II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White 

Lección 11
16 de Junio de 2012

Que la iglesia lo sepa

Sábado 9 de junio

“Tenemos empero este tesoro —continuó el apóstol— en vasos de baño, para que la alteza del poder sea de Dios, y no de nosotros”. Dios podría haber proclamado su verdad mediante ángeles inmaculados, pero tal no es su plan. El escoge a los seres humanos, a los hombres rodeados de flaquezas, como instrumentos para realizar sus designios. El inestimable tesoro se coloca en vasos de barro. Mediante los hom­bres han de comunicarse al mundo sus bendiciones, y ha de brillar su gloria en las tinieblas del pecado. Por su ministerio amante deben ellos encontrar al pecador y al necesitado para guiarlos a la cruz. Y en toda su obra tributarán gloria, honor y alabanza a Aquel que está por encima de todo y sobre todos (Servicio cristiano, pp. 11, 12).

 

Domingo 10 de junio:
Un principio bíblico

El principio que los discípulos sostuvieron valientemente cuando, en respuesta a la orden de no hablar más en el nombre de Jesús, decla­raron: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios”, es el mismo que los adherentes del evangelio lucharon por mantener en los días de la Reforma...
En nuestros días debemos sostener firmemente este principio. El estandarte de la verdad y de la libertad religiosa sostenido en alto por los fundadores de la iglesia evangélica y por los testigos de Dios durante los siglos que desde entonces han pasado, ha sido, para este último conflicto, confiado a nuestras manos...  Hemos de reconocer los gobiernos humanos como instituciones ordenadas por Dios mismo, y enseñar la obediencia a ellos como un deber sagrado, dentro de su legí­tima esfera. Pero cuando sus demandas estén en pugna con las de Dios, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. La Palabra de Dios debe ser reconocida sobre toda otra legislación humana. Un “Así dice Jehová” no ha de ser puesto a un lado por un “Así dice la iglesia” o un “Así dice el estado”. La corona de Cristo ha de ser elevada por sobre las diademas de los potentados terrenales (Conflicto y valor, p. 329).
Mientras Pedro y Juan estaban presos, los otros discípulos, cono­ciendo la malignidad de los judíos, habían orado incesantemente por sus hermanos, temiendo que la crueldad mostrada para con Cristo pudiera repetirse. Tan pronto como los apóstoles fueron soltados, buscaron al resto de los discípulos, y los informaron del resultado del juicio. Grande fue el gozo de los creyentes. “Alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que por boca de David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué han bramado las gentes, y los pueblos han pensado cosas vanas? Asistieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, al cual ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y los pueblos de Israel, para hacer lo que tu mano y tu consejo habían antes determinado que había de ser hecho.
“Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra; que extiendas tu mano a que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hechos 4:24-30).
Los discípulos pidieron en oración que se les impartiera mayor fuerza en la obra del ministerio, porque veían que habrían de afrontar la misma resuelta oposición que Cristo había afrontado cuando estuvo en la tierra. Mientras sus unánimes oraciones ascendían por la fe al cielo, vino la respuesta. El lugar donde estaban congregados se estremeció, y ellos fueron dotados de nuevo con el Espíritu Santo. Con el corazón lleno de valor, salieron de nuevo a proclamar la palabra de Dios en Jerusalén. “Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo”, y Dios bendijo maravillosamente ese esfuerzo (Los hechos de los apóstoles, p. 55).
Lunes 11 de junio:
“Lo que ha hecho Dios”

Después de cuatro años de haberse separado de ellos, Pablo les contó a sus hermanos el resultado de sus labores, particularmente “lo que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio” (Hechos 21:19). Al describir su trabajo en Éfeso, que había resultado en el esta­blecimiento de una gran iglesia en el centro del paganismo, todos escu­chaban con gran interés. Sin embargo, debía tocar algunos asuntos que irritarían a los que habían tenido prejuicios contra él. Lo mismo ocurría con su experiencia en Galacia donde había tenido que enfrentar a los maestros judaizantes que habían intentado malinterpretar su enseñanza y pervertir a sus conversos. Al hablar de Corinto, tenía que mencionar a los que habían levantado confusión y luchas en la iglesia. Sin embargo, Pablo lo hizo con cortesía y cuidado, evitando todo aquello que podría herir a los hermanos, expandiéndose más bien en lo que traería armonía.
Su esfuerzo trajo buenos resultados. El Espíritu de Dios impresionó la mente y el corazón de los hermanos, quienes cambiaron sus senti­mientos contra Pablo y se convencieron de que sus prejuicios contra él eran infundados. Las alegres nuevas del progreso del evangelio era una evidencia de que el poder de Dios estaba detrás de los esfuerzos del apóstol y glorificaron a Dios por las maravillas de su gracia, y muchos amenes brotaron de los labios de muchos de los presentes.
Sin embargo, detrás de esta aparente armonía, el prejuicio y los sentimientos negativos se mantenían en algunos, quienes estaban tratando de amoldar el cristianismo a las prácticas y ceremonias que habían concluido con la muerte de Cristo. Querían que se predicara el evangelio de acuerdo a sus opiniones; si Pablo lo hacía de acuerdo a sus ideas, lo aceptarían; de lo contrario, lo rechazarían. Los ancianos de la iglesia habían permitido que la influencia de los enemigos del apóstol los afectara. Sin embargo, al escuchar ahora de sus propios labios la obra que había estado haciendo, cambiaron de actitud. No podían con­denar su labor porque se daban cuenta que llevaba la señal del Cielo. Las contribuciones liberales que había recolectado en las nuevas igle­sias mostraban el poder de la verdad. Se dieron cuenta que sus ideas de mantener las tradiciones y costumbres judías, y de no derribar la pared intermedia de separación entre judíos y gentiles, había demorado en forma notable el progreso del evangelio (Sketches From the Life of Paul, pp. 210, 211).

 

Martes 12 de junio:
La importancia de informar

El evangelio fue públicamente enseñado en Antioquía por ciertos discípulos de Chipre y Cirene, quienes entraron “anunciando el evan­gelio del Señor Jesús”. “Y la mano del Señor era con ellos”; su fervo­rosa labor producía fruto, pues “creyendo, gran número se convirtió al Señor”.
“Y llegó la fama de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía”. Al llegar a su nuevo campo de labor, Bernabé vio la obra hecha allí por la gracia divina, y “regocijóse; y exhortó a todos a que permaneciesen en el pro­pósito del corazón en el Señor”.
La obra de Bernabé en Antioquía fue copiosamente bendecida y aumentó allí muchísimo el número de fíeles. Al prosperar la obra, sin­tió Bernabé la necesidad de ayuda conveniente a fin de avanzar por las puertas abiertas por la providencia de Dios; y así se fue a Tarso en busca de Pablo quien, después de salir de Jerusalén algún tiempo antes, había estado trabajando en las comarcas de “Siria y de Cilicia”, anunciando “la fe que en otro tiempo destruía” (Gálatas 1:21, 23). Bernabé encontró a Pablo y le persuadió a que volviese con él como su compañero en el ministerio.
En la populosa ciudad de Antioquía, halló Pablo un excelente campo de labor. Su erudición, sabiduría y celo influyeron poderosa­mente en los vecinos y forasteros de aquella culta ciudad, de manera que Pablo proporcionó precisamente la ayuda que Bernabé necesitaba. Durante un año trabajaron ambos discípulos unidos en fiel ministerio, comunicando a muchos el salvador conocimiento de Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.
Fue en Antioquía donde los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos. El nombre les file dado porque Cristo era el tema princi­pal de su predicación, su enseñanza y su conversación. Continuamente volvían a contar los incidentes que habían ocurrido durante los días de su ministerio terrenal, cuando los discípulos eran bendecidos con su presencia personal. Se explayaban incansablemente en sus enseñanzas y en sus milagros de sanidad. Con labios temblorosos y ojos llenos de lágrimas hablaban de su agonía en el jardín, su traición, su juicio, y su ejecución; de la paciencia y humildad con que había soportado el ultraje y la tortura que le habían impuesto sus enemigos, y la piedad divina con que había orado por aquellos que lo perseguían. Su resurrección y ascensión, su obra en el cielo como el mediador del hombre caído, eran temas en los cuales se gozaban en explayarse. Bien podían los paganos llamarlos cristianos, siendo que predicaban a Cristo, y dirigían sus oraciones al Padre por medio de él (Los hechos de los apóstoles, pp. 126-128).

 

Miércoles 13 de junio:
Informes y motivación

El Señor ordenó a Moisés que enviara hombres a explorar la tierra de Canaán, que él daría a los hijos de Israel... Después de haber alaba­do la fertilidad de la tierra, todos excepto dos hablaron en forma muy desalentadora acerca de su capacidad para poseerla... A medida que el pueblo escuchaba ese informe, expresaba su desilusión con amargos reproches y lamentos. No guardaron para reflexionar y razonar que Dios, que los había traído hasta allí, les daría ciertamente la tierra...
Caleb se apresuró en adelantarse, y su voz clara y resonante se escuchó sobre el clamor de la multitud. Se opuso a la opinión cobar­de de sus compañeros de exploración, que habían debilitado la fe y el ánimo de todo Israel. Llamó la atención del pueblo que acalló por un momento su lamento para escucharlo... Pero mientras hablaba, los espías desleales lo interrumpieron, gritando: “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros”.
Esos hombres, al seguir su mala conducta, endurecieron sus cora­zones contra Dios, contra Moisés y Aarón y contra Caleb y Josué. Cada paso que avanzaban por esa dirección incorrecta los afirmaba en su propósito de desalentar cualquier intento de poseer la tierra de Canaán. Distorsionaron la verdad a fin de llevar a cabo su funesto propósito. Dijeron que el clima era insalubre y toda la gente de estatura gigante...
Este no era solamente un informe malo, sino además mentiroso. Era contradictorio; si la tierra era insalubre y devoraba a sus habitantes, ¿cómo era posible que éstos tuvieran proporciones tan grandes? Cuando hombres que ocupan posiciones de responsabilidad se entregan a la incredulidad, no hay límites al avance que realizarán en la maldad...Si solo los dos hombres hubieran traído el mal informe, y los otros diez los hubieran alentado a poseer la tierra en el nombre de Jehová, ellos todavía hubiesen seguido el consejo de los dos en oposición a los diez, a causa de su perversa incredulidad (Conflicto y valor, p. 106).
El noveno mandamiento requiere de nosotros una consideración inviolable por la verdad exacta de cada declaración que pueda afectar el carácter de nuestros semejantes. La lengua, que los seres humanos logran mantener tan poco bajo dominio, debe ser enjaezada por fuertes principios de conciencia, por la ley de amor hacia Dios y al hombre.
La mentira acerca de cualquier asunto, todo intento o propósito de engañar a nuestro prójimo, están incluidos en este mandamiento. La falsedad consiste en la intención de engañar. Mediante una mirada, un ademán, una expresión del semblante, se puede mentir tan eficazmente como si se usaran palabras. Toda exageración intencionada, toda insi­nuación o palabras indirectas dichas con el fin de producir un concepto erróneo o exagerado, hasta la exposición de los hechos de manera que den una idea equivocada, todo es mentir. Este precepto prohíbe todo intento de dañar la reputación de nuestros semejantes por medio de tergiversaciones o suposiciones malintencionadas, mediante calumnias o chismes. Hasta la supresión intencional de la verdad hecha con el fin de perjudicar a otros, es una violación del noveno mandamiento (Hijos e hijas de Dios, p. 66).

 

Jueves 14 de junio:
Dar la gloria a Dios

La Biblia tiene poco que decir en alabanza de los hombres. Dedica poco espacio a relatar las virtudes hasta de los mejores hombres que jamás hayan vivido. Este silencio no deja de tener su propósito y su lección. Todas las buenas cualidades que poseen los hombres son dones de Dios; realizan sus buenas acciones por la gracia de Dios manifestada en Cristo. Como lo deben todo a Dios, la gloria de cuanto son y hacen le pertenece solo a él; ellos no son sino instrumentos en sus manos. Además, según todas las lecciones de la historia bíblica, es peligroso alabar o ensalzar a los hombres; pues si uno llega a perder de vista su total dependencia de Dios, y a confiar en su propia fortaleza, caerá seguramente. El hombre lucha con enemigos que son más fuertes que él... Es imposible que nosotros, con nuestra propia fortaleza, sostenga­mos el conflicto; y todo lo que aleje a nuestra mente de Dios, todo lo que induzca al ensalzamiento o a la dependencia de sí, prepara segura­mente nuestra caída. El tenor de la Biblia está destinado a inculcamos desconfianza en el poder humano y a fomentar nuestra confianza en el poder divino.
El alma verdaderamente convertida es iluminada de lo alto...Sus palabras, sus motivos, sus acciones, pueden ser mal interpretados y falseados, pero no le importa porque tiene intereses más importantes en juego... No ambiciona la ostentación; no anhela la alabanza de los hombres. Su esperanza está en el cielo, y se mantiene rectamente, con la vista fija en Jesús. Hace el bien porque es justo.
Por sus obras buenas, los seguidores de Cristo deben dar gloria, no a sí mismos, sino al que les ha dado gracia y poder para obrar. Toda obra buena se cumple solamente por el Espíritu Santo, y éste es dado para glorificar, no al que lo recibe, sino al Dador. Cuando la luz de Cristo brille en el alma, los labios darán alabanzas y gracias a Dios. Nuestras oraciones, nuestro cumplimiento del deber, nuestra benevolencia, nues­tro sacrificio personal, no serán el tema de nuestros pensamientos ni de nuestra conversación. Jesús será magnificado, el yo se esconderá y se verá que Cristo es todo en todos (Conflicto y valor, p. 365).
El estudiante diligente de la Biblia crecerá constantemente en conocimiento y discernimiento. Su intelecto abarcará temas elevados, y echará mano de la verdad de las realidades eternas. Sus motivos de acción serán correctos. Empleará el talento de la influencia para ayudar a otros a comprender más perfectamente las responsabilidades que Dios les ha dado. Su corazón será un manantial de gozo y el éxito acompa­ñará a su esfuerzo de impartir a otros las bendiciones que ha recibido.
El talento del conocimiento, santificado y usado en el servicio del Maestro, no se pierde nunca. Un esfuerzo abnegado para hacer el bien, será coronado de éxito. “Somos colaboradores de Dios” (1 Corintios 3:9). El Señor cooperará con el obrero humano. A él se debe dar la gloria y la alabanza por lo que podemos realizar (Consejos para los maestros, pp. 435, 436).
El Señor salvará a su pueblo en la forma que él considere mejor, usando medios e instrumentos que hagan que la gloria redunde para él. Solamente a él pertenece la alabanza. Cuidémonos de darles a seres humanos el crédito por sus éxitos. Es la abundante gracia de Cristo la que hace que sus discípulos débiles sean fuertes y que los fuertes sean poderosos. Es de él que recibimos los dones y talentos que nos capa­citan para rendirle un servicio aceptable. Si estamos plenamente con­sagrados a él, le daremos a el toda la gloria, porque comprenderemos que dependemos totalmente de él (Folleto: Testimonies to the Church Regarding our Youth Going to Battle Creek to Obtain an Educación, p. 6).