II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 4
28 de Abril de 2012

La evangelización y la testificación como estilos de vida

Sábado 21 de abril

La gran lección que Cristo enseñó con su vida y ejemplo fue la unidad y el amor que debe existir entre hermanos. Es la señal del dis­cipulado y las credenciales divinas que el cristiano presenta al mundo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). El amor a Dios y al prójimo debe ser un principio escrito en el alma, porque no hay otra forma en que el cristiano llegue a ser participante de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscen­cia (Review and Herald, 12 de agosto, 1884).

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34).

Estas palabras no son de hombre, sino de nuestro Redentor. ¡Y qué importante es que cumplamos la instrucción que nos ha dado! Nada puede debilitar tanto la influencia de la iglesia como la falta de amor. Cristo dice: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mateo 10:16). Si hemos de enfrentar la oposición de nuestros enemigos, representados por lobos, tengamos cuidado de no manifestar el mismo espíritu entre nosotros.

El enemigo sabe muy bien que si no tenemos amor mutuo, puede alcanzar su objetivo, y herir y debilitar la iglesia, al provocar diferencias entre los hermanos. Los puede inducir4 a sospechar el mal, a hablar del mal, a acusar, condenar, y aborrecerse. De esta manera se deshonra la causa de Dios, se arroja baldón sobre el nombre de Cristo, y se le hace un daño indecible a las almas de los hombres (Cada día con Dios, p. 165).

 

Domingo 22 de abril:
Sermones silenciosos

Cuando los hijos de Dios le aman con todo su corazón, también amarán a sus hermanos y demostrarán que están tratando de alcanzar el premio a la soberana vocación en Cristo Jesús. Con sus ojos fijos en las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, se sentirán miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Se regocijarán juntos de que están camino al hogar, y reflejarán luz y bendición unos sobre otros porque mantendrán sus pasos junto a Cristo, la Luz del mundo. Cuando exista esta relación, los hermanos de los diferentes puntos car­dinales estarán unidos por los santos lazos de la comunión cristiana. Se respetarán y amarán unos a otros porque todos son miembros del mismo pueblo peculiar, y comprenderán que Cristo ama a todos por igual.

Entristece el corazón de Jesús cuando sus hijos no se respetan entre ellos. Él dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Debemos cultivar ese amor y unidad entre las diferentes congregaciones para que se formen lazos de unión y tierna simpatía. Si moramos en Cristo y él mora en nosotros, todos los hermanos seremos de un corazón y un alma (Review and Herald, 30 de septiembre, 1890).

Había quienes acusaban a Pablo de haberse alabado al escribir su carta anterior. El apóstol se refirió ahora a esto preguntando a los miem­bros de la iglesia si juzgaban así sus motivos. “¿Comenzamos otra vez a alabamos a nosotros mismos? —preguntó— ¿o tenemos necesidad, como algunos, de letras de recomendación para vosotros, o de recomen­dación de vosotros?” Los creyentes que se trasladaban a un lugar nuevo llevaban a menudo consigo cartas de recomendación de la iglesia con la cual habían estado unidos anteriormente; pero los obreros dirigentes, los fundadores de esas iglesias, no necesitaban tal recomendación. Los creyentes corintios, que habían sido guiados del culto de los ídolos a la fe del evangelio, eran toda la recomendación que Pablo necesitaba. Su recepción de la verdad, y la reforma que se había operado en sus vidas, atestiguaban elocuentemente la fidelidad de sus labores y su autoridad para aconsejar, reprender y exhortar como ministro de Cristo.

Pablo consideraba a los hermanos corintios como su recomen­dación. “Nuestras letras sois vosotros —dijo— escritas en nuestros corazones, sabidas y leídas de todos los hombres; siendo manifiesto que sois letra de Cristo administrada de nosotros, escrita no con tinta, mas con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.

La conversión de los pecadores y su santificación por la verdad es la prueba más poderosa que un ministro puede tener de que Dios le ha llamado al ministerio. La evidencia de su apostolado está escrita en los corazones de sus conversos y atestiguada por sus vidas renovadas. Cristo se forma en ellos como la esperanza de gloria. Un ministro es fortalecido grandemente por estas pruebas de su ministerio (Los hechos de los apóstoles, pp. 263, 264).

 

Lunes 23 de abril:
Tuvieron compasión de la gente

Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, “tuvo compasión de ellas; porque estaban derramadas y espar­cidas como ovejas que no tienen pastor”. Cristo vio la enfermedad, la tristeza, la necesidad y degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. Le fueron presentadas las necesidades y desgracias de la humanidad de todo el mundo. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más degradados, veía almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había venido a traer; almas que necesitaban solamente un conocimiento de su gracia para llegar a ser súbditos de su reino. “Entonces dice a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:36-38).

Hoy existe la misma necesidad. Hacen falta en el mundo obreros que trabajen como Cristo trabajó para los dolientes y pecaminosos. Hay, a la verdad, una multitud que alcanzar. El mundo está lleno de enfermedad, sufrimiento, angustia y pecado. Está lleno de personas que necesitan que se las atienda: los débiles, impotentes, ignorantes, degra­dados (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 492).

El compasivo Salvador, que era conmovido por las enfermedades de aquellos que se acercaban a él, vio que existía una necesidad mayor que el sufrimiento corporal; vio síntomas de una enfermedad más profunda. La aflicción externa es el resultado de un corazón enfermo; es la causa que produce tal efecto. Y el gran Médico vino a esta tierra para restaurar las almas enfermas. Aunque los sufrimientos del cuerpo lo conmovían, eran las necesidades del alma que despertaban su mayor compasión. Por eso, después de restaurar sus necesidades físicas, ministraba sus almas. Muchos, entre la multitud, no olvidaron jamás las experiencias de ese día. Mientras eran alimentados y sanados de sus enfermedades físicas, sus sentidos dormidos fueron despertados, sintie­ron su necesidad espiritual y comenzaron a vivir una nueva vida. Así debe ser con aquellos que trabajamos ahora por la sufriente humanidad: mientras les ayudamos con sus necesidades físicas, debemos mostrarles que sus corazones deben ser limpiados de toda iniquidad.

La compasión que Cristo mostró hacia las multitudes no era extra­ña a su persona, puesto que ese amor y compasión mora en el corazón del Padre. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Fue su compasión la que lo llevó a Cristo a dejar el cielo y vestir su divinidad con humanidad. Fue la misma compasión la que lo llevó a manifestar tal simpatía y ternura pol­los seres humanos en su condición caída.

Hoy también hay multitudes que deben ser alcanzadas. El mundo está lleno de sufrimiento, miseria y enfermedad de todo tipo que requie­re de nuestra simpatía más profunda; una simpatía que debe manifes­tarse en todo tiempo y lugar. Dios podría haber enviado ángeles para realizar esa tarea, pero no lo hizo. La humanidad debe trabajar por la humanidad, y la iglesia es el instrumento que él desea usar (Signs of the Times, 25 de agosto, 1898).

 

 

Martes 24 de abril:
Caminar en sus sandalias

[Se cita 1 Corintios 9:19-22]. Pablo no se dirigía a los judíos de un nodo que despertase sus prejuicios. No les decía primero que debían creer en Jesús de Nazaret; sino que se espaciaba en las profecías que rabiaban de Cristo, de su misión y obra. Paso a paso llevaba a sus oyentes hacia adelante, y les demostraba la importancia de honrar la ley de Dios. Rendía el debido honor a la ley ceremonial, demostrando que Cristo era quien había instituido la dispensación judaica y el servicio de sacrificios. Luego los traía hasta el primer advenimiento del Redentor, y les demostraba que en la vida y muerte de Cristo se habla cumplido toda especificación del servicio de sacrificios.

Al hablar a los gentiles, Pablo ensalzaba a Cristo, presentándoles luego las imposiciones vigentes de la ley. Demostraba cómo la luz reflejada por la cruz del Calvario daba significado y gloria, a toda la dispensación judaica.

Así variaba el apóstol su manera de trabajar, y adaptaba el men­saje a las circunstancias en que se veía colocado. Después de trabajar pacientemente, obtenía gran éxito; aunque eran muchos los que no que­rían ser convencidos. Algunos hay hoy día que no serán convencidos por ningún método de presentar la verdad; y el que trabaja para Dios debe estudiar cuidadosamente los mejores métodos, a fin de no des­pertar prejuicios ni espíritu combativo. En esto han fracasado algunos. Siguiendo sus inclinaciones naturales, cerraron puertas por las cuales podrían, con un diferente método de obrar, haber hallado acceso a cier­tos corazones, y por éstos a otros (Obreros evangélicos, pp. 124, 125).

Cristo atraía hacia sí los corazones de sus oyentes por la manifesta­ción de su amor, y luego, poco a poco, a medida que iban siendo capa­ces de comprenderlas, desplegaba ante ellos las grandes verdades del reino. También nosotros debemos aprender a adaptar nuestras labores a la condición de la gente: a encontrar a los hombres donde están. Aunque las exigencias de la ley de Dios han de ser presentadas al mundo, no debemos nunca olvidar que el amor —el amor de Cristo— es el único poder que puede enternecer el corazón e inducirlo a la obediencia.

Todas las grandes verdades de las Escrituras se centralizan en Cristo; debidamente comprendidas todas conducen a él. Preséntese a Cristo como el alfa y la omega, el principio y el fin del gran plan de redención. Presentad a la gente temas tales que fortalezcan su confianza en Dios y en su Palabra y la induzcan a investigar sus enseñanzas por sí misma. Y a medida que los hombres avancen paso a paso en el estudio de la Biblia, estarán mejor preparados para apreciar la hermosura y la armonía de estas preciosas verdades (El evangelismo, p. 364).

Todos deberían reflexionar detenidamente para decidir en qué forma podrían ser más útiles y convertirse en una bendición para los que los rodean.

Todos los que profesan ser hijos de Dios deben tener en mente el hecho de que son misioneros cuando trabajan con toda clase de menta­lidades. Habrá hombres que serán falsos en su trato con sus semejantes; hallaréis al aristócrata, el vano, el orgulloso, el frívolo, el independien­te, el quejoso, el indiferente, el abatido, el fanático, el egoísta, el tímido; y los sensibles, los de mente elevada, los corteses, los disipados, los descorteses y los superficiales...

No es posible tratar de igual manera a todos esos espíritus. Sin embargo, todos ellos, sean ricos o pobres, encumbrados o humildes, subordinados o independientes, necesitan bondad, simpatía, verdad y amor. Mediante el contacto mutuo nuestras mentes deben pulirse y refinarse. Dependemos el uno del otro, y estamos ligados con los vínculos1 de la fraternidad humana.

Mediante las relaciones sociales es como el cristianismo se trans­mite al mundo. Cada hombre y mujer que ha gustado el amor de Cristo y ha recibido divina iluminación en su corazón, tiene la obligación ante Dios de iluminar el sendero de los que no conocen el camino mejor (Meditaciones matinales 1952, p. 195).

 

Miércoles 25 de abril:
Un estilo de vida hospitalario

El primer misionero que Jesús envió a la región de Decápolis fue el hombre de quien había expulsado una legión de demonios. El hombre le rogó que le permitiera acompañarlo constantemente. “Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19). Este hombre llevaba en su propia persona la evidencia de que Jesús era el verdadero Mesías, y al relatar su propia experiencia y contar las grandes cosas que Dios había hecho por él, preparó el camino para el mensaje de verdad como si hubiera venido de los mismos labios de Cristo.

Todos nosotros tenemos una importante tarea que hacer para Dios al dar a conocer a Jesús a los que no lo conocen. Y las oportunidades de hacerlo no faltarán si la gracia de Cristo nos ha preparado para ser obreros juntamente con Dios. El ejemplo de una vida escondida en Cristo y de una mente que es controlada por la mente de Cristo, dará un testimonio mucho más impresionante que las palabras que se expresen o la profesión de fe que se haga (Signs of the Times, 12 de octubre, 1891).

El ejemplo de Cristo, al vincularse con los intereses de la humani­dad, debe ser seguido por todos los que predican su Palabra y por todos los que han recibido el evangelio de su gracia. No hemos de renunciar a la comunión social. No debemos apartarnos de los demás. A fin de alcanzar a todas las clases, debemos tratarlas donde se encuentren. Rara vez nos buscarán por su propia iniciativa. No solo desde el púlpito han de ser los corazones humanos conmovidos por la verdad divina. Hay otro campo de trabajo, más humilde tal vez, pero tan plenamente promisorio. Se halla en el hogar de los humildes y en la mansión de los encumbrados; junto a la mesa hospitalaria, y en las reuniones de inocente placer social.

Como discípulos de Cristo, no nos mezclaremos con el mundo simplemente por amor al placer, o para participar de sus locuras. Un trato tal no puede sino traer perjuicios. Nunca debemos sancionar el pecado por nuestras palabras o nuestros hechos, nuestro silencio o nuestra presencia. Dondequiera que vayamos, debemos llevar a Jesús con nosotros, y revelar a otros cuan precioso es nuestro Salvador. Pero los que procuran conservar su religión ocultándola entre paredes pier­den preciosas oportunidades de hacer el bien. Mediante las relaciones sociales, el cristianismo se pone en contacto con el mundo. Todo aquel que ha recibido la iluminación divina, debe alumbrar la senda aquellos que no conocen la luz de la vida.

Todos debemos llegar a ser testigos de Jesús. El poder social, san­tificado por la gracia de Cristo debe ser aprovechado para ganar almas para el Salvador. Vea el mundo que no estamos egoístamente absortos en nuestros propios intereses, sino que deseamos que otros participen de nuestras bendiciones y privilegios. Dejémosle ver que nuestra religión no nos hace faltos de simpatía ni exigentes. Sirvan como Cristo sirvió, para beneficio de los hombres, todos aquellos que profesan haberle hallado (Mensajes para los jóvenes, pp. 401, 402).

 

Jueves 26 de abril:
Amplía tu círculo de amistad

No es la voluntad de Dios que nos aislemos del mundo. Pero mien­tras estemos en el mundo debemos santificarnos a Dios. No debemos copiar al mundo. Debemos vivir en el mundo como una influencia correctora, como la sal que retiene su sabor. Entre una generación impía, impura e idólatra debemos ser puros y santos y demostrar que la gracia de Cristo tiene poder para restaurar en el ser humano la seme­janza divina. Debemos ejercer una influencia salvadora para el mundo.
“Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4). El mundo se ha convertido en un lazareto de pecado, en una corrupción en masa. No conoce a los hijos de Dios porque no le cono­ce a él. No debemos practicar sus métodos ni seguir sus costumbres. Debemos resistir continuamente los principios relajados. Cristo dijo a sus seguidores: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16) (Consejos sobre la salud, pp. 593, 594).

Cristo, el gran Maestro, fue acusado de comer con los publícanos y pecadores. Es verdad; comía con ellos, pero su propósito era hacer brillar la verdad. Su ejemplo, elevado, noble y puro, estaba en marcado contraste con el de los sacerdotes, fariseos y gobernantes de su tiempo, quienes despreciaban a los que debían haber servido.

Cristo se encontraba con las personas donde ellas estaban: en sus mesas, en la calle, junto al lago, en las sinagogas, en el templo o en los ocupados lugares de tránsito. Era allí donde las multitudes podían admitir que era pecadores necesitados de la simiente de la verdad. Esa semilla, así sembrada por todas partes, dio su fruto cuando los apóstoles comenzaron a predicar, y se convirtieron hasta cinco mil almas en un día (Manuscript Releases, tomo 16, pp. 6, 7).

La separación del mundo, en obediencia a la orden divina, ¿nos inhabilitará para la obra que el Señor nos ha dejado? ¿Nos estorbará de hacer el bien en nuestro derredor? No. Cuanto más firme sea nues­tro asidero en el cielo, tanto mayor será nuestro poder para ser útiles. Debemos estudiar el Modelo, para que el espíritu que habitó en Cristo pueda morar en nosotros. Al Salvador no se lo halló entre los eminentes y honorables del mundo. No empleó su tiempo entre los que buscaban su propia comodidad y deleite. Trabajó para ayudar a los que necesita­ban ayuda, para salvar a los perdidos y a los que perecían, para levantar a los caídos, para romper el yugo de opresión de los que estaban en cautiverio, para sanar a los afligidos y hablar palabras de simpatía y consolación a los angustiados y tristes. Se nos pide que sigamos este ejemplo. Cuanto más participemos del espíritu de Cristo, tanto más buscaremos hacer por nuestros semejantes. Bendeciremos al necesitado y confortaremos al afligido. Llenos de amor por las almas que perecen, nos deleitaremos en seguir las pisadas de la Majestad de los cielos (En lugares celestiales, p. 312).