II Trimestre de 2012
Evangelismo y testificación 

Notas de Elena G. de White

Lección 1
7 de Abril de 2012

Definiciones: Evangelización, testificación

Sábado 31 de marzo

El Salvador del mundo eligió a sus discípulos entre humildes pes­cadores, y ellos, conectados con Cristo, colocaron el fundamento de la iglesia cristiana. Al entrar en la escuela de Cristo se hicieron sus alum­nos y aprendieron las lecciones que Jesús les daba continuamente para prepararlos para el importante trabajo que deberían hacer y las grandes pruebas que habrían de soportar después de la muerte y resurrección del Redentor. Aunque sus esperanzas se desvanecieron por unos días, des­pués de la resurrección éstas revivieron en sus corazones y estuvieron dispuestos a presentarse ante príncipes y reyes, y ante los concilios de los sabios para dar razón de su fe; una fe que ni sus adversarios podían confrontar o resistir. Por el contrario, se asombraban de su valentía y fluidez de palabra, y se daban cuenta que habían estado con Jesús y habían aprendido de él. Los oyeron declarar con intrepidez que Aquel que había sido recientemente humillado, escarnecido, herido por manos crueles, y crucificado, era el Príncipe de la vida, exaltado ahora a la diestra de Dios (Review and Herald, 3 de mayo, 1887).

Se necesitan obreros tanto en este país como en el extranjero. En nuestro vecindario hay una obra que realizar que muchos descuidan extrañamente. Todos los que han gustado “la buena palabra de Dios, y las virtudes del siglo venidero” (Hebreos 6:5), tienen un trabajo que hacer en sus propios hogares y entre los vecinos. Se debe proclamar el evangelio de salvación entre las gentes. Toda persona que ha sentido el poder de Cristo en su corazón se transforma en un misionero. A los amigos se les debe hablar del amor de Dios. Cada uno puede anunciar dentro de su propia igle­sia lo que el Señor significa para él: su Salvador personal; este testimonio, presentado con sencillez, será de mayor provecho que el más elocuente discurso. Además hay una gran obra que hacer, en tratar a los demás con justicia y en humillarse para andar delante del Señor. Los que trabajan den­tro de su propio ambiente están ganando una experiencia que los capacitará para llevar a cabo mayores responsabilidades. El trabajo misionero que se hace en el país donde uno vive, prepara al cristiano para la realización de una obra mayor en el extranjero (Consejos sobre la salud, pp. 32, 33).

Domingo 1 de abril:
La evangelización es...

“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

Desde la caída de Adán, Cristo había estado confiando a sus siervos escogidos la semilla de su Palabra, para que fuese sembrada en los cora­zones humanos. Durante su vida en la tierra había sembrado la semilla de la verdad, y la había regado con su sangre. Las conversiones que se produjeron en el día de Pentecostés fueron el resultado de esa siembra, la cosecha de la obra de Cristo, que revelaba el poder de su enseñanza...

Bajo la instrucción de Cristo, los discípulos habían sido inducidos a sentir su necesidad del Espíritu. Bajo su enseñanza, recibieron la preparación final y salieron a emprender la obra de su vida. Ya no eran ignorantes y sin cultura. Ya no eran una colección de unidades inde­pendientes, ni elementos discordantes y antagónicos. Ya no estaban sus esperanzas cifradas en la grandeza mundanal. Eran “unánimes”, “de un corazón y un alma” (Hechos 2:46; 4:32). Cristo llenaba sus pensamien­tos; su objeto era el adelantamiento de su reino. En mente y carácter habían llegado a ser como su Maestro, y los hombres “les reconocían que habían estado con Jesús”.

El día de Pentecostés les trajo la iluminación celestial. Las verda­des que no podían entender mientras Cristo estaba con ellos quedaron aclaradas ahora. Con una fe y una seguridad que nunca habían conocido antes, aceptaron las enseñanzas de la Palabra Sagrada. Ya no era más para ellos un asunto de fe el hecho de que Cristo era el Hijo de Dios. Sabían que, aunque revestido de humanidad, era en verdad el Mesías, y contaban su experiencia al mundo con una confianza que llevaba con­sigo la convicción de que Dios estaba con ellos.

Podían pronunciar el nombre de Jesús con seguridad; porque ¿no era él su Amigo y Hermano mayor? Puestos en comunión con Cristo, se sen­taron con él en los lugares celestiales. ¡Con qué ardiente lenguaje reves­tían sus ideas al testificar por él! Sus corazones estaban sobrecargados de una bondad tan plena, tan profunda, de tanto alcance, que los impelía a ir hasta los confines de la tierra, para testificar del poder de Cristo. Estaban llenos de un intenso anhelo de impulsar la obra que él había comenzado. Comprendían la grandeza de su deuda para con el cielo y la responsabi­lidad de su obra. Fortalecidos por la dotación del Espíritu Santo, salieron llenos de celo a extender los triunfos de la cruz. El Espíritu los animaba y hablaba por ellos. La paz de Cristo brillaba en sus rostros. Habían consagrado sus vidas a su servicio, y sus mismas facciones llevaban la evidencia de la entrega que habían hecho (Reflejemos a Jesús, p. 34).

Lunes 2 de abril:
La testificación es...

El primer misionero que Jesús envió a la región de Decápolis fue el hombre de quien había expulsado una legión de demonios. El hombre le rogó que le permitiera acompañarlo constantemente. “Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19). Este hombre llevaba en su propia persona la evidencia de que Jesús era el verdadero Mesías, y al relatar su propia experiencia y contar las grandes cosas que Dios había hecho por él, preparó el camino para el mensaje de verdad como si hubiera venido de los mismos labios de Cristo.

Todos nosotros tenemos una importante tarea que hacer para Dios al dar a conocer a Jesús a los que no lo conocen. Y las oportunidades de hacerlo no faltarán si la gracia de Cristo nos ha preparado para ser obreros juntamente con Dios. El ejemplo de una vida escondida en Cristo y de una mente que es controlada por la mente de Cristo, dará un testimonio mucho más impresionante que las palabras que se expresen o la profesión de fe que se haga...

Mediante la gracia que nos es dada podemos controlar nuestros pensamientos y sentimientos, y llegar a tener la mente de Cristo. Mediante ferviente oración y fe podemos participar constantemente de su Espíritu y vivir la vida que él vivió. De esa manera llegaremos a ser misioneros en nuestra propia familia, en la iglesia y en el mundo. Los brillantes rayos de Jesús se reflejarán en sus portadores de luz, y de esa manera se despejarán las tinieblas y muchos que están deseando encontrar la luz y la verdad vendrán a Jesús para recibir el perdón de sus pecados. Cuanto más participemos en la obra que nos ha sido enco­mendada, más recibiremos del poder que dará vigor a nuestra vida, y comprenderemos mejor las inescrutables riquezas de Cristo (Signs of the Times, 12 de octubre, 1891).

Los dos endemoniados curados fueron los primeros misione­ros a quienes Cristo envió a predicar el evangelio en la región de Decápolis. Durante tan solo algunos momentos habían tenido esos hombres oportunidad de oír las enseñanzas de Cristo. Sus oídos no habían percibido un solo sermón de sus labios. No podían instruir a la gente como los discípulos que habían estado diariamente con Jesús. Pero, llevaban en su persona la evidencia de que Jesús era el Mesías. Podían contar lo que sabían; lo que ellos mismos habían visto y oído y sentido del poder de Cristo. Esto es lo que puede hacer cada uno cuyo corazón ha sido conmovido por la gracia de Dios. Juan, el dis­cípulo amado escribió: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida...lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos” (1 Juan 1:1-3). Como testigos de Cristo, debemos decir lo que sabemos, lo que nosotros mismos hemos visto, oído y palpado. Si hemos estado siguiendo a Jesús paso a paso, tendremos algo oportuno que decir acerca de la manera en que nos ha conducido. Podemos explicar cómo hemos probado su promesa, y la hemos hallado veraz. Podemos dar testimonio de lo que hemos conocido acerca de la gracia de Cristo. Este es el testimonio que nuestro Señor pide y por falta del cual el mundo perece (Servicio cristiano, pp. 23, 24).

Martes 3 de abril:
La evidencia bíblica

Las circunstancias relacionadas con la separación de Pablo y Bernabé por el Espíritu Santo para una clase definida de servicio, mues­tran claramente que el Señor obra por medio de los agentes señalados en su iglesia organizada. Años antes, cuando el Salvador mismo reveló a Pablo el propósito divino para con él, lo puso inmediatamente en relación con los miembros de la recién organizada iglesia de Damasco. Además, la iglesia de ese lugar no fue dejada mucho tiempo a oscuras respecto a la experiencia personal del fariseo convertido. Y ahora, cuando la comisión divina dada en aquel tiempo había de realizarse más plenamente, el Espíritu Santo, dando testimonio de nuevo concerniente a Pablo como vaso escogido para llevar el evangelio a los gentiles, con­fió a la iglesia la obra de ordenarlo a él y a su colaborador. Mientras los dirigentes de la iglesia de Antioquía estaban “ministrando... al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado”.

Dios ha constituido a su iglesia en la tierra en un canal de luz, y por su medio comunica sus propósitos y su voluntad. El no dará a uno de sus siervos una experiencia independiente de la iglesia y contraria a la experiencia de ella. No da a conocer a un hombre su voluntad para toda la iglesia, mientras la iglesia —el cuerpo de Cristo— sea dejada en tinieblas. En su providencia, coloca a sus siervos en estrecha relación con su iglesia, a fin de que tengan menos confianza en sí mismos y mayor confianza en otros a quienes él está guiando para hacer adelantar su obra (Obreros evangélicos, p. 458).

Los discípulos de Jesús habían llegado a una crisis. Bajo la sabia dirección de los apóstoles, que habían trabajado unidos en el poder del Espíritu Santo, la obra encomendada a los mensajeros del evangelio se había desarrollado rápidamente. La iglesia estaba ensanchándose de continuo, y este aumento de miembros acrecentaba las pesadas cargas de los que ocupaban puestos de responsabilidad. Ningún hombre, ni grupo de hombres, podría continuar llevando esas cargas solo, sin poner en peligro la futura prosperidad de la iglesia. Se necesitaba una distri­bución adicional de las responsabilidades que habían sido llevadas tan fielmente por unos pocos durante los primeros días de la iglesia. Los apóstoles debían dar ahora un paso importante en el perfeccionamiento del orden evangélico en la iglesia, colocando sobre otros algunas de las cargas llevadas hasta ahora por ellos.

Los apóstoles reunieron a los fieles en asamblea, e inspirados por el Espíritu Santo, expusieron un plan para la mejor organización de todas las fuerzas vivas de la iglesia. Dijeron los apóstoles que había llegado el tiempo en que los jefes espirituales debían ser relevados de la tarea de socorrer directamente a los pobres, y de cargas semejantes, pues debían quedar libres para proseguir con la obra de predicar el evangelio. Así que dijeron: “Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, los cuales pongamos en esta obra. Y nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra”. Siguieron los fieles este consejo, y por oración e impo­sición de manos fueron escogidos solemnemente siete hombres para el oficio de diáconos.

El nombramiento de los siete para tomar a su cargo determinada modalidad de trabajo fue muy beneficioso a la iglesia. Estos oficiales cuidaban especialmente de las necesidades de los miembros así como de los intereses económicos de la iglesia; y con su prudente administra­ción y piadoso ejemplo, prestaban importante ayuda a sus colegas para armonizar en unidad de conjunto los diversos intereses de la iglesia.

Esta medida estaba de acuerdo con el plan de Dios, como lo demostraron los inmediatos resultados que en bien de la iglesia pro­dujo. “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén: también una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe”. Esta cosecha de almas se debió igualmen­te a la mayor libertad de que gozaban los apóstoles y al celo y virtud demostrados por los siete diáconos. El hecho de que estos hermanos habían sido ordenados para la obra especial de mirar por las necesida­des de los pobres, no les impedía enseñar también la fe, sino que, por el contrario, tenían plena capacidad para instruir a otros en la verdad, lo cual hicieron con grandísimo fervor y éxito feliz (Los hechos de los apóstoles, pp. 73, 74).

Miércoles 4 de abril:
Contar nuestra historia

Esteban era muy activo en la causa de Dios y compartía su fe vale­rosamente. “Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, de los de Sirene, de Alejandría, de Silicia y de Asia, disputando con Esteban. Pero no podían resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba”. Estos discípulos de los grandes rabinos confiaban en que un debate público podrían obtener una victoria completa sobre Esteban basándose en su supuesta ignorancia. Pero no solamente hablaba éste con el poder del Espíritu Santo, sino que resultó evidente para toda esa vasta asamblea que también era un estudioso de las profecías y versado en todos los asuntos relativos a la ley. Defendió con capacidad las ver­dades que profesaba, y derrotó totalmente a sus oponentes (La historia de la redención, p. 273).

Se interrogó a Esteban en cuanto a la verdad de los cargos que se le hacían, y él asumió su defensa con voz clara y conmovedora que resonó por todo el recinto del concilio. Procedió a repasar la historia del pueblo elegido de Dios con palabras que mantuvieron en suspenso a la audiencia. Puso en evidencia un conocimiento cabal de todo lo relativo al pueblo judío, y de la interpretación espiritual de ello puesta de manifiesto por Cristo. Comenzó con Abrahán y procedió a repasar la historia de generación en generación, recorriendo todos los anales de la nación desde Israel hasta Salomón, y recurriendo a sus aspectos más impresionantes para vindicar su causa.

Aclaró su propia lealtad a Dios y a la fe judaica, mientras ponía de manifiesto que la ley en la cual confiaban para salvación no había sido capaz de salvar a Israel de la idolatría. Relacionó a Jesucristo con toda la historia judaica. Se refirió a la construcción del templo de Salomón con las palabras de este rey y de Isaías: “Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano”. “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificareis? dice el Señor, ¿o cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?” El lugar más elevado para el culto de Dios está en el cielo.

Cuando Esteban llegó a este punto hubo un tumulto entre la gente. El prisionero leyó su destino en los rostros que tenía ante sí. Se dio cuenta de la oposición que habían encontrado sus palabras, pronun­ciadas bajo el impulso del Espíritu Santo. Supo que estaba dando su último testimonio. Pocos de los que leen este discurso de Esteban lo aprecian adecuadamente. La ocasión, el momento y el lugar debieran tenerse presentes, para que las palabras adquieran su pleno significado (La historia de la redención, pp. 275, 276).

Jueves 5 de abril:
La descripción de nuestra tarea

La visitación casa por casa es muy exitosa para alcanzar a las almas, pero no es la única forma que Dios ha provisto para el avance de su causa; debe haber proclamaciones públicas de la verdad. Pero se me ha instruido decir a nuestro pueblo que, al hacerlo, debemos ser cuidadosos de no hacer ataques personales a otras iglesias. Debemos presentar la verdad en un tono cordial y con palabras amables. Que Cristo sea exaltado y se presente en forma afirmativa la verdad. Nunca dejemos el camino estrecho que Dios nos ha marcado solamente con el fin de atacar a otro. Ese ataque puede hacer mucho daño y no hará ningún bien; por el contrario puede ahogar una convicción que se estaba formando en alguna mente. Dejemos que la verdad presente las incon­sistencias del error.

No se puede esperar que la gente vea en forma inmediata las ven­tajas de la verdad sobre el error que han acariciado. La mejor forma de exponer las falacias del error es presentar la verdad. Ella será la encar­gada de exponerlo en su totalidad. Al presentar los brillantes rayos del Sol de justicia, las nubes de oscuridad se despejarán en las mentes de los oyentes...

La verdad debe ser presentada con tacto, bondad y ternura divinos. Debe provenir de un corazón que ha sido enternecido y llenado de sim­patía. Necesitamos tener íntima comunión con Dios, no sea que el yo se levante como en el caso de Jehú, y derramemos un torrente de palabras impropias, que no son como rocío, ni como los suaves aguaceros que despiertan las plantas marchitas. Sean amables nuestras palabras mien­tras tratemos de ganar las almas. Dios será sabiduría para aquel que busca sabiduría en la fuente divina. Debemos buscar las oportunidades por todas partes, velar con oración, y estar siempre listos para dar razón de la esperanza que está en nosotros, con mansedumbre y temor. A fin de no impresionar desfavorablemente un alma por la cual Cristo murió, debiéramos mantener nuestros corazones elevados a Dios, para que cuando la oportunidad se presente, tengamos la palabra de vida para pronunciarla en el debido tiempo. Si emprendéis así la obra de Dios, su Espíritu os ayudará. El Espíritu Santo aplicará al alma la palabra pronunciada con amor. La verdad tendrá poder vivificador cuando sea pronunciada bajo la influencia de la gracia de Cristo (Review and Herald, 7 de octubre, 1902).

Dios desea que cada creyente sea un ganador de almas, y dará su bendición a todos los que lo busquen con confianza para alcanzar sabi­duría y dirección. Al actuar cuidadosamente y caminar con sabiduría y fidelidad en la senda del Dios de Israel, la pureza y sencillez de Cristo se revelará en sus vidas y en sus actividades, y dará testimonio de que poseen una piedad genuina. Todo lo que hagan y digan será para glori­ficar el nombre de Aquel a quien sirven.

El creyente que está imbuido con el verdadero espíritu misionero, es una epístola viviente, conocida y leída por todos los hombres. La verdad brota de sus labios en palabras no fingidas. Su celo, su piedad, y su juicio consagrado crecen con el paso del tiempo, y los no creyentes ven que él vive en plena comunión con Dios y lo respetan. Las palabra habladas por labios convertidos son acompañadas por un poder que toca los fríos corazones de los incrédulos, porque aun los que no conocen a Dios son capaces de distinguir entre lo humano y lo divino (The Church Officers’ Gazette, 1º de septiembre, 1914).