II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White 

Lección 9
2 de Junio de 2012

Liberar para el ministerio

Sábado 26 de mayo

A cada hombre se le dio su tarea. Uno puede no ser capaz de hacer la obra para la cual otro ha sido adiestrado y educado. Pero el trabajo de cada hombre debe comenzar en el corazón, y no depender de una teoría de la verdad. La labor de quien se entrega a Dios y coopera con los agen­tes divinos revelará que un obrero es capaz y sabio, y que percibe cómo debe adaptarse a cada situación. La raíz debe ser santa, o no habrá ñuto santo. Todos han de ser coobreros con Dios. El yo no debe destacarse. El Señor entregó talentos y habilidades a cada persona, y quienes hayan sido más altamente favorecidos con oportunidades y privilegios para escuchar la voz del Espíritu, tendrán mayor responsabilidad para con Dios.

Los que son representados como teniendo un solo talento tam­bién tienen una obra que hacer. Al comerciar, no con pesos sino con centavos, deben emplear su habilidad con diligencia, decididos a no fracasar ni a desanimarse. Pidan con fe y dependan del Espíritu Santo para trabajar en favor de los incrédulos. Si dependieran de sus propias fuerzas, fracasarían. Quienes utilicen fielmente el único talento que poseen, escucharán con la misma alegría la bendita felicitación dirigida tanto a ellos como a los que han recibido muchos dones y los utilizaron con sabiduría: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21, 23).

El Señor considera el espíritu de humildad con que se hace la obra. Quien recibe solo un talento tiene una influencia que ejercer; su obra es necesaria. Al perfeccionar su propio carácter, y al aprender en la escuela de Cristo, ejercerá una influencia que ayudará a perfeccionar el carácter de quienes tienen mayores responsabilidades, los cuales se hallaban en peligro de edificarse a sí mismos y de descuidar algunas cosas pequeñas, pero importantes, que ese hombre fiel de un solo talen­to consideraba con cuidado diligente (Recibiréis poder, p. 213).

 

Domingo 27 de mayo:
Responsabilidad compartida

El estudiante de la historia sagrada observará que, a través de las edades, Dios ha distribuido las variadas responsabilidades e intereses de su obra, entre personas cuyos talentos se adaptaban mejor para cier­tos servicios, e incluso podían llegar a ser más hábiles después de ser entrenados.

Durante su estada en el campamento, Jetro vio lo pesadas que eran las cargas que recaían sobre Moisés. Era una tarea tremenda la de mantener el orden y la disciplina entre aquella vasta multitud ignorante y sin experiencia. Moisés era su jefe y legislador reconocido, y atendía no solo a los intereses y deberes generales del pueblo, sino también a las disputas que surgían entre ellos. Había estado haciéndolo porque le daba la oportunidad de instruirlos; o de declararles, como dijo, “las ordenan­zas de Dios y sus leyes”. Pero Jetro objetó diciendo: “Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el negocio es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo.” Y aconsejó a Moisés que constituyera a personas capacitadas como “caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez.” Debían ser “varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia”. Habrían de juzgar los asuntos de menor importancia, mien­tras que los casos más difíciles e importantes continuarían trayéndose a Moisés, quien iba a estar por el pueblo, “delante de Dios, y —dijo Jetro— somete tú los negocios a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde anden, y lo que han de hacer”. Este consejo fue aceptado, y no solo alivió a Moisés, sino que también estableció mejor orden entre el pueblo (Review and Herald, 5 de octubre, 1905; parcialmente en Patriarcas y Profetas, pp. 307, 308).

El Señor escuchó la oración de su siervo Moisés y la respondió en forma positiva indicándole que eligiera setenta ancianos, que él identifi­cara como líderes del pueblo. No debían ser solamente personas de edad avanzada, sino hombres de dignidad, sano juicio y experiencia, que estuvieran calificados para ser jueces u oficiales. “Y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo”.

El Señor permitió que Moisés eligiera por sí mismo a los hombres que él sabía serían sus mejores ayudantes. Habían mostrado fidelidad en las responsabilidades que habían tenido y ahora eran llamados a ocupar un puesto más elevado: ser la autoridad para definir rencillas entre la gente y evitar cualquier insurrección que pudiera levantarse (Signs of the Times, 12 de agosto, 1880).

 

Lunes 28 de mayo:
Arriesgarse para el éxito

No debemos creer que la obra del evangelio depende principalmente del ministro. Dios ha dado a cada cual una obra que hacer en relación con su reino. Cada uno de los que profesan el nombre de Cristo debe tra­bajar ferviente y desinteresadamente, dispuesto a defender los principios de la justicia. Todos deben tomar una parte activa en fomentar la causa de Dios. Cualquiera que sea nuestra vocación, como cristianos tenemos una obra que hacer para dar a conocer a Cristo al mundo. Hemos de ser misioneros y tener por blanco principal ganar almas para Cristo.

Dios confió a su iglesia la obra de difundir la luz y proclamar el mensaje de su amor. Nuestra obra no consiste en condenar ni denun­ciar, sino en atraer juntamente con Cristo, rogando a los hombres que se reconcilien con Dios. Debemos estimular a las almas, atraerlas y ganarlas para el Salvador. Si tal no es nuestro interés, si rehusamos dar a Dios el servicio del corazón y la vida, le robamos al negarle nuestro tiempo, dinero, esfuerzo e influencia. Al dejar de beneficiar a nuestros semejantes, robamos a Dios la gloria que obtendría por la conversión de las almas (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 60, 61).

Tan pronto como se organice una iglesia, ponga el ministro a los miembros a trabajar. Necesitarán que se les enseñe cómo trabajar con éxito. Dedique el ministro más de su tiempo a educar que a predicar. Enseñe a la gente a dar a otros el conocimiento que recibieron. Aunque se debe enseñar a los nuevos conversos a pedir consejo a aquellos que tienen más experiencia en la obra, también se les debe enseñar a no poner al ministro en el lugar de Dios. Los ministros no son sino seres humanos aquejados de flaquezas. Cristo es el único en quien debemos buscar dirección. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre noso­tros... lleno de gracia y de verdad”. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia” (Juan 1:14,16).

El poder del evangelio reposará sobre los grupos suscitados y los hará idóneos para servir. Algunos de los nuevos conversos quedarán de tal manera henchidos del poder de Dios, que entrarán en seguida en la obra. Trabajarán con tanta diligencia que no tendrán tiempo ni disposi­ción para debilitar las manos de sus hermanos por críticas severas. Su único deseo será proclamar la verdad en las regiones lejanas (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 82, 83).

 

Martes 29 de mayo:
Igualar a los obreros con la mies

Es el plan de Dios que en su obra haya unidad en la diversidad. En un jardín no hay dos flores iguales y cada hoja de un árbol es diferente a las otras. Así debe ser en la obra de Dios: se necesitan mentes y capa­cidades diversas.

Cuando se iba a erigir el tabernáculo, Dios lo instruyó a Moisés, diciéndole: “Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, y en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor” (Éxodo 31:1 -5).

Pero Bezaleel no debía trabajar solo. Dios eligió a otro que lo acompañara y a muchos que trabajaran con ellos: “Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado” (versículo 6).

En nuestros días ningún hombre debe llevar solo todo el trabajo de la causa de Dios. Dios le ha dado a cada uno una obra y un lugar especiales y cada uno debe encontrar ese lugar y ayudar a otros a encon­trarlo. Nuestras mentes deben ampliarse para ver más allá de nuestras propias ideas y opiniones a fin de entender los planes y los propósitos de Dios. Debemos hacer espacio para las ideas de otros, ya que el Señor puede haberles dado esas ideas que quizá no sean exactamente como las nuestras. Bajo la conducción de Cristo todos debemos trabajar en armonía.

Mis hermanos, si ustedes sienten una carga demasiado pesada y piensan que no pueden hacer todo el trabajo que debe ser hecho sin arriesgar la salud, presenten esas cargas al Señor. Y cuando él les envíe a alguien para ayudarles, no teman confiar en esa persona pensando que no hará las cosas exactamente como ustedes quieren. No digan: “Esa persona no está de acuerdo conmigo; si me asocio con él echa­rá a perder el trabajo que estoy tratando de hacer; pondrá en acción nuevos planes que diferirán de los que yo tenía”. Tal vez Dios desea que haya nuevos planes; tal vez él desea que se produzcan cambios. Todos pueden tener espacio para trabajar. No estén vigilando para ver si los nuevos asociados están caminando por el mismo sendero trazado por ustedes, no los critiquen, recuerden que Dios tiene otros obreros que aunque no estén caminando exactamente en vuestros pasos, están haciendo la obra que Dios les ha encomendado (Review and Herald, 28 de abril, 1904).

En la fraternidad humana, se requiere toda clase de talento para hacer un perfecto conjunto; y la iglesia de Cristo está compuesta de hombres y mujeres de diversos talentos, y de todas clases. Dios no quiso nunca que el orgullo de los hombres abrogase lo que su sabiduría había ordenado, a saber: la combinación de mentes de toda clase, de todos los diversos talentos para formar un conjunto completo. Nadie debe menoscabar ninguna parìe de la gran obra de Dios, sean los agen­tes encumbrados o humildes. Todos tienen que hacer su parte en cuanto a difundir la luz en diferentes grados.
No debe haber monopolio de lo que, en cierta medida, pertenece a todos, encumbrados y humildes, ricos y pobres, sabios e ignorantes. Ningún rayo de luz debe ser estimado en menos que su valor, ningún rayo debe ser cegado ni pasar inadvertido, ni siquiera ser reconocido de mala gana. Desempeñen todos su parte para la verdad y la justicia (Obreros evangélicos, p. 346).

 

Miércoles 30 de mayo:
Crecimiento espiritual por la participación

Muchos anhelan crecer en la gracia; oran al respecto, y se sorpren­den de que sus oraciones no reciban respuesta. El Señor les ha enco­mendado una obra que los ayudará a crecer. ¿De qué vale orar cuando hay que efectuar cierta obra? Lo que interesa es lo siguiente: ¿Se afanan por salvar las almas por quienes Cristo murió? El crecimiento espiritual depende del hecho de que transmitamos a los demás la luz que Dios nos ha dado a nosotros. Tendréis que empeñar vuestros mejores pensamien­tos en labor activa para hacer el bien, y solamente el bien, en la familia, en la iglesia y el vecindario.

En vez de afligiros con la idea de que no estáis creciendo en gra­cia, cumplid cada obligación que se os presente, llevad el peso de las almas en vuestro corazón, y tratad de salvar a los perdidos por todos los medios imaginables. Sed bondadosos, corteses y compasivos; hablad con humildad de la bendita esperanza; hablad del amor de Jesús; dad a conocer su bondad, su misericordia y justicia; dejad de preocuparos y pensar si crecéis o no. Las plantas no crecen nutridas por algún esfuerzo consciente...La planta no se angustia constan­temente acerca de su crecimiento. No hace más que crecer bajo la vigilancia divina.

La única manera de crecer en gracia, es la de hacer con interés la obra que Cristo nos encomendó; es decir, empeñarnos con interés hasta nos permita nuestra capacidad en ser una ayuda y bendición para los que necesitan la ayuda que podemos ofrecerles...Los cristianos que continuamente robustecen su afán, fervor y celo nunca errarán...Su sabiduría aumenta su capacidad de trabajar. Comprenden al parecer los planes más amplios. Están listos para trabajar en las más fascinantes empresas, y no admiten la ociosidad; no hay comunión entre ellos y el estancamiento (Meditaciones matinales 1952, p. 106).

La religión de Jesucristo significa algo más que palabras. La jus­ticia de Cristo consiste en acciones correctas y buenas obras nacidas de motivos puros y generosos...Cristo vino a hacer la voluntad de su Padre. ¿Estamos siguiendo sus pisadas? Los que invocan el nombre de Cristo deben tratar constantemente de llegar a conocerlo más íntima­mente, para poder andar como él anduvo y realizar sus obras...

La obra que hacemos o que dejamos de hacer es lo que decide con tremendo poder nuestra vida y destino. Dios exige que aprovechemos cada oportunidad de ser útiles que nos presenta. Descuidar esto es muy peligroso para nuestro crecimiento espiritual. Tenemos una gran obra que hacer.

Los deberes que el Señor pone en nuestro camino debemos cum­plirlos, no como una actividad fría y fastidiosa, sino como un servi­cio de amor. Emplead en vuestra obra las más elevadas facultades y sentimientos que poseáis, y descubriréis que Cristo os acompaña. Su presencia aliviará la tarea, y vuestro corazón rebosará de gozo. Estaréis en armonía con Dios, cumpliendo vuestro deber de lealtad, amor y fide­lidad. Debemos ser cristianos sinceros y fervientes, y hemos de cumplir fielmente la obra que se nos encomienda.

Todo el que enciende su pábilo en el altar divino sostiene su lám­para firmemente. No usa fuego común en su incensario, sino fuego sagrado, que se mantiene ardiendo por el poder de Dios día y noche.

Los que andan en las huellas de Jesús, los que estén dispuestos a entre­gar su vida a la dirección y el servicio del Maestro, tienen aceite áureo en sus vasijas. Nunca se encontrarán en una situación que Dios no haya previsto. La lámpara de la vida está siempre aderezada por la misma mano que la encendió (Meditaciones matinales 1952, p. 224).

 

 

Jueves 31 de mayo:
Armonía por la participación

Allí fue [en Perge] donde Marcos, abrumado por el temor y el des­aliento, vaciló por un tiempo en su propósito de entregarse de todo cora­zón a la obra del Señor. No acostumbrado a las penurias, se desalentó por los peligros y las privaciones del camino. Había trabajado con éxito en circunstancias favorables; pero ahora, en medio de la oposición y los peligros que con tanta frecuencia asedian al obrero de avanzada, no supo soportar las durezas como buen soldado de la cruz. Tenía todavía que aprender a arrostrar el peligro, la persecución y la adversidad con corazón valiente. Al avanzar los apóstoles, y al sentir la aprensión de dificultades aun mayores, Marcos se intimidó, y perdiendo todo valor, se negó a avanzar, y volvió a Jerusalén.

Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun seve­ramente por un tiempo a Marcos. Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia. Anhelaba que Marcos no abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilita­rían para ser un obrero útil para Cristo. En años ulteriores su solicitud por Marcos fue ricamente recompensada; porque el joven se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico en campos difíciles. Bajo la bendición de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero.

Pablo se reconcilió más tarde con Marcos, y le recibió como su colaborador. También lo recomendó a los colosenses como colaborador “en el reino de Dios”, y uno que me ha “sido consuelo” (Colosenses 4:10). De nuevo, no mucho antes de su muerte, habló de Marcos como uno que le era “útil para el ministerio” (2 Timoteo 4:11) (Los hechos de los apóstoles, pp. 137, 138).

No piense ninguna persona que únicamente sus dones son suficien­tes para la obra de Dios; que solo él puede llevar a cabo una serie de reuniones y dar perfección a la obra. Sus métodos pueden ser buenos, y sin embargo diversos dones son esenciales. La mente de una sola persona no debe moldear ni dar forma a la obra de acuerdo con sus ideas particulares. Para que la obra sea edificada con firmeza y simetría se requieren diversos dones y diferentes instrumentos, todos ellos bajo la dirección del Señor; él instruirá a los obreros de acuerdo con sus diversas aptitudes. La cooperación y la unidad son indispensables para constituir' un todo armonioso en el que cada obrero cumpla la orden que Dios le ha encomendado, se desempeñe correctamente en su posición y supla la deficiencia de otro. Cuando se permite que un obrero trabaje solo, corre el peligro de pensar que su talento es suficiente para consti­tuir un todo bien equilibrado.

Cuando hay unión entre los obreros, éstos tienen la oportunidad de consultarse mutuamente, de orar juntos y de colaborar en el trabajo. Nadie debería pensar que no puede unirse con sus hermanos porque éstos no trabajan exactamente en la misma especialidad que ellos (El evangelismo, pp. 80, 81).