Los Dones y Ministerios Espirituales

Las 28 Doctrinas


Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones espirituales para que cada miembro los emplee en amante ministerio por el bien común de la iglesia y de la humanidad. Concedidos mediante la opera­ción del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad, los dones proveen todos los ministerios y habilidades que la iglesia necesita para cumplir sus funciones divinamente ordenadas. De acuerdo con las Escrituras, estos dones incluyen ministerios —tales como fe, sanidad, profecía, predicación, enseñanza, administración, reconciliación, compasión, servicio abnegado y caridad—, para ayudar y animar a nuestros semejantes.
Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para ejercer funciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastorales, de evangelización, apostólicos y de enseñanza, particularmente necesarios con el fin de equipar a los miembros para el servicio, edificar a la iglesia con el objeto de que alcance la madurez espiritual, y promover la unidad de la fe y el conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales como fieles mayordomos de la multiforme gracia de Dios, la iglesia queda protegida de la influencia destructora de las falsas doctrinas, crece gracias a un desarrollo que procede de Dios, y se edifica en la fe y el amor (Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:9-11,27, 28; Efesios 4:8,11-16; Hechos 6:1-7; 1 Timoteo 3:1-13; 1 Pedro 4:10,11).
LAS PALABRAS QUE JESÚS HABLÓ JUSTO ANTES de ascender al cielo, ha­brían de cambiar la historia. “Id por todo el mundo —les ordenó a los discípu­los—, y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).
¿A todo el mundo? ¿A toda criatura? Los discípulos deben haber pensado que se trataba de una tarea imposible. Cristo, que conocía su impotencia, los instruyó para que no abandonaran Jerusalén, "sino que esperasen la promesa del Padre”. Luego les aseguró: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espí­ritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1:4, 8).
Después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos pasaron mucho tiem­po en oración. La armonía y la humildad reemplazaron la discordia y los celos que habían caracterizado buena parte del tiempo que pasaron con Jesús. Los discípulos estaban convertidos. Su estrecha comunión con Cristo y la unidad resultante constituyeron la preparación necesaria para el derramamiento del Es­píritu Santo.
Así como Jesús recibió una unción especial del Espíritu que lo capacitó para realizar su ministerio (Hechos 10:38), también los discípulos recibieron el bautis­mo del Espíritu Santo (Hechos 1:5), el cual los capacitaría para testificar. Los resul­tados fueron asombrosos. El mismo día que recibieron el don del Espíritu Santo, bautizaron a 3.000 personas (ver Hechos 2:41).

Los dones del Espíritu Santo
Cristo ilustró los dones del Espíritu Santo con una parábola: “El reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos” (Mateo 25:14,15).
El hombre que se fue lejos representa a Cristo, el cual subió al cielo. Los “sier­vos” son sus seguidores, los cuales fueron “comprados por precio” (1 Corintios 6:20), a saber, “con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:19). Cristo los redimió para el servicio, “para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15).
A cada siervo, Cristo le concedió dones según su capacidad, “y a cada uno su obra” (Marcos 13:24). Junto con otros dones y capacidades (ver el capítulo 21 de esta obra), estos dones representan los talentos especiales que imparte el Espíritu.
En un sentido especial, Cristo le concedió a su iglesia estos dones espirituales en el Pentecostés. “Subiendo a lo alto —dice Pablo—... dio dones a los hombres”. De ese modo, “a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (Efesios 4:8, 7). El Espíritu Santo es el agente que distribuye “a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11) los dones que le permiten a la iglesia cumplir la tarea que se le ha asignado.

El propósito de los dones espirituales
El Espíritu Santo concede una capacidad especial a cierto miembro, permitién­dole ayudar a que la iglesia cumpla su misión divina.
Armonía en la iglesia. A la iglesia de Corinto no le faltaba ningún don espi­ritual (1 Corintios 1:4, 7). Desgraciadamente, discutían como niños sobre cuáles do­nes eran los más importantes.
Preocupado por las divisiones en la iglesia, Pablo escribió a los corintios acer­ca de la verdadera naturaleza de esos dones, y cómo debían obrar. Explicó que los dones espirituales son concedidos por gracia. Del mismo Espíritu viene una “di­versidad de dones”, que lleva a una “diversidad de ministerios” y a una “diversi­dad de operaciones”. Pero Pablo hace énfasis en que “Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Corintios 12:4-6).
El Espíritu distribuye dones a cada creyente para la edificación y desarrollo de la iglesia. Las necesidades de la obra del Señor determinan qué distribuye el Espí­ritu, y a quiénes se los da. No todos reciben los mismos dones. Pablo declaró que el Espíritu le da a uno sabiduría, a otro conocimiento, a otro fe, a otro milagros, a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus, a otro lenguas, y a otro la interpreta­ción de lenguas; “pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repar­tiendo a cada uno en particular como él quiere” (versículo 11). El agradecimiento por la operación de un don en la iglesia debe ser dirigido al Dador, y no a la persona que ejerce el don. Y por cuanto los dones se entregan a la iglesia y no al individuo, quie­nes los reciben no deben considerarlos su propiedad privada.
Por cuanto el Espíritu distribuye conforme a lo que le parece, ningún don debe ser despreciado o pasado por alto. Ningún miembro de la iglesia tiene el derecho de ser arrogante por habérsele encargado alguna función específica, ni nadie debiera sentirse inferior porque se le ha asignado una posición humilde.

  1. Un modelo a seguir. Pablo usó el cuerpo humano para ilustrar la armonía que debe existir en la diversidad de dones. El cuerpo tiene muchas partes, cada una de las cuales contribuye en forma especial. “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (versículo 18).

Ninguna parte del cuerpo debiera decir a otra: "¡No te necesito!” Todas de­penden unas de otras, y “los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios; y aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen nece­sidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba” (versículos 21-24).
El mal funcionamiento de cualquier órgano afecta todo el cuerpo. Si el cuer­po no tuviera cerebro, el estómago no funcionaría; y si no tuviera estómago, el cerebro no serviría de nada. Así también, la iglesia sufriría si le faltara cualquiera de sus miembros, no importa cuán insignificante sea.
Ciertas partes del cuerpo que son estructuralmente más débiles, necesitan pro­tección especial. Uno puede funcionar sin una mano o una pierna, pero no sin el hí­gado, el corazón o los pulmones. Normalmente exponemos nuestro rostro y nuestras manos, pero cubrimos otras partes del cuerpo con vestiduras, con propósitos de mo­destia o decencia. Lejos de estimar livianamente los dones menores, debemos tratar­los con mayor cuidado, porque la salud de la iglesia depende de ellos.
Dios deseaba que la distribución de dones espirituales en el seno de la iglesia evita­ra la “desavenencia en el cuerpo”, produciendo en cambio un espíritu de armonía e in­terdependencia, para que “los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miem­bro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (versículos 25, 26). Así que cuando un creyente sufre, toda la iglesia debe saberlo y ayudar al sufriente. Únicamen­te cuando dicho individuo haya sido restaurado, estará segura la salud de la iglesia.
Después de comparar el valor de cada uno de los dones, Pablo hace una lista con varios de ellos: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (versículo 28; ver también Efesios 4:11). Por cuanto ningún miembro posee todos los dones, el apóstol anima a todos a procurar “los dones mejores” (vers. 31), refiriéndose a los que sean más útiles para la iglesia.

  1. La dimensión indispensable. Los dones del Espíritu Santo, sin embargo, no son suficientes por sí mismos. Hay "un camino aun más excelente” (versículo 31). Cuando Cristo vuelva, los dones del Espíritu pasarán; sin embargo, el fruto del Espíritu es eterno. Consiste en la virtud eterna del amor y la paz, bondad y justi­cia que el amor trae consigo (ver Gálatas 5:22, 23; Efesios 5:9). Si bien desaparecerán la profecía, las lenguas y el conocimiento, la fe, la esperanza y el amor permanecerán. Y “el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).

Este amor que Dios concede (agape en griego) es un amor sacrificado y abne­gado (1 Corintios 13:4-8). Es “el tipo más elevado del amor, el cual reconoce algo de valor en la persona u objeto amado; un amor que se basa en principios y no en emociones; un amor que surge del respeto por las cualidades admirables de su objeto”. Los dones desprovistos de amor causan confusión y divisiones en la iglesia. El camino más excelente, por lo tanto, consiste en que cada uno de los que reciben dones espirituales posea también este amor enteramente abnegado. “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1).
Viviendo para la gloria de Dios. Pablo se refirió también a los dones espiri­tuales en su epístola a los romanos. Al hacer un llamado a cada creyente para que viva para gloria de Dios (Romanos 11:36-12:2), Pablo usa nuevamente las partes del cuerpo para ilustrar la diversidad y, a la vez, la unidad que caracteriza a los cre­yentes que se unen a la iglesia (versículos 3-6).
Reconociendo que tanto la fe como los dones espirituales tienen su fuente en la gracia de Dios, los creyentes permanecen humildes. Mientras más dones se conceden a un creyente, mayor es su influencia espiritual, y más profunda debe ser su dependencia de Dios.
En este capítulo Pablo menciona los siguientes dones: Profecía (expresión ins­pirada, proclamación), ministerio (servicio), enseñanza, exhortación (dar áni­mo), repartimiento (compartir), liderazgo y misericordia (compasión). Tal como lo hace en 1 Corintios 12, termina su discusión con el mayor principio del cris­tianismo, a saber, el amor (versículo 9).
Pedro presentó el tema de los dones espirituales colocando como telón de fondo el hecho de que “el fin de todas las cosas se acerca” (1 Pedro 4:7). La urgencia de la hora requiere que los creyentes usen sus dones. “Cada uno según el don que ha recibido —exhorta el apóstol—, minístrelo a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (versículo 10). Tal como lo hace Pablo, Pedro enseña que estos dones no son para la glorificación del individuo, sino “para que en todo sea Dios glori­ficado por Jesucristo” (versículo 11). Pedro también asocia el amor con los dones (versículo 8).
El crecimiento de la iglesia. En su tercera y final discusión de los dones es­pirituales, el apóstol Pablo insta a los creyentes a que vivan “como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, sopor­tándoos con paciencia los unos a los otros en amor. Solícitos en guardar la uni­dad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Efesios 4:1-3).
Los dones espirituales contribuyen a promover la unidad que hace que la igle­sia crezca. Cada creyente ha recibido “la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (versículo 7).
El mismo Jesús “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evan­gelistas; a otros, pastores y maestros”. Estos dones constituyen ministerios orien­tados hacia el servicio, y son dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (versículos 11-13). Los que reciben do­nes espirituales deben servir especialmente a los creyentes, preparándolos para las clases de ministerio que se ajustan a sus dones. Esto edifica la iglesia hacia una madurez que alcanza la plena estatura de Cristo.
Estos ministerios aumentan la estabilidad espiritual y fortalecen a la iglesia contra las falsas doctrinas, de manera que los creyentes ya no sean “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (versículos 14, 15).
Finalmente, en Cristo, los dones espirituales producen tanto la unidad como la prosperidad de la iglesia. De él “todo el cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (versículo 16). Si la iglesia ha de experimentar el crecimiento que Dios desea, cada miembro debe usar los dones de gracia que él provee.
Como resultado, la iglesia experimenta un crecimiento doble: en el número de sus miembros y en la cantidad de dones espirituales disponibles. En esto tam­bién el amor es parte de este llamado, ya que la iglesia puede lograr esta clase de edificación y crecimiento únicamente por medio del uso de estos dones en el amor.
Implicancias de los dones espirituales
Un ministerio común. La Escritura no apoya la idea de que el clero debe ministrar mientras que los laicos se limitan a calentar los asientos y esperar para recibir su alimento. Tanto los pastores como los laicos componen la iglesia, el pueblo adquirido por Dios (1 Pedro 2:9). Unidos, son responsables del bienestar de la iglesia y de su prosperidad. Han sido llamados para trabajar juntos, cada uno según sus propios dones especiales que Cristo le ha concedido. La diferencia de dones resulta en una variedad de ministerios o servicios, todos unidos en su testimonio con el fin de extender el reino de Dios y preparar al mundo para en­contrarse con su Salvador (Mateo 28:18-20; Apocalipsis 14:6-12).
El papel de los ministros. La doctrina de los dones espirituales coloca sobre los hombros del ministro la responsabilidad de preparar la congregación. Dios ha establecido apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, con el fin de equipar a su pueblo para el ministerio. “Los ministros no debieran hacer la obra que pertenece a la iglesia, de este modo agotándose, e impidiendo que otros cum­plan sus deberes. Debieran enseñar a los miembros a trabajar en la iglesia y en la comunidad”.
El ministro que no tiene el don de preparar a otros no debe ocuparse del ministerio pastoral, sino actuar en alguna otra parte de la obra de Dios. El éxito del plan que Dios tiene para la iglesia depende de la buena voluntad y capacidad que muestren sus pastores en la preparación de los miembros para que éstos usen los dones que han recibido de Dios.
Los dones y nuestra misión. Dios concede dones espirituales para beneficiar todo el cuerpo, y no simplemente a los individuos que los reciben. Y, tal como el receptor no recibe el don para sí mismo, así también la iglesia no recibe la totali­dad de los dones para sí misma. Dios dota a la comunidad de la iglesia con dones que la preparan para cumplir ante el mundo la misión que él le ha asignado.
Los dones espirituales no son la recompensa por una obra bien hecha, sino que son las herramientas que permiten hacer bien el trabajo. El Espíritu, por lo general, concede dones que son compatibles con los talentos naturales de un individuo, si bien los talentos naturales por sí solos no constituyen dones espirituales. Se re­quiere el nuevo nacimiento para que una persona sea llena con la energía del Espíritu. Debemos nacer de nuevo para ser dotados de dones espirituales.
Unidad en la diversidad, no uniformidad. Algunos cristianos procuran hacer que todos los demás creyentes sean como ellos. Este no es un plan divino sino humano. El hecho de que la iglesia permanece unida a pesar de la diversidad de los dones espirituales, comprueba la naturaleza complementaria de dichos do­nes. Indica que el progreso de la iglesia de Dios depende de cada creyente. Dios desea que todos los dones, ministerios y operaciones que se manifiestan en la iglesia, actúen unidos en la obra de construir sobre el fundamento que ha colocado la iglesia a través de los siglos. En Jesucristo, la principal piedra del ángulo, “todo el edificio bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:21).
El propósito de los dones: la testificación. Los creyentes reciben diversidad de dones, lo cual indica que cada uno debe cumplir un ministerio individual. Sin embargo, cada creyente debiera ser capaz de testificar acerca de su fe, compartir sus creencias y hablar a otros acerca de lo que Dios ha hecho en su vida. El pro­pósito con el cual Dios concede cada don, no importa cual sea este, es capacitar al que lo posee para que dé testimonio.
El fracaso en el uso de los dones espirituales. Los creyentes que rehúsan emplear los dones espirituales, hallarán que no solo estos se atrofian, sino tam­bién que al hacerlo están poniendo en peligro su vida eterna. Con amorosa pre­ocupación, Jesús pronunció la solemne amonestación de que el siervo que no usó su talento no era otra cosa que un “siervo malo y negligente”, el cual despreció la recompensa eterna (Mateo 25:26-30). El siervo infiel admitió libremente que su fracaso había sido deliberado y premeditado. Por eso, debió llevar la responsabi­lidad por su decisión. “En el gran día final del juicio, los que han ido a la deriva, evitando oportunidades y haciéndoles el quite a las responsabilidades, serán cla­sificados por el gran Juez con los malhechores.

El descubrimiento de los dones espirituales
Si los miembros desean participar con éxito en la misión de la iglesia, deben com­prender sus dones. Los dones funcionan como una brújula, dirigiendo al que los posee hacia el servicio y el goce de la vida abundante (Juan 10:10). En la medida como elegi­mos “no reconocer, desarrollar y ejercer nuestros dones (o simplemente los descuida­mos), la iglesia es menos de lo que podría ser. Menos de lo que Dios quería que fuera”.
El proceso de descubrimiento de nuestros dones espirituales debiera carac­terizarse por los siguientes rasgos:
La preparación espiritual. Los apóstoles oraron con diligencia pidiendo la capacidad de hablar palabras que llevaran a los pecadores a Jesús. Eliminaron las diferencias y el deseo de la supremacía, que se habían interpuesto entre ellos. La confesión del pecado y el arrepentimiento los hizo entrar en una relación estre­cha con Cristo. Los que aceptan a Cristo hoy necesitan una experiencia similar en preparación para el bautismo del Espíritu Santo.
El bautismo del Espíritu no es un acontecimiento único; podemos experimentar­lo diariamente. Necesitamos rogar al Señor que nos conceda ese bautismo, porque le imparte a la iglesia poder para testificar y proclamar el evangelio. Para hacer esto, debemos entregar continuamente nuestras vidas a Dios, permanecer enteramente en Cristo, y pedirle sabiduría para descubrir nuestros dones (Santiago 1:5).
El estudio de las Escrituras. Si estudiamos con oración lo que el Nuevo Tes­tamento enseña acerca de los dones espirituales, le permitiremos al Espíritu San­to impresionar nuestras mentes con el ministerio específico que tiene para noso­tros. Es importante que creamos que Dios nos ha concedido por lo menos un don para ser usado en su servicio.
Abiertos a la conducción providencial. No debemos usar nosotros al Espíri­tu, sino que él debe usarnos, ya que es Dios quien obra en su pueblo “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Es un privilegio estar dispuestos a trabajar en cualquier línea de servicio que la providencia de Dios presente. Debe­mos darle a Dios la oportunidad de obrar a través de otros para solicitar nuestra ayuda. De este modo debiéramos estar listos para responder a las necesidades de la iglesia donde quiera que éstas se presenten. No debiéramos tener temor de probar cosas nuevas, pero al mismo tiempo debemos sentirnos libres de informar acerca de nuestros talentos y vivencias a los que piden nuestra ayuda.
Confirmación proveniente del cuerpo. Por cuanto Dios concede estos dones para edificar su iglesia, podemos esperar que la confirmación final de nuestros dones surja del juicio del cuerpo de Cristo, y no de nuestros propios sentimien­tos. A menudo es más difícil reconocer los dones propios que los de otros. No solo debemos estar dispuestos a escuchar lo que otros nos digan acerca de nues­tros dones, sino también es importante que reconozcamos y confirmemos los dones de Dios en los demás.
Nada genera mayor entusiasmo ni sentimiento de logro, que saber que estamos ocupando la posición del ministerio o del servicio que la Providencia había dispuesto para nosotros. ¡Cuán grande es la bendición que recibimos al emplear en el servicio de Dios el don especial que Cristo nos ha concedido por medio del Espíritu Santo! Cristo anhela compartir con nosotros sus dones de gracia. Hoy podemos aceptar su invitación y descubrir lo que pueden hacer sus dones en una vida llena del Espíritu.


Referencias:
Ver por ejemplo, Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, pp. 262, 263. No siempre podemos distinguir fácilmente entre lo que es sobrenatural, lo que es heredado y nuestras capacidades adquiridas. En aquellos que se hallan bajo el control del Espíritu, estas capacidades con frecuencia se entremezclan armoniosamente.

Ver Richard Hammill, "Spiritual Gifts in the Church Today” [Los dones espirituales en la iglesia de hoy], Ministry, julio de 1982, pp. 15, 16.

En el sentido más amplio, el amor es un don de Dios, puesto que todas las buenas cosas vie­nen de él (Juan 1:17). Es el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22), pero no constituye un don espiritual en el sentido de que el Espíritu Santo lo ha distribuido a algunos creyentes y no a otros. A todos se nos dice: “Seguid el amor” (1 Corintios 14:1).

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 773.

Elena G. de White, “Appeals for Our Missions” [Llamados en favor de nuestras misiones] en Historical Sketches of the Foreign Missions of the Seventh-day Adventists [Bosquejos históri­cos de las misiones extranjeras de los adventistas del séptimo día] (Basilea, Suiza: Imprimerie Polyglotte, 1886), p. 291. Ver también Rex D. Edwards, A New Frontier—Every Believer a Minister [Una nueva frontera: cada creyente un ministro] (Mountain View, California: Paci­fic Press, 1979), pp. 58-73.

Ver J. David Newman, “Seminar in Spiritual Gifts” [Seminario acerca de dones espirituales], manuscrito inédito, p. 3.

Acerca de la gravedad de esta condición, ver Elena G. de White, "Home Discipline” [La disci­plina en el hogar], Review and Herald, 13 de junio de 1882, p. [1],

Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 499.

Don Jacobsen, “What Spiritual Gifts Mean to Me” [Lo que significan para mí los dones espi­rituales], Adventist Review, 25 de diciembre de 1986, p. 12.

Ver Roy C. Naden, Discovering your Spiritual Gifts [Cómo descubrir sus dones espirituales] (Berrien Springs, Michigan: Institute of Church Ministry, 1982); Mark A. Finley, The Way to Adventist Church Growth [El camino al crecimiento de la Iglesia Adventista] (Siloam Springs, AR: Concerned Communications, 1982); C. Peter Wagner, Your Spiritual Gifts Can Help Your Church Grow [Sus dones espirtuales pueden ayudar al crecimiento de su iglesia] (Glen­dale, California: Regal Books, 1979).

Ver Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 42; Elena G. de White, Consejos para los maestros (Mountain View, California: Pacific Press), p. 124.