II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 3
21 de Abril de 2012

Dones espirituales para evangelizar y testificar

Sábado 14 de abril

Este es nuestro día de prueba. Cada persona ha recibido un don o talento peculiar para que lo use con el fin de adelantar el reino del Redentor. Todos los agentes responsables de Dios, desde el más humil­de y más oscuro hasta los que ocupan puestos elevados en la iglesia, han recibido en fideicomiso los bienes de Dios. El ministro no es el único que puede trabajar por la salvación de las almas. Los que tienen los dones más pequeños no están excusados de usar sus mejores cualidades y, al hacerlo, sus talentos se aumentarán. No es cosa segura frivolizar con las responsabilidades morales ni menospreciar el día de las cosas pequeñas. La providencia de Dios proporciona sus legados de acuerdo a variadas capacidades de las personas. Nadie debería lamentarse porque no puede glorificar a Dios con talentos que jamás ha poseído y de los cuales no es responsable (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 612).

 

Domingo 15 de abril:
Creyentes dotados

Así como el plan de la redención comienza y termina con un don, así debe ser llevado a cabo. El mismo espíritu de sacrificio que compró la salvación para nosotros, morará en el corazón de aquellos que lleguen a participar del don celestial. Dice el apóstol Pedro: “Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros, como buenos dispensadores de las diferentes gracias de Dios”. Dijo Jesús a sus discípulos al enviarlos: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. En aquel que simpatice plenamente con Cristo, no habrá egoísmo ni exclusivismo. El que beba del agua viva hallará que “será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. El Espíritu de Cristo es en él como un manantial que brota en el desierto y fluye para refrigerar a todos, y hacer que los que están por perecer deseen beber del agua de la vida. Fue el mismo espíritu de amor y abnegación que había en Cristo el que impulsó al apóstol Pablo en sus múltiples labo­res. “A griegos y bárbaros, a sabios y a no sabios —dijo— soy deudor”. “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo” (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 326, 327).

Los talentos que Cristo confía a su iglesia representan especial­mente las bendiciones y los dones impartidos por el Espíritu Santo.

“A éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu, a otro, fe por el mismo Espíritu, y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros, y a otro, profecía, y a otro, discreción de espíritus; y a otro, género de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere” (1 Corintios 12:8-11). Todos los hombres no reciben los mismos dones, pero se promete algún don del Espíritu a cada siervo del Maestro (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 262, 263).

En todas las disposiciones del Señor, no hay nada más hermoso que su plan de dar a los hombres y mujeres una diversidad de dones. La iglesia es un jardín, adornado con una variedad de árboles, plantas y flores. El no espera que el hisopo asuma las proporciones de un cedro, ni que el olivo alcance la altura de la palmera majestuosa. Muchos han recibido solamente una educación religiosa e intelectual limitada, pero Dios tiene una obra para esta clase de personas, si ellas trabajan con humildad, confiando en él (El evangelismo, p. 77).

Un obrero puede ser un orador efectivo; otro, un escritor prepa­rado; hay quien puede tener el don de la oración sincera, diligente y ferviente; o el don del canto; otro, una facultad especial para explicar la Palabra de Dios con claridad. Sin embargo cada don debe convertirse en un poder para Dios, porque él obra junto con sus servidores. A uno le da palabra de sabiduría, a otro conocimiento, a otro fe; pero todos deben trabajar bajo la misma cabeza. La diversidad de dones lleva a una diversidad de operaciones, pero “Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Corintios 12:6) (Recibiréis poder, p. 196).

 

Lunes 16 de abril:
El Espíritu y sus dones

Dios no nos pide que hagamos con nuestra fuerza la obra que nos espera. Él ha provisto ayuda divina para todas las emergencias a las cuales no puedan hacer frente nuestros recursos humanos. Da el Espíritu Santo para ayudarnos en toda dificultad, para fortalecer nuestra esperanza y seguridad, para iluminar nuestra mente y purificar nuestro corazón.

Precisamente antes de su crucifixión, el Salvador dijo a sus discí­pulos: “No os dejaré huérfanos”. “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. “Cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir”. “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Juan 14:18,16; 16:13; 14:26)...

Cristo declaró que la influencia divina del Espíritu había de acom­pañar a sus discípulos hasta el fin. Pero la promesa no es apreciada como debiera serlo; por lo tanto, su cumplimiento no se ve como debiera verse. La promesa del Espíritu es algo en lo cual se piensa poco; y el resultado es tan solo lo que podría esperarse: sequía, tinieblas, deca­dencia y muerte espirituales. Los asuntos de menor importancia ocupan la atención y, aunque es ofrecido en su infinita plenitud, falta el poder divino que es necesario para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia y que traería todas las otras bendiciones en su estela.

La ausencia del Espíritu es lo que hace tan impotente el ministe­rio evangélico. Puede poseerse saber, talento, elocuencia, y todo don natural o adquirido; pero, sin la presencia del Espíritu de Dios, ningún corazón se conmoverá, ningún pecador será ganado para Cristo. Por otro lado, si sus discípulos más pobres y más ignorantes están vincu­lados con Cristo, y tienen los dones del Espíritu, tendrán un poder que se hará sentir sobre los corazones. Dios hará de ellos conductos para el derramamiento de la influencia más sublime del universo.

¿Por qué no tener hambre y sed del don del Espíritu, puesto que es el medio por el cual hemos de recibir poder? ¿Por qué no hablamos de él, oramos por él, y predicamos acerca de él? El Señor está más dis­puesto a damos el Espíritu Santo que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos. Todo obrero debiera solicitar a Dios el bautismo del Espíritu. Debieran reunirse grupos para pedir ayuda especial, sabiduría celestial, a fin de saber cómo hacer planes y ejecutarlos sabiamente. Debieran los hombres pedir especialmente a Dios que otorgue a sus misioneros el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu con los obreros de Dios dará a la presen­tación de la verdad un poder que no podrían darle todos los honores o la gloría del mundo. El Espíritu provee la fuerza que sostiene en toda emergencia a las almas que luchan, en medio de la frialdad de sus parientes, el odio del mundo y la comprensión de sus propias imperfec­ciones y equivocaciones (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 210-212).

 

Martes 17 de abril:
Descubrir nuestros dones

Cada obrero de la viña del Señor debe estar santificado en su mente y corazón por la verdad, para poder ver no solo la parte de la obra en la que se ocupa sino también cuál es su relación con el gran todo. Cuando los obreros son consagrados a Dios, revelan el amor de Dios por sus hermanos que trabajan a las órdenes del Maestro invisible. “Somos colaboradores de Dios” (1 Corintios 3:9) (A fin de conocerle, p. 325).

Cuando las almas se convierten a la verdad, debieran ser inme­diatamente instruidas en cuanto a lo que Cristo espera de ellas: un servicio viviente y fervoroso. Las invita a colaborar juntamente con él en su viña. Y aunque sus esfuerzos parezcan débiles y su obra imperfecta, deben continuar con paciencia y amor, sabiendo que si son mansos y humildes de corazón, el Señor transformará sus aparen­tes derrotas en victoria. Cada alma nacida del Espíritu de Dios debe crecer en Cristo, la Cabeza viviente. Bajo su enseñanza todos llegarán a ser eruditos en el arte de cooperar con las agencias celestiales para atraer almas a Cristo.

Sin embargo, en lugar de hacer el trabajo que se les ha asigna­do, muchos están ociosos mientras pasan los momentos de prueba. Satanás ha llenado con preocupaciones las manos de los obreros que trabajan juntamente con Dios, y esos asuntos han hecho languidecer la causa de Cristo. La instrucción de Pablo a los efesios se aplica a noso­tros y sus exhortaciones debieran ser escuchadas: “Yo pues, preso en el Señor, os mego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz... Pero a cada uno de noso­tros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo... Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evange­listas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:1-13).

De estas palabras inspiradas que hemos citado se desprende que se necesitan muchos obreros para perfeccionar a los santos; y esos obreros están faltando. Nadie ha entrado en esa tarea de educar a los miembros para que desarrollen sus deberes personales a fin de que cada uno pueda trabajar para el Maestro de acuerdo a la habilidad que le ha sido dada por Dios. Si no se desprecia esta instrucción inspirada, la iglesia trabajará en orden, bien disciplinada y organizada, y alcanzará la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su cre­cimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:14-16) (The Home Missionary, 1º de septiembre, 1892).`

Miércoles 18 de abril:
Otros dones

“Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

Los que Dios escoge para que sean sus obreros no son siempre los más talentosos en la estima del mundo. A veces elige hombre analfabe­tos. Estos obreros tienen una obra especial que hacer. Alcanzan a una clase de gente a la cual ningún otro podría tener acceso. Los que traba­jan en forma modesta serán recompensados con la misma alabanza que recibirán aquellos que, de acuerdo a las apariencias exteriores, ejercen una influencia más amplia. Cada obrero será recompensado de acuerdo con el espíritu que lo impulsó a la acción.

Estos obreros abren sus corazones para recibir la verdad y son hechos sabios en Cristo y mediante él. Sus vidas inhalan y exhalan la fragancia de la piedad. Consideran cuidadosamente sus palabras antes de hablar. Sus acciones corresponden a las de su Conductor. Se esfuer­zan por promover el bienestar de sus prójimos. Llevan alivio y felicidad a los tristes y angustiados. Sienten la necesidad de permanecer constan­temente bajo la educación de Cristo, a fin de poder obrar en armonía con la voluntad de Dios (Alza tus ojos, p. 184).

Todos los favores y las bendiciones de que disfrutamos proceden solamente de él; somos mayordomos de su gracia y de sus dones tempo­rales; el talento más pequeño y el servicio más humilde pueden ofrecer­se a Jesús como dones consagrados, y él los presentará al Padre con la fragancia de sus propios méritos. Si presentamos lo mejor que tenemos con toda sinceridad y con amor a Dios, con el anhelo ferviente de servir a Jesús, el don será aceptado plenamente. Cada uno puede hacerse teso­ros en los cielos. Todos pueden ser “ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:18, 19) (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 167).

Dios otorga sus dones según le agrada. Concede un don a una persona, y otro don a otra, pero todos son para el beneficio de todo el cuerpo. Está de acuerdo con el designio de Dios que unos sirvan en un ramo de trabajo y otros en otros ramos, sirviendo todos bajo el mismo Espíritu. El reconocimiento de este plan será una salvaguardia contra la emulación, el orgullo, la envidia o el desprecio recíproco. Fortalecerá la unidad y el amor mutuo (Consejos para los maestros, p. 298).

El que había recibido el menor don fue el que dejó su talento sin aprovechar. Aquí se da una amonestación a todos los que sienten que la pequeñez de sus dones los excusa de presentar servicio a Cristo. Si pudieran hacer algo grande, cuán gozosamente lo emprenderían; pero debido a que solo pueden servir en cosas pequeñas, creen que están justificados por no hacer nada. En esto se equivocan. El Señor está pro­bando el carácter en la manera en que distribuye los talentos. El hombre que deja de aprovechar su talento demuestra que es un siervo infiel. Si hubiera recibido cinco talentos, los habría enterrado lo mismo como enterró el único que recibió. El descuido de un solo talento mostró que despreciaba los dones del cielo (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 290).

Por pequeño que sea vuestro talento, Dios tiene un lugar para él. Ese solo talento, sabiamente usado, realizará la obra que le fue asigna­da. Mediante la fidelidad en los pequeños deberes, debemos trabajar según el plan de adición, y Dios obrará en nuestro favor según el plan de multiplicación. Estas cosas pequeñas llegarán a ser las más preciosas influencias en su obra (La fe por la cual vivo, p. 165).

 

Jueves 19 de abril:
Los dones y la responsabilidad cristiana

La vid tiene muchos pámpanos, y aunque todos son diferentes, no pelean entre ellos; todos reciben su nutrición de la misma fuente y hay unidad en la diversidad. Esta es una ilustración de la clase de unidad que debe existir entre los seguidores de Cristo. Todos tienen diferentes líneas de trabajo, pero todos son guiados por el mismo Espíritu y diri­gidos por la misma Cabeza, y por eso trabajan en armoniosa acción. Ninguno actúa como si fuera completo por sí solo.

Dios utilizará a los que tengan voluntad de ser usados de la manera asignada, sabiendo que la iglesia es el cuerpo de Cristo y que no debie­ran existir divisiones. Dios llama a cada uno a unirse con sus hermanos en usar los talentos y oportunidades que mejor promuevan su gloria y el avance de su reino. Se avergüenza si los miembros de su cuerpo luchan unos contra otros.

Un creyente no se perfecciona más ni gana más influencia por hacer el trabajo de otro, sino por hacer su trabajo fielmente como parte de todo el cuerpo. Su fidelidad, simpatía y fe se mostrarán al actuar al unísono con sus hermanos. El que quiera caminar y trabajar solo, aun­que ahora esté en una posición elevada y de gran influencia, se encon­trará muy pronto en una situación despreciable (Manuscript Releases, tomo 21, pp. 276, 277).

Dios se puso en contacto con los devotos profetas y maestros de la iglesia de Antioquía. “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”. Estos apóstoles fueron dedicados a Dios entonces con la mayor solemnidad, con ayuno y oración, y con la imposición de manos, y fueron enviados a su campo de labor entre los gentiles.

Tanto Pablo como Bernabé habían estado trabajando como ministros de Cristo, y el Señor había bendecido abundantemente sus esfuerzos, pero ninguno de ellos había sido ordenado formalmente para el ministerio evangélico por medio de la oración y la imposición de manos. Fueron autorizados entonces por la iglesia no solamente para enseñar la verdad sino para bautizar y organizar iglesias, investi­dos, pues, de plena autoridad eclesiástica. Este fue un acontecimiento importante para la iglesia. Aunque la pared medianera que separaba a los judíos de los gentiles había sido derribada por la muerte de Cristo, permitiendo que éstos gozaran plenamente de los privilegios del evangelio, todavía no había caído la venda que cubría los ojos de muchos de los creyentes judíos, y aun no podían distinguir con clari­dad la caducidad de lo que había sido abolido por el Hijo de Dios. La obra debía proseguir entonces con vigor entre los gentiles, y debía dar como resultado el fortalecimiento de la iglesia para una gran afluencia de almas.

Los apóstoles, al desempeñar esta tarea especial, iban a quedar expuestos a la sospecha, el prejuicio y los celos. Como consecuencia natural de su apartamiento del exclusivismo judío, su doctrina y sus opiniones podían ser tildadas de herejía, y sus credenciales de minis­tros del evangelio serían puestas en tela de juicio por muchos celosos creyentes judíos. Dios previo todas las dificultades que iban a enfrentar sus siervos, y en su sabia providencia permitió que fueran investidos de autoridad incuestionable por parte de la iglesia establecida de Dios, para que su obra estuviera por encima de toda discusión (La historia de la redención, pp. 317, 318).