La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 7

La iglesia y la misión

En una de las iglesias donde me tocó trabajar nadie quería ser director del departamento de Ministerios Personales. Con el tiempo averigüé el motivo: De alguna forma los miembros habían entendido equivocada­mente que la persona que desempeñara dicho cargo tenía la responsabilidad de llevar a cabo todos los esfuerzos misioneros. Aquella iglesia no había hecho uso de los organismos y esquemas que están disponibles en toda iglesia ad­ventista y que han sido diseñados especialmente para la tarea de testificar.
Todo lo que la iglesia realiza debe contribuir al objetivo de lograr la misión encomendada por Dios. «La iglesia de Cristo sobre la tierra fue organizada con propósitos misioneros, y el Señor desea ver a la iglesia entera ideando formas y medios por los cuales los encumbrados y los humildes, los ricos y los pobres, puedan escuchar el mensaje de la verdad» (Servicio cristiano, cap. 8, p. 82). Los miembros se valen de la estructura administrativa de la iglesia mundial a fin de cooperar con el cumplimiento de la gran comisión y con la terminación de la obra de Dios. Los miembros de una congregación local pueden organizarse con el fin de testificar, dividiendo su territorio y organizándose en grupos pe­queños. También mediante la creación de equipos y enviando misioneros a lu­gares en sus territorios donde no hay presencia adventista. El presente capítulo analiza algunos de los posibles métodos evangelizadores que pueden ser utili­zados por la iglesia.
¿Qué nos dice la Biblia respecto a la estructura organizativa de la iglesia?
Los primeros capítulos del libro de los Hechos contienen evidencias de una organización embrionaria. Además del esquema básico provisto por los após­toles había una serie de redes sociales que unían a los diversos grupos de cre­yentes. Los «helenistas» mencionados en Hechos 6: 1 eran judíos que hablaban griego y que habían recibido la influencia de la cultura griega. Probablemente constituían un numeroso subgrupo dentro de la diáspora judía. Otros grupos como los judíos mesopotámicos, los judíos egipcios y los judíos asiáticos estaban tam­bién representados (Hechos 2:9-11).
El número de los discípulos «se multiplicaba» (Hechos 6:1). R. C. H. Lenski dice: «Se ha estimado de manera conservadora que en aquel momento el nú­mero total de los discípulos oscilaba entre veinte y veinticinco mil». Con tantos miembros interactuando era casi imposible que no surgieran fricciones. Los helenistas se quejaron porque los hebreos estaban descuidando a sus viudas en el reparto diario de provisiones. La acusación no estaba dirigida a los apóstoles, aunque ellos podían ser incluidos como parte del grupo hebreo. Aparentemente los apóstoles habían empleado algunos ayudantes para aquel tipo de actividad caritativa. Sin dudas, los apóstoles discutieron el asunto entre ellos. Pero no to­maron una decisión de inmediato. Convocaron a los miembros y les propu­sieron que algunos se encargaran de parte de las labores que ellos realizaban. Su­girieron utilizar un número de ayudantes especificando las cualidades que los mismos debían poseer. Sin embargo, permitieron que la congregación los se­leccionara.
Cuando aquel primer grupo de creyentes hablaba de la iglesia «el concepto no se refería a una organización eclesiástica en el sentido que más tarde adqui­rió. El énfasis estaba en la comunidad y no en una organización». «La organi­zación de la iglesia de Jerusalén debía servir de modelo para la de las iglesias que se establecieran en muchos otros puntos donde los mensajeros de la ver­dad trabajasen para ganar conversos al Evangelio» (Los hechos de los apóstoles, cap. 9, p. 72). «Más adelante en la historia de la iglesia primitiva, una vez consti­tuidos en iglesias muchos grupos de creyentes en diversas partes del mundo, se perfeccionó aun más la organización a fin de mantener el orden y la acción con­certada» (Ibíd.).
El mismo Jesús les mostró a los apóstoles cómo delegar responsabilidades. Jesús envió a los doce en una misión especial limitada al pueblo de Israel poco después de haberlos llamado (Mateo 10:5, 6). Aproximadamente un año después envió a los setenta (Lucas 10:1-7). «A esos hombres se propuso prepararlos y edu­carlos como directores de su iglesia. Ellos a su vez habían de educar a otros, y enviarlos con el mensaje evangélico» (Los hechos de los apóstoles, cap. 2, p. 15). Los dirigentes de la iglesia primitiva siguieron el ejemplo de Jesús al delegar responsabilidades y «la palabra del Señor crecía y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén» (Hechos 6:7).
Si no se cuenta con un plan y con una apropiada delegación de responsa­bilidades no se podrá lograr una total saturación comunitaria; no importa la dedicación y el empeño que se pongan en práctica. Los apóstoles no podían hacerlo todo y los pastores no deben tampoco empeñarse en realizar las tareas de la iglesia. Los pastores no podrán por sí mismos terminar la obra de Dios.
«La obra de Dios en esta tierra no podrá nunca terminarse antes de que los hom­bres y mujeres abarcados por el total de miembros de nuestra iglesia se unan a la obra, y aúnen sus esfuerzos con los de los pastores y dirigentes de las iglesias» (Obreros evangélicos, p. 365).
«Los ancianos y los que tienen puestos directivos en la iglesia deben dedicar más pensamiento a los planes que hagan para conducir la obra. Tienen que arreglar los asuntos de tal manera que todo miembro de la iglesia tenga una parte que de­sempeñar, que nadie lleve una vida sin propósito, sino que todos realicen lo que pue­den hacer de acuerdo con su propia capacidad [...]. Todo miembro de la iglesia ha de llegar a ser un obrero activo: una piedra viva, que emita luz en el templo de Dios» (Ser­vido cristiano, cap. 5, p. 69).
¿Es la estructura administrativa de la iglesia un organismo?
Los apóstoles eran los dirigentes naturales de la iglesia primitiva. Varios ca­sos ilustran la forma en que contribuyeron a la unidad de la misma. La tarea evangelizadora de Felipe llevada a cabo en Samaria dio como resultado mu­chos bautismos. «Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan» (Hechos 8:14). De forma parecida, cuando se conoció en Jerusalén que «muchos griegos habían creído» enviaron a Bernabé para que evaluara la situación (Hechos 11:21, 22). Por lo menos, durante dos décadas se consideró a la iglesia de Je­rusalén como la sede de la emergente iglesia cristiana.
Pablo y Bernabé consideraban que eran responsables ante la iglesia de Antioquía. Cuando regresaron a dicha ciudad desde «donde habían sido enco­mendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido. Al llegar, reu­nieron a la iglesia y les refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles» (Hechos 14:26, 27). Sin embargo, aun cuando Pablo durante su mejor época misionera consideraba a Antioquía su sede principal también se mantuvo en contacto con la iglesia en Jerusalén. Pablo y Bernabé «informaron» al concilio de Jerusalén «todo lo que Dios había hecho por medio de ellos» (Hechos 15:4, NVI). Pablo en su última visita a Jerusalén «les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio» (Hechos 21:19). Rendir cuentas es una actividad esencial en las organizaciones eficientes.
Desde el comienzo, el Señor instruyó a los conversos para que se unieran a la iglesia organizada. «Dios no le concedió a Pablo, en su conversión a la ver­dad, una experiencia aparte de su recién organizada iglesia sobre la tierra» (Tes­timonios para la iglesia, tomo 3, p. 430). La unidad estructural de la iglesia es un elemento importante en el libro de los Hechos. También lo es en el proceso de testificar debido a que «el Redentor del mundo no aprueba experiencias o actividades de carácter religioso fuera de su iglesia organizada y reconocida, dondequiera que exista dicha iglesia» (Ibíd., pp. 432, 433).
Cuando algunos de los discípulos de Judea llegaron a Antioquía llevando enseñanzas que crearon «disensiones y disputas» entre los hermanos, se decidió que Pablo y Bernabé y algunos otros acudieran a Jerusalén a consultar a los após­toles y a los ancianos (Hechos 15:2).
«Es importante señalar que el concilio de la iglesia establecido en Jerusalén re­presentaba la contraparte del Sanedrín judío. Supervisaba las necesidades materiales y espirituales en Jerusalén y extendía su autoridad sobre las iglesias en Judea [...].
La autoridad del concilio era legislativa, ejecutiva, judicial y disciplinaria. Era la má­xima autoridad en la iglesia».
El concilio de Jerusalén, que preservó la unidad de la naciente iglesia se ce­lebró unos dieciocho años después del Pentecostés (Gálatas 1:18; 2:1).
La iglesia: Cuerpo de Cristo
La iglesia es el cuerpo visible de Cristo; como un cuerpo la iglesia debe esfor­zarse por mantener su unidad. «Cuando la Asociación General, que es la más elevada autoridad que Dios tiene en la tierra, toma una decisión los juicios pri­vados y la independencia personal no deben ser sostenidos sino ser someti­dos». (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 540). Sin embargo, hay pequeños gru­pos que surgen continuamente y que creen que Dios únicamente está con ellos, y que su misión es desbaratar lo que otros han hecho. En el año 1905 Elena G. de White dijo: «No podemos apartamos del cimiento establecido por Dios. No podemos unimos a ninguna nueva organización porque esto equival­dría a apostatar de la verdad» (Mensajes selectos, tomo 2, p. 390).
Los cristianos del primer siglo demostraban su unidad con la organización de la iglesia al remitir sus ofrendas. Por ejemplo, Pablo llevó a Jerusalén los «donativos y ofrendas» que había recolectado (Hechos 24:17). Él y sus compa­ñeros recolectaron fondos para los pobres de Jerusalén durante el período de su ministerio en Éfeso (Hechos 18:18-20: 38). Aunque Lucas no menciona el método utilizado por Pablo, las cartas de este último muestran que él consi­deraba estas ofrendas algo muy importante (Romanos 15:26; 1 Corintios 16:1-4; 2 Corintios 9:1-8). Pablo se dio cuenta de que la relación de aquellas iglesias, que conta­ban con una elevada proporción de gentiles, podría servir para unificar sólida­mente los dos segmentos del cristianismo. Por lo tanto, intentó involucrar el mayor número posible de iglesias, solicitando ofrendas en las iglesias de Galacia y Macedonia (1 Corintios 16; 2 Corintios 8). Estas ofrendas representaban un es­fuerzo común: varias iglesias trabajando unidas en la obra del Señor.
La responsabilidad misionera de la junta de la iglesia
De acuerdo con el Manual de la Iglesia la junta directiva de la iglesia tiene diversas responsabilidades:

  1. La alimentación espiritual de la hermandad.
  2. La evangelización en todos sus aspectos.
  3. La preservación de la pureza doctrinal.
  4. La defensa de las normas cristianas.
  5. La recomendación de cambios en la feligresía.
  6. Las finanzas de la iglesia.
  7. La protección y el cuidado del edificio de la iglesia.
  8. La coordinación de los departamentos de la iglesia.

Equipos misioneros
Jesús envió a los doce (Marcos 6: 7) y a los setenta (Lucas 10:1) de dos en dos. Pablo también organizó equipos misioneros con el fin de lograr sus objetivos. Es por eso que en el libro de los Hechos se habla de «Pablo y sus compañeros» (Hechos 13:13). Él llevó consigo a Bernabé y a Juan Marcos para que lo acompa­ñaran en su primera gira misionera. Luego seleccionó a Silas (Hechos 15:40). En Listra le pidió a Timoteo que trabajara junto a él (Hechos 16:1, 3). En el mismo libro también se mencionan a otros colaboradores de Pablo. Este se sentía me­jor cuando estaba acompañado por sus colegas (Hechos 17:15; 1 Tesalonicenses 3:1; 2 Corintios 12; 13). Sin embargo, no era sencillamente el deseo de sentirse acompa­ñado lo que motivaba su predilección por algunos compañeros. Lo hada porque deseaba mejorar la efectividad de su ministerio (Marcos 6:7; Lucas 10:1). Pablo confiaba en las ventajas del trabajo en equipo.
Se le recomienda a la iglesia de hoy día que organice equipos misioneros para el trabajo evangelizador.
«Organícense nuestras iglesias en grupos para servir. Únanse diferentes personas para trabajar como pescadores de hombres. Procuren arrancar almas de la corrupción del mundo y llevarlas a la pureza salvadora del amor de Cristo.
»La iglesia de Cristo sobre la tierra fue organizada con propósitos misioneros, y el Señor desea ver a la iglesia entera ideando formas y medios por los cuales los en­cumbrados y los humildes, los ricos y los pobres, puedan escuchar el mensaje de la verdad. Si hay muchos miembros en la iglesia, organícense en pequeños grupos para trabajar no solo por los miembros de la iglesia, sino en favor de los incrédulos. Si en algún lugar hay solamente dos o tres que conocen la verdad, organícense en un grupo de obreros» (Servicio cristiano, cap. 8, pp. 81, 82).
Elena G. de White mencionó en algunos de sus escritos que había elemen­tos comunes entre las circunstancias previas al bautismo de Pablo y al de Cornelio. Ambos relatos ilustran la importancia de visitar a la gente en sus hogares. Ananías visitó a Pablo a Pedro y a Cornelio. La obra de visitación es la clave de los esfuerzos evangelizadores exitosos. Elena G. de White también afirmó que: «Lo más importante no es la predicación sino el trabajo hecho de casa en casa, razonando y explicando la Palabra. Serán los obreros que sigan los métodos que siguió Cristo los que ganarán almas como salario» (Obreros evangélicos, p. 483). Sus consejos han sido corroborados en la práctica. Por ejemplo, los evangelistas saben que quienes responden a un llamamiento luego de un sermón donde se habló de «la iglesia verdadera», no necesariamente están diciendo que desean unirse a la iglesia. Por lo general la gente confirma esta decisión en una con­versación en privado. El evangelismo público debe ir de la mano del ministerio personal de visitación.
La responsabilidad de los dirigentes
Si no se cuenta con un plan organizado no se podrá lograr una total satura­ción comunitaria; no importa la dedicación y el empeño que se pongan en prác­tica. La planificación no surge automáticamente. Los dirigentes tienen la respon­sabilidad de establecer presupuestos, desarrollar estrategias y proveer adiestra­miento. Además incluye tener las prioridades apropiadas y conocer los principios relacionados con el iglecrecimiento.
«Por lo general, Dios no obra milagros para promover su verdad [...]. Él obra de acuerdo con grandes principios que ha dado a la humanidad, y nuestra parte consiste en trazar planes sabios y en poner en acción los medios por los cuales Dios producirá ciertos resultados» (El evangelismo, pp. 473, 474).
El Señor delega en su iglesia la responsabilidad de formular planes y méto­dos, de modo que cada miembro tenga una parte en alcanzar a otros con el mensaje.
«Los ancianos y los que tienen puestos directivos en la iglesia deben dedicar más pensamiento a los planes que hagan para conducir la obra. Tienen que arreglar los asuntos de tal manera que todo miembro de la iglesia tenga una parte que de­sempeñar, que nadie lleve una vida sin propósito, sino que todos realicen lo que pueden hacer de acuerdo con su propia capacidad [...]. Todo miembro de la iglesia ha de llegar a ser un obrero activo: una piedra viva, que emita luz en el templo de Dios» (Servicio cristiano, cap. 5, p. 69).
En Hechos 6, leemos que los apóstoles delegaban responsabilidades. Apren­dieron a hacerlo con Jesús. Jesús envió a los doce y aproximadamente un año después envió a lo setenta (Lucas 10:1-17). «A esos hombres se propuso prepararlos y educarlos como directores de su iglesia. Ellos a su vez habían de educar a otros, y enviarlos con el mensaje evangélico» (Los hechos de los apóstoles, cap. 2, p. 15). Los apóstoles a su vez adiestraban a otros para que evangelizaran. «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2).
Algunas congregaciones están organizadas de una manera muy eficiente. Pocas cosas parecen estar fuera de lugar o ser fruto de la improvisación. Sin embargo, hay otras tan desorganizadas que todo parece estar en un constante estado de caos. Algunas, por otro lado, mantienen un equilibrio apropiado y lo­gran hacer las cosas con un mínimo de confusión. Muchos no se dan cuenta si siguen o no algún plan. Algunas iglesias tienen ministerios evangelizadores muy aguerridos; otras no poseen ninguno.


Referencias
R. C. H. Lenski, The Interpretation of The Acts of the Apostles (Minneapolis: Augsburg, 1961), p. 239.

Donald Guthrie, New Testament Theology (Downers Grove: InterVarsity, 1981), p. 732.

J. Herbert Kane, Christian Missions in Biblical Perspective (Grand Rapids: Baker, 1976), p. 74.

Walter R. Beach y Bert B. Beach, Pattern for Progress (Review and Herald, 1985), p. 45.

Manual de la Iglesia (Apia, 2010), p. 130.