La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 2

Todo creyente es un ministro

En una iglesia donde trabajé iniciamos una serie de estudios bíblicos evangelizadores relacionados con el libro de Apocalipsis. Un jovencito de do­ce años se ofreció como voluntario para dirigir los estudios. Temiendo que pudiera hacer más daño que bien, le recordé que su madre había ofrecido el uso de su hogar a otro predicador. Sin embargo, le prometí al joven que si encontraba algún vecino que estuviera dispuesto a estudiar le entregaría un juego de lecciones y varias biblias. Esa misma tarde una señora se me acercó y me preguntó: «Señor, ¿cree usted que un niño de doce años puede ayudarme a estudiar el libro de Apocalipsis?». Como no sabía qué responderle, le pregunté: «¿Por qué lo dice?». Entonces me contó que había estado orando para que al­guien la ayudara a entender el libro de Apocalipsis. Mientras oraba, alguien to­có a su puerta. Para su sorpresa un jovencito le dijo: «¿Señora, le gustaría estu­diar el libro de Apocalipsis conmigo?». Al poco tiempo bauticé a aquella dama. Esta experiencia pone de manifiesto una vez más que Dios obra mediante cual­quier miembro de iglesia que esté dispuesto a ser usado por él.
Las Escrituras nos enseñan que todos los creyentes son ministros y sacer­dotes. El «sacerdocio universal de los creyentes» fue una de las bases de la Re­forma Protestante. Lutero dijo: «Todos los cristianos son verdaderos sacerdotes y no existen distinciones entre ellos, excepto las relacionadas con sus cargos». Esta doctrina posee dos grandes implicaciones. Primero, todo creyente tiene ac­ceso directo a Dios. Segundo, todo creyente es un ministro, ya que cada cris­tiano ha recibido la responsabilidad del ministerio.
En este capítulo repasaremos la frecuentemente olvidada doctrina del mi­nisterio de los creyentes y la responsabilidad de los dirigentes de adiestrar a la iglesia para el servicio.
Sabemos que la obra de Dios en la tierra concluirá cuando los creyentes se dediquen a testificar y unan sus fuerzas con los pastores y dirigentes. Testificar es uno de los privilegios y responsabilidades de cualquier miembro de iglesia. En la medida que los miembros de la iglesia entiendan la enseñanza bíblica del «ministerio de los creyentes» se sentirán motivados a participar en activi­dades evangelizadoras.
Una verdad bíblica
Los nacidos en la tribu de Leví no eran los únicos llamados a servir como sacerdotes. Israel era un «tesoro especial», llamado a ser un «pueblo santo» y un «reino de sacerdotes» (Éxodo 19:5, 6). Un sacerdote es un mediador entre los hombres y Dios. Todo israelita había sido comisionado para servir a su na­ción desinteresadamente y para ser un testigo ante las demás naciones (Isaías 43:10, 12). Aun cuando todo israelita debía ser un sacerdote en sentido general, los sacerdotes del Antiguo Testamento ejercían un ministerio especial en el pueblo de Dios.
Los miembros del «pueblo escogido» eran también parte de un «real sacer­docio» (1 Pedro 2:9). Las palabras real y reyes acentúan los derechos y privilegios del creyente, mientras que el término sacerdote destaca sus responsabilidades. Todo creyente cristiano tiene responsabilidades sacerdotales. Al igual que los sa­cerdotes del Antiguo Testamento, los pastores cristianos tienen un ministerio especializado.
«Somos embajadores de Cristo» (2 Corintios 5:20). Dios nos ha reconciliado con él mediante la cruz y nos ha encargado el ministerio de la reconciliación. Si la reconciliación es para todos, entonces es obvio que el ministerio también lo es.
«A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio» (Efesios 4:12). Los «santos» son aquellos que han sido perdonados. Los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores, los maestros, no han recibido sus dones para que ministren por su cuenta, sino para que adiestren y perfeccionen a la feligresía para el ministerio. Todo miembro de iglesia ha sido llamado a servir en «el mi­nisterio de la iglesia». La descripción del puesto de un pastor o maestro incluye «adiestrar a los santos». Con este fin el pastor proporciona capacitación y re­cursos, elabora planes y escoge territorios.
Jesús fue exaltado a los más altos cielos como Rey y como Sacerdote. Al mis­mo tiempo hizo «reyes y sacerdotes» a sus fieles súbditos (Apocalipsis 1:6). Cada creyente es un sacerdote, un ministro. Tiene la oportunidad de sentarse con Jesús en su trono (Apocalipsis 3:21). ¡Qué privilegio para la humanidad caída!
El Señor se le apareció a Pablo y le habló en el camino a Damasco. Poco después, mediante Ananías, Dios lo llamó para que fuera «ministro y testigo» (Hechos 26:16). En el libro de Hechos la palabra ministro aparece en 12:25; 20:24; 21:19. Sin embargo, el llamamiento para servir como ministro no está li­mitado a unos pocos apóstoles, ancianos, dirigentes o pastores.
«Uno puede ser llamado al ministerio en una tierra extraña; a otro se le pedirá tal vez que dé de sus recursos para sostener la obra del evangelio. Dios acepta la ofrenda de cada uno. Lo que resulta necesario es la consagración de la vida y de to­dos sus intereses. Los que hagan esta consagración oirán el llamamiento celestial y le obedecerán» (Servicio cristiano, cap. 9, p. 113).
Una distinción poco afortunada
Laico es una palabra que proviene del término griego laos que significa «gente», como en el caso de «linaje escogido» (1 Pedro 2: 9). La palabra laos apa­reje 140 veces en el Nuevo Testamento. Tanto Pablo como Pedro la utilizan para describir a la iglesia como un pueblo. El laos es el medio empleado por Dios para la misión de proclamar su mensaje y servir al mundo. El laos abarca totalmente al pueblo de Dios, incluyendo a los ministros ordenados. Un dic­cionario teológico lo explica de la siguiente manera: «En forma figurada el laos [pueblo] equivale a la comunidad cristiana».
Lamentablemente, el concepto laico tiene algunas connotaciones negativas. En sentido general significa aficionado, alguien que no es un profesional en su rama. En la iglesia, los laicos dan la impresión de ser miembros de segunda categoría. Hemos heredado el concepto con todas las implicaciones que tenía en el ambiente católico de la Edad Media.
El término laicus, «laico», se utilizaba casi exclusivamente en contraste con clericus, «un miembro de una orden religiosa». Esta dicotomía reflejaba la dua­lidad entre el cuerpo pecaminoso y el alma inmortal proveniente de la filosofía griega: una doctrina que se popularizó en la iglesia de aquel tiempo.
¿Por qué la separación medieval entre «clérigos» y «laicos» tiende a perma­necer vigente en las denominaciones protestantes e incluso entre los adventis­tas?
La palabra clérigo viene del griego kleros. Un ministro ordenado es conside­rado por muchos como alguien separado de los «miembros de iglesia comu­nes». Dicha noción sugiere que él pertenece a una categoría exclusiva, el kleros, a quien Dios le ha concedido una porción especial de sabiduría, poder y labo­res. Es lo que se piensa de ese segmento del cuerpo de Cristo que ha sido se­parado por Dios y los hombres para servir exclusivamente como ministros.
Algunos parecen creer que los ministros tienen una encomienda de primera categoría para hacer funcionar a la iglesia. Por consiguiente, esta categoría de primera requiere que el ministro dé evidencia de obedecer las más altas normas morales. Existe, por lo tanto, la preocupante idea de que los laicos están sujetos a requisitos morales inferiores y que tienen responsabilidades menos impor­tantes.
Es más, algunos ministros pueden que se sientan cómodos con esta idea. El concepto de una primera y una segunda categoría los coloca en una casta su­perior de «obreros», que conlleva las cargas heroicas de la responsabilidad pas­toral y de los esfuerzos evangelizadores.
Interpretación incorrecta del «ministerio»
El concepto que muchos de los miembros tienen es que el pastor ejerce su «ministerio» mientras que la congregación se sienta a «disfrutar del espectácu­lo». A la salida le dicen al pastor: «Gracias, pastor, disfruté el servicio». (¡No se supone que los miembros «disfruten» un culto!). En realidad, todos los miem­bros como ministros deberían estar prestando sus servicios en el ministerio. Dios es el único que puede estar sentado en un elevado trono «disfrutando el espectáculo».
El término traducido del griego como «ministerio» es diakonia, que significa «servicio».
El ministerio fundamental de la iglesia es el de la reconciliación (2 Corintios 5:17-20). A aquellos que están «en Cristo», a nosotros que hemos sido reconci­liados, el Señor les ha «encargado la palabra de reconciliación». Este ministerio le pertenece a todos los santos de Dios como un privilegio y obligación. Hemos sido nombrados «embajadores de Cristo».
Existen dos posibilidades para traducir Efesios 4:11, 12. La puntuación uti­lizada por los traductores es importante, ya que en el griego no existen las co­mas (fueron añadidas en el siglo X). Según algunas versiones de la Biblia, los pastores y los maestros existen para: a) Perfeccionar a los santos; b) la obra del ministerio; c) la edificación del cuerpo de Cristo. Según otras versiones, los pastores deben: a) Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio; y b) edificar el cuerpo de Cristo.
La presencia o la ausencia de una coma nos llevan a diferentes conclusiones. Ante la pregunta: ¿Quién está a cargo del ministerio? Surgen dos posibles res­puestas: 1) los pastores y maestros están a cargo del ministerio. 2) Los santos están encargados del ministerio. La colocación de una coma después de la frase «perfeccionar a los santos», refuerza la idea de una «clerecía» o «pastorado», ya que supone que el «ministerio» es para los pastores y los maestros. La traducción desprovista de la coma es favorecida por quienes creen en el «minis­terio de todos los creyentes», ya que este es responsabilidad de todos los santos. Asimismo, otros pasajes de la Biblia deben ser utilizados para definir el lugar de la coma. Es de notar que la mayoría de las traducciones ponen de manifiesto dos, en vez de tres responsabilidades.
Muchos reflejan un conocimiento limitado del ministerio. «Quería ser mi­nistro, pero no pude reunir el dinero para matricularme en el seminario. Por tanto, no pude entrar al ministerio». El seminario es para aquellos que desean llegar a ser pastores ordenados, ministros especializados.
Para quienes desean trabajar en el ministerio, el Señor ha preparado a las iglesias locales con el fin de que sirvan como centros de adiestramiento.
«Cada iglesia debe ser escuela práctica de obreros cristianos» (El ministerio de curación, cap. 9, p. 90).
«Los pastores no deben hacer la obra que pertenece a la iglesia, cansándose ellos mismos, e impidiendo que otros desempeñen su deber. Deben enseñar a los miembros a trabajar en la iglesia y en la comunidad» (Servido cristiano, cap. 7, p. 77).
«La obra de Dios es impedida por la criminal falta de fe en el poder divino que pue­de utilizar a gente común con el fin de llevar su obra adelante con todo éxito» (Review and Herald, 16 de julio de 1895, la cursiva ha sido añadida).
El ministerio no especializado
La Reforma Protestante tuvo razón al rechazar el sacerdocio romano, afir­mando el concepto del «sacerdocio de todos los creyentes». Lutero escribió en 1520: «Mediante el bautismo todos nosotros somos consagrados al sacerdocio según afirma el apóstol en 1 Pedro 2: 9; ustedes son "real sacerdocio, linaje es­cogido"». «Por consiguiente, un sacerdote en la cristiandad no es más que al­guien que ejerce un cargo. Cuando lo ejerce tiene relevancia, cuando es de­puesto no es más que un campesino o un poblano como el resto de la pobla­ción».
Los términos kleros y laos señalan al mismo pueblo, no a gente diferente. La distinción entre los «laicos» y el «clero» no es bíblica. El hecho es que este dualismo tiene un origen que se remonta al catolicismo romano. La Reforma Protestante rechazó el sacerdocio romano, apoyándose en el concepto de que todo miembro es un sacerdote.
Los adventistas solían decir que la iglesia remanente de Dios no profesaba las doctrinas de Babilonia. Pero, si los adventistas se adhieren a este dualismo; si los pastores piensan que son los encargados del ministerio; si los miembros no participan en el ministerio; entonces están demostrando que no se han con­vertido, que ignoran esta doctrina, o que todavía permanecen en el seno de Ba­bilonia.
A causa de esta falsa idea de su papel como ministros, «los miembros de la iglesia, acostumbrados a apoyarse en las prédicas, hacen muy poco por Cristo. No llevan frutos, sino que crecen en su egoísmo y falta de fidelidad. Colocan su confianza en el predicador y dependen de sus esfuerzos para mantener activa su débil fe» (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 434).
Sin embargo, «laico» implica una distinción. No tenemos otra palabra que pueda expresar adecuadamente la misma idea. Podríamos afirmar con propie­dad que cada creyente es «un ministro laico».
«El mandato que dio el Salvador a los discípulos incluía a todos los creyentes en Cristo hasta el fin del tiempo. Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas solo depende del ministro ordenado. Todos aquellos a quienes llegó la inspiración celes­tial, reciben el evangelio en cometido. A todos los que reciben la vida de Cristo se les ordena trabajar para la salvación de sus semejantes. La iglesia fue establecida para esta obra, y todos los que toman sus votos sagrados se comprometen por ello a colaborar con Cristo» (El Deseado de todas las gentes, cap. p. 86, 777).
Un ministerio oficial
En el ámbito general del ministerio al que son llamados todos los creyentes reconocemos la función de algunos para colaborar «en algún ramo de servicio» específico (Los hechos de los apóstoles, cap. 11, p. 86). Dichas personas asumen sus responsabilidades después de ser ordenados mediante la imposición de manos. «Dios tiene una iglesia, y esta tiene un ministerio divinamente señala­do» (Testimonios para los ministros, p. 49). Los ministros ordenados no deben hacer el trabajo que le corresponde a la iglesia. «Deben enseñar a los miembros a trabajar en la iglesia y en la comunidad» (Servicio cristiano, cap. 7, p. 77).
En la Biblia, las diferencias entre el laicado y pastores se manifiestan úni­camente en la naturaleza de cada función. Es una distinción en las funciones, no una categoría o una naturaleza diferente.
El pastor es un miembro de iglesia como los demás, pero que ha sido lla­mado por Dios a un «ministerio divinamente señalado». Por lo general ha re­cibido su preparación en una institución académica con el fin de ayudar a los demás miembros de la iglesia a cumplir con la gran comisión. Fue adiestrado para que pudiera enseñar a otros.
Entre sus muchas responsabilidades, el ministro ordenado sirve como pas­tor, como administrador, como evangelista, como maestro. El pastor es parte de la contienda, pero concentra sus esfuerzos en capacitar y preparar a las tropas para la batalla en la que están empeñadas. Un soldado no ganará ninguna gue­rra por sí mismo, esta presunción sería un error fatal.
El «ministerio oficial» es una rama especializada del cuerpo de creyentes. Algunos creyentes son llamados a servir en labores específicas como pastores o evangelistas (Efesios 4:11, 12). Los «llamados» y los «ordenados» son apartados para un ministerio especial en la iglesia (1 Timoteo 4: 14). Por lo general son or­denados mediante la imposición de manos. Su ministerio incluye facilitar las diferentes labores de los demás miembros de iglesia, no superponerse a ellas.
«Los ministros, médicos y maestros cristianos tienen una obra más amplia de lo que muchos se imaginan. No solo han de servir al pueblo, sino también enseñarle a servir.
No solo han de instruir a sus oyentes en los buenos principios, sino también educarlos para que sepan comunicar estos principios. [...] Todo miembro de la iglesia debe empeñarse en alguna manera de servir al Maestro» (El ministerio de curación, cap. 9, pp. 89, 90).
El propósito de Dios para cualquier congregación no es que haya un pastor y que cien miembros apoyen su ministerio. El Señor ha llamado a cien minis­tros, para que cada uno testifique, ministre y apoye a su pastor y a cada her­mano en sus ministerios. El único que merece «disfrutar de un servicio de ado­ración» sentado en su trono es Dios, mientras que la congregación junto a sus dirigentes debe estar activa adorando y ministrando.
NO              Uno solo ministrando y cien sentados
                 Uno sentado y cien ministrando
Los miembros de la iglesia no se sentirán motivados a compartir el evan­gelio con otros si creen que el «ministerio oficial» es el responsable de esto. Dios espera la participación de todos en el crecimiento de su reino.

Comentarios adicionales de Elena G. de White               respecto al ministerio de todos los creyentes
«Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas depende solamente del ministerio. El humilde y consagrado creyente a quien el Señor de la viña le ha dado preocupación por las almas, debe ser animado por los hombres a quienes Dios ha confiado mayores responsabilidades (Los hechos de los apóstoles, cap. 11, p. 86).
«La mejor medicina que pueden dar a una iglesia no es predicar o sermonear, si­no planear trabajo para sus miembros» (El evangelismo, p. 261).
«El espíritu de Cristo es un espíritu misionero. El primer impulso del corazón re­generado es el de traer a otros también al Salvador» (El conflicto de los siglos, cap. 4, p. 67).
«Los ancianos y los que tienen puestos directivos en la iglesia deben dedicar más pensamiento a los planes que hagan para conducir la obra. Deben arreglar los asuntos de tal manera que todo miembro de la iglesia tenga una parte que desempe­ñar, que nadie lleve una vida sin propósito, sino que todos realicen lo que pueden hacer de acuerdo con su propia capacidad» (Servicio cristiano, cap. 5, p. 69).
«A cada uno que se añada a las filas por la conversión ha de asignársele su pues­to de deber» (Ibíd., cap. 8, p. 83).
«La obra de Dios en esta tierra no podrá nunca terminarse antes de que los hom­bres y mujeres abarcados por el total de miembros de nuestra iglesia se unan a la obra, y aúnen sus esfuerzos con los de los pastores y dirigentes de las iglesias» (Obre­ros evangélicos, p. 365)
«Enseñen los predicadores a los miembros de la iglesia que a fin de crecer en es­piritualidad, tienen que llevar la carga que el Señor les ha impuesto, la carga de con­ducir almas a la verdad. Aquellos que no cumplan con su responsabilidad deben ser visitados, y hay que orar con ellos y trabajar por ellos. No induzcan a los miembros a depender de ustedes como predicadores; enséñenles más bien a emplear sus talentos en dar la verdad a los que los rodean» (Ibíd., p. 211).
«Muchos de los que profesan ser cristianos piensan solo en sí mismos al buscar amis­tades en la iglesia. Quieren gozar de la comunión de la iglesia y de los cuidados del pastor. Se hacen miembros de iglesias grandes y prósperas y se contentan con hacer muy poco por los demás. Así se privan de las bendiciones más valiosas» (El ministerio de curación, cap. 9, p. 91).
«El predicador no ha de tener el sentimiento de que debe encargarse por sí mis­mo de toda la obra de predicación, trabajo u oración; debe educar personas que le ayu­den en ello en toda iglesia. Túrnense diferentes personas para dirigir las reuniones o los estudios bíblicos; y mientras lo hagan estarán poniendo en uso los talentos que Dios les dio, y al mismo tiempo preparándose como obreros» (Obreros evangélicos, p. 207).