La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 4

Evangelización y testificación como un estilo de vida

Dora es una anciana que ora a diario por todos los misioneros, evange­listas, pastores y colportores. A los niños les agrada visitarla porque les cuenta historias interesantes. A menudo, ella comparte con sus vecinos algún pan o bizcocho. En cierta ocasión se bautizó una familia completa. Ellos afir­maron que Dora fue el primer miembro que se puso en contacto con ellos. Dora está cumpliendo con un aspecto esencial de la testificación: Evangelización vital.
Evangelización vital es aquel proceso mediante el cual las palabras y las ac­ciones de un cristiano maduro atraen a otros a Cristo. Implica presentar un buen testimonio ante los inconversos, creando oportunidades con el fin de presentar el evangelio.
Todo cristiano ha de llegar a ser un «evangelista vital». «Este es un proceso que por lo general ocurre de forma espontánea. Surge del entusiasmo del nue­vo creyente respecto a su relación con Cristo. Todo lo que se necesita es el «permiso» oficial de la iglesia para testificar, aun cuando el nuevo creyente sepa muy poco de la Biblia o de los "métodos evangelizadores apropiados"».
Este método para conducir a la gente a Cristo y a su iglesia toma tiempo, aunque es algo fundamental.
«El testimonio que debemos dar por Dios no consiste solo en predicar la verdad y distribuir impresos. No olvidemos que el argumento más poderoso en favor del cristianismo es una vida semejante a la de Cristo, mientras que un cristiano vulgar hace más daño en el mundo que un mundano» (Servicio cristiano, cap. 1, p. 28).
El estilo de vida de los cristianos primitivos
El amor en acción es más efectivo cuando se une a la presentación verbal del amor divino. Esta fue una de las claves para el rápido crecimiento de la iglesia apos­tólica. Pensemos en el estilo de vida de los cristianos primitivos. Muchas expre­siones en los primeros capítulos del libro de Hechos sugieren la idea de su «unidad». En Hechos 1:14 se afirma que «perseveraban unánimes». «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos» (Hechos 2:1). Al respecto, se dice:
«En el texto la palabra "todos" incluye a los apóstoles, los discípulos y a los de­más seguidores. Estaban "juntos" es una situación transitoria, mientras que "unáni­mes" es ante todo una condición a perpetuidad. El lugar donde se reunían no tiene im­portancia hoy. Pero la condición de unanimidad o unidad es el meollo del asunto».
La sierva de Dios declaró:
«La proclamación del evangelio había de tener alcance mundial, y los mensajeros de la cruz no podían esperar cumplir su importante misión a menos que permanecieran unidos con los vínculos de la unidad cristiana, y revelaran así al mundo que eran uno con Cristo en Dios» (Los hechos de los apóstoles, cap. 9, p. 71).
Después del Pentecostés «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42). Quizá la expresión más significativa tiene que ver con la palabra «comunión». La misma describe una relación mutua que debe ser el blanco de toda confraternidad eclesiástica. Se mantenían unidos como un mismo cuerpo y se trataban el uno al otro tomando esto en cuenta. Expresaban su compañe­rismo de una forma práctica: «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (Hechos 2:44, 45). Demos­traban la caridad cristiana como resultado de la comunión interior a la cual se habían entregado. En nuestros días, una congregación saludable hará lo posible por asegurarse de que el compañerismo cristiano sea parte integral de la vida de la iglesia.
«A los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía» unos treinta años después del Pentecostés (Hechos 11:26). Anteriormente se les llamaba «los de este Camino» (Hechos 9:2), «creyentes» (Hechos 5:14) o «discí­pulos» (Hechos 1:15). El nombre de «cristianos» debe haber surgido de la ha­bladuría popular: «¡Esa gente siempre está hablando de Cristo!». Los creyentes de Antioquía estaban tan comprometidos con Cristo que fue prácticamente inevitable que se les llamara «cristianos».
Elena G. de White escribió:
«Mientras vivían en medio de un pueblo que parecía preocuparse poco por las cosas de valor eterno, trataban de dirigir la atención de los de corazón sincero, y dar testimonio positivo de Aquel a quien amaban y servían. En su humilde ministerio, apren­dieron a depender del poder del Espíritu Santo para hacer eficaz la palabra de vida. Y así, en las diversas ocupaciones de la vida, daban testimonio diariamente de su fe en Cristo» (Los hechos de los apóstoles, cap. 16, p. 119).
Los primeros cristianos también expresaban su fe en otras formas. El libro de Hechos contiene muchos ejemplos de amor a la comunidad expresado en actos de hospitalidad. Lucas afirma que partían «el pan en las casas, comían jun­tos con alegría y sencillez de corazón» (Hechos 2:46). Cuando el evangelio llegó finalmente a Europa, Lidia, que recién se había convertido, les suplicó a aquellos evangelistas itinerantes que se hospedaran en su casa (Hechos 16:15). Pablo y sus acompañantes visitaron Tiro, una ciudad portuaria fenicia al final de su tercer viaje misionero, mientras iban de regreso a Jerusalén. El grupo se quedó en aquella ciudad durante una semana para reunirse allí con algunos creyentes. Cuando Pablo salió de Tiro, los creyentes junto a «sus esposas e hijos» acompañaron al grupo hasta la salida de la ciudad (Hechos 21:5).
El ejemplo de Dorcas
Al observar la lista de dones espirituales mencionada en Romanos 12: 6-8, llegamos a la conclusión de que Dorcas había recibido un conjunto de dones relacionados con la generosidad y la capacidad para ejercer la misericordia. Al igual que Dorcas, muchos miembros de la iglesia «sienten una genuina empatía y compasión por las personas, tanto cristianas como no cristianas, que sufren graves problemas físicos, mentales o emocionales». Esta compasión, que lleva a una persona a servir a los que están en necesidad, incluyendo a los parias de la sociedad, proviene de Dios.
Elena G. de White, al referirse a la obra de Dorcas y de otros destacados personajes de la Biblia, dice: «Una fidelidad paciente, basada en la oración y per­severante, como la que poseían estos santos de Dios es poco frecuente. Sin em­bargo, la iglesia no puede prosperar desprovista de ella» (Testimonios para la iglesia, tomo 5, p. 304).
De alguna manera estas personas podrán cooperar con las actividades evangelizadoras: «Primeramente ustedes deben satisfacer las necesidades de los me­nesterosos y atender sus necesidades físicas y sufrimientos, entonces encontra­rán una puerta abierta a sus corazones donde podrán plantar las buenas semillas de la virtud y la religión» (Ibíd., tomo 4, p. 227). El ejemplo de Dorcas ha inspirado a la Iglesia Adventista para que establezca Sociedades Dorcas y Centros de Ser­vicio a la Comunidad alrededor del mundo. Las familias que pierden sus hogares a causa de desastres naturales o fuegos, la gente que necesita ayuda en lo que con­siguen trabajo, padres que encuentran sus despensas vacías en lo que cobran su salario, y todo aquel que esté en necesidad puede encontrar una mano ayuda­dora gracias a la dedicación de alguien que vivió hace muchos siglos.
En el último capítulo de Hechos hay un sencillo detalle que ilustra la cali­dad de vida de aquellos cristianos primitivos. Un grupo de fieles discípulos, sabiendo que algunos hermanos cristianos se dirigían a Roma, salió a su en­cuentro. Viajaron «hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas» para encontrar a Pablo y a sus acompañantes en su regreso a Roma. Pablo consideró aquel arto de amor como algo significativo: «Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento» (Hechos 28:15). Los actos de amor manifestados a los hermanos en la fe son una responsabilidad de la iglesia así como una forma elemental de tes­tificación.
En el mundo sin ser del mundo
Existen varias interpretaciones respecto a la responsabilidad de la iglesia en el mundo. Los teólogos se han agrupado en dos bandos:

  1. Algunos enfatizan una relación de carácter horizontal entre los humanos. Resaltan el «mandato cultural»: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37-39). Esta es la opción preferida por el evangelio social, por el movimiento ecuménico y por muchos cristianos sinceros que consideran que su misión es manifestar a la gente el amor de Dios. En algunos casos us­ted los oirá mencionar los temas de «una sociedad justa» y «reformas socia­les». Destacan más el «evangelismo presencial» que el «evangelismo persua­sivo». Los adventistas que abrazan estas ideas tienden a limitar sus activi­dades «evangelizadoras» a la obra médica, a las actividades educativas o al servicio comunitario. Algunos adventistas «ridiculizan la idea de que el pro­pósito de nuestra obra médica es evangelizar». Sugieren que debemos ins­truir a la gente respecto a los hábitos de salud correctos sin colocarle «gan­chos» al mensaje.
  2. La presente obra considera que la salvación es ante que nada una restauración de la quebrantada relación vertical entre la raza humana y Dios. Consideramos que el «mandato evangélico» es prioritario y que Mateo 28:19, 20 es el principio sobre el que se fundan todas nuestras estrategias. Quien esto creen se describen como los «cristianos de la gran comisión». Los adventistas han establecido instituciones educativas y médicas como ayudas en el cumplimiento de la gran comisión, tomando en cuenta que «la iglesia de Cristo en la tierra fue organizada sobre una base misionera» (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 29). Una teología adventista de las misio­nes que sea saludable debe estimular a los pastores y administradores, a las universidades y hospitales, a desarrollar programas y estrategias que lleven a la iglesia a lograr la encomienda divina de salvar a los pecadores. Además, esta teología guiará a la iglesia para que todo lo que ella haga se concentre en el propósito de salvar a los pecadores y concluir la obra.

No siempre es fácil mantener un adecuado equilibrio entre las dos enco­miendas. Una teología adventista de misión colocará una prioridad especial en el mandato evangélico; sin embargo, no debemos olvidar el mandato cultural. «No hay nada más paralizante, tanto para el evangelismo como para la acción social, que confundir ambos conceptos en su definición o separarlos en la prác­tica». Elena G. de White, al describir la interacción entre «la obra del evangelio» y «la obra médica», afirma que:
«La obra médico-misionera es parte del gran todo, así como el brazo es parte del cuerpo. Pero el brazo no debe decir a la cabeza, no te necesito. El cuerpo tiene nece­sidad de la cabeza indudablemente, y de los brazos, a fin de obrar activa y agresivamen­te. El cuerpo no ha de convertirse en el brazo» (El ministerio de la bondad, p. 127).
En otras palabras, el mandato cultural está subordinado al mandato evan­gélico. Los ministerios establecidos bajo el mandato cultural sirven como he­rramientas para dar cumplimiento a la gran comisión.


Referencias
C. Kirk Hadaway, Church Growth Principles: Separating Fact from Fiction (Nashville: Broadman Press, 1991), p. 31.

LeRoy E. Froom, The Coming of the Comforter (Review and Herald, 1956), p. 109.

C. Peter Wagner, Your Spiritual Gifts Can Help Your Church Grow (Ventura: Regal Books, 1994), p. 223.

DeWitt S. Williams, Kay Kuzma, y Leo R. Van Dolson, Ministries of Health and Healing (Lincoln: Advent Source, 1997), p. 60.

Samuel Hugh Moffett, "Evangelism: The Leading Partner"; en: Perspectives on the World Christian Movement: A Reader, Ralph D. Winter y Steven C. Hawthome, eds. (Pasadena: William Carey Library, 1999), p. 576.

RECURSOS ESCUELA SABATICA
http://ar.groups.yahoo.com/group/Comentarios_EscuelaSabatica
http://groups.google.com.ar/group/escuela-sabatica?hl=es
Suscríbase para recibir gratuitamente recursos para la Escuela Sabática