Andando en el Espíritu

Gálatas 5:16-26


 
"DIGO, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne" (Gálatas 5:16). Los gálatas habían iniciado su camino cristiano "por el Espíritu" (Gálatas 3:3). Como Abrahán, habían recibido "por la fe... la promesa del Espíritu" (Gálatas 3:14). Habían sido justificados por el "lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu" (Tito 3:5). Por eso Pablo les pedía que caminaran diariamente de la misma manera en que habían comenzado su vida cristiana: "En el Espíritu".
¿Qué medidas prácticas podemos tomar para estar seguros de que estamos caminando "en el Espíritu"? (Gálatas 5:16). ¿Cómo podemos tener su divina presencia en nuestros corazones, a pesar del asedio constante de los desafíos, placeres, tristezas de la vida diaria? Rendirse a Cristo no es una obra que se realiza una sola vez en la vida. Debemos ir a él cada día, mediante la oración y el estudio de la Biblia.
En virtud de la oración nos renovamos en Cristo cada vez y le pedimos que entre en nuestro corazón y more en nosotros a través de las experiencias del día. Le alabamos porque toma a su cargo nuestra vida, le confiamos a él todas nuestras necesidades y preocupaciones y suplicamos que nos dirija y libre del mal.
"Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirle. La oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a El" (El camino a Cristo, p. 93).
"...La oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia" (Ibíd., p. 95).
"Presentad a Dios vuestras necesidades, tristezas, gozos, cuidados y temores. No podéis agobiarle ni cansarle. El que tiene contados los cabellos de vuestra cabeza no es indiferente a las necesidades de sus hijos. 'Porque el Señor es muy misericordioso y compasivo'. Su amoroso corazón se conmueve por nuestras tristezas y aun por nuestra presentación de ellas. Llevadle todo lo que confunda vuestra mente. Ninguna cosa es demasiado grande que él no la pueda soportar, pues sostiene los mundos y rige todos los asuntos del universo. Ninguna cosa que de alguna manera afecte nuestra paz es tan pequeña que él no la note. No hay en nuestra experiencia ningún pasaje tan oscuro que él no lo pueda leer, ni perplejidad tan grande que no la pueda desenredar... Las relaciones entre Dios y cada una de las almas son tan claras y plenas de vida como si no hubiese otra alma por la cual hubiera dado a su Hijo amado" (Ibíd., pp. 100-101).
El estudio diario de la Palabra de Dios es esencial para los cris­tianos que desean caminar continuamente "en el Espíritu". Cuando leemos la Biblia permitimos que Cristo nos hable. Jesús dijo que el Espíritu Santo era su representante, y que él nos guiaría a toda la verdad (Juan 14:26). Cuando estudiamos la Biblia con oración le damos a Jesús una oportunidad para que nos enseñe, mediante su Santo Espíritu, las verdades esenciales de su Palabra para suplir nuestras necesidades.
Después de dedicar tiempo a estar con Dios mediante la oración y el estudio de la Biblia, podemos esperar que él nos guíe a través de todas las actividades del día. Y podemos hablarle muchas veces durante el día, mientras cumplimos nuestros deberes. Jesús prometió estar con nosotros siempre (Mateo 28:20). Y cuando somos tentados durante el día, podemos orar confiadamente, presentándole estas tres peticiones: 1) "Señor, me siento desamparado; me gusta este pecado y si tú no me das tu poder, voy a pecar". 2) "Señor, dame tu gracia para no cometer este pecado". 3) "Gracias Señor, creo que has contestado mis oraciones". No olvide la tercera petición. ¡La fe es alabanza! Agradézcale a Dios por la victoria obtenida, aun antes de tener la evidencia de que se ha contestado su oración. Es siempre la voluntad de Dios darnos fuerzas para vencer el pecado. El Espíritu Santo proporciona la fuerza necesaria para no pecar e imparte su gracia constantemente para ser siempre gentil y bon­dadoso como fue Jesús.
La "vida en el Espíritu" nunca será completa a menos que estemos compartiendo las bendiciones que el Señor nos ha dado. Atesorar sus bendiciones en nuestros corazones como si fueran un secreto es exponerse a perderlas. "Y el espíritu y la esposa dicen: Ven" (Apocalipsis 22:17). Como creyentes en Cristo somos parte de su "esposa", la iglesia (Apocalipsis 19:7-8), quien tiene la responsabilidad de extender su amorosa invitación a otros. Una persona llena del Espíritu cooperará con Cristo en su obra en favor de los demás.
Hay muchas formas de trabajar por otros. Nuestro estilo de vida a menudo tiene una poderosa influencia en los demás. Podemos pronunciar palabras bondadosas y alentadoras. Podemos ayudar a alguien que padece necesidad. Las personas capacitadas pueden ayudar, con el debido tacto, a los que tienen problemas de salud. A su debido tiempo podemos hablarles acer­ca de Cristo y de su amor. Y cuando una persona está lista para oír, podemos presentarle todas las verdades esenciales de la Palabra de Dios.
Un conflicto constante con el yo
"Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis" (Gálatas 5:17).
Aquí el apóstol se refiere a la lucha constante que se libra en la vida de cada cristiano. Como creyentes en Cristo hemos recibido el don de la justicia, porque el Espíritu Santo ha venido a morar en nuestro corazón (Romanos 8:9-10). Pero todavía tenemos nuestra naturaleza humana frágil y pecaminosa. Pablo era un cristiano plenamente consagrado y, además, un poderoso predicador de la Palabra, y sin embargo, sabía que la única esperanza de vencer las inclinaciones de su naturaleza caída era confiar plenamente en Jesús para recibir su fortaleza de él. Por eso escribió: "Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habien­do sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado" (1 Corintios 9:27).
"La santificación de Pablo era un constante conflicto con el yo. El decía: 'Cada día muero'. Su voluntad y sus deseos se oponían diariamente al deber y la voluntad de Dios. Pero en vez de seguir su inclinación, hacía la voluntad de Dios, no importan­do cuán desagradable o cuán opuesta fuera a su naturaleza" (Testimonies for the Church, tomo. 4, p. 299).
Nótese que, aun cuando era un cristiano nacido de nuevo, Pablo experimentaba deseos que debían ser subyugados. Era un ser humano caído, con muchas propensiones al mal. Pero no se dejaba vencer por sus inclinaciones hacia el pecado. Hacía la voluntad de Dios, sin escatimar el tipo de sacrificio que fuera necesario. Era capaz de vencer el mal por medio del poder de Cristo que moraba en su corazón.
Romanos 7:14-24 describe las luchas de la persona que conoce la voluntad de Dios, pero que no puede acatarla. La naturaleza caída gobierna y le hace cometer los mismos pecados que no quiere. Romanos 8:1-7 y Gálatas 5:17-18 describen la batalla que libran los cristianos victoriosos, que conservan todavía su naturaleza humana caída, pero que por medio del poder del Espíritu Santo logran vencer la tentación.
Gálatas 5:17 presenta el conflicto que se produce entre las in­clinaciones naturales y la voluntad del Espíritu Santo en la vida de todo cristiano. La última frase podría traducirse así: "Para que no hagáis las cosas que desearíais hacer". La versión Dios Habla Hoy rinde el texto así: "Y por eso ustedes no pueden hacer lo que quisieran". La idea central del pasaje no es que el conflicto entre el Espíritu Santo y la naturaleza caída del hombre nos impida hacer lo correcto. La verdad es que este conflicto ha sido planeado por Satanás para impedir que hagamos lo que sabemos que es correcto. En el siguiente versículo Pablo oportunamente añade que podemos obtener la victoria si permitimos que el Espíritu Santo gobierne nuestra vida.

 

Guiados por el Espíritu
"Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley" (Gálatas 5:18). Note el contexto de esta declaración: Gálatas 5:16 dice que si andamos en el Espíritu obtendremos la victoria sobre los deseos de la carne. El versículo 17 describe la naturaleza del conflicto que se produce en la vida de cada cristiano. El versículo 18 enfatiza el mismo asunto del 16, sólo que con una leve variante de las palabras. La frase "si sois guiados por el Espíritu" (versículo 18) describe la misma experiencia de "Andad en el Espíritu" (versículo 16). La persona que no "satisface los deseos de la carne" es la que "no está bajo la ley". Situándonos en el contexto, lo que el versículo 18 dice es que si el Espíritu está a cargo de nuestras vidas, no vivimos en pecado. No usamos la ley como medio de salvación, ni la estamos violando. Por medio del Espíritu Santo sencillamente disfrutamos de la victoria espiritual. El ideal de Cristo para su pueblo es que éste obtenga la victoria total.
"Podemos ser vencedores. Sí, totalmente, completamente. Jesús murió para proveernos una vía de escape, para que podamos vencer toda falta, resistir toda tentación y sentarnos al fin con él en su trono" (Our High Calling, p. 353).
"Vi que nadie podrá participar del 'refrigerio' a menos que haya vencido todas las tentaciones y triunfado sobre el orgullo, el egoísmo, el amor al mundo y toda palabra y obra malas. Por lo tanto, debemos acercarnos más y más al Señor y buscar anhelosamente la preparación necesaria que nos habilite para per­manecer firmes en la batalla, en el día del Señor. Recuerden todos que Dios es santo y que únicamente seres santos podrán morar alguna vez en su presencia" (Primeros escritos, p. 71).
Las obras de la carne
Puesto que los cristianos de Galacia habían aceptado la ley como medio para alcanzar la justicia y la salvación, se habían hecho vulnerables a las obras de la carne. No hay poder espiritual en el legalismo. Todo intento de "seguir solos", sin la gracia de Cristo, está condenado al fracaso. El enemigo tiene seguro éxito sobre quienes niegan el significado del Calvario e insisten en salir vencedores con sus propias fuerzas.
El dilema de la persona que considera la justificación como una transacción legal efectuada en el cielo, mas no como una transformación real del corazón, es ciertamente difícil. Quien así lo hace tiende a creer que está a salvo, a pesar de los pecados que haya en su vida. Considera la justificación como un seguro que lo protege, no importa que ocasionalmente se deslice hacia el reino de lo prohibido. Tal actitud propicia un falso sentido de seguridad. No hay poder en una justificación puramente legalista. El poder sobreviene cuando se recibe a Cristo en el corazón por medio de la presencia del Espíritu Santo. Este es el mensaje de Pablo en el pasaje que estamos considerando.
Un legalista caerá inevitablemente en el pecado, ya sea porque intenta guardar la ley por sus propios esfuerzos, o porque acepta sólo en parte la definición bíblica de la justificación. Tal persona no tiene ninguna defensa contra las "obras de la carne" que se enumeran en Gálatas 5:19-21.
Pablo declara categóricamente que somos salvos de nuestros pecados, no en nuestros pecados. "Os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios" (Gálatas 5:21). El Señor quiere tener en su reino seres humanos que hayan logrado la victoria sobre el pecado. "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe" (1 Juan 5:4). El cristianismo es un mensaje de victoria espiritual, no una excusa elaborada por los que desean sacar partido de ambos mundos. "Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida"; "el que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte"; "al que ven­ciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios"; "al que ven­ciere, le daré que se siente conmigo en mi trono" (Apocalipsis 2:7, 11; 3:12, 21). En los mensajes a las siete iglesias Jesús exalta repetidas veces la victoria sobre el pecado como la calificación para el reino de los cielos.
Gracias a Dios, el creyente justificado, el cristiano que ha nacido otra vez, el que "anda en el Espíritu", es necesariamente un vencedor.

Los frutos del Espíritu
¡Qué hermosas cualidades nos transmite el Espíritu Santo! "Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley" (Gálatas 5:22-23). Pablo expresó lo mismo cuando, al escribir a los romanos, se refirió a los creyentes justificados como "siervos de la justicia" (Romanos 6:18). Eran esclavos voluntarios de la vida de amor y servicio que Jesús hizo posible para ellos. El poder para vivir una vida semejante proviene del Espíritu Santo, que se recibe diariamente de la misma manera que lo recibió al principio el corazón del creyente penitente y humilde.
"Al depender constantemente de Cristo como nuestro Salvador personal, creceremos en él en todas las cosas, en Aquel que es la cabeza... Cristo está tratando de reproducirse a sí mismo en el corazón de los hombres; y esto lo hace mediante los que creen en él. El objeto de la vida cristiana es llevar fruto, la reproducción del carácter de Cristo en el creyente, para que el mismo carácter pueda reproducirse en otros...
"Las gracias del Espíritu madurarán en vuestro carácter. Se aumentará vuestra fe, vuestras convicciones se profundizarán, vuestro amor se perfeccionará. Reflejaréis más y más la semejan­za de Cristo en todo lo que es puro, noble y bello.
"Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfec­tamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos" (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 46-47).
Resumen
Los frutos en la vida de los creyentes justificados que han recibido y retienen la presencia del Espíritu Santo en sus corazo­nes es pureza de propósitos y motivos, pureza en palabras y ac­ciones, benevolencia con los amigos y los enemigos, humildad, cortesía y discreción. Jesús es así, y él quiere que reflejemos su mismo carácter.