Cómo tratar con los legalistas
Gálatas 6

Yo acababa de llegar a casa desde el trabajo y me puse a revisar la correspondencia recibida durante la tarde. Casi al final de la  pila encontré el último número de la Revista Adventista en in­glés, así que la tomé en mis manos y comencé a hojearla. Un artícu­lo que estaba cerca de las páginas centrales de la revista cautivó tan­to mi atención que empecé a leerlo. Cuando llegué al tercer párrafo ya no podía dejarlo. Me gustaría compartir con usted algo de ese material:
"Mi padre, mi madre, mi hermana y yo asistimos a fines de la década del 70 a un Seminario de Revelaciones del Apocalipsis que un evangelista estaba dictando en nuestra ciudad. Mis padres y mi hermana aceptaron al Señor y desearon ser bautizados. Yo todavía no había llegado a conocer al Señor, pero la presión de mi familia y de la iglesia por bautizar una familia entera hizo que yo consintiera en dar ese paso".
"Después de nuestro bautismo como familia, caímos en una ru­tina consistente en asistir a la iglesia alternando con algunas ausen­cias de tanto en tanto. No hace falta decir que nuestra vida y nues­tras prácticas no siempre estaban en armonía con las normas de la iglesia. Durante uno de los períodos en los que no asistíamos a la iglesia, los ancianos de la iglesia vinieron a visitarnos. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando rehusaron tomar asiento o aceptar cualquier hospitalidad. Dijeron que venían de parte de la junta de la iglesia".
"Dijeron que la junta de la iglesia había votado nuestra exclu­sión de la lista de miembros pues nuestra asistencia irregular y otras actividades que no representaban correctamente las normas de la iglesia eran una mala influencia para otros miembros de la iglesia. Dijeron que dábamos a la comunidad una mala impresión acerca de la Iglesia Adventista. Dijeron que existía la posibilidad de que fuéra­mos aceptados nuevamente como miembros de la iglesia si cambiá­bamos completamente y llegábamos a ser mejores cristianos".
"Nunca olvidaré ese día ni la intensidad de mis pensamientos y sentimientos. Podía sentir el calor de las lágrimas que brotaban de mis ojos. Corrí a mi habitación reprimiendo aquellas lágrimas. Aquellos hombres representaban a Dios para mí; eran la voz de Dios. Puesto que ellos me rechazaron, Dios también me había re­chazado sin duda. Dirigí mi ira hacia Dios, y todavía recuerdo el dolor que experimenté cuando le di la espalda" (14 de mayo de 1992, p. 11).
La autora se refiere luego a los años de sufrimiento que sopor­tó. Ella está entre los afortunados que, después de recibir un trato semejante, reanudaron su relación con la iglesia. La mayoría nunca lo hace.
Esta autora narró su versión de lo ocurrido, el rechazo de la iglesia tal como ella lo sintió. Me gustaría conocer el otro lado de la historia. Posiblemente sonaría muy diferente. Pero desafortunada­mente, aunque el hecho de conocer el otro lado de la historia mode­rara la aparente insensibilidad demostrada en este caso particular, lo que esta persona describe sucede continuamente en las denomina­ciones cristianas conservadoras, incluyendo a la Iglesia Adventista. En consecuencia, encuentro el incidente sumamente creíble.
Concedamos por el momento que el hecho ocurrió más o me­nos como la autora lo describió, es decir, que los ancianos que visita­ron su hogar fueron realmente tan insensibles como ella los perci­bió. Es el ejemplo clásico de la clase de naufragios humanos que los legalistas pueden dejar como estela a su paso. Los dirigentes de esa congregación parecen haber estado más preocupados por las normas y el buen nombre de la iglesia que por el bienestar espiritual de sus hermanos descarriados.
Leí la historia a mi esposa mientras ella preparaba la cena, y su respuesta inmediata fue: "¡Qué horrible! ¿Por qué no pudieron esos ancianos tratar a esas personas de manera salvadora en lugar de em­pujarlos fuera del camino?".
Esa es una buena pregunta. Cada uno de nosotros debe pensar acerca de ello, especialmente quienes somos dirigentes en la iglesia de Dios, quienes tenemos de tanto en tanto la responsabilidad de tratar con hermanos que no están viviendo en armonía con las ense­ñanzas de la Biblia y de la iglesia.
Pero me gustaría proponer una pregunta diferente: ¿Cómo po­día alguien que reconociera la actitud legalista de esos ancianos ha­ber tratado con ellos mismos, quienes, por más sinceros que fueran, manejaron aquella situación tan cruelmente? Esa pregunta nos tras­lada al corazón mismo del tema de este capítulo: cómo proceder con los legalistas. Y creo que a eso se refirió Pablo en la primera parte de Gálatas 6. Él comenzó diciendo: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre" (versículo 1).
Dediquemos un momento a repasar lo que conocemos acerca de la historia de la iglesia de Galacia. Pablo la estableció en esa re­gión mientras se recuperaba de una dolencia. El enseñó el evangelio a sus nuevos conversos y los dejó regocijándose en la nueva fe que acababan de conocer. Desafortunadamente, tras su partida, una sec­ta legalista de cristianos judíos proveniente de Jerusalén infiltró la iglesia de Galacia, y sus integrantes adoptaron una actitud intole­rante para con quienes no estaban viviendo a la altura de las normas según ellos (los del partido judío) las interpretaban. No obstante, ningún miembro de la iglesia aceptó las enseñanzas del partido ju­dío. En verdad, varios de ellos se opusieron firmemente a esas ense­ñanzas, a tal punto que la iglesia llegó a estar seriamente dividida. En su momento, se declaró una guerra en la que ambos bandos se criticaban abiertamente y se condenaban entre sí.
Este es el contexto del consejo paulino: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre".
La pregunta que surge es: ¿Quiénes eran los pecadores a los que se refiere Pablo? Existen por lo menos dos posibilidades. Una de ellas es que esos pecadores eran personas a quienes el partido ju­dío y sus simpatizantes estaban tratando de reformar. Los legalistas son famosos por tratar severamente a quienes ellos consideran peca­dores, y es posible que Pablo los estuviera animando a ser más amo­rosos. De ser ése el caso, puede que él estuviera diciendo algo así: "Por favor, legalistas, traten amablemente a quienes están luchando con el hábito de decir malas palabras". "Por favor, sean amables con las jóvenes solteras de la iglesia que quedan embarazadas". "Por fa­vor, traten con bondad a los gentiles que salieron del paganismo pa­ra unirse a la iglesia y que todavía tienen algunos malos hábitos que deben vencer".
Sin embargo, me gustaría que usted pensara en el consejo de Pablo desde una perspectiva levemente diferente, y ésta es la segun­da interpretación posible de la expresión: "Si alguno fuere sorpren­dido en alguna falta". Podría ser que Pablo estuviera pidiendo a la iglesia que fuera más amable ¡con los legalistas! El tono severo con que se dirige a los legalistas en una sección anterior de la epístola parece contradecir esta interpretación, pero lea los próximos dos o tres párrafos antes de desechar completamente esa posibilidad.
En la segunda mitad de Gálatas 5, Pablo contrasta las obras de la carne con los frutos del Espíritu, y en su lista de "obras de la car­ne", mencionó las enemistades, los pleitos, las iras y las contiendas juntamente con las borracheras y las orgías. Exhortó a los cristianos de Galacia a dejar de "morderse y comerse irnos a otros" para que no se consumieran unos a otros. Y en el último versículo del capítu­lo 5 dijo: "No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros".
Al principio del capítulo 6, él dijo: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta...".
¿Qué clase de falta? ¿Quién estaba en falta en Galacia? Quienes estaban mordiéndose y comiéndose unos a otros. Quienes estaban creando divisiones. El partido judío y sus simpatizantes. Esa era la gente que estaba condescendiendo con su naturaleza pecaminosa, quienes necesitaban ser restaurados. Y Pablo dijo: "Hermanos, si al­guno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espiritua­les, restauradle con espíritu de mansedumbre".
Es imposible saber exactamente qué tenía en mente Pablo cuando se refirió a quienes estaban en falta dentro de la iglesia, pero su exhortación era para que se los tratara con bondad, tanto a quie­nes son culpables de legalismo como a quienes lo son por cualquier otro pecado. Eso suena extraño cuando recordamos el consejo apa­rentemente duro que dio Pablo en Gálatas 4:30: "Echa fuera a la es­clava y a su hijo". Sin embargo, el legalismo es una manifestación de la naturaleza pecaminosa, tanto como la glotonería, la ebriedad y la inmoralidad sexual. Si Dios nos pidió que tratáramos con amabili­dad a quienes son culpables de manifestar esos aspectos de la natura­leza pecaminosa que nosotros llamamos ebriedad e inmoralidad se­xual, ¿por qué deberíamos tratar de manera diferente a quienes ma­nifiestan aspectos de la naturaleza pecaminosa que llamamos legalis­mo?
Desafortunadamente, debo confesar que la actitud que los no legalistas encuentran más fácil de manifestar para con los legalistas es la misma rudeza que condenan en éstos. La pregunta es: ¿Cómo podemos tratar amablemente a los legalistas cuando nuestro primer impulso es ser duros con ellos?
Creo que hay tres cosas que pueden ayudarnos.
Primero, debemos recordar que los legalistas están en su dere­cho de sostener sus propias opiniones. Puede que no estemos de acuerdo con ellos, pero tenemos el deber de respetarlos. Aun cuando tratan de imponer sus opiniones a otros, debemos ser respetuosos con sus opiniones. Podemos intervenir en esa situación —y hablare­mos de eso luego—, pero aun el hecho de que estén tratando de imponer sus opiniones a otros no nos da derecho a mostrarnos irrespetuosos con sus convicciones. No debemos burlarnos de las opiniones de los legalistas, independientemente de cuán extrañas puedan parecer. En la medida en que nos mostremos irrespetuosos para con las opiniones de los legalistas, perderemos incluso la opor­tunidad de conducirlos a una comprensión más clara de los asuntos espirituales.
En segundo lugar, necesitamos reconocer que Dios ama a los legalistas y los ayuda en la medida de la comprensión que tengan de lo correcto y de lo erróneo. Este hecho queda ilustrado por una fa­milia que conocí hace años y que creía que era incorrecto usar ropa hecha de distintas clases de fibras (véase Levítico 19:19). Cuando iban a la tienda a comprar ropa para sus hijos, pedían al vendedor ropa confeccionada ciento por ciento de algodón. Eso era difícil de con­seguir en aquella época, ¡pero allí había una familia buscando ropa hecha enteramente de algodón para vestir a varios niños y niñas de los pies a la cabeza! El vendedor buscaba y buscaba hasta que final­mente encontraba ropa para niños hecha enteramente de algodón. Pantalones, camisas, polleras, todo era de algodón.
Pero había un problema adicional. La ropa de algodón puro costaba casi tres veces más que la confeccionada con mezcla de fi­bras. Aparentemente la demanda de ropa de algodón era tan reduci­da que el fabricante tenía que ponerle un precio elevado para que le quedara un margen de beneficio.
El padre de aquella familia explicó al vendedor sus creencias religiosas y le preguntó si, en vista de ello, la tienda estaría dispuesta a venderles la ropa de algodón al mismo precio que la de fibras mix­tas. El vendedor consultó entonces con su supervisor y volvió con una respuesta afirmativa.
Usted puede imaginar el gozo de aquel padre cuando me narró el incidente unos días después. "¡Vea cómo proveyó el Señor! Vale la pena obedecer lo que la Biblia dice".
Usted y yo sonreímos al pensar en esa historia. Sacudimos nuestra cabeza y pensamos: ¿Es posible que Dios se aviniera a cooperar con semejante disparate?
Y yo digo que sí. ¡Absolutamente! Creo que Dios honra las convicciones honestas de toda persona. Creo que cada uno de noso­tros tiene convicciones que hacen sonreír a Dios. Dudo que haya alguien que no haga de tanto en tanto cosas que hacen reír —o llo­rar— a Dios y a los ángeles. ¿Acaso nos ayuda Dios sólo cuando nuestras ideas y nuestra conducta tienen sentido para él? ¡Claro que no! ¿Rechaza un padre un pedido simple de un hijo sólo porque aquel piensa que el pedido es una tontería? Tal vez algunos padres, pero puedo asegurarle que no son los mejores padres. Los mejores padres conceden a sus hijos lo que éstos les piden, siempre que les resulte posible y que no dañe a nadie, independientemente de lo que los padres piensen acerca de lo solicitado.
Así que el segundo principio que debe tenerse presente mien­tras estemos en contacto con legalistas es que Dios los ama y trabaja con ellos dentro de la medida de la percepción que ellos tengan de lo que es correcto o erróneo.
Lo tercero que debemos recordar acerca de los legalistas es que son absolutamente sinceros. Nunca he conocido legalistas que pre­tendan destruir la iglesia. Ellos quieren ayudar a la iglesia. Quieren ayudar a sus respectivas familias.
Hace varios años, cuando yo era pastor en Texas, tuve un feli­grés que era conocido por su actitud legalista. El fue un día a verme a mi oficina. Quería hablar acerca de sus hijos, quienes todavía eran lo suficientemente jóvenes como para conformarse a los deseos de su padre, pero yo me temía que llegaría el momento cuando la dureza de éste y su espíritu crítico y enjuiciador terminaría apartando a sus hijos de sus raíces espirituales y de la iglesia. No obstante, aquel querido hermano lloraba mientras compartía conmigo su profunda preocupación por sus hijos. El no pretendía que se alejaran de la iglesia. Nada estaba tan cerca de su corazón como sus hijos, y de­seaba desesperadamente verlos salvos.
Los legalistas son absolutamente sinceros, y sólo puede ayudar­los de manera redentora quien logre ver debajo de su áspero exterior su profundo anhelo de que la iglesia entera esté en armonía con Dios.
Para ayudar efectivamente a los legalistas debemos, pues, respe­tar sus opiniones, aunque no estemos de acuerdo con ellas. Debe­mos reconocer que Dios los ama y que obra en favor de ellos en los términos de ellos, no en los nuestros. Y debemos entender que su deseo de que la iglesia prospere es tan profundo como el nuestro. Si podemos aproximarnos a los legalistas de esta manera, estaremos en mejores condiciones de seguir el consejo del apóstol Pablo y los trataremos amablemente.
Pablo mencionó una cualidad extremadamente importante de quienes son llamados a tratar con los pecadores en la iglesia, inclu­yendo a quienes son culpables del pecado del legalismo. Pablo dijo que los tales deben ser espirituales. "Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre", dijo. Ser espiritual significa tener una relación estrecha con Jesús. Significa poseer ciertos dones del Espíritu, tales como la fe, sabiduría y discernimiento. Es extremadamente impor­tante que la iglesia comisione solamente a las personas más espiri­tuales para tratar con quienes están creando facciones y divisiones en la congregación. En la mayoría de los casos, esas personas serán los ancianos, quienes fueron señalados para esa posición por sus cualidades para el liderazgo espiritual.
En la segunda parte del versículo 1, Pablo dijo algo que tam­bién es importante: "Considerándote a ti mismo, no sea que tú tam­bién seas tentado".
Quienes reciben de la iglesia la misión de tratar con el pecado, deben tener cuidado de que el mismo pecado que tratan de corregir en otros no haga presa de ellos. Y en ningún otro caso es tan grande ese riesgo como cuando tratamos con legalistas. Estos tienen la sin­gular facultad de suscitar en nosotros la misma dureza que condena­mos en ellos. Esto sucede porque los legalistas nos hacen sentir aira­dos, lo cual desemboca en la dureza. Quienes no somos legalistas — o pensamos que no lo somos— tendemos a airarnos con los legalis­tas por dos razones. En primer lugar, nos enojamos con ellos cuando tratan de imponernos sus opiniones. Y segundo, nos airamos con ellos cuando su espíritu crítico y desconsiderado lastima a cristianos más débiles.
He allí por qué el legalismo puede producir semejante estrago en una iglesia. No es sólo porque la ira de los legalistas se descontro­la. Con frecuencia, quienes tratan de entrar en razones con los lega­listas terminan tan airados como éstos. Los legalistas se enfurecen cuando entran en contacto con los no legalistas y éstos se enfurecen en contacto con aquéllos. En tales circunstancias, la iglesia se con­vierte pronto en un campo de batalla.
Examinemos los versículos 3-5 a la luz del problema de legalis­mo que Pablo estaba enfrentando en Galacia. El dijo: "Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro". Este es un consejo extremadamente importante para quienes tengamos que tratar con legalistas.
Recientemente leí una carta sumamente crítica y dura que cier­ta persona dirigió a un grupo de amigos míos y en la que criticaba a un grupo de personas a las que consideraba legalistas. Era obvio que el tal tenía un muy elevado concepto de sus cualidades espirituales. Pero su carta estaba llena de acusaciones y comentarios insidiosos acerca de la supuesta estrechez mental de sus oponentes. En mi opi­nión, este hombre debería haberse juzgado a sí mismo antes de juz­gar a aquellos a quienes estaba acusando. Debería haber revisado sus propias palabras y acciones antes de revisar las de ellos (véase Mateo 7:1-5). Quienes se burlan de los legalistas están en última ins­tancia comparándose con ellos y diciendo: "Dios, te doy gracias porque no soy como esos legalistas" (véase Lucas 18:11). ¡Es tan fácil para los no legalistas pensar que son algo cuando no son nada!
Quisiera ahora llamar su atención a una aparente contradicción a la que me referí antes entre lo que he dicho hasta aquí en este ca­pítulo y lo que he dicho en capítulos anteriores. A lo largo de la ma­yoría de este libro he asumido un tono más bien severo para con los legalistas. Lo hice siguiendo el ejemplo de Pablo. En Gálatas 3:1, él dijo: "¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó?" En Gálatas 4:17 dijo: "Tienen celo por vosotros, pero no para bien, sino que quieren apartaros de nosotros para que vosotros tengáis celo por ellos". Luego, en el mismo capítulo, dijo: "Echa fuera a la esclava y a su hijo" (versículo 30). Y en el capítulo 5 dijo: "De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído" (versículo 4). Final­mente dijo: "¡Ojalá se mutilasen [se castrasen] los que os pertur­ban!" (versículo 12).
No cabe duda de que en la mayor parte de su Epístola a los Gálatas, Pablo se opuso a los legalistas con algunas de sus más duras expresiones. ¿Cómo pudo entonces aconsejar en los primeros versí­culos del capítulo 6 que se asumiera una actitud más benévola para con ellos? A primera vista, es una de las mejores razones para supo­ner que los pecadores a los que se refirió Pablo en el versículo 1 no eran los legalistas que estaban en las congregaciones de Galacia. Se­ría fácil suponer que su llamado a la amabilidad se aplicaba a quienes eran perseguidos por los legalistas, no a los legalistas mismos. Es­toy seguro de que todos coincidimos en que se debería ser amable con las personas a quienes los legalistas persiguen. Pero creo que la exhortación paulina en favor de un trato bondadoso se aplica tam­bién a nuestras relaciones con los legalistas, ya que el legalismo es un pecado —una manifestación de la naturaleza pecaminosa— tanto como el adulterio.
¿Cómo podemos hacer ambas cosas? ¿Cómo podemos "echar afuera" a los legalistas y al mismo tiempo tratarlos amablemente?
Para empezar, no creo que "echar fuera" signifique ser duro o insensible. Si esas son las características que no nos gustan de los le­galistas, ciertamente no deberíamos usarlas contra ellos, a pesar de que nos sintamos tentados a ello. Prefiero la expresión "sean fir­mes". La amabilidad y la dureza son cosas opuestas, como el calor y el frío, lo húmedo y lo seco. Pero la gentileza y la firmeza armonizan [lo cortés no quita lo valiente]. Es posible tratar a una persona con amabilidad y con firmeza. Creo que debemos pensar en la palabra "firme" cuando leemos el consejo paulino: "Echa fuera a la esclava y a su hijo".
En el capítulo 15 de este libro describí tres actitudes que carac­terizan a los legalistas. Analicemos ahora cómo tratar firme pero gentilmente con cada una de esas actitudes.
La primera de esas actitudes se refiere al pecado y a la salva­ción. ¡Seguramente no deberíamos tener problemas en tratar ama­blemente con alguien cuando estamos hablando acerca de la salva­ción! El problema surge cuando los legalistas expresan ideas acerca de la salvación que contradicen las Escrituras, tal como una defini­ción del pecado exclusivamente basada en la conducta. Creo que te­nemos la responsabilidad de dar respuesta a las ideas capaces de conducir a las personas a una comprensión desacertada del evange­lio. Enfrentamos este problema con firmeza cuando expresamos con convicción nuestra comprensión de la Escritura. Lo hacemos amablemente cuando mostramos respeto por las opiniones de los legalistas, cuando reconocemos que ellos tienen tanto derecho a sus propias opiniones como nosotros a las nuestras. A menudo damos a eso el nombre de "pluralismo", palabra que significa tolerancia para con una variedad de ideas.
"Pero los legalistas de mi iglesia se enfurecen conmigo cuando hablo acerca de pluralismo", dice usted. "Me acusan de apostasía cuando contradigo sus opiniones".
Eso ocurre en muchos casos. Cuando es así, usted está tratando con un asunto que tiene que ver con el control, la tercera actitud que analizaré. Pero por ahora sigamos con el tema del pluralismo.
El pluralismo no significa que todas las ideas son acertadas. Significa que respetamos el derecho de las demás personas de la iglesia a sostener sus opiniones que difieren de las nuestras. Por su­puesto que algunas enseñanzas no pueden ser toleradas. No conozco ninguna iglesia que tolere la idea de que es correcto que los cristia­nos abusen sexualmente de los niños. Cualquiera que enseñara eso en una clase de escuela sabática o dominical debería ciertamente ser relevado de su responsabilidad y reprendido severamente.
No obstante, cada iglesia tiene creencias acerca de las cuales existe una variedad de opiniones, y es posible sostener alguna de esas opiniones diferentes y aun así ser miembro de esa iglesia. In­clusive las enseñanzas que no son negociables pueden tener ramifi­caciones que sí lo son. Por ejemplo, los adventistas del séptimo día, al igual que muchos otros cristianos, aceptan la enseñanza de la sal­vación sólo por gracia, por medio de la fe. Si usted se pusiera detrás de un púlpito y enseñara que las personas son salvas por las obras, se le impediría acceder nuevamente al púlpito. Pero dentro de esa en­señanza existen sutiles variantes que están sujetas a una variedad de interpretaciones que debemos tolerar y respetar, aunque disintamos firmemente de ellas. Creo que lo mismo es cierto acerca de la natu­raleza divino-humana de Cristo, las normas que tienen que ver con el estilo de vida, los estilos de adoración, diversos tipos de música, etc.
Podemos expresar un firme desacuerdo con los legalistas, pero siempre debemos hacerlo con respeto. Así es como podemos tratar con ellos de manera firme y al mismo tiempo amable. Y eso tam­bién es pluralismo. Cuando aprendamos a tratar las diferencias de opinión de esa manera, en muchos casos eso será el fin del proble­ma. Y cuando esto es así, ¿quién estaba realmente en falta: usted y yo, o la persona a la que considerábamos legalista?
La segunda actitud que mencioné en el capítulo 15, y que es una de las características de muchos legalistas, es una interpretación rígida y excesivamente literal de las Escrituras: la utilización de la Biblia como si fuera un libro de reglas, a menudo de maneras que resultan extremadamente ridículas para todas las demás personas. Un ejemplo de esto es la idea de que Deuteronomio 22:5 significa que las mujeres no deberían usar pantalones, o que Levítico 19:27 significa que los hombres que usan barba no deberían recortar la punta de ella.
¿Cómo se puede tratar con firmeza y con amabilidad a los lega­listas en cuestiones como éstas?
Si los legalistas están tratando de imponer sus opiniones a otros, no será demasiado problemático lograr la firmeza. Creo que todos estamos de acuerdo en que esos asuntos no tienen que ver con la ortodoxia. Probablemente usted ni siquiera necesite relevar a un maestro que estuvo abogando por esas ideas en su clase de es­cuela sabática o dominical. En la mayoría de los casos, el problema se resolverá por sí sólo en el plazo de un par de semanas cuando el 90% de los alumnos decidan mudarse de clase.
En la medida en que los legalistas estén dispuestos a sostener sus opiniones en privado, nuestra actitud debería ser más amable que firme. Deberíamos respetar sus opiniones por extrañas que nos parezcan. Deberíamos regocijarnos con ellos cuando Dios responda sus oraciones. No deberíamos ridiculizar sus ideas en público ni en privado.
La tercera actitud que caracteriza a muchos legalistas es la ver­daderamente difícil: el afán de controlar. ¿Cómo podemos tratar firme pero amablemente a los legalistas que tratan de controlar a otras personas o tal vez a la iglesia entera? ¿Cómo tratar con amabi­lidad a quienes critican y condenan a la iglesia en relación con un "asunto moral" que, según el resto de nosotros, no tiene nada que ver con la moral?
Lo primero que debemos recordar es que si bien la palabra "gentilmente" significa respetar las opiniones de los legalistas, ello no implica ceder ante ellos o hacer las cosas como ellos quieren para evitar una pelea. No significa ser agradable al punto de evitar la confrontación. No significa permitir que los legalistas acosen a las personas. No significa tolerar su conducta inaceptable.
Analicemos este asunto del control en dos niveles: personal y corporativo. Primero, ¿cómo puede un cristiano tratar con legalistas que están tratando de controlar a una persona? Segundo, ¿cómo puede una iglesia tratar con legalistas que están tratando de contro­lar a la congregación entera?
En el ámbito personal, recuerde que existen dos clases de lega­listas: el amable y el ofensivo. Si un legalista amable se le acerca y le habla suavemente acerca de algo que tiene que ver con su estilo de vida y que él o ella piensa que es indebido, no se enoje. Lleve el asunto fuera de lo presuntamente erróneo que usted está haciendo a un plano en el que pueda discutirse filosóficamente el asunto en sí mismo. Diga algo como: "Si bien no estoy de acuerdo con usted acerca de esto, respeto su derecho a creer como lo hace. ¿Qué evi­dencia bíblica tiene usted para sostener sus opiniones? La mayoría de los legalistas aceptarán la oportunidad de responder esa pregunta. Usted ha desplazado la discusión de su práctica personal a lo que la Biblia dice acerca de esa práctica. En lugar de intensificar la discu­sión, usted la ha atenuado. La ha manejado amablemente.
Suponga que después de presentar su argumentación bíblica, el legalista le pregunta por la suya. Aun en el caso de que usted tenga una buena respuesta, el hecho de compartirla en ese mismo mo­mento con su interlocutor probablemente los conduciría a ambos a una discusión que podría fácilmente llevar la conversación de nuevo a su conducta o estilo de vida. Sencillamente sonría y diga: "Hable­mos de mi evidencia bíblica la próxima vez que conversemos". Si usted no está seguro de cómo explicar su punto de vista a la luz de la Biblia, admítalo. Usted podría decir: "No estoy seguro de qué dice la Biblia acerca de eso. Creo que tendré que ir a casa y estudiar un poco más esta cuestión".
Esa es una manera amable de aquietar al legalista gentil que se acerca a usted con una sonrisa. Hay muchas otras formas.
Distinto es el caso cuando el legalista lo critica a usted dura­mente por su manera de vivir. Algunas personas se enojan ante el legalista ofensivo, se van de la iglesia y nunca vuelven. Cualquiera que procede de esta manera ha caído directamente en la trampa del legalista.
Hay un camino mucho mejor. Comienza manteniendo el plura­lismo en mente. Usted debe insistir en que el legalista respete sus opiniones tanto como usted respeta las de él o ella. Esto significa poner un límite a lo que usted permitirá que el legalista le diga. Le recomiendo que sonría y diga algo como: "Gracias por interesarse en mi bienestar espiritual. Sin embargo, tengo firmes convicciones personales acerca de este asunto, y apreciaré que no me vuelva a ha­blar de este tema".
La parte amable de esta respuesta consiste en agradecer a la persona con una sonrisa por mostrar interés en su bienestar. De esa manera, usted ha reconocido el sincero deseo que su interlocutor tiene de ayudarlo. La primera parte consiste en poner un límite a lo que usted permitirá que la otra persona le diga. Así es como usted "echa fuera a la esclava y a su hijo" con amabilidad.
Este tipo de aproximación detendrá al 95% de los legalistas ofensivos. Muchos de ellos sentirán que al hablar con usted ya han cumplido con su deber cristiano, y nunca volverán a molestarlo. Es­toy convencido de que la mayoría de la gente es suficientemente decente como para respetar un límite firmemente trazado. Si la misma persona vuelve a atacarlo, dígale lo mismo serenamente, pero con una expresión neutral en el rostro en lugar de hacerlo con una sonrisa, como la vez anterior. La tercera vez usted debería decir: "Ya hemos discutido esto antes, y ya le he dicho lo que espero de usted". Acto seguido, retírese.
En el raro caso de que la persona siga hostigándolo, aplique Mateo 18:15-20. Usted ya ha hablado varias veces a solas con esta persona. Ahora es tiempo de pedir al pastor o a un anciano que lo acompañe para visitar a esa persona. Si eso no resuelve la cuestión, pida ayuda a la junta de la iglesia.
Note que en ningún momento es necesario, en cualquiera de estos pasos, perder los estribos. Esto es crucial. En la medida en que usted se dirija a la otra persona respetuosamente, controlando su tono de voz, usted está siendo amable y firme.
¿Qué puede hacer una iglesia cuando uno o más legalistas están tratando de imponer sus opiniones a toda la congregación? Este problema es el más cercano a la situación que Pablo estaba enfren­tando en Galacia y es mejor que la maneje el liderazgo de la iglesia. Y también debe ser manejada con amabilidad. He visto milagros cuando un conflicto eclesiástico se maneja con un toque delicado, un poco de humor y una actitud relajada de parte del pastor y de los otros líderes.
Una manera de manejar con delicadeza un conflicto eclesiástico consiste en hablar con cada persona involucrada. Los ancianos y el pastor pueden visitar individualmente a los componentes de cada grupo enfrentado para informarse de la situación. Esos líderes debe­rían preguntar sinceramente cuál es el punto de vista de cada perso­na, escucharla, tratarla respetuosamente y no hablar demasiado. La solución puede surgir de estas conversaciones que satisfarán a to­dos.
Si esto no da resultado, puede ser necesario convocar a una reunión con la presencia de ambas partes. Escriba en una pizarra los hechos tal como los entiende cada parte, y trate de encontrar un ca­mino intermedio de conciliación, un compromiso satisfactorio para ambas partes. Si el conflicto es muy profundo, puede ser provechoso invitar a una persona ajena al conflicto —tal vez el pastor de otra iglesia, alguien en quien todos confíen— para que dirija la delibera­ción. Un conflicto eclesiástico extremadamente intenso puede ser manejado por alguien entrenado para la resolución de conflictos in­terpersonales. Esto costará algún dinero, pero puede ser la única manera de salvar la iglesia.
Y por sobre todo, quienes están tratando de resolver un con­flicto deben recordar que la firmeza no significa rudeza ni falta de respeto. Significa trazar una línea. La mayoría de la iglesia tendrá que decir a los legalistas que el asunto en el que están insistiendo no se seguirá discutiendo, y que a quienquiera que insista en ello se le pedirá que abandone el tema inmediatamente. La mayoría de las personas estarán de acuerdo con este requerimiento.
Otro punto para concluir. Es vital recordar que el consejo deja­do por Pablo en Gálatas 6 no se refiere sólo al arreglo de diferencias personales y contiendas eclesiásticas. Pablo dijo: "Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restau­radle con espíritu de mansedumbre". El tema principal de Pablo es la restauración. Las declaraciones que hizo en Gálatas 5 destacan claramente que el legalismo es un pecado, lo que significa que la iglesia debería restaurar a los legalistas. Y eso significa ayudarlos a alcanzar una condición en la que ya no sean legalistas. Eso es algo difícil, ya que los legalistas son los pecadores menos dispuestos a re­conocer sus propios problemas. Están seguros de que ellos están en lo cierto y que el resto de la gente —o quienes no piensen como ellos— están equivocados.
Restaurar a los legalistas para que logren vivir de una manera verdaderamente cristiana es uno de los mayores desafíos que en­frentan los líderes cristianos. Eso es algo que requiere mucha ora­ción. Creo que nuestras más fervorosas oraciones deberían ser eleva­das en beneficio de nosotros mismos, para que Dios opere en cada uno de nosotros los cambios necesarios con el fin de que podamos hacer por esas personas lo que ellas necesitan.
Esto nos trae al final de nuestro estudio de Gálatas, con la ex­cepción de unas pocas declaraciones finales usadas por Pablo y que necesitamos examinar. En algunos casos, esas declaraciones están relacionadas con el resto del libro y en algunos casos no. Las he cla­sificado a todas como declaraciones finales, porque aun las que están relacionadas con lo que Pablo dijo anteriormente parecen venir después de que él desarrolló su argumento principal.
Analicemos brevemente esos comentarios finales del apóstol.
El primero de ellos obviamente no tiene nada que ver con la teología paulina de la salvación o con el problema del partido judío y el legalismo. Pablo dijo: "El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye" (versículo 6). Aun hoy discutimos a veces en las juntas de iglesia si el organista, el director del coro y el tesorero de la iglesia deberían donar su tiempo o si de­bería pagárseles por sus servicios. Aparentemente surgió una cues­tión similar en las congregaciones de Galacia respecto de remunerar a quienes servían como maestros. Pablo dijo: "Páguenles".
Luego aparece un pasaje considerablemente largo relacionado con lo que Pablo dijo antes, pero, por cuanto aparece separado de sus comentarios anteriores por este consejo acerca de la remunera­ción de los maestros, parece probable que se trate de otro de sus co­mentarios finales. "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (versículos 7-10).
Me gustaría destacar varios puntos. Primero, aunque usted no se haya dado cuenta de ello antes, el popular proverbio "Se recoge lo que se siembra" proviene de este pasaje de Gálatas. El punto que Pablo destaca aquí es que todo pecado que los cristianos no contro­len los controlará a ellos y finalmente los destruirá. En segundo lu­gar, su exhortación a que los gálatas hicieran bien a todos, y mayor­mente a los de la familia de la fe, podría ser una apelación final para que quienes estaban riñendo entre sí comenzaran a tratarse con amabilidad.
"Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano", dice Pablo en el versículo 11. En dos o tres lugares de sus epístolas se hace evidente que Pablo dictaba sus cartas a un escribiente (véase, por ejemplo, Romanos 16:22). No obstante, aquí llama la atención de sus lectores al hecho de que es él mismo quien escribe (véase tam­bién 2 Tesalonicenses 3:17). Esta era probablemente su manera de dejar cons­tancia de que la carta era de su autoría, lo que actualmente hacemos colocando nuestra firma al final de una carta. Había probablemente alrededor un gran número de falsos apóstoles que habrían estado dispuestos a hacer circular entre las iglesias sus propios escritos co­mo si fueran paulinos. La escritura final de puño y letra del apóstol hacía que eso resultara imposible.
Note que Pablo llamó la atención de sus lectores al hecho de que sus letras eran mucho mayores que las de su escribiente. Esto podría haberse debido a un problema ocular (véase Gálatas 4:15). De haber tenido una visión mejor, podría haber escrito todas sus epísto­las por sí mismo.
Pobre Pablo. Se sentía tan perturbado por el partido judío que tuvo que hacer una apelación final a los cristianos de Galacia para que no les prestaran atención: "Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no pa­decer persecución a causa de la cruz de Cristo. Porque ni aun los mismos que se circuncidan guardan la ley; pero quieren que voso­tros os circuncidéis, para gloriarse en vuestra carne" (versículos 12, 13).
Probablemente la cuestión más significativa suscitada por este pasaje sea: ¿Por qué dijo Pablo que el motivo principal de la insis­tencia del partido judío para que los cristianos gentiles se circuncida­ran era "no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo"? ¿Quién estaba persiguiendo al partido judío, y cómo evitaría la cir­cuncisión de los cristianos gentiles esa persecución? La persecución provenía probablemente de los judíos no cristianos que acusaban a los judíos cristianos de destruir la fe de sus padres. Pablo sugirió que la insistencia del partido judío en que los cristianos gentiles se sometieran a la circuncisión era motivada, al menos en parte, por el deseo de responder a esa crítica de los judíos.
Podría escribirse todo un capítulo acerca de la siguiente decla­ración de Pablo. Ciertamente se han predicado muchos sermones acerca de ella. "Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (versículo 14), dijo. Probablemente hizo esa declara­ción para contrastar la motivación que lo impulsaba a predicar, con la del partido judío. El hecho de que Pablo tuviera que escribir una carta tan enérgica a los cristianos de Galacia sugiere que el partido judío había ganado muchos adeptos entre ellos, y aparentemente es­taba haciendo alarde de su gran éxito (véase Gálatas 4:17). Pablo dijo: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesu­cristo".
Continuó diciendo: "Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación" (versículo 15).
En otras palabras, no es lo externo de la religión lo que cuenta, sino la condición del corazón. Y entonces añadió: "Y a todos los que an­den conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios" (versículo 16).
La expresión "Israel de Dios" parece referirse a todos los cris­tianos de Galacia. Algunos comentaristas de Gálatas han sugerido que Pablo usó la palabra "Israel" con la intención de dirigir una bendición especial a los cristianos judíos. Sin embargo, ello contra­deciría la afirmación que Pablo hizo en Gálatas 3:28, de acuerdo con la cual en Cristo "ya no hay judío ni griego". Interpretar la pala­bra "Israel" simbólicamente es más consistente con la línea de ra­zonamiento seguida por el autor de la epístola. Todos los cristianos han heredado la promesa de justificación por la fe hecha por Dios a Abraham (véase Gálatas 3:29). En consecuencia, todos los cristianos, tanto de origen judío como gentil, son el nuevo Israel.
Pablo dice seguidamente: "De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (versículo 17). Con esto parece haber completado el círculo de su argu­mento en Gálatas. Su primera declaración en la epístola, y toda su argumentación a lo largo del primer capítulo, fue una defensa de su apostolado. Ahora, al final, retoma ese tema. La expresión "marcas del Señor Jesús en mi cuerpo" se refieren a las cicatrices de los azo­tes y de otras formas de persecución que él soportó mientras predi­caba el evangelio. El dice, en efecto: "Digan al partido judío que deje de hacer problemas acerca de mi apostolado. Las marcas de esa persecución, que llevo en mi cuerpo, son la mejor evidencia de que soy un apóstol genuino".
Al comienzo de nuestro estudio notamos que Pablo inició su carta con un saludo semejante en muchos aspectos al "Querido Fu­lano" con que encabezamos nuestras cartas actualmente. De la mis­ma manera, él también dice al final de su epístola: "Sinceramente, Pablo". Por supuesto que no usó exactamente esas palabras. No era ésa la costumbre entonces. He aquí lo que dijo: "Hermanos, la gra­cia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén" (versículo 18). A menudo terminamos nuestras cartas con una nota cris­tiana semejante cuando escribimos expresiones como "Suyo en Cristo" o "Suyo en el servicio de Cristo". Me gusta la manera como un amigo mío concluye sus cartas: "Tuyo y de Él".
El versículo 18 parece una conclusión apropiada para una carta en la que Pablo se expresó tan vigorosa y francamente. Es también una conclusión adecuada para este libro: "La gracia de nuestro Se­ñor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén".