misma muerte antes de quebrantar los mandamientos de Dios» (Los hechos de los apóstoles, cap. 8, p. 64). Los apóstoles nunca preguntaron: «¿Corremos algún peligro ha­ciendo esto o aquello?». Más bien preguntaron: «¿Es esto lo que Dios quiere que hagamos?».
El comportamiento de ellos representa la solución de muchos problemas. La gente reacciona a la oposición de los demás de forma diferente. Algunos que prefieren la paz, son silenciados fácilmente con medidas atemorizantes. Otros, se asegurarán de proclamar ante el mundo la forma injusta en que han sido tratados. Pero pocas almas dejarán de conmoverse ante la perspectiva de su­frir por la causa de Cristo. Jesús mismo declaró que dichas personas son «biena­venturados» (Mateo 5:10-12). La habilidad de la iglesia para enfrentar la oposi­ción entusiasmaba a la gente. Y en aquellos días «crecía el número de los dis­cípulos» (Hechos 6:1).
Si el gobierno del país donde usted vive decidiera que testificar es un delito, ¿podría usted ser hallado culpable, o sería absuelto por falta de pruebas? ¿Bajo qué circunstancias deberían los cristianos arriesgarse a desobedecer las leyes que restringen su obligación a testificar?
Testificar no es un invento de los hombres. Dios ordenó que sus seguidores debían ser testigos. Testificar se relaciona con obedecer. Sin testificación no se puede obtener una experiencia cristiana completa. Compartir las buenas nuevas va mano a mano con creer y vivir la verdad. Estos conceptos se complementan el uno al otro. Cada creyente está supuesto a participar personalmente en las ac­tividades evangelizadoras.
La testificación es el resultado natural de la conversión.
«Tan pronto como uno acude a Cristo nace en el corazón un vivo deseo de dar a conocer a demás cuán precioso amigo encontró en el Señor Jesús. La verdad salva­dora y santificadora no puede permanecer encerrada en el corazón [...]. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros» (El camino a Cristo, cap. 9, pp. 115, 116).