II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 5
5 de Mayo de 2012

Evangelización y testificación secuenciales

Sábado 5 de mayo

Mientras los sacerdotes escuchaban las valerosas palabras de los apóstoles, “les conocían que habían estado con Jesús”.

De los discípulos, después de la transfiguración de Cristo, lee­mos que al terminar la maravillosa escena, “a nadie vieron, sino solo a Jesús” (Mateo 17:8). “Solo a Jesús” —en estas palabras se halla el secreto de la vida y el poder que señaló la historia de la iglesia primitiva. Cuando los discípulos oyeron por primera vez las palabras de Cristo, sintieron su necesidad de él. Le buscaron, le hallaron, y le siguieron. Estuvieron con él en el templo, a la mesa, en la ladera de la montaña, en el campo. Eran como alumnos con un maestro, y recibían diariamente de él lecciones de verdad eterna.

Después de la ascensión del Salvador, el sentido de la presencia divina llena de amor y luz, permaneció todavía con ellos. Era una presencia personal. Jesús, el Salvador, que había caminado, hablado y orado con ellos, que había hablado palabras de esperanza y consuelo a sus corazones, mientras el mensaje de paz estaba en sus labios, había sido tomado de ellos al cielo. Mientras el carro de ángeles le recibía, los discípulos oyeron sus palabras: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Él había ascendido al cielo con forma humana. Sabían que estaba delante del trono de Dios, y que todavía era su amigo y Salvador; que sus simpatías eran invariables; que estaría identificado para siempre con la humanidad doliente. Sabían que estaba presentando delante de Dios los méritos de su sangre, mostrando sus manos y pies heridos, como recuerdo del precio que había pagado por sus redimidos; y este pensamiento los fortalecía para soportar vituperio por su causa (Los hechos de los apóstoles, pp. 52, 53).

Domingo 6 de mayo:
Mi Dios y yo

Fiel a su promesa, el Ser divino, exaltado en las cortes celestiales, impartió algo de su plenitud a sus seguidores de la tierra. Su entroniza­ción a la diestra de Dios fue señalada por el derramamiento del Espíritu sobre sus discípulos.

Gracias a la obra de Cristo, los discípulos sintieron su necesidad del Espíritu; debido a la enseñanza del Espíritu, recibieron su prepara­ción final y salieron a hacer la obra de sus vidas.

Dejaron de ser ignorantes e incultos. Dejaron de ser un conjunto de unidades independientes o de elementos discordantes y antagónicos. Dejaron de poner sus esperanzas en las grandezas mundanas. Eran “unánimes”, “de un mismo corazón y una misma alma”. Cristo ocupaba sus pensamientos. El progreso de su reino era la meta que tenían. Tanto en mente como en carácter se habían asemejado a su Maestro, y los hombres “reconocían que habían estado con Jesús”.

Hubo entonces una revelación de la gloria de Cristo tal como nunca antes había sido vista por el hombre. Multitudes que habían denigrado su nombre y despreciado su poder, confesaron entonces que eran dis­cípulos del Crucificado. Gracias a la cooperación del Espíritu divino, las labores de los hombres humildes a quienes Cristo había escogido conmovieron al mundo. En una generación el evangelio llegó a toda nación que existía bajo el cielo.

Cristo ha encargado al mismo Espíritu que envió en su lugar como instructor de sus colaboradores, para que sea el instructor de sus cola­boradores de la actualidad. “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, es su promesa (La educación, pp. 95, 96).

Al día siguiente los apóstoles fueron llevados ante el concilio. Allí estaban los mismos hombres que habían clamado por la sangre del Justo. Habían oído a Pedro negar a su Señor con juramentos e impre­caciones cuando se le acusó de ser uno de sus discípulos, y esperaban intimidarle de nuevo. Pero Pedro se había convertido, y ahora vio una oportunidad de eliminar la mancha de aquella negación apresurada y cobarde, así como de ensalzar el nombre que había deshonrado. Con santa osadía, y en el poder del Espíritu, les declaró intrépidamente: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edifi­cadores la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

El pueblo se asombró ante la audacia de Pedro y de Juan y cono­ció que habían estado con Jesús; porque su conducta noble e intrépida era como la de Jesús frente a sus enemigos. Jesús, con una mirada de compasión y tristeza, había reprendido a Pedro cuando éste le negaba, y ahora, mientras reconocía valientemente a su Señor, Pedro fue aproba­do y bendecido. En prueba de la aprobación de Jesús, quedó henchido del Espíritu Santo (Primeros escritos, pp. 193, 194).

Lunes 7 de mayo:
Mi campo misionero personal

Andrés trató de impartir el gozo que llenaba su corazón. Yendo en busca de su hermano Simón, exclamó: “Hemos hallado al Mesías”. Simón no se hizo llamar dos veces. Él también había oído la predica­ción de Juan el Bautista, y se apresuró a ir al Salvador. Los ojos de Jesús se posaron sobre él, leyendo su carácter y su historia. Su natura­leza impulsiva, su corazón amante y lleno de simpatía, su ambición y confianza en sí mismo, la historia de su caída, su arrepentimiento, sus labores y su martirio: el Salvador lo leyó todo, y dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás: tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Piedra)”.

“El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halla a Felipe, al cual dijo: Sígueme”. Felipe obedeció al mandato, y en seguida se puso tam­bién a trabajar para Cristo...
Cuando Felipe lo llamó, Natanael se había retirado a un tranquilo huerto para meditar sobre el anuncio de Juan y las profecías concernien­tes al Mesías. Estaba rogando a Dios que si el que había sido anunciado por Juan era el Libertador, se lo diese a conocer...El mensaje: “Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas”, pareció a Natanael una respuesta directa a su oración (El Deseado de todas las gentes, pp. 113, 114).

Con el llamamiento de Juan, Andrés, Simón, Felipe y Natanael, empezó la fundación de la iglesia cristiana. Juan dirigió a dos de sus discípulos a Cristo. Entonces uno de éstos, Andrés, halló a su hermano, y lo llevó al Salvador. Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñamos la importancia del esfuerzo personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y vecinos. Hay quienes durante toda la vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador. Dejan todo el trabajo al predicador. Tal vez él esté bien preparado para su vocación, pero no puede hacer lo que Dios ha dejado para los miembros de la iglesia.

Son muchos los que necesitan el ministerio de corazones cristianos amantes. Muchos han descendido a la mina cuando podrían haber sido salvados si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón (Servicio cristiano, p. 148).

Martes 8 de mayo:
Mi potencial personal

La fortaleza de Moisés radicaba en su relación con la Fuente de todo poder, el Señor Dios de los ejércitos. Moisés se levantó muy por encima de todo atractivo terrenal y confió plenamente en Dios. Consideró que pertenecía al Señor. Mientras tuvo que ver con los inte­reses oficiales del rey de Egipto, estudió constantemente las leyes del gobierno de Dios, y con eso su fe fue creciendo. Esa fe resultó valiosa para él. Estaba profundamente arraigada en el terreno de sus primeras enseñanzas, y la cultura de su vida debía prepararlo para la gran obra de liberar a Israel de la opresión. Meditaba en esas cosas; constantemente prestó oídos a su misión divina. Después de dar muerte al egipcio com­prendió que no había entendido el plan de Dios, y huyó de Egipto para convertirse en pastor de ovejas. Ya no pensaba realizar una gran obra lo que le permitió alcanzar gran humildad; se disipó la bruma que nublaba su mente, y disciplinó su intelecto para buscar su refugio en Dios...

Después de que terminó el tiempo de preparación y prueba de Moisés, y cuando una vez más se le dijo que fuera y liberara a Israel, aún le faltaba confianza propia, era lento para hablar y tímido. Dijo: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” Puso como excusa su torpeza para hablar. Había sido el general de los ejércitos de Egipto, y ciertamente sabía cómo hablar; pero estaba temeroso de introducir el yo en su trabajo (Comentario bíblico adven­tista, tomo 1, pp. 1112, 1113).

Muchos no llegan a ser lo que debieran porque no emplean el poder que hay en ellos. No echan mano, como deberían hacerlo, de la fuerza divina. Muchos se desvían de la actividad en la cual alcanzarían verda­dero éxito. En procura de más honores, o de una tarea más agradable, intentan algo para lo cual no están preparados.

Más de un hombre cuyos talentos se adaptan a una vocación determinada, desea ser profesional; y el que hubiera tenido éxito como agricultor, artesano o enfermero, ocupa inadecuadamente el puesto de pastor, abogado o médico. Hay otros que debieran haber ocupado un puesto de responsabilidad, pero por falta de energía, aplicación o perseverancia, se contentan con un puesto más fácil (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, p. 350).

Miércoles 9 de mayo:
El testimonio de una vida recta

La influencia es un talento que constituye un poder para el bien cuando el fuego sagrado encendido por Dios es llevado a nuestro servi­cio. La influencia de una vida santa se siente en el hogar y fuera de él. La benevolencia práctica, la abnegación y el sacrificio, cuando carac­terizan la vida de un hombre, poseen una influencia para el bien sobre las personas con quienes éste se relaciona (Consejos sobre mayordomía cristiana, pp. 121, 122).

Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revela el amor de Cristo por la influencia incons­ciente y quieta de una vida santa; quienquiera que incita, por palabra o por hechos, a los demás a renunciar al pecado y entregarse a Dios, es un pacificador...

El espíritu de paz es prueba de su relación con el cielo. El dulce sabor de Cristo los envuelve. La fragancia de la vida y belleza del carácter revelan al mundo que son hijos de Dios. Sus semejantes reconocen que han estado con Jesús.

La gracia de Cristo debe ser entretejida con todo aspecto del carác­ter... El diario crecimiento en la vida de Cristo crea en el alma un cielo de paz; en una vida tal continuamente hay fruto...En las vidas de aque­llos que han sido rescatados por la sangre de Cristo, constantemente aparecerá la abnegación. Se verán la bondad y la justicia. La tranquila experiencia interior llenará la vida de bondad, fe, mansedumbre y paciencia. Esta debe ser nuestra experiencia diaria. Debemos formar caracteres libres de pecado, caracteres hechos justos en la gracia de Cristo y por medio de ella (La maravillosa gracia de Dios, p. 320).

El testimonio que debemos dar por Dios no consiste solo en pre­dicar la verdad y distribuir impresos. No olvidemos que el argumento más poderoso en favor del cristianismo es una vida semejante a la de Cristo, mientras que un cristiano vulgar hace más daño en el mundo que un mundano. Todos los libros escritos no remplazarán una vida santa. Los hombres creerán, no lo que diga el predicador, sino lo que viva la iglesia. Demasiado a menudo la influencia del sermón predicado desde el pùlpito queda neutralizada por el que se desprende de las vidas de personas que se dicen defensoras de la verdad.

El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo delante del mundo en su pueblo. Él quiere que los que llevan el nombre de Cristo le repre­senten por el pensamiento, la palabra y la acción. Deben tener pensa­mientos puros y pronunciar palabras nobles y animadoras, capaces de atraer al Salvador a las personas que los rodean. La religión de Cristo debe estar entretejida en todo lo que dicen y hacen. En todos sus nego­cios, debe desprenderse el perfume de la presencia de Dios (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 289, 290).

El carácter es poder. El testimonio silencioso de una vida sincera, abnegada y piadosa, tiene una influencia casi irresistible. Al revelar en nuestra propia vida el carácter de Cristo, cooperamos con él en la obra de salvar almas. Solamente revelando en nuestra vida su carácter, podemos cooperar con él.

Y cuanto más amplia es la esfera de nuestra influencia, mayor bien podemos hacer. Cuando los que profesan servir a Dios sigan el ejemplo de Cristo practicando los principios de la ley en su vida diaria; cuando cada acto dé testimonio de que aman a Dios más que todas las cosas y a su prójimo como a sí mismos, entonces la iglesia tendrá poder para conmover al mundo...

No sabemos qué resultados traerá un día, una hora o un momento, y nunca debiéramos comenzar el día sin encomendar nuestros caminos a nuestro Padre celestial... Cuando inconscientemente estamos en peligro de ejercer una mala influencia, los ángeles estarán a nuestro lado, indu­ciéndonos a un mejor proceder, escogiendo las palabras por nosotros, e influyendo en nuestras acciones. En esta forma, nuestra influencia puede llegar a ser un gran poder, aunque silencioso e inconsciente, para llevar a otros a Cristo y al mundo celestial (Reflejemos a Jesús, p. 290).

Jueves 10 de mayo:
Mi contribución al conjunto

“Uno es el que siembra y otro es el que siega”. El Salvador dijo estas palabras antes de la ordenación y envío de sus discípulos. Por toda Judea, Cristo había estado sembrando las semillas de verdad. Clara y distintamente, había bosquejado el plan de salvación; porque la verdad no languidecía nunca en sus labios. La obra terrena del gran Maestro iba a acabar pronto. Los discípulos habían de seguir después, segando donde él había sembrado, para que el Sembrador y los segadores se regocijasen juntos.

Hoy día, en el gran campo de la mies, Dios necesita sembradores y segadores. Recuerden los que salen a trabajar, algunos para sembrar y otros para segar, que nunca han de atribuirse la gloria y el éxito de su obra. Los agentes de Dios han estado antes que ellos preparando el camino para la siembra de la simiente y la siega de la mies. “Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis —dijo Cristo— otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores”...

Los que siembran la semilla, presentando ante congregaciones grandes y pequeñas la verdad decisiva para este tiempo, a costa de mucho trabajo, no recogen tal vez siempre la mies. Muchas veces los obreros del Señor encuentran acerba oposición, y su obra es estorbada. Ellos hacen lo mejor que pueden; con esfuerzo ferviente y esmerado, siembran la buena simiente. Pero el elemento de oposición se vuelve más y más violento. Algunos de los oyentes pueden estar convencidos de la verdad, pero quedan intimidados por la oposición manifestada, y no tienen el valor de reconocer sus convicciones...

Dios necesita hombres y mujeres prudentes que quieran trabajar ardorosamente para hacer la obra a ellos confiada. Los empleará como instrumentos suyos en la conversión de las almas. Algunos sembrarán, y algunos segarán la mies de la semilla sembrada. Haga cada uno lo mejor que pueda para aprovechar sus talentos, a fin de ser sembrador o segador (Obreros evangélicos, pp. 425, 426).

Hemos de trabajar individualmente como si una gran responsabili­dad descansara sobre nosotros. Hemos de manifestar energía incansa­ble, tacto y fervor en esta obra, y llevar la carga, conscientes del peligro en que están nuestros vecinos y amigos. Debemos obrar como Cristo obró. Debemos presentar la verdad tal cual es en Jesús, para que la sangre de las almas no sea hallada en nuestras vestiduras. Y, al mismo tiempo, hemos de sentir plena dependencia de Dios y confianza en él, pues sabemos que no podemos hacer nada sin su gracia y poder ayuda­dor. Un Pablo puede plantar y un Apolos regar, pero solo Dios puede dar el crecimiento (La maravillosa gracia de Dios, p. 332).