La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 5

Evangelización y testificación como un estilo de vida

Ha oído usted la expresión «cerrar la puerta de atrás» usada con refe­rencia a la iglesia? La evangelización trae a la gente a la iglesia por medio de la «puerta delantera». Debemos hacer todo lo posible a fin de evitar que los que fueron bautizados se deslicen por «la puerta de atrás».
Recuerdo informes desanimadores después de una serie de reuniones de evan­gelización que yo dirigí. Parece que la mayoría de la gente recién bautizada volvió a sus viejos caminos. Por supuesto, nos echaron la culpa a mi equipo y a mí, pues se decía que los habíamos bautizado de forma prematura o no los habíamos preparado bien. Poco después, en otra serie, bauticé a centenares de personas más. Aunque seguimos el mismo enfoque que en la serie anterior, in­forme tras informe indicaba que virtualmente no se estaba perdiendo ninguno por la puerta posterior. ¿Cuál era la diferencia? El pastor del distrito donde tuve la segunda serie, que tenía a su cargo doce congregaciones, había diseñado un buen plan de seguimiento.
Los primeros cristianos mostraron mucho cuidado por los creyentes bauti­zados recientemente y por las congregaciones que ellos establecían. En este ca­pítulo repasaremos sus prácticas, tal como las encontramos en el libro de los Hechos de los apóstoles, y consideraremos cómo podemos «cerrar la puerta de atrás» en estos días.
Seguimiento de las iglesias jóvenes
Durante el primer viaje misionero, Pablo y Bernabé visitaron varios centros urbanos: Antioquía, Iconio, Listra y Derbe. Sufrieron mucha oposición. Los habi­tantes de Antioquía los «expulsaron de sus limites» (Hechos 13:50). En Iconio, tanto los judíos como los gentiles trataron de «maltratarlos y apedrearlos», y tuvieron que huir (Hechos 14:5, 6). Pablo fue realmente apedreado en Listra, a instigación de los judíos de Antioquía y de Iconio (versículo 19). De Listra fueron a Derbe (versículo 20). Si hubieran seguido adelante, más o menos en una semana podrían haber llegado a Tarso, la ciudad natal de Pablo. En cambio, «volvieron a Listra, Iconio y Antioquía» (versículo 21).
¿Por qué regresaron Pablo y Bernabé al territorio enemigo con riesgo de sus vidas? En Antioquía, «casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios» el si­guiente sábado (Hechos 13:44). En Iconio, «creyó una gran multitud de judíos y de griegos» (Hechos 14:1). En Derbe, había «muchos discípulos» (versículo 21). Hechos nos dice que decidieron regresar para fortalecer los «ánimos de los dis­cípulos» y designar ancianos en cada iglesia. Los apóstoles sabían la importan­cia de lo que hoy llamamos seguimiento. Por eso decidieron asumir el riesgo de volver sobre sus pasos.
Hechos 13:43 dice que después que Pablo y Bernabé predicaron la justifi­cación por la fe en Antioquía de Pisidia, «muchos de los judíos y de los prosé­litos piadosos siguieron a Pablo y Bernabé, quienes hablándoles los persuadían a que perseveraran en la gracia de Dios» (la cursiva ha sido añadida). Encontramos a Pablo pasando grandes períodos en muchos lugares, tales como Iconio («mucho tiempo», Hechos 14:3), en Corinto («un año y seis meses», Hechos 18:11), en la provincia de Asia Menor («por algún tiempo», Hechos 19:22) y en Grecia, («tres meses», Hechos 20:2, 3). Su ministerio combinaba la alimentación espiritual con la evangelización.
El libro de Hechos describe algunos de los elementos del seguimiento pos­terior a la evangelización. Hechos 8: 12 dice que muchos samaritanos creyeron las buenas nuevas del «evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo» que Felipe les predicó. Sellaron su compromiso mediante el bautismo y con él la iglesia quedó firmemente establecida entre ellos. La incorporación a la iglesia mediante el bautismo es un ingrediente indispensable de la verdadera evange­lización.
Sin embargo, «cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, una vez llegados, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo» (Hechos 8:14, 15). La obra del evangelio no termina con el bautismo. La presencia y el ministerio de los apóstoles en Samaria sirvió, entre otros propósitos, para permitir que los samaritanos supieran que eran bienvenidos a la comunión de los creyentes cristianos, y también los ayudaron a alimentarse espiritualmente después del bautismo.
La forma más concreta y duradera del ministerio que describe el libro de Hechos es el establecimiento de iglesias. Para plantar una iglesia debe hacerse más que meramente establecer un lugar de reunión o aun bautizar un grupo de creyentes. Solo cuando los líderes están operando adecuadamente, los miem­bros están participando activamente en la extensión de la iglesia y esta se está multiplicando, una iglesia ha sido realmente plantada.
Un buen seguimiento también incluye el adiestramiento de líderes locales. Cuando Pablo fue apedreado en Listra, las multitudes lo arrastraron fuera de la ciudad, suponiendo que estaba muerto (Hechos 14:19). Sin embargo, el Señor intervino, y repentinamente Pablo «se levantó y entró en la ciudad» (Hechos 14:20). «Entre los que se convirtieron en Listra, y que fueron testigos oculares de los sufrimientos de Pablo, se contaba alguien que había de llegar a ser un obrero eminente de Cristo [...]. Era un joven llamado Timoteo» (Los hechos de los após­toles, cap. 18, p. 138).
«Cuando se convertían hombres promisorios y capaces, como en el caso de Timo­teo, Pablo y Bernabé procuraban presentarles vívidamente la necesidad de trabajar en la viña del Señor. Y cuando los apóstoles se iban a otra ciudad, la fe de esos con­versos no disminuía, sino que aumentaba. Habían sido fielmente instruidos en el ca­mino del Señor, y enseñados a trabajar abnegada, fervorosa y perseverantemente por la salvación de sus prójimos. Esta solícita educación de los neófitos era un importante factor del notable éxito que obtuvieron Pablo y Bernabé al predicar en tierras paga­nas» (Ibíd., p. 139).
El libro de Hechos dice que los discípulos en Antioquía enviaron una ofrenda de amor «a los hermanos que habitaban en Judea» (Hechos 11:29). Es signifi­cativo que los que recibieron la ofrenda no fueron los apóstoles en Jerusalén, sino los ancianos de Judea (Hechos 11:30). Aparentemente, los apóstoles habían adiestrado a los ancianos para asumir el liderazgo de las congregaciones locales en Judea. Esta no era una idea nueva; los apóstoles habían solicitado antes ayu­da con el fin de tener más tiempo para otros ministerios (Hechos 6:3, 4).
El cuadro que ofrece Hechos de la organización de la viña de la iglesia en Éfeso muestra que era relativamente sencilla. Antes de que Pablo saliera, des­pués del alboroto descrito en Hechos 19, él animó a «los discípulos» (Hechos 20:1). Desde Mileto mandó a buscar a los «ancianos» de Éfeso (Hechos 20: 17) [griego: prebústeros]. Muy probablemente, cada uno de ellos dirigía una pequeña con­gregación que se reunía en la casa de alguno de ellos. El libro de Hechos regis­tra muchos sermones evangelizadores, pero el discurso registrado en el capítulo 20:18 al 35 es el único ejemplo de Pablo enseñando a los líderes de la iglesia. El cometido que les dio a los ancianos los identifica como «obispos» [griego: epískopos] (versículo 28), también traducido como los presbíteros o los vigilantes.
«El predicador no debe tener el sentimiento de que debe encargarse por sí mismo de toda la obra de predicación, trabajo u oración; debe educar personas que lo ayuden en ello en toda iglesia. Túrnense diferentes personas para dirigir las reuniones o los estudios bíblicos; y mientras lo hagan estarán poniendo en use los talentos que Dios les dio, y al mismo tiempo preparándose como obreros» (Obreros evangélicos, p. 207).
El discipulado y el adiestramiento
El libro de Hechos dice que cuando el evangelio fue predicado en Antioquía en el primer intento registrado de alcanzar a los gentiles, «gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hechos 11:19-21). Bernabé consiguió la ayuda de Pablo, y por todo un año «se congregaron [...] con la iglesia, y enseñaron a mucha gente» (Hechos 11:26). Algunas traducciones parecen sugerir que estas reunio­nes eran para los no cristianos «en la iglesia» (BJ). La mayoría de las traduccio­nes dice quo «se congregaron (...) con la iglesia», sugiriendo la idea de que es­tas reuniones tenían el propósito de adiestrar a los cristianos.
Pablo y Bernabé «enseñaron a mucha gente». Como resultado de estas se­siones de entrenamiento los miembros de esta iglesia recientemente establecida llegaron a ser tan activos en identificarse con Cristo que pronto fueron llama­dos «cristianos». «El nombre les fue dado porque Cristo era el tema principal de su predicación, su enseñanza y su conversación» (Los hechos de los apóstoles, cap. 16, p. 118).
Lo que Pablo y Bernabé hicieron en Antioquía para proporcionar un segui­miento a los miembros bautizados recientemente establece un modelo para un enfoque más abarcante de la evangelización:
«Cada iglesia debe ser una escuela práctica de obreros cristianos. Sus miembros deberían aprender a dar estudios bíblicos, a dirigir y enseñar clases en las escuelas sa­báticas, a auxiliar al pobre y cuidar al enfermo y trabajar en pro de los inconversos. Debería haber escuelas de higiene, clases culinarias y para varios ramos de la obra cari­tativa cristiana» (El ministerio de curación, cap. 9, p. 90).
Aunque no hay dudas de que las iglesias nuevas necesitan atención espiri­tual, deberíamos recordar que «la mayor ayuda que pueda darse a nuestro pue­blo consiste en enseñarle a trabajar para Dios y a confiar en él, y no en los mi­nistros» (Servicio cristiano, cap. 5, p. 66)
«Los pastores no deben hacer la obra que pertenece a la iglesia, cansándose ellos mismos, e impidiendo que otros desempeñen su deber. Deben ensenar a los miembros a trabajar en la iglesia y en la comunidad» (Ibíd., cap. 7, p. 77).
«Los ministros [...] tienen una obra más amplia de lo que muchos se imaginan.
No solo han de servir al pueblo, sino también enseñarle a servir» (El ministerio de cu­ración, cap. 9, p. 89).
«La mejor medicina que podéis dar a una iglesia no es predicar o sermonear, sino planear trabajo para sus miembros» (El evangelismo, p. 261).
¿Cómo pueden los dirigentes de la iglesia poner a trabajar a los nuevos miem­bros? Hacerlo requerirá algunos planes. A continuación hay algunas sugerencias:
Invite a los nuevos miembros a pasar a la plataforma. Ellos pueden anunciar un himno, presentar una interpretación musical o tomar parte en el programa de la Escuela Sabática. Un miembro recientemente bautizado le escribió a sus pa­rientes: «Soy una persona muy importante en mi iglesia [...]. ¡Casi soy un pre­dicador!» ¿Había ocurrido? El sábado después de su bautismo, yo había invi­tado a este joven a anunciar el himno de apertura del culto de adoración, lo que hizo con mucho entusiasmo. Al regresar a su silla, le dije: «¡Felicitaciones! Solo un poco más de adiestramiento, y serás un buen predicador». Esa expe­riencia lo anima y le dio un sentido de pertenencia a nuestra iglesia. «Los an­cianos y los que tienen puestos directivos en la iglesia [...] deben arreglar los asuntos de tal manera que todo miembro de la iglesia tenga una parte que de­sempeñar» (Servicio cristiano, cap. 5, p. 69).
Pida a un miembro nuevo que de estudios bíblicos a otro interesado. Elena G. de White dijo que cuanto más una persona procura impartir la luz, más luz reci­birá esa persona (ver Palabras de vida del gran Maestro, p. 288).
Ella nos instruyó para que cada converso reciba una asignación de trabajo en favor de otros inmediatamente después de su conversión. «Cuando las per­sonas se convierten, ponedlas al trabajo en seguida» (El evangelismo, p. 261).
Un diácono ordenado católico romano que asistió a un seminario de Apo­calipsis, se ofreció para enseñar una serie. Yo pensé. ¿Y por qué no? Después de todo, se nos dice que «a cada uno que se añada a las filas por la conversión ha de asignársele su puesto de deber» (Servicio cristiano, cap. 8, p. 83). Poco después bautice no solo a este hermano, Alfonso Garzón, sino también a al­gunos que habían asistido a su seminario de Apocalipsis.
Invite a los miembros nuevos a acompañar a miembros experimentados en la visi­tación con el fin de aprender cómo se hace. «Machos trabajarían con gusto si se les enseñara cómo empezar. Necesitan instrucción y aliento» (El ministerio de cu­ración, cap. 9, p. 90).
Anímelos a traer a otros a la iglesia. Por unos dos años después de su conver­sión, ¡serán los mejores conquistadores de personas para Jesús de su iglesia! ¿Por qué? La mayoría de sus amigos no son todavía miembros de la iglesia. Están en su «primer amor», y quieren ver a todos sus amigos en el cielo. «El primer impulso del corazón regenerado es el de traer a otros también al Salvador» (El conflicto de los siglos, cap. 4, p. 67). Esta es la razón por la que el recientemente bautizado Pablo «predicaba a Cristo en las sinagogas» (Hechos 9:20), y lo hizo «valerosamente» (9: 27). «Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador» (El Deseado de todas las gentes, cap. 19, p. 171).
Pablo comenzó su segundo viaje misionero en la región cercana a Antioquía y luego avanzó a Galacia, donde había establecido iglesias durante su primer viaje misionero (Hechos 13-14). Cuando Pablo y Silas pasaron por las ciudades «las iglesias eran animadas en la fe y aumentaban en número cada día» (Hechos 16:4, 5).
Sin embargo, la brevedad del registro en Hechos 15:40 y 41 sugiere que en su segundo viaje misionero Pablo no tenía la intención de hacer de la alimen­tación espiritual de las iglesias nuevas el trabajo de su vida, aun cuanto le hu­biera gustado quedar cerca de ellas. Pablo y Silas hicieron visitas cortas, y avan­zaron a la frontera tan pronto como les fue posible. Después de adiestrar a los líderes continuaron con su obra de evangelización.
Lo que constituyó una buena práctica de plantar iglesias en el tiempo de Pablo, es una buena práctica en nuestro tiempo también. Elena G. de White nos aconseja con respecto a la relación de los ministros con las iglesias bien establecidas: «Este no es tiempo para que los mensajeros de Dios se detengan para apuntalar a aquellos que conocen la verdad y que gozan de todas las ven­tajas» (Testimonios para los ministros, p. 233). «Los pastores que están revolote­ando sobre las iglesias, predicando a quienes ya conocen la verdad, harían me­jor en ir a lugares que todavía están en tinieblas. A menos que lo hagan, ellos mismos y sus congregaciones se empequeñecerán» (Review and Herald, 9 de fe­brero de 1905). «Las iglesias necesitan ser cuidadas y atendidas, pero no deben demandar una labor continua [...]. No eduquéis a nuestras iglesias para que esperen ayuda ministerial constante» (Ibid., 11 de julio de 1899).
Iglesias nuevas y feligreses nuevos necesitan alimento espiritual. Pero la mejor nutrición que podemos darles es adiestrarlos para conquistar gente para Cristo, y entonces ponerlos a trabajar en ello.

Referencias
Ver Alan F. Hare, Close the Back Door (Cierra la puerta trasera] (St. Louis, MI: Concordia, 1984); y Gary McIntosh y Glenn Martin, Finding Them, Keeping Them [Encontrándolos, conservándolos], p. 13.