II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White 

Lección 12
23 de Junio de 2012

Evaluar los ministerios

Sábado 16 de junio

En su palabra el Señor enumera los dones y las gracias que son indispensables para todos los que se relacionan con su obra. Él no nos enseña a ignorar el conocimiento o a despreciar la educación; porque cuando es controlada por el amor y el temor de Dios, la cultura inte­lectual es una bendición; sin embargo ésta no se presenta como la cali­ficación más importante para el servicio de Dios. Jesús dejó de lado a los hombres sabios de su tiempo, los hombres de educación y posición, porque eran tan orgullosos y tenían tanta suficiencia en su decantada superioridad, que no podían simpatizar con la humanidad que sufría, y llegar a se colaboradores con el Hombre de Nazaret. En su fanatismo desdeñaban el hecho de ser enseñados por Cristo. El Señor Jesús quiere tener relacionados con su obra a hombres que aprecien esa obra como sagrada; entonces ellos pueden cooperar con Dios. Serán canales sin obstrucción por los cuales fluya su gracia Los atributos de Cristo pue­den ser impartidos únicamente a los que desconfían de sí mismos. Los frutos de la verdadera sabiduría vienen solamente de Cristo.

Todo obrero debe someter a prueba sus propias calificaciones para la obra de Dios. ¿Tienen los hombres que están manejando las cosas sagradas una clara comprensión, una correcta percepción de las cosas de interés eterno? ¿Consentirán en rendirse a la obra del Espíritu Santo? ¿O se permiten ser gobernados por sus propias tendencias heredadas o cultivadas? Conviene que todos se examinen a sí mismos para ver si están en la fe (Testimonios para los ministros, pp. 262, 263).
Domingo 17 de junio:
¿Por qué evaluar?

Algunas personas se imaginan una larga lista de deberes cristianos que tendrían que realizar, y entonces tiemblan y se desaniman frente a la tarea y finalmente no hacen nada. Dejan sin corregir sus faltas, sin reformar sus malos hábitos y sin resistir a sus tentaciones. Los segui­dores de Cristo deben avanzar en forma estable, conducidos por los brillantes rayos de luz que les permitirán representar a Jesús delante del mundo incrédulo a fin de que respeten al cristianismo y glorifiquen a Dios. La preparación esencial para la obra del cristiano requiere esfuerzo; requiere examinarse a sí mismo diariamente para saber si se está en la fe; requiere de la oración secreta, pues sin ella, sería como desprenderse de las armas antes de ir a la batalla. Las reuniones de ora­ción son una buena ocasión para dar testimonios positivos, puesto que hay muchas almas desanimadas que se hundirían aun más si no escu­charan palabras de ánimo y alegría. Hay que orar con ellas y por ellas. Todo seguidor de Cristo tiene un gran trabajo que hacer, pero no debe desanimarse por la magnitud de la tarea; no necesita hacerse todo al mismo tiempo; debe hacerse todo en orden; una cosa a la vez. Debemos avanzar con un propósito definido y una voluntad fervorosa y Dios nos dará la gracia que ha prometido de acuerdo a nuestra necesidad.

¿Has pensado hacer tu trabajo recién a la hora undécima? Te ruego que comiences ahora. ¿Te sientes incompetente para hacer la tarea y por lo tanto la has descuidado? Te ruego que hagas lo que puedas aunque sea muy poco. Avanza con calma, confiando en la fortaleza que solo Dios puede dar. No te pongas ansioso por el mañana; trata hoy de emplear tu tiempo de la mejor manera para hacer brillar tu luz aunque ésta sea pequeña. Mañana preséntate nuevamente ante el Señor, listo para hacer cualquier tarea aunque sea humilde. El cumplimiento fiel de los deberes de hoy te preparará para hacer los trabajos del mañana con nuevo celo y valor, diciendo: “Hasta aquí me ayudó el Señor”. Que tu oración siempre sea: “Señor, ¿qué quieres que haga? Dame de tu Espíritu y fortaléceme para hacer tu obra”. De esa manera crecerás hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Review and Herald, 24 de abril, 1883).

Hay muchos que no se dan cuenta de su situación; están ciegos espiritualmente. “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5). Confío en que ninguno de nosotros será reprobado. ¿Está Cristo habitando por la fe en sus corazones? ¿Su Espíritu está en ustedes? Si así fuera, tendríamos ansias de salvar a los perdidos por los cuales Cristo murió; nuestro orgullo se ahogaría en la insignificancia, y únicamente él sería exaltado. Hermanos y hermanas, hay una gran necesidad de que nos humillemos en la presencia de Dios para que el Espíritu pueda venir sobre nosotros.

Si profesamos estar ligados a Cristo, debemos trabajar unidos con Dios. Sus hijos deben amonestar al mundo a fin de prepararlo para per­manecer en pie en el día de la ira, cuando el Hijo del Hombre venga en las nubes del cielo. Los miembros de la iglesia deben exponerse a los rayos de la luz divina que procede de Cristo, a fin de reflejarla a otros mientras avanzan por el luminoso sendero que se proyecta de la tierra al cielo (Recibiréis poder, p. 172).

Lunes 18 de junio:
Evalúa bondadosamente

Los reformadores no son destructores; jamás tratarán de arruinar a los que no estén en armonía con sus planes ni se amolden a ellos. Los reformadores deben avanzar, no retroceder. Deben ser decididos, fumes, resueltos, indómitos; empero la firmeza no debe degenerar en un espíritu autoritario. Dios quiere que todos los que le sirvan sean firmes como una roca, en cuanto a principios se refiere; pero mansos y humildes de corazón, como lo fue Cristo. Entonces, permaneciendo en Cristo, podrán hacer la obra que él haría si estuviese en el lugar de ellos. Un espíritu brusco y condenador no es esencial para ser heroico en las reformas de este tiempo (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 424).

...Si somos cristianos de acuerdo con la Biblia, cada cual tendrá un interés tan grande en su hermano obrero como en sí mismo. La obra de impartir el pan de vida a las almas que perecen debiera ser tan absor­bente que mantenga bondadoso y tierno el corazón de los obreros hacia sus colaboradores. Hay que cultivar la cortesía cristiana, hay que educar la mente y el corazón para realizar actos de bondad que manifiesten un interés sin egoísmo por cada compañero de trabajo en la obra (Cada día con Dios, p. 365).
No nos desanimemos unos a otros. Unámonos para llevar al éxito todas las fases de la obra del Señor. Si alguien acude a nosotros y habla con desánimo acerca de la obra en una u otra de nuestras instituciones, y nos dice que son extravagantes en exceso, debemos contestar: “Lo siento si eso es así, pero prestémosle nuestra ayuda si están en difi­cultades”. Cuando hablamos en esta forma, evitaremos gran parte del mal que podría resultar si quitáramos nuestro apoyo y si rehusáramos ayudar a los que posiblemente han sido juzgados equivocadamente. No desanimemos nunca ni siquiera a los que han obrado mal, tratándolos como si hubieran cometido un pecado imperdonable contra nosotros. Más bien animémoslos en toda forma posible y si vemos que se están esforzando en una empresa digna, esforcémonos con ellos...

Debemos perseverar en la oración. Es nuestro gran privilegio fijar nuestras almas desvalidas en Jesucristo y confiar para nuestra salvación en sus méritos. Hablemos palabras que elevarán y ennoblecerán y que ejercerán impresiones agradables sobre las mentes de las personas con quienes nos relacionamos. El Señor quiere que seamos santificados y que andemos en humildad de mente ante él. Si obedecemos sus man­damientos nadie podrá lanzamos ni un solo reproche con razón. Otros podrán hablar de nosotros, podrán esparcir informes malignos acerca de nosotros, pero esos informes serán falsos (Consejos sobre la salud, p. 240).

Martes 19 de junio:
Lo que Dios pide

El Señor ha ordenado que su obra se desarrolle siguiendo linea­mientos misioneros con el propósito de que se consiga extender el conocimiento de la verdad para estos últimos días. Un engaño se ha obrado ciertamente en los que deberían haber estado bien despiertos para ver la grandiosa obra que debe realizar el pueblo que lleva la señal de Dios como se representa en Éxodo 31:12-18.

El Señor necesita mayordomos fieles para que midan los campos que han de trabajarse, y que luego utilicen sabiamente sus medios para hacer progresar la obra en esos campos. Dios tiene un pueblo y un ministerio que deben colaborar con él...

El Señor trabajará por los miembros de su pueblo si éstos quieren dejarse conducir por el Espíritu Santo y si no piensan que ellos deben guiar al Espíritu. “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?” (Deuteronomio 10:12, 13)...

Los ministros de Dios tienen una obra sumamente solemne y sagrada que realizar en este mundo. El fin está cerca. El mensaje de la verdad debe ser proclamado. Como fieles mayordomos de la grey, los siervos de Dios han de dar un testimonio claro y definido. La verdad no debe ser viciada. La gracia divina nunca aparta a nadie de la mise­ricordia y el amor de Dios. Es el poder de Satanás el que hace esto. Cuando Cristo predicaba, su mensaje era como una aguda espada de dos filos, que penetraba en la conciencia de los hombres y revelaba sus pensamientos más íntimos. La obra que hizo Cristo también ha de ser realizada por sus fieles mensajeros. Deben predicar la Palabra con sencillez, pureza y absoluta integridad. Los que trabajan mediante la Palabra o la doctrina deben ser fieles a su cometido. Deben velar por las almas como quienes tendrán que rendir cuentas. Jamás deberían revestir un “Así dice Jehová” con engañosas palabras de humana sabiduría. Así es como destruyen su energía viviente, así es como lo debilitan y lo tornan ineficaz, a tal punto que no logra convencer de pecado. Cada palabra pronunciada bajo la dirección del Espíritu Santo estará llena de un profundo afán por la salvación de las almas. (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 180, 181).

Al insistir en el valor de la piedad práctica, el profeta estaba tan solo repitiendo el consejo dado a Israel siglos antes. Por medio de Moisés, mientras estaban los israelitas a punto de entrar en la tierra pro­metida, el Señor les había dicho: “Ahora pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que hayas bien?” (Deuteronomio 10:12,13). De siglo en siglo estos consejos fueron repetidos por los siervos de Jehová a los que estaban en peligro de caer en hábitos de formalismo, y de olvidarse de practicar la misericordia. Cuando Cristo mismo, durante su ministerio terrenal, fue interrogado así por un doctor de la ley: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento grande en la ley?” le con­testó: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente. Este es el primero y el grande mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:36-40).

Estas claras expresiones de los profetas y del Maestro mismo deben ser recibidas como voz del cielo para toda alma. No debemos desper­diciar oportunidad alguna de cumplir actos de misericordia, de tierna prevención y cortesía cristiana en favor de los cargados y oprimidos. Si nos es imposible hacer más, podemos dirigir palabras de aliento y esperanza a los que no conocen a Dios y a quienes podemos alcanzar con más facilidad mediante la simpatía y el amor. (Profetas y reyes, pp. 241,242).

Miércoles 20 de junio:
Evaluar el crecimiento espiritual

Hay en el cristianismo una ciencia que debe dominarse, una ciencia tanto más profunda, amplia y elevada que cualquier ciencia humana, como los cielos son más elevados que la tierra. La mente tiene que ser disciplinada, educada, preparada; porque los hombres han de prestar servicio a Dios en maneras diversas que no están en armonía con la inclinación innata. A menudo uno debe desechar la preparación y la educación de toda la vida, a fin de poder aprender en la escuela de Cristo. El corazón debe ser enseñado a permanecer firme en Dios...

Los que llegan a ser discípulos de Cristo encuentran que se les proporcionan nuevos motivos de acción y que adquieren nuevos pen­samientos, de los que deben resultar nuevas acciones. Pero los tales pueden progresar únicamente por medio de conflictos; porque hay un enemigo que contiende siempre contra ellos, presentándoles tentaciones que hacen que el alma dude y peque. Hay tendencias al mal, hereditarias y cultivadas, que deben ser vencidas. El apetito y la pasión han de ser puestos bajo el dominio del Espíritu Santo. No tiene término la lucha de este lado de la eternidad. Pero, aunque hay que sostener batallas constantes, también hay preciosas victorias que ganar; y el triunfo sobre el yo y el pecado es de más valor de lo que la mente puede estimar (Consejos para los maestros, pp. 20, 21).
El trabajo que se nos ha dado en esta vida es una preparación para la vida eterna. Si lo realizamos como Dios quiere que lo hagamos, toda ten­tación puede obrar para nuestro progreso; porque en la medida que resis­tamos sus seducciones, avanzaremos en la vida divina. En el calor del conflicto, estarán a nuestro lado agentes invisibles, a los cuales el cielo ordenó que nos ayuden en nuestras luchas; y en la crisis serán impartidas fuerzas, firmeza y energía, y tendremos un poder superior al mortal.

Pero a menos que el agente humano ponga su voluntad en armonía con la voluntad de Dios, y a menos que abandone todo ídolo y venza toda mala práctica, no tendrá éxito en la guerra, sino que será finalmen­te vencido. Los que quieren ser vencedores deben entrar en conflicto con agentes invisibles; deben vencer la corrupción interior y poner todo pensamiento bajo el dominio de Cristo.

El Espíritu Santo obra incesantemente, procurando purificar, refinar y disciplinar las almas de los hombres, a fin de hacerlos idóneos para la compañía de los santos y los ángeles (Consejos para los maes­tros, pp. 225, 226).

Ninguna belleza exterior puede recomendar el alma a Dios. La sabiduría y la excelencia del carácter y de la conducta expresan la verdadera belleza del hombre; el valor intrínseco y la excelencia del corazón determinan que seamos aceptados por el Señor de los ejércitos. ¡Cuán profundamente debiéramos sentir esta verdad al juzgarnos a nosotros mismos y a los demás! Del error de Samuel podemos aprender cuán vana es la estima que se basa en la hermosura del rostro o la noble­za de la estatura. Podemos ver cuán incapaz es la sabiduría del hombre para comprender los secretos del corazón o los consejos de Dios, sin una iluminación especial del cielo. Los pensamientos y modos de Dios en relación con sus criaturas superan nuestras mentes finitas; pero podemos tener la seguridad de que sus hijos serán llevados a ocupar precisamente el sitio para el cual están preparados, y serán capacitados para hacer la obra encomendada a sus manos, con tal que sometan su voluntad a Dios, para que sus propósitos benéficos no sean frustrados por la perversidad del hombre (Patriarcas y profetas, p. 692).

Jueves 21 de junio:
Evaluar el crecimiento de la iglesia

Alguien debe cumplir la misión que Cristo dio; alguien debe conti­nuar la obra que él comenzó en el mundo, y se ha dado este privilegio a la iglesia. Ha sido organizada para esto. ¿Por qué, entonces, los miem­bros de la iglesia no han aceptado esta responsabilidad? Hay algunos que han observado este descuido; han visto la necesidad de muchos que sufren y pasan penurias; han reconocido en estas pobres almas a aquellos por quienes Cristo dio su vida, y sus corazones han sido estre­mecidos con piedad, poniendo sus energías en acción. Han iniciado la obra de organizar a los que colaboran con ellos llevando la verdad del evangelio a los que en el presente se encuentran en el vicio y la iniqui­dad, para que sean redimidos de una vida de disipación y pecado. Los que han estado haciendo esta obra de ayuda cristiana, cumplen con lo que el Señor desea que hagan, y él acepta lo que hacen. Lo que se ha hecho en este aspecto es la obra con la cual todo adventista del séptimo día debe simpatizar de todo corazón, respaldarla y asirse del Señor para lograrlo. Al descuidar la misión que está dentro de sus propias fronte­ras, al rehusar llevar estas responsabilidades, la iglesia sufre una gran pérdida. Si la iglesia hubiera hecho esta obra como debía, habría sido el medio de salvación para mucha gente (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 298).

Los adventistas del séptimo día están realizando progresos, dupli­cando su número, estableciendo misiones, y desplegando la bandera de la verdad en los lugares tenebrosos de la tierra; sin embargo la obra avanza mucho más lentamente de lo que Dios quisiera. ¿Por qué? Los miembros de la iglesia no están despiertos individualmente para empe­ñar los más fervientes esfuerzos de que son capaces, y todos los ramos de la obra se hallan estorbados por la falta de piedad fervorosa, y de trabajadores consagrados, humildes, y temerosos de Dios. ¿Dónde están los soldados de la cruz de Cristo? Prepárense para la batalla contra el error los que temen a Dios, los honrados, los sinceros, los que miran fir­memente la gloria de Dios. Hay demasiados corazones desfallecientes y cobardes en esta hora de conflicto espiritual. ¡Ojalá que de la debilidad se conviertan a la fortaleza, aumenten su valentía en la lucha, y pongan en fuga las huestes del enemigo! (Servicio cristiano, p. 23).

Si queremos llegar a poseer la herencia celestial, la gloriosa posesión eterna, debemos entrar en una relación de pacto con Dios y emplear cada facultad de nuestro ser en ganar almas para Cristo. ¡Cómo me gustaría tener palabras adecuadas para presentar este tema de tal manera que todos pudieran comprenderlo! El pueblo de Dios debe ser un pueblo peculiar, santo, distinto en carácter y práctica de lo que es el mundo; distinto de los religiosos de la actualidad; distinto en pie­dad personal y buenas obras. Cristo ha dicho: “Mi reino no es de este mundo”. Nosotros debemos hacer una obra más elevada y más santa de la que hemos hecho. Nuestros principios deben ser distintos a los del mundo, porque la iglesia de Cristo debe ser una luz, una guía que dirija al mundo hacia el cielo. Debe ser parte del cielo en la tierra para que la luz divina alumbre el camino de las almas extraviadas (Review and Herald, 21 de enero, 1890).