El estrés

Dr. Mario R. Pereyra

 

¿Qué es el estrés?

El término “stress” es de origen anglosajón y significa: “tensión”, “presión”, “coacción”. Así, por ejemplo, “to be under stress” se puede traducir como "sufrir una tensión nerviosa". En este sentido, “stress” es casi equivalente a otro término inglés, “strain”, que también alude a la idea de "tensión” o “tirantez". Quien inventó el término fue Hans Selye, un austríaco que hizo investigaciones por los años 30, sin embargo, fue su célebre a partir del libro The Stress of  life, publicado en 1966, que consagró definitivamente a su autor y al término. Selye definió el estrés como “la suma de todos los efectos inespecíficos de factores (actividad normal, agentes productores de enfermedades, drogas, etcétera), que pueden actuar sobre el organismo. Estos agentes se llaman alarmógenos, cuando nos referimos a su habilidad para producir stress” (Selye, 1960, p. 53).

Selye reconoció que el estrés tiene aspectos positivos como negativos, hay un estrés agradable y otro desagradable, se refirió al primero como la “sal de la vida”, ya que nos hace estar atentos, ágiles, enérgicos o vigorosos. Designó este tipo como “eustrés” o “buen estrés”, y llamó al segundo, “distrés” o “mal estrés”. Este último es el que enferma y nos deja exhaustos, produciendo diferentes trastornos psicosomáticos (úlceras, colitis, cefaleas, infartos, etc., etc.). Selye también reconoció que todo depende, en última instancia, no sólo de la intensidad y cantidad de estresores o estímulos “alarmógenos” (pérdida de trabajo, fallecimiento ser querido, problemas financieros, etc., etc.) sino ‘cómo te lo tomes’, es decir, de cómo evaluamos las situaciones de vida, si uno puede adaptarse al cambio de forma exitosa o no. Hay dos formas de distrés, tanto por exceso como por falta, el “hiperestrés” y el “hipoestrés”. Si hay una carencia de estrés, la persona se siente sin ánimo y fuerzas, está en un estado de “hipoestrés”, lo cual es negativo. Cuando, por el contrario, hay un exceso de trabajo, actividades y problemas que supera la capacidad de la persona para enfrentarlo se encuentra en “hiperestrés”, la situación que comúnmente se dice “estar estresado”. Así, por ejemplo, a lo largo del día podemos pasar de un nivel de estrés a otro, ya que al levantarnos podemos estar flojos, sin energías, para a medida que cobramos conciencia de las actividades que nos espera en ese día entramos en estado de estrés positivo, pero quizás, en algún momento, el trabajo sea excesivo y pasemos al hiperestrés (ver figura 1). Lo ideal es mantenerse en la zona óptima de estrés y no acumular estrés de un día a otro, que nos puede llevar a un estado de distrés crónico, que es el peligroso y enfermante.

Este planteamiento va más allá de identificar el estrés con el distrés, que da una visión psicopatológica desconociendo la perspectiva de la salud, ya que las situaciones de eustrés, muestra la dimensión del estrés satisfactorio, que ofrece a sus actores experiencias positivas, sensaciones y sentimientos placenteros (sensación de bienestar, de adaptación), que fortalecen la propia autoestima y refuerzan las estrategias de afrontamiento (Bunting et al., 1986). Pueden resumirse en lo que Antonovsky (1979, 1987) denomina “fuerzas salutogénicas” e incrementa la resiliencia (Walsh, 1998). Todas ello conforma no sólo barreras que ayudan a mejorar la adaptación y reducir las consecuencias del distrés sino desarrolla criterios valiosos para entender mejor la salud (Pereyra, 2006).

 



HIPERESTRÉS

 


EUSTRÉS                                                                                                                    DISTRÉS                                                                      

 

 


HIPOESTRÉS
Figura 1 – Los niveles del estrés

El estrés en Elías

“Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras”
Santiago 5:17

Elías fue un personaje excepcional. Inició su ministerio de manera súbita y violenta al irrumpir en el palacio del rey Acab para lanzar, con voz de trueno, la profecía terrible que no habría lluvia ni rocío “sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1). Fue una denuncia y castigo por la conducción impía del rey y las maldades de su infame esposa, Jezabel, quien impuso la idolatría fenicia, enviando a matar a los profetas que enseñaban la fe en Dios. Elías se vio obligado a expatriarse, viviendo en el desierto y luego en Sarepta. Al regresar a Israel hizo convocar al pueblo en el Monte Carmelo para la batalla final contra los profetas de Baal y Astarté. La controversia se dirimió por medio de una ordalía, una prueba de quien era el Dios verdadero, debiendo sacrificar un buey sin mediación humana.
La jornada del Carmelo fue terriblemente estresante para Elías. Tuvo que estar muy atento durante horas para que los centenares sacerdotes de Jezabel no hicieran trampas, encendiendo el fuego mientras bailaban frenéticamente en torno al altar; saltaban y gritaban desaforadamente, lacerándose la carne y suplicando la manifestación de Baal. Cuando le tocó el turno a Elías, éste reprendió la laxitud y ambivalencia del pueblo, invitándolos a decidirse por la verdad. ­Luego oró y se produjo el portento; un suceso único en la historia. Un estampido violento hizo temblar el monte, cayendo un rayo de fuego sobre el altar, consumiendo el animal, la leña y aún desintegrando las piedras. Esa centella estrepitosa que estremeció a todos también iluminó el pensamiento del pueblo, que postrados de pavor reconocieron el poder del Dios invisible. Entonces Elías procedió a realizar algo terrible e impresionante, degollar a los pérfidos sacerdotes. Los 450 sacerdotes de Baal y quizás algunas otras decenas más de la diosa Astarté fueron acuchillados por Elías en un acto dramático. Seguramente estuvo mucho tiempo ejecutando a esa gente, que produjo un arroyo de sangre. Después de eso, tuvo que orar bastante para que comenzara a llover y aún, en la noche, bajo lluvia, anduvo corriendo por los caminos llenos de barro para conducir el carro del rey a un lugar seguro donde pudiese alojarse (1 Reyes 18:458-46).

Después del éxito del monte Carmelo, Elías, agotado por el estrés y el enorme esfuerzo que le demandó la intensa jornada pasada, cayó abatido en una profunda depresión anímica. “Deseando morirse” (1 Reyes 19:4), llegó hasta una cueva cerca del Monte Sinaí. Allí, probablemente en el mismo lugar donde siglos antes Moisés vio la revelación divina, Dios se le apareció para atenderlo y aplicarle la terapia que lo rehabilitara para sus nuevas funciones.

¿Por qué se deprimió Elías? ¿Qué le sucedió? La mejor explicación que encontramos del problema de Elías es que padeció un fuerte estrés y cayó en la fase de agotamiento del Síndrome General de Adaptación (S.G.A.; ver figura 2) de Selye. El padre del estrés explicó que cuando se vive algún evento muy difícil se atraviesa un proceso de tres fases, que son las siguientes:

 


Figura 2 – Las tres fases del Síndrome de Adaptación General (SAG) de Selye (1975).
A: Reacción de alarma; B: Estado de resistencia; y C: Estado de agotamiento

Sumido en la oscuridad de la cueva, en medio de su angustia y pesadumbre, Elías dijo: “sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida” (1 Reyes 19:10, 14; ver 18:22). En esas circunstancias críticas lo alcanzó la voz de Dios con su mensaje terapéutico. Le pidió que saliera de la cueva, le enseñó que no estaba solo como él creía y que debía realizar una nueva obra (versículos 15-18). Entonces, Elías se incorporó, recuperado, y salió a cumplir la nueva misión.

El tratamiento de la depresión

“Los que, mientras dedican las energías de su vida a una labor abnegada,
se sienten tentados a ceder al abatimiento y la desconfianza,
pueden cobrar valor de lo que experimentó Elías...”
Elena G. de White
Conflicto y valor, p. 216

 

¿Cómo fue que Elías se restableció? ¿Qué tratamiento aplicó el terapeuta divina? En nuestro libro “Decida ser feliz” (Gema, 2008, pp. 174-175), explicamos cuáles fueron las intervenciones terapéuticas que Dios administró en el tratamiento del profeta, durante un poco más de un mes y medio. Podemos enumerarlas de la siguiente manera:

 

 

 

 

 

El estrés y Jesús
Y como no tenían tiempo ni para comer, pues era tanta la gente que iba y venía, Jesús les dijo: Vengan conmigo ustedes solos
a un lugar tranquilo y descansen un poco.”
Marcos 6:31

El consejo de Jesucristo es tomar un tiempo para el sosiego, construir un espacio íntimo de encuentro con Dios y con uno mismo, de no permitir que el trabajo atosigue de tal forma que no tengamos tiempo para lo más importante: cultivar el espíritu y la paz del alma.

Hay cosas en la vida que no se pueden negociar, esta es una de ellas. No hacerlo es entrar inevitablemente en el declive espiritual, moral y psicológico. La gente se divide en dos grupos, los que son un manojo de nervios, corriendo como locos tras las demandas imperiosas de las trabajos, arrastrados por los torbellinos del activismo y el grupo de los que tienen el control de sí mismo y de los acontecimientos, en cuyo ojos habita esa inefable expresión de serenidad, aquellos que tienen una mirada noble y serena tendida sobre el torbellino de los afanes cotidianos. Jesucristo propuso combatir el distrés a través de la prescripción diaria de comprimidos de serenidad, “Vengan conmigo ustedes solos a un lugar tranquilo y descansen un poco”.

La serenidad no es una actitud apática, indiferente o de huida de los problemas sino tener control sobre ellos y enfrentarlos de manera pacifica. “Toda angustia aspira a la serenidad ―decía muy bien Bonnes―; pero a su vez, ninguna serenidad debe olvidar que ella es una angustia sobrepasada”. Por eso, hay que elogiar la mirada serena de quien enfrenta los trajines y la presión de las tareas cotidianos con entereza. Para ello hay que desarrollar la capacidad para la tregua íntima, obligando a los diarios afanes por la utilidad a ceder transitoriamente su imperio.

Uno de los estudios científicos más completos sobre el sentido y los contenidos de la serenidad fue realizado por Roberts y Cunningham (1990). Elaboraron el test Serenity Scale y lo aplicaron a 542 sujetos, procesando estadísticamente los resultados, para descubrir seis dimensiones o procesos básicos que involucran la idea de serenidad. Ellos son:

 

 

 

Seguramente en el pedido de Jesucristo a sus discípulos a buscar un lugar tranquilo y reposar están implícitas los contenidos de la serenidad. También aparecen esas características en la célebre poesía de Reinhold Niebuhr, “La oración de la serenidad”
 
Dios, concedeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el coraje para cambiar aquellas que puedo,
y la sabiduría para reconocer la diferencia.
Viviendo un día a la vez,

disfrutando cada momento a la vez,
aceptando las pruebas como una camino hacia la paz,
tomando este mundo malvado tal cual es,
no como me gustaría que fuera.

Confiando que Tú harás todas las cosas rectas
si yo me rindo a tu voluntad,
por lo tanto, puedo ser razonablemente feliz en esta vida
y supremamente feliz contigo en la eternidad.


Mario Pereyra es doctor en psicología, psicólogo clínico, terapeuta de familia, docente universitario, investigador y escritor. Actualmente se desempeña como Catedrático del Posgrado de la Maestría en Relaciones Familiares y Coordinador en Investigación de Psicología Clínica de la Universidad de Montemorelos, México. Lleva publicado 350 artículos y 21 libros.