II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White 

Lección 13
30 de Junio de 2012

Un ministerio perpetuo

Sábado 23 de junio

Cada hombre, mujer y niño debiera ser un obrero para Dios... Siempre ha habido y siempre habrá diversidad de dones. Y Dios acepta no solamente los grandes talentos sino los más pequeños si éstos se usan para su gloria. Si hemos llegado a ser siervos del Maestro por su gracia, entonces, los talentos que tenemos no son nuestros sino suyos. Ese capital le pertenece y somos responsables por su uso o por su abuso (Review and Herald, 14 de marzo, 1878).

La mayor parte de los miembros de nuestras iglesias no están tra­bajando activamente. Viven sin pensar que es un tiempo de emergen­cia; sin temer que sus prójimos puedan perder la vida eterna. Aunque profesan ser seguidores de Cristo, cruzan sus brazos, descansan y miran cómo van las cosas, mientras se deja a los ministros llevar principal­mente las cargas. Tanto los hombres como las mujeres debieran educar sus mentes y corazones para comprender la mejor manera de trabajar para el Maestro, calificándose para hacer la obra para la que se adapten mejor. Si están conectados con Dios, todos encontrarán algo para hacer y lo harán. No pueden ser soldados en el ejército del Señor a menos que obedezcan las órdenes del Capitán y cumplan con sus responsabilidades (Review and Herald, 12 de diciembre, 1878).

 

Domingo 24 de junio:
La evangelización y la testificación nunca terminan

Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana que habló con Jesús junto al pozo de Jacob, trajo otros a él. Así dio pruebas de ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vie­ron en Samaria indicios de que fuera un campo alentador. Fijaban sus pensamientos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír a Jesús. Ella llevó en seguida la luz a sus compatriotas.

Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. Apenas llega a conocer al Salvador, desea hacerlo conocer a otros. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe se transforma en un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, e infunde a quienes están por perecer avidez de beber del agua de la vida. Al hacer esta obra obtenemos mayor bendición que si trabajáramos únicamente en nuestro provecho. Es al trabajar para difundir las buenas nuevas de la salvación como somos llevados más cerca del Salvador (El ministerio de curación, pp. 69, 70).

En su conversación con la samaritana, en vez de desacreditar el pozo de Jacob, Cristo presentó algo mejor. “Si conocieses el don de Dios —dijo— y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva” (Juan 4:10). Dirigió la plática al tesoro que tenía para regalar y ofreció a la mujer algo mejor de lo que ella poseía: el agua de vida, el gozo y la esperanza del evangelio.

Esto ilustra la manera en que nos toca trabajar, Debemos ofrecer a los hombres algo mejor de lo que tienen, es decir la paz de Cristo, que sobrepuja todo entendimiento. Debemos hablarles de la santa ley de Dios, trasunto fiel de su carácter y expresión de lo que él desea que lle­guen a ser. Mostradles cuán infinitamente superior a los goces y place­res pasajeros del mundo es la imperecedera gloria del cielo. Habladles de la libertad y descanso que se encuentran en el Salvador. Afirmó: “El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed”.

Levantad en alto a Jesús y clamad: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El solo puede satisfacer el ardiente deseo del corazón y dar paz al alma (Exaltad a Jesús, p. 301).

Hay muchas almas perplejas, agobiadas por la carga de pecado, que desean ser liberadas. Se han alejado de la fuente de la verdade­ra felicidad y se han envenenado al beber de las aguas turbias de la transgresión. Necesitan una mano ayudadora. Enseñadles como mirar hacia arriba, como vivir para volver a tener el respeto de sus prójimos. Aunque su voluntad se haya debilitado y depravado, Cristo puede des­pertar nuevamente en sus corazones impulsos y deseos más elevados y santos. Necesitan escuchar las palabras de ánimo y esperanza que el evangelio puede darles. Las promesas de la Palabra de Dios serán para ellos como hojas del árbol de la vida. Continuad vuestros esfuerzos con paciencia hasta que, con gran gozo, podáis ver a sus manos temblorosas asirse de la redención que es en Cristo Jesús (Signs of the Times, 23 de marzo, 1904).

Lo que Jesús no había revelado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaran secreto, fue claramente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaria, pues Aquel que sabía todas las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el medio de llevar a otros a la verdadera fe.

No fue simplemente el hecho de que Jesús le reveló los secretos de su vida lo que inspiró confianza en ella; fueron su mirada y sus solem­nes palabras lo que la convencieron que estaba frente a un Ser superior.

Pero al mismo tiempo sintió que estaba con un amigo que la amaba y se compadecía de ella. Ese es el carácter del Redentor del mundo: Mientras condenaba su vida de pecado, la dirigía al seguro y perfecto remedio de su divina gracia. El amor compasivo del Salvador no se limita a ciertas razas o sectas (Folleto: Redemption: or the Teachings of Christ, the Anointed One, p. 31).


Lunes 25 de junio:
Un ambiente de nutrición

La unión es fuerza, y el Señor desea que esta verdad siempre sea revelada en todos los miembros del cuerpo de Cristo. Todos deben estar unidos en amor, en humildad, en mansedumbre de mente; organizarse como una sociedad de creyentes con el propósito de combinar y difun­dir su influencia; deben trabajar como Cristo trabajó. Siempre han de manifestar cortesía y respeto mutuos. Todo talento tiene su lugar y debe mantenerse bajo el control del Espíritu Santo.

La iglesia es la sociedad cristiana formada por los miembros que la componen, para que cada uno goce de la ayuda de todas las gracias y talentos de los demás miembros, y también de la operación de Dios en su favor, de acuerdo con los diversos dones y habilidades que Dios les concedió. La iglesia está unida en los sagrados vínculos del compa­ñerismo a fin de que cada miembro se beneficie de la influencia de los demás. Todos deben unirse al pacto de amor y armonía que existe. Los principios y las gracias cristianas de toda la sociedad de creyentes han de comunicar fortaleza y poder en una acción armoniosa. Cada creyente debe beneficiarse y progresar por la influencia refinadora y transforma­dora de las variadas capacidades de otros miembros, para que las cosas que falten en uno puedan ser más abundantemente desplegadas en otro. Todos los miembros deben acercarse el uno al otro, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante el mundo, ante los ángeles y ante los hombres.

El compromiso que caracteriza el pacto de los miembros de la igle­sia es que cada uno camine en los pasos de Cristo, que cada uno tome sobre sí el yugo de Cristo y aprenda de Aquel que es manso y humilde de corazón. Haciendo esto, “hallaréis, dice el amado Salvador, descan­so para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30).

Los que llevan el yugo de Cristo marcharán unidos; cultivarán la simpatía y la tolerancia, y con santa imitación lucharán por mostrar a los demás la tierna simpatía y el amor que ellos mismos necesitan grandemente. El que es débil y carece de experiencia, aunque sea débil puede ser fortalecido por el que tiene más esperanza y por los que poseen una experiencia madura. Aunque sea el menor de todos es una piedra que debe brillar en el edificio. Es un miembro vital del cuerpo organizado, unido a Cristo, la cabeza viviente, y por medio de Cristo está identificado a tal punto con todas las excelencias del carácter del Señor, que éste no se avergüenza de llamarlo hermano... Una iglesia separada y distinta del mundo es, en la estima del cielo, el objeto de más valor en toda la tierra. .La iglesia debe ser lo que Dios ordenó que fuera: un representante de la familia de Dios en el mundo (Exaltad a Jesús, p. 289).

Martes 26 de junio:
Entrenando entrenadores

Pablo hacía del educar a los jóvenes para el ministerio evangélico una parte de su obra. El los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían una experiencia que más tarde los habilitaría para ocupar puestos de responsabilidad. Aun cuando estuviese separado de ellos, se mantenía siempre en contacto con su obra, y sus cartas a Timoteo y Tito son una prueba de cuán profundo era su deseo de que tuviesen éxito. “Lo que has oído de mi —escribió— esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también a otros”.

Este rasgo de la obra de Pablo enseña una lección importante a los predicadores de hoy día. Los obreros experimentados hacen una obra noble cuando, en vez de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, preparan a hombres más jóvenes, y ponen cargas sobre sus hombros. Es deseo de Dios que aquellos que han adquirido experiencia en su causa, preparen jóvenes para su servicio (Obreros evangélicos, p. 107).

Pablo le dio a Timoteo un encargo solemne que tiene la misma importancia hoy que cuando fue dado: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:1). Pablo sabía que la noche en la cual no podría más trabajar se estaba acercando rápidamente; debía morir la muerte de un mártir. Pero la preciosa luz que le había sido dada no debía perder su brillo, sino que debía pasarla a otros como un rico legado. Timoteo debía entrenar a otros en el ministerio evangélico a fin de que las preciosas enseñanzas recibidas de labios de Pablo, se impar­tieran no solamente a los incrédulos, sino a otros fieles que a su vez, siendo ordenados al ministerio, las compartieran con otros, formando una cadena de predicadores del evangelio que se mantuviera a través de las edades.

Los hombres que Timoteo debía elegir eran hombres fieles e íntegros, que podían recibir el cometido sagrado sin engrandecerse, que fueran capaces de esconder el yo y dedicarse exclusivamente a buscar la gloria de Dios, la salvación de las almas y el avance del reino del Redentor. Debían comprender la verdad por sí mismos y tener la capacidad, el conocimiento y la experiencia para enseñarla a otros. La preciosa luz que Pablo había recibido por inspiración no debía perderse; debía compartirse con otros hombres fieles en toda su pureza; hombres que no mezclaran, quitaran o agregasen sus propias ideas con la sagrada verdad de Dios para no disminuir su divina importancia. Nótese el cui­dado con el que Pablo deseaba que se preservase la luz del conocimien­to del evangelio en toda su pureza: los hombres que Timoteo tenía que elegir debían ser fieles, los que a su vez elegirían otros fieles, a fin de que la preciosa verdad alcanzara hasta nuestros días iluminando nuestro sendero con su brillo inmaculado (Signs of the Times, 7 de abril, 1890).

Miércoles 27 de junio:
Recuperar ex miembros

No olviden los ministros de la cruz de nuestro Salvador su expe­riencia en estas cosas, mas tengan siempre presente que son tan solo hombres sujetos a error y a las mismas pasiones que sus hermanos; y que para ayudar a éstos deben ser perseverantes en sus esfuerzos para beneficiarlos, teniendo el corazón lleno de compasión y amor. Deben acercarse al corazón de sus hermanos, y ayudarles en aquello en que son débiles y necesitan más ayuda. Los que trabajan en palabra y doc­trina deben quebrantar su propio corazón duro, orgulloso e incrédulo, si quieren notar la misma obra en sus hermanos. Cristo lo ha hecho todo para nosotros, porque éramos impotentes; estábamos atados con cadenas de tinieblas, pecado y desesperación y no podíamos hacer nada por nosotros mismos. Es mediante el ejercicio de la fe, la esperanza y el amor como nos acercamos más y más a la norma de la perfecta santidad. Nuestros hermanos sienten la misma lastimosa necesidad de ayuda que hemos sentido nosotros. No debemos recargarnos con censuras innecesarias, sino que debemos permitir que el amor de Cristo nos constriña a ser muy compasivos y tiernos, para que podamos llorar por los que yerran y los que han apostatado de Dios. El alma tiene un valor infinito, que no puede estimarse sino por el precio pagado por su rescate. ¡El Calvario! ¡El Calvario! ¡El Calvario explicará el verdadero valor del alma! (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 323).

La parábola de la oveja extraviada debiera ser atesorada como lema en toda familia. El divino Pastor deja las noventa y nueve, y sale al desierto a buscar la perdida. Hay matorrales, pantanos, y grietas peligrosas en las rocas, y el Pastor sabe que si la oveja está en alguno de estos lugares, una mano amistosa debe ayudarle a salir. Mientras oye su balido lejano, hace frente a cualquier dificultad para salvar a su oveja perdida. Cuando la descubre, no la abruma con reproches. Se alegra de que la encontró viva. Con mano firme aunque suave, aparta las espinas, o la saca del barro; la alza tiernamente sobre sus hombros, y la lleva de vuelta al aprisco. El Redentor puro y sin pecado, lleva al ser pecaminoso e inmundo.

El que expía los pecados lleva la oveja contaminada; pero es tan preciosa su carga que se regocija, cantando: “Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido” (Lucas 15:6). Considere cada uno de vosotros que su propia persona ha sido llevada sobre los hombros de Cristo. No albergue nadie un espíritu dominador, de justicia propia y criticón; porque ni una sola oveja habría entrado en el aprisco si el Pastor no hubiese emprendido la penosa búsqueda en el desierto. El hecho de que una oveja se había perdido bastaba para des­pertar la simpatía del Pastor, y hacerle emprender su búsqueda (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 407).

Jueves 28 de junio:
La puerta de atrás

Aquellos que pertenecen a la familia de la fe nunca debieran dejar de reunirse, porque este es el medio que Dios ha designado para con­ducir a sus hijos a la unidad, a fin de que con amor y compañerismo cristiano se ayuden y fortalezcan y animen unos a otros...

Como hermanos en nuestro Señor, somos llamados por una santa vocación a una vida santa y feliz. Habiendo entrado por la senda estre­cha de la obediencia, refresquemos nuestras mentes mediante la comu­nión de unos con otros y con Dios. Mientras vemos aproximarse el día de Dios, reunámonos a menudo para estudiar su Palabra y exhortamos unos a otros a ser fieles hasta el fin. Estas reuniones son el medio desig­nado por Dios por el cual tenemos la oportunidad de hablarnos unos a otros y de obtener toda la ayuda posible para prepararnos en forma debida, a fin de recibir en las asambleas celestiales el cumplimiento de la promesa de nuestra heredad.

Recordad que en cada reunión os encontráis con Cristo, el Maestro de las asambleas. Estimulad un interés personal unos en otros, porque no basta simplemente conocer a los hombres. Debemos conocer a los hombres en Cristo Jesús. Se nos ordena: “Considerémonos los unos a los otros”. Este es el principio fundamental del evangelio. La nota tóni­ca del mundo es el yo (Nuestra elevada vocación, p. 168).

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compa­ñero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre” (Malaquías 3:16).

Al cristiano se otorga el gozo de reunir los rayos de luz eterna del trono de gloria, y de reflejar esos rayos no solo sobre su propio camino, sino sobre los senderos de las personas con quienes él se relaciona. Al hablar palabras de esperanza y estímulo, de agradecida alabanza y bondadoso aliento, puede esforzarse por ayudar a quienes lo rodean a ser mejores, a elevarlos, a señalarles el camino al cielo y la gloria, y conducirlos a buscar, por sobre todas las cosas terrenales, la sustancia eterna, las riquezas que son imperecederas (Dios nos cuida, p. 332).

Hay muchas personas que han perdido la esperanza. Devolvedles la luz del sol. Muchos han perdido su valor. Habladles alegres palabras de aliento. Orad por ellos. Hay personas que necesitan el pan de vida. Leedles de la Palabra de Dios. Muchos están afectados de una enferme­dad del alma que ningún bálsamo humano puede alcanzar y que ningún médico puede curar. Orad por esas almas. Llevadlas a Jesús. Decidles que hay bálsamo en Galaad y que también hay allí Médico.

La luz es una bendición, una bendición universal que derrama sus tesoros sobre un mundo ingrato, impío, corrompido. Tal ocurre con la luz del Sol de Justicia. Toda la tierra, envuelta como está en las tinieblas del pecado, del dolor y el sufrimiento, ha de ser iluminada con el cono­cimiento del amor de Dios. Ninguna secta, categoría o clase de gente ha de ser privada de la luz que irradia del trono celestial.

El mensaje de esperanza y misericordia ha de ser llevado a los confines de la tierra. El que quiere, puede extender la mano y asirse del poder de Dios, y hacer paz con él, y hallará paz. Ya no deben los paga­nos seguir envueltos en las tinieblas de medianoche. La lobreguez ha de desaparecer ante los brillantes rayos del Sol de Justicia. El poder del infierno ha sido vencido (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 344).