II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 8
26 de Mayo de 2012

Equipar para el ministerio

Sábado 19 de mayo

“Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron” (Mateo 4:18, 19).
Cristo mismo les dio a estos discípulos la educación que necesita­ban para el ministerio. Las escuelas judías no estaban capacitadas para enseñarles acerca de él. Pidiéndoles que dejaran sus barcas y sus redes los llevó directamente con él para que vieran su trabajo. Y mientras el gran Maestro se dirigía a las multitudes, sus discípulos estaban junto a él aprendiendo las lecciones que enseñaba a las multitudes. Después de hacer sus presentaciones públicas, entonces los llevaba consigo y les explicaba más definidamente la naturaleza de las verdades que trataba de impartir.
Una obra similar será hecha por nosotros que tenemos que dar el último mensaje al mundo. Los ángeles de Dios irán con nosotros y Cristo el gran Maestro nos abrirá el camino delante de nosotros. Nunca debemos perder de vista la gran comisión que hemos recibido: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20). Con el propósito de cumplir esta instrucción divina, debemos consagrarnos a Dios, buscar su sabiduría, depender totalmente de él, y mejorar cada talento que no ha dado (Australasian Union Conference Record, octubre 14, 1907).

Domingo 20 de mayo:
La necesidad de adiestramiento

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:35-38).

Al recorrer los diversos lugares, Cristo se encontraba con muchos que deseaban conocer un camino mejor; muchos que estaban hambrien­tos del pan de vida y sedientos del agua de salvación. El mundo, lleno de pecado y pesar, estaba cubierto de tinieblas que necesitaban ser disipadas por la luz del cielo. Sabía que había llegado el momento de elegir algunos hombres para trabajar por la gente, y deseaba prepararlos e instruirlos mientras estaba con ellos, a fin de que adquirieran una experiencia indi­vidual y corrigieran cualquier error que tuvieran en su manera de trabajar.

El Salvador llamó a los doce que habían estado con él desde el comienzo de su ministerio público, que habían escuchado sus palabras de instrucción y amonestación, y que habían sido testigos de sus actos de misericordia y compasión. Con solemnidad y reverencia los discí­pulos se acercaron para recibir la comisión, sintiéndose honrados de ser elegidos para ser colaboradores con él. Habrían de ser llenos del Espíritu de Cristo para trabajar como él, para dar el solemne mensaje de salvación, y para brillar como luces en medio de la oscuridad moral que había envuelto al mundo.

¡Contemplad la impresionante escena! ¡La Majestad del cielo, el Rey de gloria, rodeado de los doce que ha elegido! No son hombres educados en las escuelas rabínicas sino hombres que han aprendido de labios del mayor Maestro que el mundo ha conocido. Hombres simples, humildes, pero de un corazón abierto a la instrucción y capacitación que deben recibir para la tarea que les ha sido comisionada. Mediante estos débiles agentes, llenos de su palabra y de su Espíritu, Cristo se propone poner la salvación al alcance de todos.

Con alegría y regocijo, Dios y los ángeles contemplaron esa escena. El Padre sabía que la luz del cielo habría de irradiar de estos hombres y que las palabras habladas por ellos como testigos de la verdad, alcan­zarían generación tras generación (Signs of the Times, 18 de julio, 1900).

Cristo quería hacer de estos humildes pescadores, por su relación con él, el medio de sacar hombres del servicio de Satanás y de ponerlos en el servicio de Dios. En esta obra, llegarían a ser testigos suyos, que darían al mundo su verdad sin mixtura de tradiciones y sofismas de los hombres. Practicando sus virtudes, andando y trabajando con él, habían de quedar calificados para ser pescadores de hombres.

Así fueron llamados los primeros discípulos al ministerio evan­gélico. Durante tres años trabajaron en conexión con el Salvador, y por medio de su enseñanza, sus obras de curación, su ejemplo, fueron preparados para llevar a cabo la obra que él empezó. Por la sencillez de su fe, por un servicio puro y humilde, los discípulos fueron enseñados a llevar responsabilidades en la causa de Dios (Obreros evangélicos, pp. 24, 25).

Lunes 21 de mayo:
Aprender observando

En este milagro [la alimentación de los cinco mil] Cristo ha mostrado cómo la obra médica misionera ha de estar ligada con el ministerio de la Palabra. Sus discípulos han de tomar el pan de vida y el agua de la salvación, y darlos a los que anhelan ayuda espiritual.

Y donde hay necesidad, han de alimentar a los hambrientos y vestir a los desnudos. Así duplican el servicio para el Maestro. La hermosura y la utilidad de la obra que hacemos por Dios consiste en su simetría, en su armonía y en su total adaptabilidad y eficiencia (El evangelismo, pp. 381, 382).

El acto de Cristo al suplir las necesidades temporales de una muchedumbre hambrienta, entraña una profunda lección espiritual para todos los que trabajan para él. Cristo recibía del Padre; él impartía a los discípulos; ellos impartían a la multitud; y las personas unas a otras. Así, todos los que están unidos a Cristo, recibirán de él el pan de vida, el alimento celestial, y lo impartirán a otros.

Confiando plenamente en Dios, Jesús tomó la pequeña provisión de panes; y aunque constituía una pequeña porción para su propia familia de discípulos, no los invitó a ellos a comer, sino que empezó a distribuirles el alimento, ordenándoles que sirviesen a la gente. El ali­mento se multiplicaba en sus manos; y las de los discípulos no estaban nunca vacías al extenderse hacia Cristo, que es él mismo el pan de vida. La pequeña provisión bastó para todos. Después que las necesidades de la gente quedaron suplidas, los fragmentos fueron recogidos, y Cristo y sus discípulos comieron juntos el alimento precioso proporcionado por el cielo.

Los discípulos eran el medio de comunicación entre Cristo y la gente. Esto debe ser de gran estímulo para sus discípulos de hoy. Cristo es el gran centro, la fuente de toda fuerza. Sus discípulos han de reci­bir de él sus provisiones. Los más inteligentes, los mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar a otros solamente lo que reciben. De sí mismos, no pueden suplir en nada las necesidades del alma. Podemos impartir únicamente lo que recibimos de Cristo; y podemos recibir úni­camente a medida que impartimos a otros. A medida que continuamos impartiendo, continuamos recibiendo; y cuanto más impartamos, tanto más recibiremos. Así podemos constantemente creer, confiar, recibir e impartir (El Deseado de todas las gentes, pp. 337, 338).

En el encuentro de Cristo con los discípulos de Juan el Bautista encontramos una lección de fe. Cuando Juan el Bautista se encontraba prisionero en una mazmorra solitaria cayó en el desaliento, por lo que envió a sus discípulos a Jesús, preguntándole: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” Cristo conocía la misión que traían los mensajeros, y mediante una grandiosa demostración de su poder les dio evidencias inconfundibles de su divinidad. Volviéndose hacia la multitud habló, y los sordos oyeron su voz. Habló nuevamente, y los ojos de los ciegos fueron abiertos para ver las bellezas de la naturale­za... Extendió su mano y a su toque la fiebre abandonó a los enfermos. Por su mandato los endemoniados fueron sanados, y cayendo a sus pies le adoraron. Volviéndose luego hacia los discípulos de Juan dijo: “Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis” (Mateo 11:3, 4) (Reflejemos a Jesús, p. 344).

 

Martes 22 de mayo:
Aprender haciendo

“A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis” (Mateo 10:5). Los discípulos debían ir a las ciudades de Judea donde Cristo mismo había estado y donde tenía muchos seguidores y amigos. Era la primera vez que trabajaban solos sin la compañía de su Maestro. ¡Cuántas veces desearon recibir unas pocas palabras de sus labios! ¡En cuántas ocasiones necesitaron su consejo y simpatía al enfrentar diferen­tes casos! Habían sido enviados con el poder de sanar a los enfermos, echar fuera demonios y predicar las alegres nuevas de salvación a los pobres, glorificando a Dios en todo lo que hacían. Pero debían ir “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Todavía no había llegado el tiempo de ir a los gentiles y a los samaritanos. Si lo hubieran hecho, hubiesen perdido su influencia entre los judíos, que eran los primeros que debían recibir el mensaje del evangelio (Review and Herald, 19 de abril, 1892).

Los obreros en la causa de Dios pueden aprender valiosas leccio­nes de las instrucciones que Jesús dio a los setenta discípulos, y de sus experiencias. Estos discípulos fueron enviados a los pueblos y ciudades adonde Jesús mismo iba a ir después, para despertar interés en la obra de Cristo, a fin de que la gente pudiera estar preparada para recibir las grandes verdades que el Maestro les iba a impartir-...

“En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante; y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios” (Lucas 10:8, 9).

Este debía ser el tema de su predicación. No debían perder de vista este mensaje, ni entrar en controversia sobre asuntos que no eran esenciales; en caso contrario iban a cerrar la puerta a las importantes verdades que Jesús les había mandado que presentaran. Debían enseñar basándose en el Antiguo Testamento, para explicar las profecías rela­tivas a la misión y la obra de Cristo, y para presentar verdades capaces de ablandar el corazón de la gente, a fin de que pudiera estar preparada para recibir- a Cristo cuando él viniera después...

Los setenta, a diferencia de los doce, no habían estado constante­mente con Jesús, pero habían escuchado con frecuencia sus instruccio­nes. Fueron enviados bajo su dirección para trabajar como él mismo lo hacía. Por donde fueran debían dar este mensaje: “El reino de Dios se ha acercado. Serán admitidos en él todos los que reciban su mensaje y a su Mensajero. Este es el día de oportunidad para ustedes”. Debían pre­sentar la verdad de Dios de tal manera que la gente se sintiera inducida a tomar posesión de las bendiciones puestas a su alcance (Cada día con Dios, p. 113).

Miércoles 23 de mayo:
Aprender de los fracasos

Los nueve discípulos estaban todavía pensando en su amargo fracaso; y cuando Jesús estuvo otra vez solo con ellos, le preguntaron: “¿Por qué nosotros no lo pudimos echar fuera?” Jesús les contestó: “Por vuestra incredulidad; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá: y se pasará: y nada os será imposible. Mas este linaje no sale sino por ora­ción y ayuno”. Su incredulidad, que los privaba de sentir una simpatía más profunda hacia Cristo, y la negligencia con que habían considerado la obra sagrada a ellos confiada les habían hecho fracasar en el conflicto con las potestades de las tinieblas.

Las palabras con que Cristo señalara su muerte les habían infundido tristeza y duda. Y la elección de los tres discípulos para que acompañasen a Jesús a la montaña había excitado los celos de los otros nueve. En vez de fortalecer su fe por la oración y la meditación en las palabras de Cristo, se habían estado espaciando en sus desalientos y agravios personales. En este estado de tinieblas, habían emprendido el conflicto con Satanás.

A fin de tener éxito en un conflicto tal, debían encarar la obra con un espíritu diferente. Su fe debía ser fortalecida por la oración ferviente, el ayuno y la humillación del corazón. Debían despojarse del yo y ser henchidos del espíritu y del poder de Dios. La súplica ferviente y perse­verante dirigida a Dios con una fe que induce a confiar completamente en él y a consagrarse sin reservas a su obra, es la única que puede pre­valecer para traer a los hombres la ayuda del Espíritu Santo en la batalla contra los principados y potestades, los gobernadores de las tinieblas de este mundo y las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales (El Deseado de todas las gentes, p. 397).
Dios prepara a algunos causándoles chascos y aparentes fracasos. Su propósito es que aprendan a dominar las dificultades. Los inspira con la determinación de convertir en éxito cada aparente fracaso. Con frecuencia los hombres oran y gimen debido a las perplejidades y obs­táculos que enfrentan. Pero si retienen firme hasta el fin el principio de su confianza, él les despejará el camino. Vencerán mientras luchen con dificultades aparentemente insuperables (Comentario bíblico adventis­ta, tomo 4, p. 1181).

[El obrero] comprende que él es un material con el cual está obran­do Dios y que debe ser pasivo en las manos del Maestro. Las pruebas lo asaltan, porque a menos que sea probado por la piedra de toque y pol­los contratiempos, nunca llegaría a conocer su falta de sabiduría y de experiencia.

Si busca al Señor con humildad y confianza, cada prueba resultará para su bien. A veces le parecerá que fracasa, pero su supuesto fracaso para alcanzar el lugar donde esperaba estar puede ser el camino de Dios para hacerle avanzar. Piensa que ha fracasado, pero su fracaso aparente significa un mejor conocimiento de sí mismo y una confianza más firme en Dios...Quizá cometa errores, pero aprende a no repetirlos. Unido a Cristo, la Vid verdadera, puede llevar fruto para gloria de Dios...

El Señor desea que seamos mansos, humildes y contritos, y que sin embargo estemos llenos con la seguridad que proviene de un conocimiento de la voluntad de Dios. “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio... Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia” (2 Timoteo 1:7-9) (En lugares celestiales, p. 28).

Jueves 24 de mayo:
Aprender del éxito

Mientras la maldad se incrementa en todas partes, el tiempo de terminar la obra se acerca rápidamente. Y Dios no quiere que ningu­no perezca; ha provisto abundante salvación para todos. Si su pueblo hubiese salido a esparcir la invitación como debiera haberlo hecho, se hubieran ganado muchas almas para Cristo. Despertemos del letargo espiritual y consagremos todo lo que somos y tenemos al Señor. Los verdaderos misioneros recibirán su Espíritu que los capacitará con el poder para servir, porque él es la fuente inagotable de eficiencia y for­taleza. El evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, y es suficiente para enfrentar el poder del enemigo.

Es imposible que aquel que cree en Cristo y ve la obra que debe ser hecha, se conforme con no hacer nada. La iglesia tiene sagradas respon­sabilidades y gloriosos privilegios, y los creyentes recibirán del cielo el bálsamo de gracia para impartirlo a los sufrientes y necesitados. Todo aquel que cree el mensaje del pronto regreso de Cristo saldrá para tra­bajar por el Maestro, confiado en la promesa: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Salmo 126:6). Al obedecer en forma práctica esta orden divina, su confianza se incrementará y sus talentos se multiplicarán (Signs of the Times, 28 de noviembre, 1906).

Pablo fue quien predicó primero el evangelio en Corinto y quien había organizado la iglesia allí. Esta era la obra que el Señor le había asignado. Más tarde, por la dirección de Dios, otros obreros fueron envia­dos allí, para que ocuparan su debido lugar. La semilla sembrada debía regarse, y esto debía hacerlo Apolos. Siguió a Pablo en su obra, para dar instrucción adicional y ayudar al crecimiento de la semilla sembrada. Conquistó los corazones del pueblo, pero era Dios el que daba el creci­miento. No es el poder humano, sino el divino, el que obra la transfor­mación del carácter. Los que plantan y los que riegan, no hacen crecer la semilla; trabajan bajo la dirección de Dios, como sus agentes señalados, y cooperan con él en su obra. Al Artífice maestro pertenecen el honor y la gloria del éxito (Los hechos de los apóstoles, p. 222).