La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 8

Preparación previa

Un testigo es alguien que puede dar fe de algo. Los apóstoles vieron a Jesús resucitado y dijeron: «A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hechos 2:32). «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros» (1 Juan 1:3). Los apóstoles estaban ansiosos de compartir con otros todo lo que habían visto y oído. La muerte podría silenciarlos, pero no podían negar lo que habían vivido.
Jesús llamó a Saulo en el camino a Damasco y le dio instrucciones precisas: «Levántate y vete a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas» (Hechos 22:10). Dios le ha dado a cada miembro de la iglesia una res­ponsabilidad individual: «Tan ciertamente como hay un lugar preparado para nosotros en las mansiones celestiales, hay un lugar designado en la tierra don­de hemos de trabajar para Dios» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 262). Ser­vir como testigos de Jesús, como embajadores de Cristo, es más que una res­ponsabilidad. ¡Es un privilegio!
¿Posee usted aquello que desea compartir?
Salvador y Señor y una relación continua con él. Cuando Pedro le dijo a sus oyentes que se arrepintieran (Hechos 2:38) era porque él se había arrepentido de sus mentiras, de haber negado a Cristo y de sus expresiones profanas (Mateo 26: 69-75). Pedro testificó tanto de la necesidad de arrepentirse como del poder de Dios para transformar al pecador arrepentido. Por eso dijo: «Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas» (Hechos 5:32). La experiencia es el cimiento donde se erige todo testimonio legítimo. Nadie tiene el derecho de recomendarles a los demás lo que él no ha probado y experimentado. Al­gunas personas tienen mayor necesidad de un tema para compartir, que de fuerzas para proclamarlo. A menudo predicamos acerca de cosas que no hemos experimentado personalmente. Pregunto fervientemente: ¿Qué temas tienes para compartir que te hace pedirle a Dios fuerzas para contarlo? Podemos tes­tificar porque sabemos lo que significa ser perdonado.
Muchos cristianos no pueden servir como testigos sencillamente porque no han experimentado el gozo de su propia salvación. Una causa para que no se manifieste un testimonio genuino entre nosotros es que conocemos poco de Jesús y de su poder en nuestras vidas. No podremos testificar si no tenemos algo de lo que podamos dar fe. Nos convertiremos en testigos poderosos cuando el gozo y la certeza de la salvación obren maravillas en nuestras vidas. Testifical; no es algo que hacemos porque se encuentre en el «programa» de la iglesia lo­cal. Es el resultado natural de nuestra conversión y entrega a Jesús.
«Recordemos que el adiestramiento es importante. Es un delicado arte empleado con el fin de ganar almas para Cristo. Y usted necesita estar preparado para ello. Pero ningún tipo de preparación o métodos dedicados a presentar a Cristo pueden garantizar el éxito hasta que usted conozca personalmente al Señor. Si su preparación es algo mecánico, algo que usted ha aprendido, la gente lo detectará rápidamente. Si su vida refleja verdaderamente a Cristo, entonces los hombres y las mujeres se sentirán atraídos. De no ser así, decidirán rápidamente que usted no tiene nada que ofrecerles. La gente se aleja de la fría formalidad. Desea una expe­riencia religiosa que esté viva y que respire. Si la gente ve a Cristo en todo su es­plendor gustosamente lo seguirá en los caminos de la verdad. Jesús dijo: "Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (Juan 12: 32)».
La esencia del evangelio
Jesucristo ha pagado el precio y depositado toda la justicia necesaria en la cuenta bancaria de todo ser humano. Pero nadie puede beneficiarse de ese de­pósito a menos que haga un retiro por fe, al acudir a Cristo y recibir su expia­ción.
Hebreos 2: 9 afirma que Jesús ha experimentado «la muerte por todos». Todos hemos pecado, y estamos «destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Si no alcanzamos un blanco ¡no importa lo cerca que hayamos quedado! Jesús no quedó cerca. La vida de perfecta obediencia de Jesús, el segundo Adán, su muerte y su resurrección se nos adjudican por fe. No cometimos el pecado de Adán, pero sus resultados han sido traspasados a nuestra naturaleza pecami­nosa. De la misma forma, por fe en Cristo, se nos atribuye su vida aunque no la vivamos literalmente. «Así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos se­rán constituidos justos» (Romanos 5:19).
«El pecado es infracción de la ley» (1 Juan 3:4). Porque «todos hemos pe­cado» (Romanos 3:23). Por lo tanto, hemos recibido la «paga del pecado» que es «la muerte». Gloria al Señor, porque hemos recibido «el don de Dios» que es «la vida eterna» mediante «Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 6:23).
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8, 9). Los pecadores necesitan escuchar y aceptar las buenas nuevas de perdón antes de que puedan vivir vidas de obediencia.
Poder para testificar
El director de Ministerios Personales de la iglesia se entusiasmó al escuchar a un fogoso orador adventista mientras este último describía la lluvia tardía du­rante el sermón presentado un sábado en la mañana. Seguramente, pensó, mu­chos vendrán esta tarde con el fin de participar en las actividades misioneras. Sin em­bargo, solamente aparecieron dos miembros a la hora fijada. ¿Qué sucedió con la inspiración que todos los miembros recibieron durante el sermón? Sin duda muchos pensaron: Estoy muy ocupado para involucrarme en la obra misione­ra. Cuando reciba la lluvia tardía, seré un poderoso testigo a favor de Cristo. No son ellos los únicos en abrigar esta idea. Elena G. de White escribió:
«Otras bendiciones y privilegios han sido presentados ante el pueblo y hasta se ha despertado el deseo de la iglesia por el logro de la bendición prometida de Dios; pero la impresión concerniente al Espíritu Santo ha sido que este don no es para la iglesia ahora, sino que en algún tiempo futuro sería necesario que la iglesia lo reci­biera» (Testimonios para los ministros, p. 173).
«Cuando las iglesias se transformen en iglesias vivas y que trabajan, el Espíritu Santo será dado como respuesta a sus sinceras peticiones [...]. Entonces las ventanas del cielo se abrirán para que desciendan las gotas de la lluvia tardía» (Review and Herald, 25 de febrero de 1890).
«El Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que lo obedecen» (Hechos 5:32). El Espíritu Santo será derramado sobre todos los que están pidiendo el pan de vida para darlo a sus vecinos» (Servicio cristiano, cap. 25, p. 263).
El Comentario bíblico adventista afirma que la presencia del Espíritu Santo se manifestará «en una entusiasta testificación» a favor de la fe. Una poderosa testificación surge de la combinación de lo divino con lo humano (ver El Deseado de todas las gentes, cap. 30, p. 267). Las agencias divinas están disponi­bles a fin de capacitar a los testigos cristianos para que participen poderosa­mente en la terminación de la obra de Dios.
Al finalizar el programa del Instituto Bíblico, los dirigentes de mis iglesias acudieron a las oficinas de la Asociación ¡a fin de solicitar que se me permitiera matricularme en un programa doctoral a tiempo completo! Al presidente de la Asociación no le agradó la idea debido a que yo bautizaba más de cien per­sonas al año. Finalmente dio su asentimiento para que hiciéramos una prueba de seis meses de duración. Aun cuando no celebré reuniones evangelizadoras en público, no asistí a reuniones de oración, ni impartí estudios bíblicos indi­viduales; los miembros pudieron preparar a setenta y cinco personas para el bau­tismo durante aquellos primeros seis meses.
Valentía en la testificación
Hechos 4 menciona en dos ocasiones la valentía de los discípulos (Hechos 4:13, 31). Note que en ambos casos se hace una referencia previa al Espíritu Santo. De acuerdo con el versículo 8, Pedro estaba «lleno del Espíritu Santo». Y en el versículo 31 se afirma que «todos fueron llenos» con el Espíritu y «habla­ban con valentía» la palabra de Dios. La valentía de los discípulos manifestada en su testificación se basaba en el hecho de «que habían estado con Jesús» (Hechos 4:13).
Los cristianos primitivos estaban tan llenos del Espíritu de Dios, tan con­vencidos de la importancia de su mensaje, que la gente creía todo lo que ellos proclamaban. «Pero no podían resistir la sabiduría y el Espíritu» con que ha­blaban (Hechos 6:10). La inspirada convicción de que tenían el mensaje verda­dero y que Dios estaba de su lado, les permitió a los discípulos trastornar a la sociedad de su época (Hechos 17:6). Bajo el poder y la influencia del bautismo del Espíritu, miles se convirtieron y fueron bautizados.
El arrojo y la efectividad de la testificación de los apóstoles surgen después de haber recibido el Espíritu Santo. Los modernos comunicadores de la palabra necesitan la misma plenitud del Espíritu en sus vidas. Esta experiencia no es un lujo espiritual; es una condición esencial para un efectivo servicio cristiano. «El espíritu humano fracasará a menos que esté presente el Espíritu Santo». La condición laodicense en muchas de nuestras iglesias. Nuestra indi­ferencia ante los urgentes desafíos misioneros. La falta de interés para participar en los esfuerzos evangelizadores. Todo lo anterior muestra que algo falta en nuestras vidas. La obra vitalizadora del Espíritu Santo hará que surjan cien mi­sioneros donde hoy existe solamente uno.
«Y mientras continúan haciendo brillar su luz, como aquellos que fueron bauti­zados con el Espíritu en el día de Pentecostés, reciben más y aún más del poder del Espíritu [...]. Por otra parte, hay algunos que, en lugar de aprovechar sabiamente las oportunidades presentes, están esperando ociosamente que alguna ocasión es­pecial de refrigerio espiritual aumente grandemente su capacidad de iluminar a otros» (Los hechos de los apóstoles, cap. 5, pp. 41, 42).
Los ángeles y la testificación
Los ángeles son «espíritus ministradores» (Hebreos 1:14) que por lo general no pueden ser vistos. Muchas veces interactúan con los creyentes en los acon­tecimientos registrados en el libro de los Hechos. Un ángel le dijo a Felipe que fuera a un camino del desierto para que se encontrara con el etíope (Hechos 8:26, 27). Otro se le apareció a Cornelio diciéndole que mandara a buscar a Pedro (Hechos 10:3-5). Un ángel sacó a Pedro de la prisión (Hechos 12:5-9). Estos incidentes ilustran «cuán íntima es la relación que existe entre el cielo y la tierra» (Los hechos de los apóstoles, cap. 15, p. 115). Podemos sentirnos tenta­dos a pensar que la obra se terminaría rápidamente si los ángeles comenzaran a predicar. Sin embargo, «como representantes suyos entre los hombres, Cristo no elige ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, hombres de pasio­nes iguales a las de aquellos a quienes tratan de salvar» (El Deseado de todas las gentes, cap. 30, p. 267).
Al actuar los creyentes en obediencia a la comisión evangélica, podrán tener la plena seguridad de que los ángeles los acompañan en su misión.
«Necesitamos comprender más plenamente la misión de los ángeles. Seria bueno recordar que cada verdadero hijo de Dios cuenta con la cooperación de los seres ce­lestiales. Ejércitos invisibles de luz y poder acompañan a los mansos y humildes que creen y aceptan las promesas de Dios» (Los hechos de los apóstoles, cap. 15, p. 116).
La continua presencia de los ángeles guardianes es una de las más hermosas certezas del cristiano. Los ángeles también acompañan al creyente en sus acti­vidades misioneras. «No solamente debe presentarse la verdad en las reuniones públicas; ha de realizarse de casa en casa. Avance esta obra en el nombre del Señor. Los que están empeñados en ella tienen los ángeles del cielo como sus compa­ñeros» (El evangelismo, p. 358).
Capacitando a la iglesia
«Cada iglesia debe ser una escuela práctica para obreros cristianos» (Servicio cristiano, cap. 5, p. 66). El concepto de «instruir a los santos» implica que los dirigentes están dispuestos a delegar responsabilidades. En la mayor parte de los casos, los pastores y los dirigentes laicos han fracasado al no delegar, pen­sando «que yo lo puedo hacer más rápido», o que «nadie lo hace tan bien co­mo yo», o «no quisiera tener que molestar a nadie».
«Cuando trabaje donde ya haya algunos creyentes, el predicador debe primero no tanto tratar de convertir a los no creyentes como preparar a los miembros de la iglesia para que presten una cooperación aceptable [...]. Cuando estén preparados para cooperar con el predicador por sus oraciones y labores, mayor éxito acompañará a sus esfuerzos» (El evangelismo, pp. 85, 86).
Se debe recordar que de acuerdo con Efesios 4:11, 12, los pastores tienen la misión de «perfeccionar a los santos para la obra del ministerio». Con estos fines, el pastor provee entrenamiento y materiales, formula planes y selecciona, los campos de labor.
En muchos casos los mismos dirigentes ni se imaginan lo dispuestos que están los miembros a involucrarse en algún tipo de ministerio. Por otro lado, no se puede esperar que la congregación participe en algo que no conoce. Por eso es necesario que se lleven a cabo sesiones de capacitación.
Creo que las siguientes sugerencias pueden ser de utilidad:

  1. Preparar un manual o una guía para el proyecto de evangelismo. Entregar un ejemplar a cada miembro o familia.
  2. Celebrar una sesión de capacitación los fines de semana, antes del comienzo de la campaña (viernes en la noche, sábado y domingo en la tarde).
  3. Ofrecer una serie de clases intensivas para predicadores, maestros y obreros bíblicos durante tres sábados en la tarde (tres horas para cada tema).
  4. Utilice los cultos regulares de los domingos como una forma de entrena­miento práctico. Estas reuniones pueden incluir temas que los miembros no estudian durante los demás servicios. Ellos pueden aprender a dar respues­tas contundentes a las preguntas difíciles.
  5. Dramatice los estudios bíblicos como parte del culto de oración de los miércoles, o las reuniones evangelizadoras de los domingos. Algunas per­sonas pueden sentirse a gusto en un ministerio que utilice recursos dramá­ticos.
  6. Organizar un desayuno o almuerzo un domingo para dirigentes de grupos pequeños, o de otros ministerios especializados.
  7. Utilice las reuniones de maestros para compartir información respecto a planes y para hacer anuncios. Los maestros de Escuela Sabática transmitirán la información a los miembros de sus clases.
  8. Proveer instrucciones a los dirigentes de la iglesia. Esto les permitirá elabo­rar planes que estén en armonía con la gran comisión. Los proyectos que no estén dirigidos a ganar almas puede que necesiten ser reelaborados.
  9. Organice un instituto bíblico. En cierta ocasión, ofrecí en los meses de in­vierno durante dos años cada domingo, ciclos de quince reuniones. Las cla­ses eran similares a las ofrecidas en cualquier escuela. Se cobraba una suma mínima para cubrir el costo de los materiales.

 

Primer año

Segundo año

8:00-8:50 a.m.

Daniel

Apocalipsis

9:00-9:50 a.m.

Administración de iglesias

Ministerio pastoral

10:00-10:50 a.m.

Historia de la iglesia

Evangelismo

11:00-11:50 a.m.

Técnicas de predicación

Técnicas de estudios bíblicos

La preparación que todos necesitamos
Juan el Bautista proclamó: «Yo a la verdad os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Marcos 1:8). Jesús confirmó esta declaración después de su resurrección: «Porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hechos 1:5). «Cristo prometió el don del Espíritu Santo a su iglesia, y la pro­mesa nos pertenece a nosotros tanto como a los primeros discípulos. Pero co­mo toda otra promesa, nos es dada bajo condiciones» (El Deseado de todas las gentes, cap. 73, p. 641). En esta sección repasaremos algunas de esas condicio­nes.
La primera es una entrega. «Mientras los discípulos esperaban el cumplimiento de la promesa, humillaron sus corazones con verdadero arrepentimiento, y confesa­ron su incredulidad» (Los hechos de los apóstoles, cap. 4, p. 30). Sin dudas no fue algo fácil, pero se despojaron de sus ambiciones, sospechas, murmuración y críticas.
«Hay muchos que creen y profesan aferrarse a la promesa del Señor; hablan acerca de Cristo y acerca del Espíritu Santo, y sin embargo no reciben beneficio alguno. No entregan su alma para que sea guiada y regida por los agentes divinos. No podemos emplear al Espíritu Santo. El Espíritu ha de emplearnos a nosotros» (El Deseado de to­das las gentes, cap. 73, p. 641).
Una segunda condición es una vida consagrada a Dios. «No hay límite a la- utilidad del que, poniendo a un lado el yo, permite que el Espíritu Santo obre sobre su corazón, y vive una vida enteramente consagrada a Dios» (Servicio cristiano, cap. 25, p. 265). El resultado será un estilo de vida más efectivo que muchos sermones (Hechos 2:44-47; 4: 32-35).
Una tercera condición es la voluntad de servir como testigo de Jesús. «El Espí­ritu Santo será derramado sobre todos los que están pidiendo el pan de vida para darlo a sus vecinos» (Servicio cristiano, cap. 25, p. 263). Los primeros discípulos entendieron que testificar consistía sencillamente en obedecer (Hechos 5:29). Asimismo en el libro de Hechos se enfatiza una gran condición (Hechos 5:32).
«El gran derramamiento del Espíritu de Dios que ilumina toda la tierra con su gloria, no acontecerá hasta que tengamos un pueblo iluminado, que conozca por experiencia lo que significa ser colaboradores de Dios. Cuando nos hayamos consagrado plenamente y de todo corazón al servicio de Cristo, Dios lo reconocerá por un derramamiento sin me­dida de su Espíritu; pero esto no ocurrirá mientras que la mayor parte de la iglesia no colabore con Dios» (Servicio cristiano, cap. 25, p. 264).
Una cuarta condición es la oración. Los discípulos «perseveraban unánimes en oración y ruego» (Hechos 1:14). El Padre le concede su Santo Espíritu a todos los que se lo piden (Lucas 11:13). En Hechos 1:14 leemos que los discí­pulos oraban de manera «unánime». Esta frase adverbial, que se utiliza diez veces en los Hechos, se emplea para expresar una unidad de corazón y mente. Oraban juntos con un mismo propósito.
«Los discípulos oraron con intenso fervor pidiendo capacidad para encontrarse con los hombres, y en su trato diario hablar palabras que pudieran guiar a los pecadores a Cristo. Poniendo aparte toda diferencia, todo deseo de supremacía, se unieron en es­trecho compañerismo cristiano» (Los hechos de los apóstoles, cap. 4, p. 30).
Más de quinientos creyentes vieron al Señor después de su resurrección y antes del Pentecostés (1 Corintios 15:6). Sin embargo, tan solo unas ciento veinte personas, incluyendo a los apóstoles, algunas mujeres y otros creyentes «per­severaban en oración» (Hechos 1:13-15). Por lo tanto, únicamente uno de cada cuatro obedeció las instrucciones recibidas. «Quizá haya algún consuelo para nosotros en vista de las condiciones y tendencias actuales. Si estamos esperan­do a que toda la iglesia reciba la lluvia tardía, ese día nunca llegará».
Podemos recibir un nuevo bautismo del Espíritu Santo a diario. «Cada obrero debiera elevar su petición a Dios por el bautismo diario del Espíritu» (Los hechos de los apóstoles, cap. 5, p. 39). Una vez que hagamos esto podremos vivir en san­tidad y testificar con efectividad a favor de Jesús. «Mañana tras mañana, cuando los heraldos del evangelio se arrodillan delante del Señor y renuevan sus votos de consagración, él les concede la presencia de su Espíritu con su poder vivifi­cante y santificador. Y al salir para dedicarse a los deberes diarios, tienen la se­guridad de que el agente invisible del Espíritu Santo los capacita para ser cola­boradores juntamente con Dios» (Ibíd., p. 43).

Referencias
Asociación General, Witnessing For Christ: Guide for Witnessing Laymen (Review and Herald, 1975), p. 102.

Ver comentario sobre Efesios 6: 18 en el Comentario bíblico adventista, tomo 6.

John T. Seamands, Tell It Well (Kansas City: Beacon Hill Press, 1981), p. 120.

LeRoy E. Froom, The Coming of the Comforter [La venida del Consolador] (Review and Herald, 1956), p. 108.