II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 7
19 de Mayo de 2012

Evangelización y testificación corporativas

Sábado 12 de mayo

Mientras viajábamos en Suiza, pasamos frente a un gran edificio en construcción. Había muchos obreros trabajando. Algunos de ellos traían piedras de la cantera; otros las medían y les daban forma, mien­tras otros las colocaban en el lugar apropiado en el edificio. Había obreros experimentados que vigilaban todo el proceso para ver que se hiciera correctamente, y sobre todos ellos, supervisando la obra com­pleta, estaba el arquitecto mayor. Se veía trabajar con perfecto orden y unidad mientras cada cual hacía su trabajo. Se me informó que en las montañas otros hombres estaban derribando árboles y enviándolos comente abajo, los que iban a ser usados para las porciones de madera que requería el edificio.

Todo esto me resultó una lección objetiva de la forma en que la obra de Dios debe ser llevada adelante. También en su obra hay muchas áreas y se necesitan obreros de diferentes talentos y capacidades, cada uno cumpliendo fielmente con su tarea, bajo la dirección del Arquitecto maestro, Cristo Jesús (Special Testimonies for the Church Regarding the Spirit of Unity, p. 18).

La mejor ayuda que los predicadores pueden dar a los miembros de nuestras iglesias, no consiste en sermonearlos, sino en trazarles planes de trabajo. Dad a cada uno un trabajo que ayude al prójimo. Enseñad a todos que, por haber recibido la gracia de Cristo, tienen el deber de trabajar por él. Especialmente a las personas que hace poco aceptaron la fe, debe enseñárseles a colaborar con Dios. Si se los pone a traba­jar, los abatidos se olvidarán muy pronto de su desaliento; el débil se tornará fuerte; el ignorante, inteligente; y todos aprenderán a presentar la verdad tal cual es en Jesús. Hallarán una ayuda segura en Aquel que prometió salvar a quienes se allegan a él (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 323).

Domingo 13 de mayo:
Que ambas manos lo sepan

Dios otorga sus dones según le agrada. Concede un don a una persona, y otro don a otra, pero todos son para el beneficio de todo el cuerpo. Está de acuerdo con el designio de Dios que unos sirvan en un ramo de trabajo y otros en otros ramos, sirviendo todos bajo el mismo Espíritu. El reconocimiento de este plan será una salvaguardia contra la emulación, el orgullo, la envidia o el desprecio recíproco. Fortalecerá la unidad y el amor mutuo (Consejos para los maestros, p. 298).
Entre los obreros hay una falta de actitud, una confusión, una falta de comprensión mutua y de rapidez de acción. Las cosas no se hacen a tiempo. Como resultado de esto surgen complicaciones y dificultades que resultan difíciles de vencer debido a la falta de acción unida. Este estado de cosas, si no se le pone remedio, se verá y se sentirá aún más en el futuro que en el pasado, porque la obra crecerá y la necesidad de una comprensión perfecta de los negocios de esta casa llegará a ser mayor. El hábito desafortunado de descuidar una obra especial que necesita ser hecha en un tiempo determinado triplica la dificultad de realizarla posteriormente con perfección y sin dejar algo descuidado o sin terminar (El evangelismo, p. 472).

La causa de Dios necesita hombres que puedan ver con rapidez y obrar instantáneamente y con poder en el momento debido. Si aguar­dáis para medir toda dificultad y pesar toda perplejidad que encontréis, haréis poco. Tendréis a cada paso obstáculos y dificultades que arros­trar, y con propósito firme debéis decidir vencerlos, o de lo contrario ellos os vencerán a vosotros.

A veces, los diversos caminos y propósitos, los diferentes modos de actuar en relación con la obra de Dios, casi pesan con igual fuerza en la mente; y en este punto es cuando se necesita el discernimiento más sutil. Si algo se ha de lograr, debe hacerse en el momento oportuno. La menor inclinación de peso en la balanza debe ser vista y determinarse el asunto en seguida. Las largas demoras cansan a los ángeles. Es más excusable tomar a veces una decisión errónea que estar de continuo en una posición vacilante, inclinados a ratos en una dirección, luego en otra. Ocasionan más perplejidad y abatimiento la vacilación y la duda que el obrar a veces con demasiada premura (Obreros evangélicos, pp. 139, 140).

 

Lunes 14 de mayo:
Planificando juntos

Las fuerzas laicas de la iglesia pueden hacer mucho bien; sin embargo, para desarrollarlas se necesita una cuidadosa planificación y un entrenamiento sistemático. Dirigentes experimentados deben super­visarlos y no dejarlos solos para que luchen sin ayuda. Tanto los líderes locales como los pastores y los dirigentes de la Asociación, de la Unión y de la Asociación General, no pueden dejar de lado su responsabilidad de entrenar a los miembros de iglesia, aunque la participación de éstos sea muy humilde. Todos deben trabajar juntos en unidad.

En estos últimos años se ha hecho mucho para fortalecer las manos de los laicos y animarlos a ser misioneros en sus respectivos lugares. Pero se hubiera hecho mucho más si los que tienen esta responsabilidad hubiesen reconocido el valor de las fuerzas laicas en la iglesia. Hay muchos talentos en las iglesias, que con el entrenamiento correcto por parte de dirigentes de experiencia, serán un poder para el establecimien­to del reino de Dios (Review and Herald, 22 de octubre, 1914).

...Nuestro General, quien no perdió nunca una batalla, espera un servicio voluntario y fiel de parte de todo aquel que se alistó bajo su estandarte. En el conflicto final que se está riñendo ahora entre las fuer­zas del bien y las huestes del mal, él espera que tomen parte todos, tanto miembros laicos como ministros. Todos los que se han alistado como soldados suyos han de prestar fielmente servicio como tropas siempre listas, con un vivo sentimiento de la responsabilidad que descansa sobre ellos individualmente.

Los sobreveedores espirituales de la iglesia deben idear medios y modos de dar a cada miembro de la iglesia una oportunidad de des­empeñar alguna parte en la obra de Dios. Demasiado a menudo en lo pasado, esto no ha sido hecho. No se han trazado claramente ni se han llevado plenamente a cabo planes por los cuales los talentos de todos pudiesen ser empleados en un servicio activo. Son pocos los que com­prenden cuánto se ha perdido por causa de esto.

Los dirigentes de la causa de Dios, como generales sabios, han de trazar planes para que se realicen avances en toda la línea. Al hacer sus planes, deben dedicar estudio especial a la obra que pueden hacer los miembros laicos en favor de sus amigos y vecinos. La obra de Dios en esta tierra no podrá nunca terminarse antes que los hombres y mujeres abarcados por el total de miembros de nuestra iglesia se unan a la obra, y aúnen sus esfuerzos con los de los pastores y dirigentes de las iglesias (Obreros evangélicos, pp. 364, 365).

La salvación de los pecadores requiere trabajo personal decidido. Tenemos que presentarles la palabra de vida sin esperar que ellos ven­gan a nosotros. ¡Quisiera poder hablar a hombres y mujeres palabras que los despierten a la acción diligente! Los momentos que ahora se nos han concedido son escasos. Nos encontramos en el umbral mismo del mundo eterno. No tenemos tiempo que perder. Cada momento es de oro y demasiado valioso para dedicarlo únicamente a nuestro servicio personal. ¿Quiénes buscarán fervientemente a Dios para obtener de él poder y gracia para ser sus obreros fieles en el campo misionero?

En toda iglesia hay talentos, los cuales, con el trabajo adecuado, pueden desarrollarse a fin de convertirlos en gran ayuda para la obra. Lo que ahora se necesita para la edificación de nuestras iglesias es la excelente obra de los sabios obreros que puedan discernir y desarro­llar talentos en la iglesia, talentos que puedan entrenarse para que el Maestro pueda usarlos. Debiera haber planes bien organizados para emplear obreros que vayan a todas las iglesias, grandes y pequeñas, para enseñar a los miembros a trabajar para la edificación de la iglesia y también por los incrédulos. Lo que se necesita es educación y forma­ción. Los que trabajan en la visitación de las iglesias debieran enseñar a los hermanos y hermanas métodos prácticos para llevar a cabo la obra misionera (Testimonios para la iglesia, tomo 9, p. 95).

 

Martes 15 de mayo:
Trabajando en equipos

Cuando Jesús envió a sus discípulos a trabajar... ellos no sentían lo que algunos sienten ahora, que prefieren trabajar solos antes que estar acompañados por alguien que no trabaje exactamente como ellos lo hacen. Nuestro Salvador comprendía que unos debían asociarse a otros. El no relacionó con el amado y suave Juan a otra persona del mismo tempera­mento; sino que relacionó con él al ardiente e impulsivo Pedro. Estos dos hombres no eran iguales ni en disposición ni en método de trabajo. Pedro era rápido y celoso en la acción. Era arrojado y no entraba en transigen­cias, y a menudo hería; Juan era siempre tranquilo, considerado con los sentimientos de los demás, y venía detrás para consolidar y animar. Así, los defectos de uno eran parcialmente cubiertos por las virtudes del otro.

Dios nunca se propuso que, como regla, sus siervos fueran a tra­bajar solos. He aquí una ilustración: Aquí hay dos hermanos. No son del mismo temperamento; sus mentes no corren por los mismos cauces. Uno está en peligro de hacer demasiado; el otro deja de llevar las cargas que debe llevar. Si están asociados el uno con el otro, esto podría tener una influencia modeladora sobre cada uno de ellos, de manera que los extremos de sus caracteres no se destacarían en forma tan prominente en sus labores. No sería necesario que estuvieran juntos en toda reu­nión, pero podrían trabajar en lugares que disten el uno del otro, quin­ce, veinte o aun cuarenta kilómetros, y que fueran lo suficientemente cercanos sin embargo como para que si uno afronta una crisis en su trabajo, pueda llamar al otro en su ayuda. Deberían también reunirse tan a menudo como sea posible a fin de orar y consultarse...

Cuando uno trabaja continuamente solo, está expuesto a llegar a pensar que su método de trabajo está por encima de toda crítica, y no siente ningún deseo particular de que alguien trabaje con él. Pero es el plan de Cristo que alguien esté a su lado, de manera que la obra no sea modelada del todo por la mente de un solo hombre, y así sus defectos de carácter sean considerados como virtudes por él mismo, o por los que lo escuchen.

A menos que el orador tenga alguien a su lado con quien pueda compartir su trabajo, será colocado muchas veces en circunstancias donde estará obligado a hacer violencia a las leyes de la vida y de la salud. Por otra parte a veces acontecen algunas cosas importantes que lo hacen salir del lugar precisamente en el momento culminante de un interés. Si dos están vinculados con el trabajo, la obra en tales ocasiones no necesitará ser abandonada.

Es necesario que dos personas trabajen juntas; pues la una puede animar a la otra y juntas pueden aconsejarse, orar y escudriñar la Biblia. Así pueden obtener una luz más amplia sobre la verdad; pues uno verá una fase, y el otro, otra fase de la verdad. Si yerran, pueden corregirse mutuamente sus discursos y su actitud, de manera que la verdad no sea subestimada a causa de los defectos de sus defensores. Si los obreros son enviados solos, no habrá nadie que observe y corrija sus errores; pero cuando dos van juntos, puede realizarse una obra educadora y cada obrero puede llegar a ser lo que debe ser: un ganador de almas de éxito (El evangelismo, pp. 57-59).

 

Miércoles 16 de mayo:
Cada parte hace su parte

Que cada departamento de la obra y cada institución conectada con nuestra causa, sean dirigidos de acuerdo con planes considerados y generosos. Que cada ramo de la obra, mientras mantiene su propio carácter distintivo, se esfuerce por proteger, fortalecer y edificar a cada uno de los otros aspectos. Se han empleado personas de características y habilidades variables para llevar adelante los diferentes ramos de tra­bajo. Este ha sido siempre el plan del Señor. Cada obrero tiene el deber de dedicar esfuerzos especiales a su propio trabajo; pero todos tienen el privilegio de estudiar y esforzarse para lograr la salud y el bienestar de todo el cuerpo al cual pertenecen.

El plan de Dios para sus instituciones no contempla la consolida­ción ni la rivalidad ni la crítica, sino la colaboración, de tal manera que “todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyun­turas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:6) (Testimonios para la iglesia, tomo 7, p. 166).

En las consultas para hacer progresar la obra, ningún hombre ha de ser la fuerza dominante, la voz del conjunto. Los métodos y los planes propuestos deben considerarse cuidadosamente, a fin de que todos los hermanos puedan pesar sus méritos relativos y decidir cuál debe seguirse. Al estudiar los campos a los cuales parece llamarnos el deber es bueno tener en cuenta las dificultades que se encontrarán en ellos.

Hasta donde se pueda, las juntas directivas deben hacer conocer sus planes a los hermanos en general a fin de que el juicio de la iglesia pueda sostener sus esfuerzos. Muchos miembros de la iglesia son pru­dentes, y otros tienen excelentes cualidades mentales. Debe despertarse su interés en el progreso de la causa. A muchos se los podrá inducir a tener una percepción más profunda de la obra de Dios y a buscar la sabiduría de lo alto para extender el reino de Cristo mediante la salva­ción de las almas que perecen por falta de la Palabra de vida. Hombres y mujeres de espíritu noble han de ser añadidos todavía al número de aquellos de quienes se dice: “No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros...para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16) (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 198, 199).

De estas palabras inspiradas que hemos citado [Efesios 4:11,12] se desprende que se necesitan muchos obreros para perfeccionar a los santos; y esos obreros están faltando. Nadie ha entrado en esa tarea de educar a los miembros para que desarrollen sus deberes personales a fin de que cada uno pueda trabajar para el Maestro de acuerdo a la habi­lidad que le ha sido dada por Dios. Si no se desprecia esta instrucción inspirada, la iglesia trabajará en orden, bien disciplinada y organizada, y alcanzará la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:14-16) (The Home Missionary, 1º de septiembre, 1892).


Jueves 17 de mayo:
La necesidad de ser un cuerpo unido

Los pastores con frecuencia descuidan estos importantes ramos de la obra: la reforma pro salud, los dones espirituales, la dadivosidad sistemática y las grandes divisiones de la actividad misionera. Como resultado de sus esfuerzos, mucha gente puede aceptar la teoría de la verdad, pero el tiempo revela que hay muchos que no soportan la prue­ba de Dios...

Cuánto mejor sería para la causa si los mensajeros de la verdad educasen fiel y cabalmente a esos conversos con respecto a todos los asuntos esenciales, aunque esto significase menos miembros añadidos a la iglesia por su trabajo.

Los ministros deben enseñar a las personas por quienes trabajan la importancia de llevar cargas en relación con la obra de Dios. Estas deberían aprender que cada departamento de la obra de Dios debería contar con su apoyo y despertar su interés. El gran campo misionero está abierto para los hombres, y este tema debería ventilarse vez tras vez. La gente debe comprender que los que poseerán la vida eterna no serán los oyentes de la Palabra sino los que cumplen la Palabra. A nadie se exceptúa de esta obra de beneficencia. Dios requiere de todos los hombres a los que ha impartido los dones de su gracia que no solo colaboren con sus recursos materiales en la tarea de hacer frente a las exigencias del momento y de promover con éxito su verdad, sino además les pide que se entreguen ellos mismos a Dios sin reserva alguna...

El ser desprendido no es un rasgo del corazón natural; hay que enseñar a la gente, línea sobre línea y precepto sobre precepto cómo debe trabajar y cómo debe dar en armonía con lo que Dios ha estable­cido (El evangelismo, pp. 252, 253).

Hay que tratar con paciencia y ternura a los recién llegados a la fe, y los miembros más antiguos de la iglesia tienen el deber de encontrar la forma de proporcionar ayuda, simpatía e instrucción para los que han salido de otras iglesias por amor a la verdad, y que en esta forma se han separado de la obra pastoral a la que habían estado acostumbrados. La iglesia tiene la responsabilidad de asistir a esas almas que han ido en pos de los primeros rayos de luz recibidos; y si los miembros de la igle­sia descuidan este deber serán infieles al cometido que Dios les ha dado.

Después que las personas se han convertido a la verdad, es nece­sario cuidarlas. El celo de muchos ministros parece cesar tan pronto como cierta medida de éxito acompaña sus esfuerzos. No se dan cuenta de que muchos recién convertidos necesitan cuidados, atención vigilan­te, ayuda y estímulo. No se los debe dejar solos, a merced de las más poderosas tentaciones de Satanás; necesitan ser educados con respecto a sus deberes; hay que tratarlos bondadosamente, conducirlos, visitarlos y orar con ellos. Estas almas necesitan el alimento asignado a cada uno a su debido tiempo.

No es extraño que algunos se desanimen, se demoren en el camino y sean devorados por los lobos. Satanás persigue a todos. Envía a sus agentes para reintegrar a sus filas a las almas que perdió. Debe haber más padres y madres que reciban en su corazón a estos niños en la ver­dad, y los estimulen y oren por ellos, para que su fe no se confunda (El evangelismo, p. 258).