Amar la Ley
Morris Venden

El Colegio de la Unión del Pacífico (PUC) tiene su propia pista de las 500 Millas de Indianápolis. Es la bajada de 13 kilómetros que desciende desde la cima del Monte Howell hasta el valle que se extiende a sus pies. Allí los estudiantes sienten el incontrolable impulso de ver cuán rápido pueden bajar por esa mon­taña en sus Porsches y Corvettes. Yo acostumbraba exhi­bir mi "personalidad de lote de carros usados". Mi familia llamaba "personalidad de lote de carros usados" a mi impulso de perseguir a un estudiante cerro arriba o montaña abajo.
Un día, mientras descendía la montaña, vi a uno de los estudiantes que bajaba como bólido, forzar al auto­móvil de una ancianita de cabellos blancos a la acequia. ¡Me enojé de verdad! Sentí que estaba santamente aira­do. Y no supe qué hacer, porque aquel malandrín desa­pareció casi instantáneamente de mi vista. Pero cuando llegué al pie de la montaña y lo vi sentado en la carretera junto a un automóvil policial negro con los flancos pinta­dos de blanco y luces en el techo, dije: "Oh, cuánto amo yo tu ley, todo el día es ella mi meditación".
¿Cuánto hace que usted no dice: "Oh, cuánto amo yo tu ley, todo el día es ella mi meditación"? En algún tramo del camino, de algún modo, hemos llegado a creer que la ley de Dios es incompatible con la fe; que la ley de Dios es enemiga de Jesús; que es incompatible con el gran tema de la salvación por medio de la fe en Cristo sola­mente. Pero, quiero recordarle que la senda que conduce a la Tierra Prometida, pasa por el Monte Sinaí. Y que el Monte Sinaí conduce al Calvario. De modo que tenemos algunas verdades importantes que considerar acerca de la ley de Dios.
Cuando damos un vistazo a los diferentes temas que giran en torno a las enseñanzas de la salvación por la fe solamente en Cristo, tarde o temprano tenemos que enfrentar la obediencia a la ley de Dios. ¿La considera usted su amiga o enemiga? ¿Cuál es el propósito de la ley? ¿Cómo lo afecta a usted? ¿Es feliz cuando piensa en ella? ¿Pasa usted mucho tiempo meditando en ella como lo hacía el salmista de antaño? ¿Y qué queremos decir con la frase que dice que no estamos "bajo la ley, sino bajo la gracia"? (Romanos 6:14).
Hay buenas y malas noticias para aquellos que andan buscando respuestas a sus preguntas acerca de la ley. En Romanos 9 y 10, el apóstol Pablo habla acerca de la ley como una norma de salvación. "Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación" (Romanos 10:1). Ahora, ¿de quién está hablando el apóstol aquí? ¿De Israel? ¿Quién es Israel actualmente? Aquellos que creen. "Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gálatas 3:29).
Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree (Romanos 10:1-4).
Hay otra manera de leer esta última frase: "Cristo es el objetivo de la ley". En rigor de verdad, Cristo es el cumplimiento de la ley. El también es el fin de la ley para la justicia por obras. Pero no es el fin de la ley en sí misma.
Al considerar la ley de Dios, y particularmente los Diez Mandamientos, es necesario notar que ellos cum­plen algunas funciones y propósitos muy definidos. Una de aquellas grandes funciones y propósitos es proteger­nos.
Un día yo cruzaba el desierto yendo de California a Texas, y de repente mi Honda Accord exhaló el último suspiro. Sí, ya había recorrido muchos miles de kilóme­tros, pero no había mostrado ninguna señal de decrepi­tud o enfermedad. Sin embargo, nadie me había dicho (y yo no había leído el manual) que debía cambiar el anticongelante de la máquina cada año. Y yo nunca lo había hecho. De modo que se había producido una reac­ción química de algún tipo en las cabezas de los pistones de aluminio y les dio la "viruela loca". Los empaques de la cabeza se rompieron, la máquina se recalentó y se trabó. ¡Si tan sólo hubiera yo leído el manual o si alguien me lo hubiera dicho! Pero allí estaba, sentado en el desierto, pagando un elevado precio por el delito de igno­rar las reglas.
Los Diez Mandamientos de la ley de Dios constituyen el manual, nuestro manual para la vida. Fiorello La Guardia, de la Ciudad de Nueva York, un famoso alcalde de antaño, dijo que si bien los abogados y legisladores habían elaborado diez mil leyes, nunca habían podido hacer la más mínima mejora a los Diez Mandamientos. ¿Está usted de acuerdo con él?
A mí me gusta esta gozosa versión versificada de los Diez Mandamientos:
Por sobre todo, ama a Dios únicamente.
No te inclines a la madera o la piedra.
Rehúsa tomar el nombre de Dios en vano.
El descanso sabático observa con cuidado.
Honra a tus padres durante toda tu vida.
Considera sagrada toda forma de vida.
Sé siempre fiel a tu cónyuge elegido.
Nunca robes nada, sea poco o sea mucho.
Di sólo la verdad con respecto a tus prójimos,
Y aparta de tu mente toda envidia egoísta.
¡No está mal! ¿Cómo podría hacerse una descripción más hermosa y concisa del Manual para la vida que ésta?
La ley de Dios cumple varias otras funciones legíti­mas, además de protegernos.
Estamos bajo la ley como una norma para la salva­ción; no como un método para lograrla. La ley es la norma por la cual seremos juzgados, según Santiago 2:8- 13.
Estamos bajo la condenación de la ley. Aun cuando no nos guste o sea un hecho doloroso, es una función legíti­ma de la ley (véase Romanos 4:15). Algunas personas se sien­ten incómodas con esta idea de la condenación y tratan de explicarla para deshacerse de ella.
La ley es eterna como Dios mismo. Si no la respeta­mos, entonces se produce la anarquía. Yo oí lo mismo expresado así en el viejo camino de la vida: "Ningún gobierno es más fuerte que cualquiera de sus leyes, y ninguna ley es más fuerte que la penalidad por violarla, y ninguna penalidad es más fuerte que la aplicación de la penalidad por violarla". Pero para los que no han pasado más allá del Monte Sinaí, la ley no es sino esclavitud y nada menos que condenación.
Estamos bajo la maldición de la ley, lo cual es otra dolorosa verdad. Pero es otra función legítima de la ley. Gálatas 3:13 dice: "Maldito todo el que es colgado en un madero". ¿No es maravilloso saber que Jesús tomó esa maldición en nuestro lugar?
Según Gálatas 3:24, 25, la ley también es un ayo para conducirnos a Cristo. El apóstol Pablo habló de la ley en este tenor: "Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Romanos 3:20). Nos conduce a los pies de la cruz. Y en Santiago 1:23, 25, la ley es comparada con un espejo que nos muestra nuestra necesidad de limpieza y purificación.
De modo que hay varias aplicaciones legítimas de la ley de Dios en la Biblia. Puede producir dolor o gozo y esperanza al conducirnos a la cruz para ser limpiados.
Hay una aplicación ilegítima que se hace de la ley contra la cual habla el apóstol Pablo vehementemente: usar la ley como un método de salvación, o legalismo, como lo llamamos en la actualidad. Ahora bien, supongo que podríamos discutir el significado de la palabra legalismo.
Una amiga mía, Mary Walsh, quien trabajó en evangelismo con sus padres durante muchos años, es una instructora bíblica muy consagrada. Me parece que toda­vía sigue con el mismo fervor, despertando a las personas en la madrugada y en la noche para estudiar la Biblia. Se siente incómoda con la gente que habla contra el legalis­mo. Ella dice "yo soy legalista".
—¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.
—Bueno, yo creo en la ley de Dios. Y cualquiera que cree en la ley de Dios es legalista.
—Bueno —le digo— está bien, está bien. Si esa es su definición de legalismo, entonces yo también soy legalis­ta porque también creo en la ley de Dios.
Pero, según el uso común que se le da al término en la actualidad, yo aventuro una definición diferente. Espero que también coincida con su modo de pensar. El legalis­mo es un intento de llegar al cielo guardando la ley de Dios. Básicamente, es un intento de salvarme a mí mismo por mis propias obras. De modo que legalismo sería salvación por las obras, salvación por la ley, o salvación por mi buen comportamiento, tratando de vivir un poco mejor este año de lo que viví el año anterior; tratando de alcanzar la perfección antes que comiencen los eventos finales.
Pero en otro sentido, aún más importante, hay una definición de legalismo más profunda que nos gustaría considerar seriamente. Es no tener una relación de fe con Jesucristo. En realidad, sólo hay tres clases de personas en el mundo. Aquellos que no se interesan en Dios, o en la fe, o en la salvación. Quizá no se interesen ni siquiera en esta discusión. No los podríamos llamar legalistas, ni nada por el estilo. Ellos simplemente no tienen ningún interés.
En el segundo grupo están aquellos que sí se intere­san en la salvación y tienen una relación personal diaria con Jesús.
Los del tercer grupo tienen la esperanza de la salva­ción. Teóricamente están en contra del legalismo. No tienen el menor interés en luchar individualmente para llegar al cielo. Pero tampoco tienen una relación de fe con Jesús. No prestan atención a la experiencia de la fe, de modo que todavía son legalistas. Porque cualquiera, no importa cuáles sean sus motivos o su teología, que no tenga tiempo para vivir la experiencia diaria de fe con Cristo, es un legalista. No hay otra alternativa.
O está usted en Cristo, en estrecho compañerismo con 61, o es usted un legalista. Alguien podría decir, "yo no soy legalista; no creo en llegar al cielo por mis propios esfuerzos". Pero si no tiene una conexión vital con Cristo, no hay otras opciones. Es una, o la otra (a menos que se esté fuera de la cancha, al no interesarse absolutamente en la salvación).
Yo puedo decir que no creo en el legalismo, que creo en la justicia por la fe en Cristo. Y podría ser cierto, al menos en teoría. Pero si no llevo esa creencia a la prác­tica, entonces no creo en absoluto lo que asevero creer. ¿No es así? No tengo que decirle a mi esposa que ya no la amo. Todo lo que tengo que hacer es no volver más a casa. Ella entenderá el mensaje. No tengo que decirle a Dios que no lo amo, o que no creo en él. Todo lo que tengo que hacer es no tener tiempo para él o para los asuntos relacionados con la fe, y él entenderá el mensaje. Y yo estaré enredado en las cosas que llamamos legalismo.
Hay, por supuesto, dos clases de legalistas. Está el tipo rígido, conservador, duro, legalista fundamentalista, que se viste de traje oscuro y corbata, calcetines y zapa­tos negros. Este juzga a todos los demás que no viven de acuerdo con sus normas. Tiene la apariencia de un ser infeliz y no muestra ni amor ni misericordia.
Luego está el legalista liberal. Es el tipo de legalista moderado, que después de todo tampoco tiene relación con Cristo ni tiempo para los asuntos de la fe. Está tratando de trazar su propio camino al cielo por las cosas que él no hace y que los legalistas sí hacen. De modo que el legalista liberal cifra su seguridad en las normas y reglas de la iglesia que abandona. Está seguro que no es legalista porque no hace las cosas que los legalistas rígi­dos hacen. "He sido emancipado de eso. Puedo ir donde quiera, comer lo que desee, beber lo que se me antoje, hacer todo lo que sienta que es bueno. Ya no soy legalis­ta". Pero es un legalista liberal.
De modo que la definición más pura de un legalista es cualquiera que pretende ser cristiano y espera ser salva­do en el cielo, pero que sigue viviendo la vida, rígida o liberalmente, separado de Cristo.
El apóstol Pablo habló vehementemente contra esto una y otra vez. Pero nos dio la oportunidad de considerar algo mucho mejor. Nos invitó a aceptar a Cristo como el fin de la ley para justificación y poner el foco de atención en Jesús como nuestra única esperanza de salvación.
Cuando fuimos de visita a una reunión campestre, llevaron a nuestra hijita a la división de menores de la escuela sabática. Como parte de la lección de aquel día la maestra dijo:
—¿Qué es lo más importante en la Biblia? —Y los niños de la división de menores contestaron:
—Jesús, Jesús. —La maestra repuso:
—No, no, no me refiero a eso. ¿Qué es lo más importante en toda la Biblia? —Silencio. Finalmente ella misma dio la respuesta—: Son los Diez Mandamientos. Eso es lo más importante en toda la Biblia. —¿Falso o verdadero?
Mi esposa se quejó ante la directora de esa división después del culto, porque esa es la clase de enseñanza que mantiene a nuestros jóvenes y señoritas en el cami­no cuyo derrotero es el comportamiento que tantos sostienen: "Si eres bueno, irás al cielo; si eres malo, Jesús no te aceptará".
¿Cuándo vamos a entender que el énfasis más importante de la Biblia es Jesús? Pues bien, la directora de la división de menores, tratando de disculpar a la maestra dijo: "Ella estaba cansada hoy; ella estaba cansada". Y cuando yo oí aquello, me hizo recordar algo. Porque hubo un tiempo en mi vida cuando yo pensaba que los Diez Mandamientos eran lo más importante. Y yo también me cansé. Si usted piensa que el énfasis prima­rio de la Biblia son los Diez Mandamientos, usted se cansará tarde o temprano.
Precisamente en este punto la gente se pone nerviosa y dice: "Este hombre está en contra de los Diez Mandamientos". No, no estoy en contra de los Diez Mandamientos, más de lo que estaba E. J. Waggoner. ¿Ha oído alguna vez hablar de él? E. J. Waggoner fue un campeón de la salvación únicamente por medio de la fe en Cristo durante la década de 1890. En ese entonces se dijo que habíamos predicado tanto la ley, que estábamos tan secos como las colinas de Gilboa y que necesitábamos predicar a Cristo en la ley. No es que fuéramos a igno­rar la ley, porque la senda que conduce a la Tierra Prometida pasa a través del Monte Sinaí. Pero se acusó a Waggoner, como sucedió con todos los predicadores de la justificación por la fe, de ser antinomianista, es decir de estar en contra de la ley de Dios. Y ésta fue su respuesta: "En vez de que la fe conduzca hacia el antinomianismo (o que esté contra la ley de Dios), es lo único que es contrario al antinomianismo. No importa tanto cuánto una persona se gloría en la ley de Dios. Si rechaza o ignora una implícita fe en Cristo, no está en mejor condición que aquel que ataca directamente la ley".
Esto es irónico. La persona que defiende la ley de Dios y exalta los Diez Mandamientos hasta las mayores altu­ras, es en realidad la que está en contra de los Diez Mandamientos. ¿Por qué? Porque no hay poder en los Diez Mandamientos para salvar a una persona. Cuando La Guardia dijo: "La humanidad ha hecho diez mil leyes, pero nunca ha hecho una simple mejora a los Diez Mandamientos", se equivocó en algo. Puesto que hubo un hombre que sí hizo una mejora a los Diez Mandamientos. Su nombre fue Jesús. El vino y mostró los Diez Mandamientos integrados en una vida.
En Jesús había un corazón que se preocupaba por los demás. No hay corazón en los Diez Mandamientos cuan­do éstos nos condenan. Hay corazón en los Diez Mandamientos en términos de protección. Pero no había esperanza para los pobres pecadores que le hacían frente al Monte Sinaí hasta que vino Uno que mostró los Diez Mandamientos incorporados en una vida. El tenía un corazón que se preocupaba por los pecadores, las rame­ras, los ladrones y los quisquillosos fariseos, legalistas y escribas. De manera que vemos en Jesús una tremenda mejora a los Diez Mandamientos.
No importa cuánto se gloríe una persona en la ley de Dios, si rechaza o ignora la fe implícita en Cristo, no se encuentra en mejor estado que aquel que ataca directamente a la ley. El hombre de fe es el único que honra realmente la ley de Dios. "Sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebreos 11:6); con ella, todas las cosas son posibles (Marcos 9:23).
Sí, la fe hace lo imposible, y eso es precisamente lo que Dios desea que hagamos. Cuando Josué dijo a Israel: "No podéis servir al Señor", dijo la verdad; y sin embargo, es un hecho que Dios requiere que le sirvamos. No está dentro de las posibilidades de nin­gún hombre hacer justicia (y guardar los manda­mientos), aun cuando desee hacerlo (Gálatas 5:17); por tanto, es un error decir que todo lo que Dios quiere de nosotros es que hagamos lo mejor que podamos. Aquel que no haga algo mejor que eso, no obrará las obras de Dios. No, él debe hacer algo mucho mejor de lo que le es posible. Debe hacer aquello que sólo el poder de Dios obrando a través de él puede lograr. Es imposible para un hombre caminar sobre el agua, pero Pedro lo hizo cuando ejerció fe en Cristo. Siendo que todo el poder del cielo y de la tierra está en las manos de Cristo, y este poder está a nuestra disposición, incluso Cristo mismo que viene a morar en el corazón por medio de la fe, no hay excusa para creer que Dios requiere que hagamos lo que es impo­sible; porque "las cosas que son imposibles para los hombres, son posibles para Dios" (E. J. Waggoner, Christ and His Righteousness, págs. 95, 96).
De modo que afirmemos esto. La única persona que está realmente interesada en los Diez Mandamientos, y está a favor de ellos, es la que pone a Jesús como lo más importante de toda la Biblia. Y esa es la única forma de exaltar la ley de Dios. No hay otra.
Durante mucho tiempo los adventistas del séptimo día han sido llamados legalistas, probablemente por causa del sábado. La gente dice: "Usted piensa que irá al cielo por observar el sábado". Por eso nos llaman legalistas. Permítame preguntarle, ¿conoce a alguien que haya sido llamado legalista por no creer en el robo? ¿Conoce a al­guien que ha sido llamado legalista alguna vez por no creer en matar o en mentir o en hacer trampas? Yo toda­vía no he hallado a ninguno. Es interesante, ¿verdad? Así que, sea que yo llame a alguien legalista, o que alguien me diga que lo soy, es importante tener bien clara la definición.
Recordemos algo más que es sumamente importante en la Biblia. Todos los Diez Mandamientos forman una unidad. Siempre me ha parecido muy interesante como adventista del séptimo día que precisamente, en el mismo corazón de los Diez Mandamientos, Dios haya puesto algo en honor de su poder creador: un día de adoración. Así que el hecho más tentador que la gente está inclinada a veces a hacer, disecar los Diez Manda­mientos y eliminar uno de ellos, simplemente no fun­ciona. Los diez forman una unidad.
"Oh —dirá alguien—, usted es legalista porque está tratando de llegar al cielo tal como lo hicieron los judíos. El sábado fue hecho para los judíos". No, en absoluto; llega hasta la creación, y se remonta a más de veinte siglos antes que existiera el primer judío: el padre Abrahán.
Si usted analiza cuidadosamente Hebreos 4, descu­brirá que el sábado, que se encuentra exactamente allí en el centro de la ley de Dios de los Diez Mandamientos, es realmente uno de los más grandes símbolos de la salvación por medio de la fe en Cristo. Sábado y descanso son sinónimos. Cristo nos ofrece descanso del trabajo de salvarnos a nosotros mismos. Pablo dice: "Porque el fin de la ley es Cristo" (Romanos 10:4). Eso significa a lo menos dos cosas. El es el fin de mi esfuerzo por tratar de hacer cualquier cosa para quitarme la culpabilidad, a fin de que mis pecados sean perdonados. Yo no puedo ganar ni merecer eso. Y él es el fin de mi esfuerzo por tratar de obrar arduamente en mi lucha por vencer el pecado, porque él me ha ofrecido descanso también en ese nivel.
La victoria, la obediencia y el triunfo sobre el mal son dones suyos. Cristo es el fin de la ley para justicia por mí y el fin de la ley para justicia en mí. Cristo es el fin de todo. Y él es un hermoso ejemplo de Alguien que probó esta realidad en su propia vida.
El apóstol Pablo nos da la clave de cómo podemos librarnos del compromiso con la ley para casarnos mejor con Cristo. En los primeros versículos de Romanos 7, él habla de estar casados con la ley, siendo la ley realmente el marido. Pero dice que hay algo muchísimo mejor. Vea­mos si usted logra formar parte de esta parábola.
Todos respetaban a Leynardo. (¿Reynaldo? No. Leynardo, ¿entendido?). En todo su amplio círculo de relaciones difícilmente podría usted encontrar a alguien que no admitiera que Leynardo en realidad lo tenía todo. Cristiana estaba segura que su matrimonio era uno de los que se habían hecho en el cielo. Ella reconocía que Leynardo tenía muchas buenas cualidades, y sabía que, bueno no que lo amara exactamente, sino que lo respeta­ba grandemente. Ella estaba segura que el amor vendría cuando pasaran más tiempo juntos. El día de la boda llegó, la hermosa música comenzó a sonar, y Cristiana se encaminó hacia el altar para hacer su promesa de entre­ga total a Leynardo. Prometió serle fiel hasta que la muerte los separara; luego Cristiana y Leynardo fueron declarados marido y mujer. (Casada con Leynardo, ¿entendido?)
Pero los problemas comenzaron incluso antes que terminara la luna de miel. Para cuando se cambiaron a su nueva casa, era más que evidente que no les gustaban las mismas cosas en absoluto. Cristiana se volvió más y más infeliz con Leynardo. El no era tolerante en lo más mínimo. Sus ideas estaban escritas en concreto. Ella pronto renunció incluso a discutir con él. No era que él la forzara a hacer las cosas así. Pero siempre estaba allí mirándola con actitud de reproche, en cualquier momen­to que intentara ser ella misma. Se sintió más y más fastidiada al ser condenada constantemente. El no sólo enjuiciaba su comportamiento exterior, sino también juzgaba sus motivos íntimos.
Cristiana probó todos los medios posibles para agra­darle. Día tras día se despertaba inflexiblemente deci­dida a lograr que finalmente Leynardo se sintiera a gusto con ella. Pero mientras luchaba por hacer algo perfecto, notaba que había descuidado otras cosas. Y hubo ocasio­nes en que todos sus mejores esfuerzos terminaron en el desastre. Parecía que mientras más duramente se esforzaba, más errores cometía.
A veces Cristiana se desanimaba tanto que adoptaba una actitud de al-traste-con-todo, y se pasaba el día temerariamente, haciendo lo que le placía. Hallaba un deleite perverso en dejar tiradas ropas sobre el piso y platos sucios en el lavaplatos, mientras empleaba todo su tiempo mirando televisión y comiendo chocolate y papitas fritas a manos llenas. Pero nada cambió. Además del aumento de peso, lo único que Cristiana obtuvo —al margen de qué diversos enfoques probara—, fue un creciente cargo de conciencia de cuán lejos había quedado del ideal de Leynardo. Siempre sentía sus ojos fijos en ella, juzgándola, acusándola y condenándola constan­temente.
Una noche, mientras estaba acostada tranquilamente junto a él en la cama, sintió que ya no podía soportar aquella vida, en esa forma, ni siquiera un día más. Leynardo, que parecía tan digno de respeto y honor en su matrimonio, ahora parecía horrible y odioso. ¡Nunca podía agradarle! Era inútil tratar de hacerlo. No había forma de cumplir, ni siquiera por un día, mucho menos durante toda la vida, lo que había prometido. Si tan sólo pudiera casarse con alguien más, alguien que la apro­bara y la amara tal como era. Pero las palabras "hasta que la muerte los separe" resonaban en su mente.
De pronto tuvo una idea brillante. Leynardo dormía tranquilamente junto a ella. Si se las pudiera arreglar de alguna manera para..., ¿pero cómo? Pronto comprendió que era imposible para ella matarlo. No era lo suficien­temente fuerte. Si no podía matarlo a él, quizá podía matarse a sí misma. De todas maneras, ¿de qué servía aquella vida, si tenía que vivirla así? Pero para su desgracia, no tenía la fuerza ni el valor necesario para quitarse la vida. Y sin embargo, era incapaz de continuar así ni un minuto más. ¡Si tan sólo pudiera morir y resuci­tar para comenzar de nuevo! ¡Si tan sólo pudiera comen­zar de nuevo!
Hundida en la desesperación, y comprendiendo que no había nada más que pudiera hacer para ayudarse a sí misma, clamó: "Dios mío, si hay algo que se pueda hacer para salvarme de esta horrible pesadilla, hazlo, por fa­vor; tú tendrás que hacerlo todo solo". Por primera vez, en muchos años sintió paz en su corazón y se dur­mió.
Cristiana se despertó muy temprano al día siguiente. Leonardo estaba allí todavía, aparentemente. Y sin em­bargo, todo parecía ser, de algún modo, diferente. Quizá el que estaba junto a ella era el hermano gemelo de Leynardo. La ternura en sus ojos y las hermosas líneas de su rostro hablaban de la lucha por la cual había pasa­do. Y había cicatrices en sus manos, las cuales, por algu­na razón, no había notado antes. En vez de lanzarse hacia la cocina, comenzó el día tomando tiempo para ponerse en contacto con Leonardo. Más tarde, ese mismo día, repentinamente, se dio cuenta que estaba cantando mientras hacía el trabajo de la casa y lustraba la vajilla de plata.
A medida que los días transcurrían, Cristiana pasaba más tiempo tratando de conocer a esta persona. Casi no podía esperar la siguiente oportunidad para pasar un tiempo especial a solas con él, porque ahora sentía que él la amaba exactamente como era y la aceptaba aun cuan­do cometía errores. Y de alguna manera, mientras más amor y aceptación sentía, menos se preocupaba acerca de sus acciones, y menos errores cometía. Las demandas de Ley nardo ya no parecían tan irrazonables como le habían parecido antes.
Entonces un día, lo comprendió todo. Toda su relación había cambiado. No sólo hallaba ella placer en agradarle, sino que sus propios intereses e inclinaciones estaban cambiando. Ella ahora estaba comenzando a amar las cosas que él amaba. Una vez había pensado que sólo si Leynardo moría podría ella encontrar la paz. Pero, qué sorpresa, era Cristiana la que realmente había muerto y resucitado para caminar con Leynardo en novedad de vida.