II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 2
14 de Abril de 2012

Cada miembro, un ministro

Sábado 7 de abril

Hay abundante espacio para que todos trabajen en armoniosa diver­sidad. La obra no depende del juicio de un solo hombre. Los principios bíblicos deben ser respetados porque son principios educadores para todas las épocas; principios dados por Dios en una variedad de formas y mediante diferentes agentes.

Todos deben luchar por obtener el perfume del carácter de Cristo a fin de hacer su parte en la obra mundial que Dios ha designado para ellos. Agradezcamos a Dios que nuestros caracteres no deben ser mol­deados a la semejanza de otro ser humano sino conforme al ideal de Dios. Que nuestros obreros crezcan en su experiencia religiosa siguien­do el molde del Espíritu Santo, y que nadie se sienta en libertad de desmerecer el trabajo de otro porque no lo haga de acuerdo a lo que él piensa que debe hacerse. David no podía llevar la armadura de Saúl; se desprendió de ella, tomó su honda y sus piedras que conocía perfecta­mente como usar, y derrotó al filisteo que desafiaba a Israel.

No se le da a todos el mismo trabajo para hacer. “Y él mismo cons­tituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Aquí se revela clara­mente que los santos deben ser entrenados para desarrollar sus diferentes dones, y que la gracia de Cristo se revelará para traer unidad, amor y acción armoniosa, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edifi­cándose en amor (Efesios 4:11-16) (Manuscript Releases, tomo 18, pp. 4, 5).

Domingo 8 de abril:
El ministerio de cada miembro

La abnegada labor de los cristianos del pasado debería ser para nosotros una lección objetiva y una inspiración. Los miembros de la iglesia de Dios deben ser celosos de buenas obras, renunciar a las ambiciones mundanales, y caminar en los pasos de Aquel que anduvo haciendo bienes. Con corazones llenos de simpatía y con pasión, han de ministrar a los que necesitan ayuda, y comunicar a los pecadores el conocimiento del amor del Salvador. Semejante trabajo requiere empe­ñoso esfuerzo, pero produce una rica recompensa. Los que se dedican a él con sinceridad de propósito verán almas ganadas al Salvador; porque la influencia que acompaña al cumplimiento práctico de la comisión divina es irresistible.

Tampoco recae únicamente sobre el pastor ordenado la responsabi­lidad de salir a realizar la comisión evangélica. Todo el que ha recibido a Cristo está llamado a trabajar por la salvación de sus prójimos. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven” (Apocalipsis 22:17). A toda la iglesia incumbe el deber de dar esta invitación. Todo el que la ha oído ha de hacer repercutir este mensaje por valles y mon­tes: “Ven”.

Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas depende solamente del ministerio. El humilde y consagrado creyente a quien el Señor de la viña le ha dado preocupación por las almas, debe ser animado por los hombres a quienes Dios ha confiado mayores respon­sabilidades. Los dirigentes de la iglesia de Dios han de comprender que la comisión del Salvador se da a todo el que cree en su nombre. Dios enviará a su viña a muchos que no han sido dedicados al ministerio por la imposición de las manos.
Cientos, sí, miles que han oído el mensaje de salvación, están todavía ociosos en la plaza, cuando podrían estar empleados en algún ramo de servicio activo. A los tales Cristo les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?” y añade: “Id también vosotros a mi viña” (Mateo 20:6, 7). ¿Por qué muchos más no responden al llamado? ¿Es porque se consideran excusados por el hecho de no predicar desde el púlpito? Ojalá entiendan que hay una gran obra que debe hacerse fuera del púlpito, por miles de consagrados miembros laicos (Los hechos de los apóstoles, pp. 90, 91).

Lunes 9 de abril:
La necesidad de obreros

Cuando Cristo ascendió al cielo, dejó la iglesia y todos sus intere­ses como cometido sagrado a sus seguidores. Y la obra de la iglesia no es dejada al predicador solo, ni a unos pocos dirigentes. Cada miembro debe sentir que tiene parte en un solemne pacto hecho con el Señor de trabajar para promover los intereses de su causa en todas las ocasiones y circunstancias. Cada uno debe tener alguna parte que desempeñar, alguna carga que llevar. Si todos los miembros de la iglesia sintiesen una responsabilidad individual, se lograría mayor progreso en las cosas espirituales. La solemne carga de la responsabilidad que recae sobre ellos los induciría a buscar a menudo a Dios para obtener fuerza y gracia.

El verdadero carácter de la iglesia se mide, no por la elevada pro­fesión que haga, ni por los nombres inscriptos en sus registros, sino por lo que hace en realidad por el Maestro, por el número de obreros perseverantes y fieles con que cuenta. El esfuerzo personal y abnegado logrará más para la causa de Cristo que lo que pueda hacerse por medio de sermones o credos.

Enseñen los predicadores a los miembros de la iglesia que a fin de crecer en espiritualidad, deben llevar la carga que el Señor les ha impuesto: la carga de conducir almas a la verdad. Aquellos que no cumplan con su responsabilidad deben ser visitados, y hay que orar con ellos y trabajar por ellos. No induzcáis a los miembros a depender de vosotros como predicadores; enseñadles más bien a emplear sus talentos en dar la verdad a los que los rodean. Al trabajar así tendrán la cooperación de los ángeles celestiales, y obtendrán una experiencia que aumentará su fe, y les dará una fuerte confianza en Dios (Obreros evangélicos, pp. 210, 211).

Cuando hombres de diferentes vocaciones: agricultores, mecá­nicos, abogados, etc., se hacen miembros de la iglesia, vienen a ser siervos de Cristo; y aunque sus talentos sean completamente diferentes, su responsabilidad en cuanto a hacer prosperar la causa de Dios por el esfuerzo personal y con sus recursos, no es menor que la que descansa sobre el predicador. El ay que caerá sobre el ministro si no predica el evangelio, caerá tan seguramente sobre el negociante, si él, con sus diferentes talentos, no coopera con Cristo en lograr los mismos resulta­dos. Cuando se le presente esto a cada individuo, algunos dirán: “Dura es esta palabra” (Juan 6:60); sin embargo, es veraz aunque sea con­tradicha continuamente por la práctica de hombres que profesan seguir a Cristo (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 460).

Cada miembro debiera ser instruido para el trabajo que se adapta mejor para él. Muchos escuchan cada sábado la voz del predicador, pero ¿cuántos llevan la verdad a su vida práctica? ¿Cuántos compren­den que la luz recibida debe ser reflejada sobre otros? Hay una gran necesidad de que los miembros sean instruidos en cuanto a la obra que se espera de ellos, pero esa tarea se ha descuidado. Si el ministro ins­truyera a su gente, tendría un ejército que lo ayudaría a difundir la luz cuando el mundo entre en crisis. Si cada uno hace el trabajo que mejor sabe hacer, todo se hará con armonía, la iglesia activa prosperará, y la energía se dedicará a los vitales intereses de la causa de Dios (The Home Missionary, 1º de septiembre, 1892).

Martes 10 de abril:
Individuales pero juntos

Algunos quizá no vean correcta la utilización de ciertos dones, porque no son los que ellos tienen; pero dejemos que cada uno piense en lo que Dios le ha dado. Que cada uno reconozca las capacidades que le han sido confiadas y vea si las está usando para honrar a Dios y obrar para el bien de su hermano y su vecino...

Algunos han recibido de Dios la obra especial de dar testimonios de amonestación y reproche, para quebrar las fortalezas de iniquidad y traer convicción al corazón humano a fin de llevarlo a arrepentirse. Algunos de estos mensajes son como golpes del martillo del Señor para quebrantar las obras satánicas y traer a la gente al Dios viviente. Se mezclan con la consolación que Cristo da, y al defender decididamente la verdad, producen arrepentimiento. Otros, que han soportado la tenta­ción de pensar que han sido tratados injustamente o que están sufriendo por sus errores, reciben una clase diferente de mensaje que acariciarán en sus mentes.

Hay quienes han recibido la capacidad de organizar, y otros, aun­que ya estén jubilados y sientan que no se reconoce su trabajo, ni nadie perdona sus errores ni se acuerda de sus victorias, el Señor todavía puede usarlos. Ninguna persona puede llenar todos los puestos, y la obra del Señor debe marchar hacia adelante. Los que se sienten los más pequeños, y en su debilidad confían en Dios y caminan humildemente delante de él como sus hijos, serán primeros, y los primeros postreros. En cada época Dios ha supervisado su obra y ha tenido a sus siervos a quienes les ha dado tiempo para que desarrollen sus talentos y sus dones (Manuscript Releases, tomo 18, pp. 7, 8).

No piense ninguna persona que únicamente sus dones son suficien­tes para la obra de Dios; que solo él puede llevar a cabo una serie de reuniones y dar perfección a la obra. Sus métodos pueden ser buenos, y sin embargo diversos dones son esenciales. La mente de una sola persona no debe moldear ni dar forma a la obra de acuerdo con sus ideas particulares. Para que la obra sea edificada con firmeza y simetría se requieren diversos dones y diferentes instrumentos, todos ellos bajo la dirección del Señor; él instruirá a los obreros de acuerdo con sus diversas aptitudes. La cooperación y la unidad son indispensables para constituir un todo armonioso en el que cada obrero cumpla la orden que Dios le ha encomendado, se desempeñe correctamente en su posición y supla la deficiencia de otro. Cuando se permite que un obrero trabaje solo, corre el peligro de pensar que su talento es suficiente para consti­tuir un todo bien equilibrado (El evangelismo, pp. 80, 81).

El Señor Jesús desea que los miembros de su iglesia sean un ejér­cito de obreros, que trabajen para él según sus diversas aptitudes y al hacerlo demuestren los principios de la abnegación y el sacrificio pro­pio. Que preserven así ese amor por Dios que los separó del mundo y que los unirá, apartándolos de las confederaciones separadas y los par­tidos distantes. La obra debe ser grandiosa; un todo armonioso en Cristo Jesús. La fe que obra por amor y purifica el alma es la agencia santa elevadora y santificadora que debe suavizar y subyugar la discordante naturaleza humana. El amor de Cristo debe constreñir a los creyentes, haciéndolos unirse en una acción armoniosa en la cruz del Calvario. Al vivir los principios que los separaron del mundo, se unirán entre ellos por los sagrados lazos del amor cristiano (El ministerio médico, p. 420).

Miércoles 11 de abril:
Trabajar juntos, con Dios

Mediante Cristo se ha abierto un camino para recibir gracia, sabi­duría y poder de lo alto. La primera lección que deben aprender los que aceptan el mensaje de verdad es estar en unión con Cristo para recibir el poder de su gracia en el alma a fin de eliminar todo defecto del carácter y traer en sujeción sus pensamientos a él. Todos los que tienen amor por la verdad revelarán ese poder santificador, elevador y refinador que se mostrará en palabras y acciones. Serán un canal de luz para que Cristo se comunique con otros. Esto es lo que quiso decir el apóstol cuando expresó que somos “colaboradores juntamente con Dios” (Testimonies to Southern Africa, p. 28).

Con relación a la división de tareas, cada uno debería entender cuál es la parte que le toca actuar a fin de que haya armonía en la ejecución de los planes. Cada uno necesita concentrar sus energías en la porción del trabajo que se le requiere hacer, para que no haya pérdidas ni super­posición de tareas. Los obreros juntamente con Dios deben actuar con tacto consagrado a fin de que no se produzcan gastos innecesarios de medios y energías. Cada uno debe regocijarse con el éxito de su com­pañero de labores y comprender que él mismo está cooperando con las agencias celestiales para el avance de la causa de la verdad que Cristo mismo dirige. “Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y voso­tros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Corintios 3:9) (The Bible Echo, 8 de diciembre; 1893).

Siendo que en Jesús Dios ofreció al mundo todo el cielo y no dejó sin hacer nada de lo que podría haber hecho, ¿por qué los seres huma­nos no colaboran con las agencias divinas para traer más almas de las tinieblas a la luz? Si el plan de Dios fuera llevado a cabo, la humanidad alcanzaría la humanidad y cada hijo pródigo sería traído de vuelta al hogar y salvado mediante la gracia de nuestro Señor Jesucristo, quien sufrió la muerte por cada ser humano. La falta de voluntad de cooperar con Dios es lo que bloquea el camino, porque la revelación de la verdad divina se propaga mediante los agentes humanos. Cristo mismo vino en forma humana para alcanzar a la humanidad, y nosotros somos obreros juntamente con Dios para cooperar con Cristo en buscar y salvar lo que se ha perdido.

En esta tarea los humanos son llamados a cooperar con Dios y trabajar por la salvación de los caídos así como Dios lo hace. ¿Qué estamos haciendo para llevar la luz a otros? ¿Estamos descuidando la tarea que Cristo mismo nos dejó cuando, refiriéndose a sus seguidores, dijo: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo”? (Juan 17:18). Así como él representó al Padre, ha comisionado a los creyentes a representar su carácter con abnegación y sacrificio, y a establecer su reino de justicia. Debemos hablar y actuar en el nombre de Cristo y buscar salvar sin destruir. Así como los discípulos recibieron lecciones del más alto valor para enseñar a otros el conocimiento de la verdad bíblica y combatir no solo enemigos humanos sino demonios, nosotros debemos enfrentar la oposición entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y el engaño, entre el bien y el mal, entre el cielo y el infierno, porque las agencias satánicas se siguen uniendo con hombres malvados para corromper y destruir así como lo hicieron en el tiempo de los discípulos (The Bible Echo, 30 de abril, 1894).

Jueves 12 de abril:
Informar a la iglesia

Recordemos que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra, que buscamos una patria mejor, a saber la celestial. Obremos con tal fervor y devoción, que los pecadores sean atraídos a Cristo. Los que se unieron al Señor y prometieron servirle están obligados a participar con él de la grande y magnífica obra de salvar almas. Desempeñen fielmente su parte durante la semana los miembros de la iglesia, y relaten el sábado lo que han experimentado. La reunión será entonces alimento a su tiem­po, que infunda a todos los presentes nueva vida y vigor. Cuando los hijos de Dios vean la gran necesidad que hay de trabajar como trabajó Cristo por la conversión de los pecadores, los testimonios que den en el culto del sábado estarán llenos de poder. Con gozo relatarán la preciosa experiencia que han adquirido al trabajar en favor de los demás (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 82).

Nuestras reuniones de oración y testimonios debieran ser ocasio­nes de ayuda y animación especial. Cada uno tiene una obra que hacer para que estas reuniones sean tan interesantes y provechosas como sea posible. Esto puede lograrse fácilmente teniendo una fresca experiencia diaria en las cosas de Dios y no vacilando en hablar de su amor en las asambleas de su pueblo. Si no permitís que las tinieblas o la increduli­dad penetren en vuestros corazones, ellas no se manifestarán tampoco en vuestras reuniones...

No imaginéis que podréis despertar el interés de los jóvenes yendo a una reunión misionera y predicando un largo sermón. Idead modos por los cuales pueda despertarse un vivo interés. De semana en semana, deben los jóvenes traer sus informes, contando lo que han tratado de hacer para el Salvador, y qué éxito tuvieron. Si la reunión misionera fuese trocada en ocasión de dar semejantes informes, no sería monó­tona, tediosa ni desprovista de interés. Sería muy interesante, y no le faltaría asistencia (Servicio cristiano, pp. 261. 262).

“Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado. Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer” (Marcos 6:30, 31). Los discípulos habían regresado de su primer gira misionera y querían contarle a Jesús lo que habían hecho. Su relación personal con él los animaba a decirle cuáles habían sido sus experien­cias favorables y desfavorables; el gozo de sus resultados y la tristeza de sus fracasos; sus debilidades y faltas, y los errores que habían cometido en su primer trabajo como evangelistas. Al contarle francamente sus experiencias sabían que necesitaban mucha instrucción. Pero él también notó que se habían agotado al realizar sus labores y necesitaban descan­sar (Signs of the Times, 5 de agosto, 1897).