Lecciones de Escuela Sabática
Julio - Septiembre 2010
Comentario de EGW
Lección 10
Redención para judíos y gentiles
Sábado 28 de agosto
El Señor no quiere que su pueblo sea exclusivista. Los mensajeros delegados de Cristo han de proclamar el evangelio de su gracia a todas las naciones, las lenguas y los pueblos. Debemos dar a conocer el hecho de que el gran Abogado está dando audiencia a todo el mundo. La iglesia judía fue llamada como representante de Dios ante un mundo apóstata, y a fin de cumplir esta misión el pueblo judío debía mantener su propia existencia como nación distinta de todos los pueblos idólatras de la tierra. Habían de mantenerse en el mundo conservando su carácter peculiar y santo. Habían de mantener su propia espiritualidad realizando lo que Adán y Eva dejaron de hacer: rendir obediencia a todos los mandamientos de Dios, y en su carácter representar la misericordia, la bondad, la compasión y el amor de Dios. De este modo habían de estar por encima de todas las otras naciones en excelencia de carácter; para que por medio de un pueblo puro y obediente el Señor pudiera manifestar sus ricas bendiciones. De esta manera se exaltarían en todo el mundo los principios de las leyes que gobiernan su reino (Hijos e hijas de Dios, p. 46).
Domingo 29 de agosto:
La carga de Pablo
Dios concedió a los israelitas grandes privilegios y los bendijo de manera señalada con su abundante bondad. Esperaba que lo honrasen al revelar los principios de su reino. En un mundo donde se manifestaban la violencia, el crimen, la codicia, la opresión y las prácticas más corruptas, los israelitas debían representar el carácter de Dios mediante vidas santas que manifestaran misericordia, ternura y compasión, a fin de mostrar que "la ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma" (Salmo 19:7).
Era el propósito de Dios impartir bendiciones a todos los pueblos mediante la nación judía, y preparar el camino para la difusión de su luz en todo el mundo. Las naciones de la tierra, al seguir prácticas corruptas, habían perdido el conocimiento de Dios, sin embargo, en su misericordia Dios no quería raerlas de la existencia. Se proponía darles la oportunidad de conocerle por medio de su iglesia. Quería que los principios revelados por su pueblo fuesen el medio de restaurar en el hombre la imagen moral de Dios.
La viña del Señor, su posesión adquirida, fue plantada en la tierra de Canaán, y como una torre en el medio de la viña estaba su santo templo donde su gloria se manifestaba en la santa shekina sobre el propiciatorio. En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamath en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el mar Mediterráneo hasta el río Éufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de tierras lejanas pasaban constantemente en un sentido y en otro. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades favorables para revelar a personas de todas las naciones el carácter del Rey de reyes y para enseñarles a reverenciarle y obedecerle. Este conocimiento debía comunicarse a todo el mundo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen vivir. Todos los que, como Rahab la cananea, y Rut la moabita, se volvieran de la idolatría al culto del verdadero Dios, habían de unirse con el pueblo escogido. A medida que aumentara el número de los israelitas, éstos habían de ensanchar sus fronteras, hasta que su reino abarcara el mundo...
A la iglesia de hoy, el Señor le ha dado el cuidado de su viña; le ha pedido realizar la tarea que Israel fracasó en hacer. La salvación de Dios debe hacerse conocer a todos los pueblos que viven sobre la faz de la tierra; su gloria debe ser revelada, su Palabra establecida, y su reino ofrecido para traer liberación al mundo. Sus seguidores deben levantarse y resplandecer (Review and Herald, 25 de enero, 1906).
Si estamos en Cristo, nuestro título a la herencia celestial está asegurado y en armonía con las provisiones de su pacto de gracia. Mediante esa gracia podemos tener nuestro llamado y nuestra elección asegurados. Pero nadie tendrá derecho a la herencia celestial a menos que haya alcanzado la excelencia de Cristo en espíritu y en carácter, y que haya sido purificado, refinado, ennoblecido y santificado. Seamos diligentes en asegurar nuestro llamamiento y elección para que podamos entrar en el reino eterno de nuestro Señor Jesucristo (The Messenger, 10 de mayo, 1893).
Lunes 30 de agosto:
Elegidos
"El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" (Juan 3:36).
Jacob y Esaú se encontraron junto al lecho de muerte de su padre. En otro tiempo, el hijo mayor había esperado este acontecimiento como una ocasión para vengarse; pero desde entonces sus sentimientos habían cambiado considerablemente. Y Jacob, muy contento con las bendiciones espirituales de la primogenitura, renunció en favor de su hermano mayor a la herencia de las riquezas del padre, la única herencia que Esaú había buscado y valorado...
Esaú y Jacob habían sido instruidos igualmente en el conocimiento de Dios, y los dos pudieron andar según sus mandamientos y recibir su favor; pero no hicieron la misma elección. Tomaron diferentes caminos, y sus sendas se habían de apartar cada vez más una de otra.
No hubo una elección arbitraria de parte de Dios por la cual Esaú fuera excluido de las bendiciones de la salvación. Los dones de su gracia mediante Cristo son gratuitos para todos. No hay elección, excepto la propia, por la cual alguien haya de perecer... Es elegida toda alma que labre su propia salvación con temor y temblor. Es elegido el que se ponga la armadura y pelee la buena batalla de la fe. Es elegido el que vele en oración, el que escudriñe las Escrituras, y huya de la tentación. Es elegido el que tenga fe continuamente, y el que obedezca a cada palabra que sale de la boca de Dios. Las medidas tomadas para la redención se ofrecen gratuitamente a todos, pero los resultados de la redención serán únicamente para los que hayan cumplido las condiciones.
Esaú había menospreciado las bendiciones del pacto. Había preferido los bienes temporales a los espirituales, y obtuvo lo que deseaba. Se separó del pueblo de Dios por su propia elección. Jacob había elegido la herencia de la fe. Había tratado de lograrla mediante la astucia, la traición y el engaño; pero Dios permitió que su pecado produjera su corrección...
Los elementos más bajos de su carácter habían sido consumidos en la hornaza, y el oro verdadero se purificó, hasta que la fe de Abraham e Isaac apareció en Jacob con toda nitidez (Conflicto y valor, p. 71).
Esaú no amaba la devoción, ni tenía inclinación hacia la vida religiosa. Las exigencias que acompañaban a la primogenitura espiritual eran para él una restricción desagradable y hasta odiosa. La ley de Dios, condición del pacto divino con Abraham, era considerada por Esaú como un yugo servil. Inclinado a la complacencia propia, nada deseaba tanto como la libertad para hacer su gusto. Para él, el poder y la riqueza, los festines y el alboroto, constituían la felicidad. Se jactaba de la libertad ilimitada de su vida indómita y errante (Conflicto y valor, p. 61).
Martes 31 de agosto:
Misterios
Aunque los amorreos eran idólatras que por su gran iniquidad habían perdido todo derecho a la vida, Dios los toleró cuatrocientos años para darles pruebas inequívocas de que él era el único Dios verdadero, el Hacedor de los cielos y la tierra. Ellos conocían todas las maravillas que Dios había realizado al sacar de Egipto a los israelitas. Les dio suficiente evidencia; y podrían haber conocido la verdad, si hubieran querido apartarse de su idolatría y de su vida licenciosa. Pero rechazaron la luz, y se aferraron a sus ídolos.
Cuando Dios condujo a su pueblo por segunda vez a la frontera de Canaán, proporcionó evidencias adicionales de su poder a aquellas naciones paganas. Vieron que Dios había estado con Israel en la victoria que obtuvo sobre los ejércitos del rey Arad y de los cananeos, y en el milagro obrado para salvar a los que perecían por las mordeduras de las serpientes. Aunque se les había negado el permiso de pasar por la tierra de Edom, y por ello se habían visto obligados a tomar la ruta larga y difícil a orillas del mar Rojo, los israelitas no habían manifestado hostilidad en todos sus viajes y campamentos frente a las tierras de Edom, de Moab y de Amón, ni habían hecho daño alguno a la gente o a sus propiedades. Al llegar a la frontera de los amorreos, Israel había solicitado permiso para atravesar directamente el país, prometiendo que observaría las mismas reglas que habían regido su trato con otras naciones. Cuando el rey amorre o rehusó lo pedido con cortesía, y en señal de desafío congregó a sus ejércitos para la batalla, se colmó la copa de la iniquidad de ese pueblo, y ahora Dios iba a ejercer su poder para derrocarlo (Patriarcas y profetas, pp. 462, 463).
Dios no se agrada de los impenitentes que no le glorifican a él ni hacen bien a la humanidad, pero derrama luz sobre esas almas y les da oportunidades y privilegios. Si esas oportunidades de mejorar no son aprovechadas, la medida de luz que han recibido también será la medida de su culpa por haber descuidado los dones divinos. Dijo Jesús: "Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?" (Mateo 6:22, 23). Se nos dice que Dios endureció el corazón del Faraón; pero fue el repetido rechazo del rey a escuchar la voz de Dios lo que llevó al Señor a enviarle mensajes más fuertes y urgentes. Cada rechazo de la luz traía mayores muestras del poder divino, hasta que la terquedad del Faraón llevó a que se usara la última flecha de misericordia. Su propio endurecimiento se mostró en una persistente resistencia, la que se transformó en la cosecha recibida. El Señor no pudo hacer más para convencerlo debido a su obstinación y prejuicio, y al Espíritu Santo no le fue posible hallar acceso a su corazón. La incredulidad y endurecimiento de corazón ante la primera exhibición del poder divino, lo preparó para un segundo rechazo, y finalmente su orgullo no le permitió aceptar las advertencias divinas. Era contrario a su propia naturaleza cambiar de opinión una vez que se había propuesto no creer (Review and Herald, 17 de febrero, 1891).
Miércoles 1 de septiembre:
Ammí: "Pueblo mío"
Era el propósito de Dios que su gracia se revelara entre los gentiles tanto como entre los israelitas. Esto había sido anunciado claramente en las profecías del Antiguo Testamento. El apóstol usa algunas de estas profecías en su argumento. "¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para vergüenza? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrólas para con los vasos de misericordia que él ha preparado para gloria; los cuales también ha llamado, es a saber, a nosotros, no solo de los judíos, mas también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré al que no era mi pueblo, pueblo mío; y a la no amada, amada. Y será, que en el lugar donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío; allí serán llamados hijos del Dios viviente" (Romanos 9:21-26; véase Oseas 1:10).
A pesar del fracaso de Israel como nación, había entre ellos un buen remanente que se salvaría. En el tiempo del advenimiento del Salvador, había hombres y mujeres fieles que habían recibido con alegría el mensaje de Juan el Bautista, y habían sido inducidos así a estudiar de nuevo las profecías concernientes al Mesías. Cuando se fundó la iglesia cristiana primitiva, estaba compuesta de estos fieles judíos que reconocieron a Jesús de Nazaret como Aquel cuyo advenimiento habían anhelado. A este remanente se refiere Pablo cuando escribe: "Si el primer fruto es santo, también lo es todo, y si la raíz es santa, también lo son las ramas" (Los hechos de los apóstoles, p. 302).
Para la iglesia de Dios, que custodia su viña en la tierra hoy, resultan de un valor especial los mensajes de consejo y admonición dados por los profetas que presentaron claramente el propósito eterno del Señor en favor de la humanidad. En las enseñanzas de los profetas, el amor de Dios hacia la raza perdida y el plan que trazó para salvarla quedan claramente revelados. El tema de los mensajeros que Dios envió a su iglesia a través de los siglos transcurridos, fue la historia del llamamiento dirigido a Israel, sus éxitos y fracasos, cómo recobró el favor divino, cómo rechazó al Señor de la viña y cómo el plan secular será realizado por un remanente piadoso en favor del cual se cumplirán todas las promesas del pacto. Y hoy el mensaje de Dios a su iglesia, a aquellos que se ocupan en su viña como fieles labradores, no es otro que el dado por el profeta antiguo: "En aquel día cantad de la viña del vino rojo. Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; guardaréla de noche y de día, porque nadie la visite" (Isaías 27:2, 3) (Profetas y reyes, pp. 15, 16).
Jueves 2 de septiembre:
Tropiezos
Los judíos tenían una fe similar a la de muchos profesos cristianos de la actualidad: creían en las profecías acerca del advenimiento del Mesías, pero su fe no tenía las características espirituales que les hubiera permitido discernir en el Hijo de Dios, el Salvador que esperaban. No estaban preparados para aceptar la obra de Dios en sus días, y rechazaron la verdad porque su fe no vio la relación entre el símbolo y la realidad, entre la sombra y lo que prefiguraba. Se mantuvieron con sus sacrificios, sus ritos y las tradiciones de los padres y la iglesia, pero rechazaron al Cordero de Dios, la gran realidad que señalaban los servicios del pasado. Eran muy celosos de observar las formas y seguir a Moisés y los profetas, pero Aquel que había inspirado las Escrituras y cuya vida era el cumplimiento de las profecías, fue una piedra de tropiezo para ellos, porque no cumplía con el ideal que ellos tenían acerca del que había de venir. Se habían imaginado un Mesías cuyo poder y majestad gratificaría el orgullo de sus corazones carnales y los exaltaría al poder supremo entre todas las naciones. Por eso, cuando Jesús les mostró el verdadero carácter de su reino y las características que debían poseer para ser elegidos y gozar del favor divino, dijeron: "Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?"
El Salvador obraba con las credenciales del cielo y la Palabra de Dios lo apoyaba. Sus milagros, su carácter santo, su poder sobre hombres y demonios, todo estaba destinado a convencer el corazón de sus oyentes, pero lo rechazaron. Vino de acuerdo con las profecías que decían creer, pero fue "despreciado y desechado entre los hombres", como los profetas habían predicho que sería.
Los judíos no abandonarían su sueño de un gran príncipe que gobernara sobre todas las naciones, ni cambiarían sus esperanzas de poder temporal y gloria para seguir al "Varón de dolores" en su abnegación y pureza. Amaban más las tinieblas que la luz, y lo que amaban provocó su propia destrucción...
La fe genuina llevará a los seres humanos a trabajar por su salvación con temor y temblor. No seguirán los caminos del mundo. El Espíritu y las obras de Cristo se manifestarán en su vida y la Palabra de Dios gobernará sus acciones. Enseñarán y guardarán sus mandamientos y caminarán humildemente ante los ángeles y los hombres. No permitirán que el prejuicio cierre sus corazones frente a la verdad para este tiempo porque discernirán la obra de Dios en la tierra. Entrarán por la puerta estrecha y caminarán por la senda angosta para seguir al Señor mientras están en el mundo.
En cambio, los que no son "hacedores de la palabra" pueden jactarse de su fe vacía y de su santidad, mientras transgreden la ley de Dios. Pero Jesús les dice: "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" La sentencia final para ellos será "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad" (Lucas 6:46; Mateo 7:23) (Signs of the Times, 30 de marzo, 1888).
Viernes 3 de septiembre:
Para estudiar y meditar
El conflicto de los siglos, pp. 303, 304.