La ciencia de ganar almas
Carlos Martín

Capítulo 1

Evangelismo y testificación

Trasladarse desde el Seminario del Instituto Adventista Internacional de Estudios Avanzados (AIIAS por sus siglas en inglés), ubicado en las Fili­pinas, hasta la cercana ciudad de Silang toma unos tres minutos. La for­ma más económica de hacerlo es utilizando un jeepney, que es un vehículo de transporte público.
Un día, mientras me dirigía al mercado, escuché que un pasajero le pregun­tó a uno de mis alumnos que también viajaba en el vehículo:
—¿Usted es alumno del AIIAS? ¡Tienen unos hermosos edificios!
—Sí —contestó el joven. Pero lo más hermoso del AIIAS no se puede ver.
Me di cuenta de que todos en el jeepney estaban atentos a la conversación. Después de una pausa el joven continuó:
—Lo que más me agrada del AIIAS es que Jesús vive con nosotros.
—¿Qué quiere decir?
—Bueno, que Jesús vive en mi corazón y por eso soy muy feliz. ¡Usted de­bería acompañarnos a adorar el próximo sábado en la mañana!
Aquel joven no estaba predicando; no estaba evangelizando ni impartiendo un estudio bíblico. Simplemente estaba testificando.
Evangelización
La palabra evangelización no aparece en el Nuevo Testamento. En cambio, el término evangelista lo encontramos tres veces:

  1. Hechos 21:8 menciona a «Felipe el evangelista».
  2. Efesios 4:11 afirma que en la iglesia hay algunos que son evangelistas.
  3. En 2 Timoteo 4:5 Pablo le ordena a Timoteo: «Haz la obra de evangelista».

Evangelizar es proclamar las buenas nuevas de Jesucristo. Es presentar a Jesús; decir quién es él, qué ha hecho y qué enseñó. Evangelizar es compartir las enseñanzas bíblicas mediante el poder del Espíritu Santo, de forma tal que las personas sean persuadidas a aceptar a Jesús como su Salvador y a servirle en su iglesia. Un evangelista es alguien que anuncia el evangelio.
La palabra evangelio viene del griego euanggelion, que significa «buenas nuevas». Es el mensaje que predicamos, un mensaje de salvación mediante Jesucristo. Nuestra misión es predicar el evangelio eterno a todas las naciones en el con­texto del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14. ¡La obra de Dios en la tierra será terminada por quienes tomen parte activa en el evangelismo perso­nal y público!
No debemos olvidar que Jesús llamó a sus primeros discípulos para que fueran «pescadores de hombres» (Marcos 1:17). El libro de Hechos nos dice que Dios eligió a Pablo «como instrumento escogido [...] para llevar mi nombre en presencia de los gentiles», es decir, «predicar el evangelio a los gentiles» (Hechos 9:15; Gálatas 2:7). La evangelización constituía el primer tema de la agenda de la iglesia primitiva.
En Hechos 6:1-7 tenemos un ejemplo de cuán importante era la predica­ción del evangelio para los primeros discípulos, precisamente debido al fuerte énfasis en la misión. La iglesia había crecido mucho, y los de habla griega se quejaron de que sus viudas no estaban recibiendo la ración diaria de alimen­tos que les correspondía. Cuando el tema fue presentado ante los doce, ellos respondieron: «No está bien que nosotros los apóstoles descuidemos el minis­terio de la palabra de Dios para servir a las mesas. [...] Nosotros nos dedicare­mos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra» (Hechos 6:2-4, NVI).
Por supuesto, cuidar de las viudas era un asunto de tanta trascendencia que Dios mismo dictó ciertas regulaciones para beneficio de ellas (ver Éxodo 22:22; Deuteronomio 14:29). Ahora bien, fíjese que los apóstoles reconocían que «su primera responsabilidad era el ministerio de la palabra de Dios mediante la predicación y la enseñanza». ¿Significaba ello que los diáconos, que ahora debían atender a las viudas, no tenían nada que ver con la predicación? Claro que no. De he­cho, en los siguientes capítulos encontramos a dos diáconos predicando la pa­labra de Dios. En Hechos 7 vemos a Esteban haciendo una exposición pública del evangelio, y en Hechos 8 hallamos a Felipe impartiendo un estudio bíblico personal. Incluso Felipe, el diácono (Hechos 6:5) llegó a ser conocido como «Felipe, el evangelista» (Hechos 21:8). Ello nos dice que en la iglesia del primer siglo, todos, de una manera u otra, desempeñaban una parte activa en la evan­gelización de los no creyentes.
La testificación
Los testigos son personas que pueden presentar un relato en primera per­sona de algo que ha sucedido. Un testigo es aquel «que puede corroborar los hechos concernientes a determinado asunto, ya que los ha observado directa­mente». También pueden haber visto o experimentado algo que están dis­puestos a compartir con los demás.
El testimonio cristiano conlleva compartir con los demás nuestra expe­riencia personal con Jesús. «Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús» (Hechos 4:33). Jesús les pidió a sus discípu­los que fueran sus testigos (Hechos 1:8). Es de notar que el término griego para «testigo» es martus, que a su vez es la raíz de la palabra mártir. Esteban fue el primer mártir del que tenemos conocimiento (Hechos 22:20). «Un mártir es al­guien que está convencido de la verdad y la manifiesta tanto en su vida como en su muerte. Los fuegos de la persecución no hacen a los mártires; simplemente los revelan. El hombre que no sea un mártir nunca dará su vida por la verdad. Los mártires murieron, no para transformarse en tales, sino porque ya lo eran».
¿Cómo puede alguien ser un mártir en vida, antes de convertirse en un már­tir después de morir?
Para los cristianos, testificar significa más que hacer declaraciones en mo­mentos de éxtasis. Testificar implica todo lo que somos y hacemos. No pode­mos dejar de ser testigos. Hemos de permitir que el Espíritu Santo nos utilice; por lo tanto, la pregunta apropiada no es: ¿debemos testificar? Sino más bien: ¿cómo es que estamos testificando?
El propósito de la evangelización
Notemos los cuatro verbos que se encuentran en Mateo 28:19, 20.
El primero, traducido en algunos casos como «id», es un participio que li­teralmente significa «al ir ustedes» o «mientras se dirigen». «Bautizar» y «ense­ñar» son también verbos que denotan acción pero que aparecen como partici­pios. Ellos indican la forma en que debemos hacer discípulos. El único verbo imperativo es «haced» o «hagan discípulos». Este es, por lo tanto, el propósito de la evangelización.
La palabra discípulo significa «seguidores de un maestro», «gente que se su­jeta a la disciplina enseñada por un maestro». Fíjese en la conexión entre la pa­labra discípulo y disciplina. Un discípulo es «un cristiano maduro». En el libro de los Hechos se utiliza para referirse a quienes confiesan que Jesús es el Cristo. El discipulado sugiere la idea de que existe una adhesión total a alguien. Discí­pulos son los que se comprometen a hacer de Jesús el Señor de sus vidas.
Como era de esperarse, la iglesia primitiva asumió su responsabilidad respec­to al cumplimiento de la orden dada por Cristo en Mateo 28:19-20.
En Hechos 1:8 encontramos a Jesús prescribiendo la esfera geográfica de la misión: «Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra». Este texto bosqueja el plan misionero de la iglesia pri­mitiva.

  1. Primero «Jerusalén» y «Judea». Hechos 1-7 presenta la predicación del evan­gelio en esa zona del imperio.
  2. Luego el evangelio sería predicado en «Samaria», este es el siguiente paso misionero según Hechos 8.
  3. El próximo paso es lo «último de la tierra», que haya su cumplimiento con el mandato de Pablo a las misiones (Hechos 13-28).

La ardua labor de evangelización produjo un crecimiento progresivo en la iglesia. Ello lo vemos en los siguientes pasajes del libro de los Hechos:

  1. 1:15        Un núcleo original de 120 discípulos
  2. 2:42       Tres mil bautizados el día de Pentecostés
  3. 2:47       Había adiciones diarias a la iglesia
  4. 4:4         5.000 hombres más las mujeres
  5. 5:14        Aumentaban más, gran número
  6. 6:1          La adición se cambia en multiplicación
  7. 6:7          El número de los discípulos se multiplicaba
  8. 9:35       Un pueblo entero se convirtió a Cristo
  9. 11:24     Una gran multitud fue agregada al Señor
  10. 16:5        Las iglesias aumentaban en número cada día
  11. 19:10     Todos los que habitaban en Asia oyeron la palabra
  12. 21:10     Millares de judíos creyeron

 

¡Esto es admirable! La verdadera evangelización conlleva crecimiento.
Ochenta años después de Pablo, Justino Mártir escribió en su Primera apo­logía: «De Jerusalén salieron hombres, en número de doce, al mundo, y estos, indoctos y sin capacidad oratoria, y en el poder de Dios, proclamaron (a Cristo) a todas las razas humanas». El mismo autor expresó en Diálogo con Trifón que: «Los doce apóstoles dependen del poder de Dios [...] y por su voz toda la tierra fue llena con la gloria y la gracia de Dios y de su Cristo».
El concepto adventista
La mayoría de las confesiones religiosas limitan el concepto «evangeliza­ción» al perdón que se obtiene mediante Jesús. Los adventistas del séptimo día tienen un entendimiento más amplio respecto al significado de esta palabra. No­sotros incluimos un conjunto de doctrinas. Todas ellas forman parte integral del plan de salvación y son parte de las «buenas nuevas».
Ya hemos dicho que evangelizar es presentar las enseñanzas bíblicas me­diante el poder del Espíritu Santo de tal manera que la gente sea persuadida a aceptar a Jesús como su Salvador y a servirle en su iglesia. A continuación pre­sentamos un breve análisis de los conceptos clave encerrados en esa defini­ción:

  1. Presentación de doctrinas bíblicas. Según Marcos 16:15 los cristianos deben «predicar el evangelio a toda criatura». Sin embargo, en la gran comisión pre­servada en Mateo 28: 20, Jesús le pide a sus seguidores que hagan discípulos «enseñándoles todas las cosas». Pablo declara en Hechos 20: 27: «No he rehui­do anunciaros todo el consejo de Dios».

Elena G. de White escribió:
«La prueba del discipulado no se aplica tan estrictamente como debiera ser apli­cada a los que se presentan para el bautismo. Debe saberse si están simplemente to­mando el nombre de adventistas del séptimo día, o si se colocan de parte del Señor, para salir del mundo y separarse de él y no tocar lo inmundo. Antes del bautismo, hay que examinar cabalmente la experiencia de los candidatos. Hágase este examen, no de una manera fría y manteniendo distancias, sino bondadosa y tiernamente, se­ñalando a los nuevos conversos el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Háganse sentir a los candidatos para el bautismo los requerimientos del evangelio». (El evangelismo, p. 229).
Notemos que se nos pide no tan solo presentar el evangelio, sino también los «requerimientos del evangelio». Nuestro objetivo debe ser llevar a la gente a que se decida por Jesús y por su verdad.
El Manual de la Iglesia afirma:
«Los candidatos deben recibir instrucción bíblica, de forma individual o en una clase bautismal, en cuanto a las Creencias Funda mentales y las prácticas de la Iglesia y sobre las responsabilidades de los miembros. Un pastor deberá mostrar a la iglesia, me­diante un examen público, que los candidatos están bien instruidos y se hallan listos para dar este importante paso».

  1. Con el poder del Espíritu Santo. La conversión no es un acto humano, sino la obra del Espíritu Santo. La oración es una herramienta indispensable en la evangelización. «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zacarías 4:6).
  2. La gente será convencida. Entre otras cosas, un sermón pastoral y un sermón evangelizador difieren en sus objetivos. El primero está dirigido a los miembros de la iglesia, mientras que el otro tiene como blanco a los no creyentes. Una presentación evangelizadora ha de incluir un llamado a la acción. Un evange­lista debe confrontar al pecador con una decisión y con la eternidad.
  3. Aceptar a Jesús como su Salvador. No importa cuál sea la doctrina principal de algún estudio bíblico, el evangelista debe establecer una relación con Cristo. Toda doctrina ha de estar fundamentada en Cristo. La presentación de cada doctrina tiene que ayudar al pecador a entender el plan de salvación en su to­talidad.
  4. Ser bautizados. Jesucristo representa el único ingrediente que nos convierte en cristianos. Cuando lo recibimos somos bautizado con el Espíritu Santo y nos convertimos en miembros de su cuerpo espiritual. Debido a que Cristo ahora vive en nosotros (Gálatas 2:20) estaremos dispuestos a hacer lo que él nos pida. Cualquiera que pertenezca verdaderamente al cuerpo de Cristo desea compartir esta experiencia con los demás.
  5. Servirle a él en la confraternidad de la iglesia. Por lo general, los adventistas miden el éxito en la evangelización a la luz del número de bautismos. Sin em­bargo, el propósito de la gran comisión es mucho más que bautizar personas: es «hacer discípulos». La evangelización conlleva mucho más que unas cuantas semanas de instrucción doctrinal. El seguimiento es parte integral del proceso que lleva a los conversos a hacerse discípulos. Los discípulos son cristianos maduros que utilizarán sus dones espirituales para el avance del reino. Los dis­cípulos son miembros responsables del cuerpo de Cristo.

Una parte importante de nuestra labor
«Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes» (1 Pedro 3:15, NVI). La palabra que ha sido tra­ducida como «responder» es el término griego apolog an, del cual se origina el vocablo «apología». Una apología es una defensa. Pedro nos insta en todo mo­mento a defender nuestra fe. En los primeros siglos de la iglesia cristiana, apo­yados por este pasaje, varios hombres fueron considerados como «apologistas de la fe». El más famoso de estos personajes fue Justino Mártir. También po­demos mencionar a Taciano, discípulo de Justino, Orígenes, Tertuliano, entre otros.
Ahora nos toca a nosotros dar «razón de la esperanza». Si bien es cierto que hemos de enseñar y defender nuestras doctrinas, el punto clave aquí es que lo más importante es que estemos conscientes de nuestra «esperanza» y demos testimonio de ella. ¿A qué se refiere Pedro cuando habla de «esperanza»? La esperanza es lo que nos distingue de los incrédulos (1 Pedro 1:3; cf. Efesios 2:12). «La esperanza cristiana se centra en Jesucristo (1 Timoteo 1:1), y produce regocijo (Romanos 5:2; 12:12) porque promete vida eterna (Tito 1:2; 3:7)». Hemos de «defender» nuestro privilegio de ser salvos por medio de Jesucristo. Pero para poder hacerlo, primero tenemos que abrigar la esperanza en nuestros corazo­nes. Nadie podrá evangelizar ni testificar a menos que esté seguro de lo que Cris­to ha hecho a favor de su salvación.

 

Referencias:
Seventh-day Adventist Church, «Mission and Service», 2007 [artículo en la Red); consultado el Io de abril de 2007; en: ://www.adventist.org/world_church/name_mission/index.html.en

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 191.

Diccionario bíblico adventista, «Testigos».

LeRoy E. Froom, La venida del Consolador (Doral: APIA, 2010), p. 102.

Paul E. Little, How to Give Away Your Faith (Downers Grove: InterVarsity Press, 1966), p. 23.

Citado en Max Warren, Creo en la gran comisión (Editorial Caribe: Miami, 1978), p. 82.

Citado en Warren, 82.

Manual de la Iglesia (Miami: Apia, 2010), p. 34.

Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 588.